domingo, 18 de junio de 2017

Kai (IV): El comienzo de las pruebas

Los tres amigos se despidieron escuetamente y cada uno se encaminó junto a su maestro correspondiente.
El maestro Hando les dirigió una breve mirada a cada uno de sus cuatro aprendices con ojos vidriosos, contándolos mentalmente, y a continuación hizo un ademán con la cabeza indicando que lo siguieran.
Los guió a través del bosque, hasta una zona donde la vegetación era especialmente densa.
—Bien –dijo una vez se hubieron detenido –. Voy a repasar las fases de la prueba rápidamente por si queda alguna duda, aunque realmente no creo que sea necesario. Como ya sabéis, las pruebas constan de cinco fases: fase del deber, en la que deberéis demostrar que tenéis los conocimientos necesarios sobre el oficio; fase de habilidad, en la que se pondrá a prueba vuestra agilidad y destreza en el manejo del arco; fase de supervivencia, en la que mostraréis que sois capaces de fabricar vuestro propio arma en caso de necesidad; fase de abastecimiento, en la que haréis el sacrificio de un animal enfermo; y, por último, fase de protección, en la que os enfrentaréis entre vosotros para ejercer la parte más importante de nuestra labor. ¿Todo claro?
Los cuatro aprendices asintieron en silencio.
El maestro Hando los correspondió aprobadoramente.
—En ese caso comenzamos con la fase del deber. Os haré preguntas indistintamente a cada uno de vosotros. Ya sabéis que esta fase no computa dentro de la valoración global, pero es el requisito esencial para poder realizar el resto de pruebas, porque sobreentendemos que un arquero que no tiene clara su función no es merecedor de desempeñar dicha labor; por lo tanto, si no la superáis, quedaréis automáticamente descalificados.
Hubo un silencio tenso que fue rápidamente sofocado por Hando.
—Podéis estar tranquilos, ya hemos hecho esta prueba muchas veces y no vais a tener problema. ¿Empezamos?
El grupito volvió a asentir, algo más calmado.
—Esven –dijo, dirigiéndose al aludido –. ¿Cuál es la función principal de un arquero?
—Los arqueros somos los encargados de la protección de Thaenderia, maestro.
—Y, ¿por qué es necesaria la protección de Thaenderia si es la región más pacífica de toda Deilia?
Esven tardó algo más en contestar.
—Los arqueros debemos estar siempre presentes y asegurar la seguridad de todos los thaenderes, maestro.
—¿Alguien quiere completar la respuesta de Esven? –preguntó el maestro al aire.
Un muchacho llamado Vith se adelantó unos pasos.
—Thaenderia es una región pacífica, maestro –declaró –, mas nunca podemos saber cuándo los extranjeros dejarán de serlo con nosotros.
—Y nunca sabemos si los gannuh abandonarán el bosque de Zurea algún día –añadió Esven, al que el comentario de su compañero le había hecho recordar.
El maestro asintió aprobadoramente.
—Kai, ¿puedes enumerarme los trabajos que desempeña la Casa Arquera? –le preguntó, mirándolo fijamente.
Kai carraspeó.
—Los principales son la protección de los thaenderes, como ha dicho Esven, incluyendo acompañar a cualquier thaender que se aleje de su población, así como a las partidas comerciales y viajeras, y el sacrificio de animales en caso de que enfermen y no puedan servir de alimento por el método habitual, maestro. También podemos dedicarnos a la fabricación de armas y a formar a futuros arqueros.
Hando esbozó una pequeña sonrisa.
—Nilhe, háblame un poco más del ritual de sacrificio del que ha hablado Kai.
—Debe realizarse siempre en presencia de un mago, maestro –respondió la chica –. Debe ser todo lo veloz e indoloro posible, y luego se debe acompañar al mago durante el proceso de despiece de la carne y su curación mágica para poder ser ingerida.
—¿Algo más? –inquirió el maestro, aguardando la parte de la respuesta que faltaba.
