domingo, 16 de julio de 2017

Zoe (VII): La chica del árbol de corales

—Zoe.
La voz sonaba en la lejanía, susurrante pero limpia y clara al mismo tiempo.
—Zoe –repitió.
Zoe abrió los ojos pesadamente, pero fue incapaz de ver nada. Una espesa niebla cubría su cabeza y no era capaz de distinguir las formas ni los colores.
—Zoe –la seguía llamando la voz.
Y entonces la reconoció.
Era la voz de su claro. Lo que silbaba el viento a través de las hojas de los árboles cuando yacía en él dibujándolo.
De pronto, los contornos se esclarecieron, y allí estaba ella de nuevo. La embargó la sensación de paz y familiaridad propia de quien ha regresado a su hogar.
Sin embargo, algo la dejaba intranquila. Su claro no era el mismo de siempre. La distancia que la separaba del estanque y del resto del bosque era mucho mayor de la habitual, y se sentía extrañamente sola.
No se dio cuenta al principio, pero poco a poco fue consciente de que los árboles se movían y que llevaban moviéndose de esa manera todo el rato. Danzaban a su alrededor, mezclándose con otros y susurrarando a gritos su nombre.
—Zoe… Zoe…
Ella acudió a su llamada, caminando emocionada hacia el lago, pero, cuando llevaba apenas unos pasos, se percató con impotencia de que éste seguía igual de lejos que al principio. Cuanto más se acercaba a él, más lejos parecía estar, y la suave danza de los árboles se volvía cada vez más frenética y violenta.
¿Por qué estaba el claro tan enfurecido?
Seguía escuchando su nombre, pero ya no sonaba dulce y suave, sino fuerte y exigente, y Zoe no alcanzaba a distinguir si aquello era una réplica dolida o una llamada de auxilio desesperada. 
La chica apremió el paso, pero era inútil, su claro estaba cada vez más lejos. Y, de repente, un torrente de agua salió disparado del lago, como si de un monstruo marino se tratase, y le agarró del tobillo, empujándola con fuerza hacia adentro. Zoe, asustada, intentó aferrarse al suelo, pero el torrente era mucho más fuerte que ella. Impotente y desesperada, sus uñas sólo lograron arañar la tierra y arrancar la hierba mientras sentía cómo las aguas la arrastraban por el suelo antes de engullirla como a una lombriz.
Entonces, todo se apagó.
Ni el ruido del viento y el agua, ni el verde y el dorado de los árboles danzantes, ni la distancia cada vez más grande entre el claro y ella. No veía, sentía ni oía nada.
Sólo una voz tenue y adormilada que susurraba:
—Zoe…