Nilhe empalideció súbitamente, sin saber a qué se refería exactamente su maestro. Se hizo el silencio durante unos instantes, hasta que Kai, apiadándose de ella, salió al socorro de la chica.
—Hay que agradecer a la diosa Everyth antes y después del sacrificio por la vida que crea y rogar por que no caigan más animales enfermos, además de agradecer al animal en cuestión por el alimento que nos otorga.
La muchacha, lejos de sentirse agradecida por la ayuda de Kai, le dirigió al mestizo una mirada cargada de odio y asco.
Al instante, Kai se arrepintió de su gesto.
El maestro Hando continuó con la prueba.
—Vith, explícame por último en qué consiste el entrenamiento del arquero.
—El arquero debe estar continuamente entrenándose en el manejo del arma, maestro –se apresuró a contestar el aprendiz –. No debemos descuidar nuestro entrenamiento ni un solo día, pues debemos ser protectores diestros en los que cualquier thaender pueda confiar en caso de necesidad.
—Nilhe, ¿quieres continuar tú? –preguntó Hando, dándole una nueva oportunidad a la chica.
A Nilhe le brillaron los ojos con orgullo.
—Debemos entrenar nuestra agilidad en los árboles y nuestra puntería y velocidad con el arco constantemente, maestro, repitiendo cada día los ejercicios que hemos aprendido y entrenado durante el segundo ciclo.
El maestro Hando se cruzó de brazos.
—Bien, pues eso es todo. Como habéis visto, la fase del deber es una mera formalidad. Sé que todos conocéis el deber del arquero a la perfección.
A continuación dio unos golpecitos en el tronco del árbol que tenía a su vera.
—La fase de habilidad –anunció –. Conocéis el recorrido de sobra, así que no me voy a molestar en explicarlo de nuevo. Debéis hacerlo en el menor tiempo posible y superar todas las marcas que, como ya sabéis, están señalizadas por munhe. Tenéis hasta que el sol alcance su punto más alto en el cielo. Si alguien llega al final del recorrido más tarde, habrá fallado esta fase y estará obligado a ganar el combate de la fase de protección. Lo mismo si no veo todas las marcas con sus respectivas flechas. ¿Entendido?
—Sí, maestro –respondieron todos los aprendices al unísono, más animados por haber superado la primera fase.
—¿Y si no ganas el combate pero bordas las fases de supervivencia y abastecimiento? –intervino Esven.
El maestro entrecerró los ojos con agotamiento.
—Por enésima vez, Esven: hay que ganar el combate. Es el requisito.
El muchacho desvió la vista, avergonzado.
—Me preocupa no lograrlo a tiempo –se excusó en un murmullo.
—Lo haréis bien –lo tranquilizó Hando, y señaló de nuevo el tronco –. ¿Preparados?
Los aprendices asintieron enérgicamente, ajustándose el carcaj al torso.
—Adelante.
Nilhe le pegó un empujón a Kai, lo suficientemente discreto para que Hando no se diera cuenta, pero lo suficientemente firme a su vez para que Kai se desestabilizara y fuera el último en trepar el árbol.
Kai masculló una maldición, entre sorprendido y hastiado, y trató de no hacer caso a su magullada autoestima para abalanzarse sobre el árbol y trepar como todos los demás. Luego se apoyó atropelladamente sobre una rama para ver cómo sus compañeros saltaban de rama en rama, desapareciendo entre la espesura.
Eso significaba que todos ellos habían disparado ya la primera flecha.
Se volvió bruscamente y, anclada sobre un tronco a varias zancadas de distancia, vio la primera marca, un disco de madera teñido de rojo, del tamaño de una cabeza humana, sobre el que reposaban clavadas las tres flechas de los otros chicos.
«Mierda», musitó para sí mismo.
Alzó la cabeza en busca del munhe que indicaba la posición de tiro, y enseguida vio la luz de colores brillantes que andaba buscando, parpadeando unas ramas más arriba. Kai pegó un salto, se colgó de una rama que tenía sobre su cabeza y se columpió unas cuantas veces para darse impulso y poder trepar a la misma. Luego saltó a la que tenía enfrente, y aprovechó de nuevo la inercia para rebotar sobre ella y acabar en su objetivo.
La luminosa criatura lo recibió dando una grácil voltereta. Era un pequeño ser amorfo y gelatinoso, del tamaño de una naranja, que flotaba en el aire y estaba formado de hebras traslúcidas con infinidad de diminutas articulaciones, en cuyas terminaciones se generaba una potente luz de diferentes colores primarios que iban pasando por toda la escala cromática al ascender hasta la raíz. Kai se situó junto al animal, disparó a la velocidad del rayo su primera flecha, prácticamente sin mirar, y, antes de que el proyectil acertara en la primera marca, ya se estaba alejando de allí, dejándose caer en el siguiente árbol y rebotando de rama en rama.
Todavía le tocó lanzar una flecha más antes de visualizar a sus compañeros de nuevo, con Nilhe ocupando la retaguardia. La chica de cabellos avellanados luchaba por trepar un tronco algo desproporcionado para su constitución cuando Kai le dio alcance.
—¿Qué ha sido eso? –quiso saber, tratando de ocultar su humillación.
La muchacha ni se dignó a devolverle la mirada.
—No te he pedido ayuda, mestizo –le espetó, resoplando por el esfuerzo.
Kai, quien en aquellos momentos se encontraba planteándose volver a echarle una mano a su compañera al verla forcejear, cambió repentinamente de idea. Herido por las palabras cortantes de Nilhe y sintiéndose terriblemente avergonzado por haber tenido siquiera el atrevimiento de dirigirse a un thaender puro, hizo el esfuerzo de aparentar que aquello no le importaba y se limitó a adelantar a la chica de un salto para dejarla definitivamente atrás.
Nada más alzarse sobre la cabeza de Nilhe vio la luz de colores cambiantes del siguiente munhe y, junto a él, a Esven enfrentándose a la marca correspondiente. A Kai no le costó demasiado adelantarlo a él también tras lograr que su flecha impactara en la marca al mismo tiempo que la de su compañero, y voló hacia la siguiente con toda la rapidez que fue capaz de ostentar, donde pudo ver a Vith alejándose de allí.
Kai clavó su flecha junto a la del chico y corrió como alma perseguida por el diablo para dar alcance a su portador. Se lanzó de cabeza hacia una rama más baja, desde donde se colgó momentáneamente para posarse sobre la siguiente, y a continuación se deslizó por un tronco para llegar a la única parte del circuito en la que había construcciones thaenderes.
A pesar de haber mantenido un buen ritmo y haber sobrepasado a sus otros dos compañeros, con cada paso que daba Vith parecía coger más velocidad. Angustiado, Kai lo vio escabullirse hacia el interior de una vivienda desocupada y lanzar una nueva flecha a través del hueco de la ventana, que impactó certera en la marca más difícil del recorrido, situada sobre una pasarela que se tambaleaba a demasiada altura desde ese punto.
Kai se mordió el labio inferior. A partir de ahí, apenas quedaban un par de marcas más para finalizar esa fase de la prueba, y, si su deseo era al menos contar con la oferta de continuar su aprendizaje en Elbor, no se podía permitir ni un solo fallo.
Y eso implicaba que tenía que dejar atrás a Vith como fuera.
Kai posó sus ojos en la estrechísima tabla de madera que supuestamente tenía que atravesar haciendo equilibrios sobre ella. No tenía tiempo para eso. Dirigió una rápida mirada a su arco y, sin darse tiempo a pensarlo mejor para no echarse atrás, levantó la tabla lo justo para colarla entre el mango y la cuerda y, asiéndose de los extremos lo mejor que pudo, se lanzó al vacío deslizándose como si de una tirolina se tratase.
Se arrepintió al momento, pero ya estaba hecho. Sintió el traqueteo del arco sobre la tabla de madera, temiendo por su vida, pero finalmente llegó sano y salvo a su destino. Se ahorró nuevamente el camino preestablecido a través de las pasarelas y saltó de una a otra hasta que llegó a la casa donde momentos antes había visto a Vith.