—¡Zoe!
Zoe se despertó sobresaltada, con el corazón latiéndole totalmente desbocado.
Se giró bruscamente y vio a Isshia enmarcada en la puerta de su exótico hogar, mirándola con una mezcla de diversión y preocupación.
—¿Zoe?
Ella aún trataba de ubicarse y reconocer que lo que ocurría a su alrededor no formaba parte del sueño. Su pecho subía y bajaba, frenético, y miraba a la mujer del pelo de colores con ojos desorbitados.
Ae, Zoe –dijo automáticamente, sin saber muy bien cómo habían llegado esas palabras a sus labios.
Isshia soltó una risotada.
Ren, Zoe –respondió, encantada, y a continuación le hizo gestos apremiantes para que abandonara el lecho de hierba y se acercara a ella.
Confusa, Zoe se puso en pie lentamente y se palpó el cuerpo para comprobar que seguía vestida, aunque fuera con aquellos extraños ropajes. Dio unos pasos hacia la mujer, pero, antes de haber llegado a su lado, ésta retiró la cortina de caracolas que pendía del marco de la puerta y la invitó a salir al exterior.
A Zoe apenas le dio tiempo a apreciar de nuevo la luz del sol. Antes de que hubiese puesto un pie fuera, una avalancha de gente se volcó sobre ella, curiosa y entusiasmada, hablándole a gritos en su lengua.
Ella enseguida se sintió estresada, aturdida y terriblemente incómoda. Ni siquiera era capaz de distinguir los rasgos de aquellas personas, ni el color de su pelo, o si eran hombres o mujeres. Desesperada, buscó con la mirada a Isshia, suplicándole auxilio en silencio, y ella enseguida salió a su rescate, apartando con brazos y piernas a la gente y dando órdenes en tono maternal. En cuestión de segundos, aquellos seres se habían dispuesto a un par de zancadas a la redonda, observando a la visitante ahora en respetuoso silencio, pero con un interés aún mayor si cabía.
Fue entonces cuando la chica pudo ver el aspecto de toda esa gente con claridad: pieles bronceadas y tatuadas, torsos desnudos, telas transparentes y traslúcidas de diversos colores, ojos y cabellos también de brillantes tonalidades, éstos últimos muy cortos o largos y recogidos… y todos ellos con sus branquias sobre la caja torácica, indicativo de que ahí la diferente era ella.
Algunos valientes trataron de acercarse un poco a Zoe y comunicarse con ella en voz suave, pero Isshia enseguida los acalló, y Zoe no tuvo que pensarlo mucho para deducir lo que les había expresado: que era inútil, la chica no entendía ni una palabra de lo que estaban diciendo.
El grupo intercambió murmullos de sorpresa, hasta que una joven aparentemente de la edad de Zoe se abrió paso entre la muchedumbre y, momentáneamente, la atención se centró en ella. Todo el mundo parecía conocerla y alegrarse de su presencia, e Isshia la saludó con gran efusividad, como si la hubiera estado esperando.
La muchacha correspondió al saludo alegremente y juntas intercambiaron unas palabras antes de que se volviera hacia Zoe con los brazos en jarras y una cálida y jovial sonrisa dibujada en su rostro.
—Zoe –la llamó Isshia, y a continuación señaló a la recién llegada con las manos –. Íha, Rayle.
Ae, Rayle –se apresuró a corroborar la chica.
Zoe anotó mentalmente la palabra “íha”, traduciéndola como “ella”, y añadió el nombre de Rayle a los ya conocidos.
Ae, Zoe –se presentó como había aprendido.
Rayle asintió y aplaudió, maravillada, y volvió a hablarle muy despacio y haciendo un montón de gestos que Zoe no comprendió.
Ante el contrariado ademán de su huésped, Isshia volvió a dirigirse al grupo que observaba la escena desde segunda fila y vociferó algunas cosas con satisfacción y firmeza, logrando que, por fin, todos esos seres desaparecieran de la vista, dejando a las tres mujeres a solas. Zoe respiró con alivio, aunque aún seguía inquieta por la presencia de la recién llegada.
Entonces, Isshia volvió a hablar y hacer gestos, señalándola a ella y a Rayle de vez en cuando, hasta que la empujó suavemente hacia la joven y Zoe intuyó con pavor que pretendía dejarla a solas con ella.
Sus sospechas se confirmaron cuando, tras intercambiar de nuevo unas últimas palabras con Rayle, Isshia se despidió de la muchacha con una sonrisa y se introdujo de nuevo en la cabaña.
Zoe quiso suplicarle a la mujer que no la dejara sola con aquella extraña, pero ya era tarde, y de todas formas no tenía manera de hacerse entender. Desolada, contuvo un suspiro y se enfrentó a su destino, sin saber muy bien qué hacer.
En cambio, su compañera no parecía nerviosa en absoluto. Al contrario, se la veía tan emocionada con aquella idea que no perdió tiempo y se dispuso a hablarle con toda la tranquilidad del mundo, a pesar de que Zoe no entendiera nada de lo que estaba diciendo y no pudiera responder, así que la chica no tuvo más alternativa que quedarse contemplándola, tratando de disimular lo mejor posible su estupor.
Rayle era media cabeza más alta que Zoe y poseía un cuerpo proporcionado y definido, de bellas curvas y piel tostada plagada de multitud de coloridos tatuajes. Sus ojos violetas refulgían con alegría en medio de un rostro pecoso y equilibrado, con una boca ancha y carnosa de la que sobresalía esa radiante sonrisa, pómulos marcados y nariz respingona. Su cabello, de color azul marino, brillaba con reflejos del tono de sus ojos, y en esos momentos lo mantenía recogido hacia arriba en un inusual peinado sin ningún tipo de orden que dejaba un par de gruesos mechones ondulados enmarcando su hermosa faz. Vestía una especie de body rasgado por varios sitios, de varios tonos de amarillo, que estaba compuesto a partes iguales de zonas traslúcidas y opacas, mostrando su vientre plano y dejando entrever un pecho desnudo y las branquias que ya le eran familiares sobre sus costillas. Sobre esa vestimenta llevaba un amplio pedazo de tela transparente sujeto a su hombro derecho que cubría parte de un brazo, e iba descalza.
La chica le indicó con un gesto ávido que la siguiera y, al darse la vuelta, Zoe pudo ver que su atuendo se abría en la espalda hasta la cadera, dejando ver un enorme tatuaje que destacaba frente a todos los demás: un mosaico de corales de distintos tonos de azul marino que trepaba por su espina dorsal hasta la nuca, donde terminaba en un extraño símbolo gris, y del que nacían hacia los lados multitud de bellos dibujos de todos los colores habidos y por haber, describiendo líneas curvas que se enredaban las unas con las otras o se enrollaban sobre sí mismas hasta desaparecer. Zoe pensó que parecía un enorme árbol marino, y se olvidó casi hasta de respirar al contemplarlo embelesada mientras caminaba detrás de su lienzo, descubriendo nuevos detalles a cada paso que daba.
Rayle no había dejado de hablar con su voz cantarina desde el momento en que se había dado la vuelta. Cuando se percató de que Zoe se había quedado anonadada con el tatuaje de su espalda, rió, divertida, y tomó suavemente de la muñeca a su acompañante para colocarla a su altura y obligarla a mirar a su alrededor. Zoe se dejó llevar, apenada por tener que dejar de estudiar aquella maravillosa creación, pero pronto se olvidó del tatuaje al ver el lugar en el que se encontraban.
El hogar de aquellas criaturas parecía un poblado de cuento. Pequeñas viviendas como la de Isshia se levantaban por doquier, y vistas desde fuera parecían casi como caparazones acabados en punta, con todos sus pilares blanquecinos y curvos atados entre sí en la parte superior con aquel extraño material del cerramiento que Zoe no identificaba. Las viviendas se esparcían aquí y allí sobre un lecho de hierba corta, como carcasas blancas con sus puertas hechas de cortinas de colores que las distinguían unas de otras, y, conectándolas entre ellas, sus habitantes habían construido caminos sinuosos hechos con lo que a Zoe le parecieron conchas de múltiples tamaños y colores. A lo lejos, las aguas de un río se atravesaban entre las casas como una serpiente, cargando el ambiente de un aire puro y fresco que llenó los pulmones de la muchacha. Y, a medida que iban caminando, a Zoe le llegó un olor que conocía bien.
El del aroma que traían las olas y la brisa del mar.


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