Se abalanzó hacia su interior como loco y se precipitó sobre el alféizar de la ventana, donde le esperaba el siguiente munhe y desde donde vio a su compañero trepando a duras penas por un poste justo al otro lado del hueco.
Ya casi le había alcanzado, se dijo a sí mismo. 
Cargó una flecha en su arco y se dispuso a disparar a la siguiente marca, pero contempló con horror cómo la flecha caía constantemente hacia un lado, sin llegar a apoyar en el arco. Aturdido, Kai se fijó mejor en lo que hacía, y se percató agónicamente de que el reposaflechas se había resquebrajado por el rozamiento con la tabla durante su caída anterior.
¿Qué iba a hacer ahora?


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miércoles, 31 de mayo de 2017

Victoria (VIII): El plan

La noche era cerrada ya en Bridgeport cuando logré deshacer el camino hacia mi choza. El encanto que le había encontrado al metro en la ida no me había parecido tan especial a la vuelta, cuando los tiempos en los transbordos se habían alargado hasta límites insospechados y la cuesta del Sendero de la Plata se me había antojado eterna.
Inspiré largamente, en un intento de tomármelo con calma, y me adentré en la oscuridad de mi hogar.
De pronto, tropecé con algo y caí de bruces contra el suelo.
Me incorporé rápidamente y saqué el móvil de mi bolso para enfocar la luz de su linterna hacia aquello que me había obstaculizado el camino.
«¿Pero, qué…?»
Era un cubo en cuyo interior se podía apreciar un banderín verde, una camiseta con un logo azulado, un muñeco de una llama, una carpeta… y un folleto.
Por un momento me asusté, siendo consciente de que, para que ese compendio de objetos estuviera en el interior de mi casa, alguien tenía que haber entrado.
¿Qué significaba todo aquello? Y, lo que era más importante, ¿quién había descubierto mi minúsculo cubículo y había decidido dejar sus cosas ahí?
Pegué un bote, sacudida por un terrible presentimiento, y enfoqué la linterna hacia el camastro, esperando encontrar un agujero enorme en la tierra bajo el mismo.
Sin embargo, el lugar donde se hallaba mi maleta no parecía haber sido alterado.
Me volví hacia el cubo, reticente, y tomé el folleto, dirigiendo la luz hacia él. En la parte delantera, un grueso letrero de color azul marino rezaba: Universidad de Swinford.
«¡La universidad!»
Recordé cómo horas antes la universidad había acudido a mi cabeza como un recuerdo lejano, cuando aún soñaba con esa posibilidad.
Pero, ¿y si…?
De un golpe olvidé todas mis inquietudes acerca de lo surrealista y extraño de la situación y comencé a leer detenidamente el folleto. A medida que se iban describiendo las maravillas que ofertaba el campus la boca se me iba haciendo agua, y empecé a imaginarme recorriendo sus calles empedradas, charlando con gente de mi edad en la residencia, asistiendo a sus clases… Casi tuve que contenerme para no emocionarme pensando en la realidad: toda aquella gente de mi edad comenzaría en septiembre su etapa universitaria, mientras yo me moriría del asco en aquella chabola sin luz ni agua…
Pero… ¿Y si podía no ser sólo un sueño?
Continué leyendo y averigüé que la carpeta tenía en su interior un formulario con los requisitos necesarios para cada carrera. Impaciente, me deshice del folleto y sus atractivas fotografías para abrir la carpeta a la velocidad de la luz y comprobar cuáles eran mis posibilidades.
La Universidad de Swinford parecía recientemente inaugurada y, por el momento, únicamente ofertaba las carreras de Empresariales, Comunicación, Bellas Artes, Educación Física, Medicina y algunas ingenierías. Me centré en las carreras de Comunicación y Bellas Artes, ya que eran las que más afines consideraba al trabajo que quería desempeñar en un futuro, y estudié detenidamente el temario de ambas, sin acabar de decidirme por ninguna. La carrera de Comunicación estaba más encauzada en formar futuros periodistas, cosa que no me interesaba especialmente, pero había varias asignaturas centradas en la escritura y la fotografía, que consideraba importantes a la hora de llegar a ser una buena directora de cine. Sin embargo, la carrera de Bellas Artes, aunque no estaba enfocada específicamente en ninguna materia relacionada con el cine, daba un bagaje y una cultura más amplia del mundo de las artes, y, tal y como había averiguado durante mi adolescencia en mis prolongadas sesiones de lectura cinematográfica, todas las artes se nutren de las demás artes, y el cine más que ninguna otra. Una buena película no sólo queda definida por un guión brillante y unos actores espléndidos; un profundo conocimiento sobre el color, la luz, la perspectiva, los volúmenes… era lo que acababa por marcar la diferencia en sus planos y secuencias. Por ejemplo, Fritz Lang, el director de Metrópolis, se había inspirado directamente en la corriente expresionista que imperaba en el arte en aquella época para la temática o los decorados de la película; o Christopher Nolan, que había hecho un claro homenaje a las escaleras interminables de Escher en Origen; o Cabaret, que tiene una escena que es un calco exacto de un cuadro… ¿Cómo se llamaba?
A medida que estos pensamientos germinaban en mi cabeza, me asaltó el recuerdo del día en que mi abuelo Lawrence me mostró por primera vez la sala más especial de la mansión Wright, muchos años atrás.
—Aquí es donde residen todos tus antepasados, Victoria –me había dicho mientras paseábamos por el mausoleo.
Era una habitación amplia, iluminada únicamente por la luz de algunas velas, pero, a pesar del aspecto tétrico inherente a un lugar así, era sorprendentemente acogedora. Modestos pedestales de piedra o madera se erigían como pequeños altares, sosteniendo las urnas con las cenizas de los miembros de la familia Wright que ya no estaban, y, sobre ellos, colgados de la pared, había un retrato de cada uno de los fallecidos.
Mi abuelo me acercó a la pintura de un hombre de mirada tranquila y cansada al que le faltaba una mano.
—Éste de aquí era mi abuelo Thomas –me explicó –. La mayoría de los retratos que ves aquí los hizo él, incluido el suyo propio.
—¿En serio? –había exclamado mi yo de doce años, estupefacta ante la idea de que un Wright hubiese sido capaz de hacer pinturas tan realistas.
Él asintió con orgullo.
—Él y su hermano Henry fueron llamados a filas en la Segunda Guerra Mundial. Allí fue donde perdió la mano, pero también algo mucho más valioso que eso: perdió a su hermano.
—¿Henry murió en la guerra?
Mi abuelo asintió gravemente.
—Fue un golpe muy duro para toda la familia, pero mi abuelo fue probablemente el que peor lo pasó. Él me contó que, cuando perdió su mano derecha, sintió que el mundo entero se le venía encima, pues jamás podría volver a pintar. Y, sin embargo, no fue nada comparado con lo que sintió cuando Henry cayó a su lado, atravesado por varias balas. Cuando me contó cómo la vida de su hermano menor se había ido apagando poco a poco en sus brazos… –se interrumpió, incapaz de relatarlo en palabras –. Me contó que pasó muchos años vagando por la mansión como un alma en pena, hasta que un día decidió que, aunque su hermano ya se hubiera marchado tiempo atrás, su recuerdo merecía permanecer inmortal.  Y, así, se armó de fuerza de voluntad, desempolvó sus pinceles y retomó la pintura, esta vez con la mano izquierda. Pintó día y noche, casi sin descanso, hasta que logró alcanzar una maestría si cabía mayor que la que llegó a tener en su día con la derecha, y fue capaz de recrear a su hermano Henry, trayéndolo de nuevo a la vida. Desde entonces, continuó pintando a los miembros de la familia, hasta que mi tío George le tomó el relevo, superando con el tiempo a su padre en su arte. La idea de crear este santuario para honrar la memoria de Henry y de los Wright caídos tras él fue de mi abuela Susan, y, de esta forma, este lugar fue creado.
Recordé cómo me había quedado embobada mirando la figura de Thomas con absoluta devoción y un profundo respeto por el difunto.
—¿Quieres ver a Henry? –había preguntado entonces mi abuelo.
Yo asentí, sobrecogida, y él me llevó a continuación hacia el lienzo que había iniciado todo.
Cuando vi el rostro pálido y risueño de mi antecesor, con aquellos ojos azules tan alegres y esa sonrisa que parecía hecha de terciopelo gracias a la técnica pictórica de su hermano, sentí un tremendo deseo de que mi figura estuviera algún día entre aquellas que tanto veneraba, y me prometí que, cuando llegase la hora, continuaría con la tradición y me aseguraría de que se mantuviera durante las generaciones siguientes.
Pero aquella promesa había muerto junto con mi antiguo hogar, y yo ya no era ni volvería a ser nunca una Wright.
Sin embargo, en esos momentos, con el programa de la carrera de Bellas Artes en mi regazo y todos esos pensamientos sobre las diferentes artes plasmadas en el cine que habían llevado a tantos directores a la gloria, aquel recuerdo fue la chispa que necesitaba para que el deseo de estudiar arte que me había surgido leyendo aquellos papeles dejara atrás la mera fantasía para transformarse en una decisión real.
Esa misma mañana había comenzado una nueva vida, dejando atrás Twinbrook y todo aquello relacionado con la familia Wright, y, a partir de ese día, estaba poniendo la primera piedra sobre la que se asentaría un nuevo legado: el de mi propia familia. Algún día, ese solar vacío sería un hogar digno de su ubicación, lleno de amplias salas y de numerosas dependencias en donde vivirían todos los miembros de la familia Legacy. Y, entre todas aquellas estancias, también estaría la que había sido tan especial para los Wright: el mausoleo Legacy, en el que retomaría la tradición que se había iniciado en honor a mi antepasado caído en la guerra.
Y esta vez no sería un fracaso. Yo me encargaría personalmente de que no lo fuera.
Pero, para que todo aquello que circulaba por mi mente fuera en el futuro una realidad, primero debía aprender a pintar. Y ahí era donde entraba la universidad, junto con la posibilidad de una prometedora carrera en el mundo del cine, que era lo que siempre había soñado.
Revolví entre los papeles de la carpeta y localicé el precio que pedían por la carrera de Bellas Artes.
Tuve que contenerme para no caer desmayada.
La carrera se completaba al cursar cuarenta y ocho créditos y, si cada uno de ellos costaba alrededor de noventa y dos dólares…
—Cuatro mil cuatrocientos dólares… –calculé en voz alta.
Vislumbré cómo mis ensoñaciones se hacían añicos frente a mis ojos.
Pero si algo me caracterizaba era que era demasiado testaruda como para aceptar así como así que no podía tener aquello que quería. Necesitaba entrar en la universidad. Era la única forma que tenía de alcanzar mis metas… Y, desde luego, no iba a vivir en una chabola el resto de mi vida.
Busqué desesperadamente entre el papeleo alguna solución, dejándome la vista en medio de aquella oscuridad únicamente iluminada por la linterna de mi móvil, hasta que finalmente di con algo que podía resultar interesante.
En un pie de página, en letra pequeña, se mencionaba como quien no quería la cosa la existencia de un sistema de becas, y aquella información remitía a otro papel donde se encontraba lo que andaba buscando.
—Bingo –murmuré.
Resultaba que, al menos en Swinford, podías acceder a cualquier estudio universitario simplemente teniendo en posesión el graduado escolar y pagando la cantidad establecida, pero existía una prueba de aptitud generalizada a todas las carreras que ofertaba la Universidad en la que se premiaban los buenos resultados con ayudas económicas. Esta prueba consistía en una serie de preguntas relacionadas con cada especialidad en la que podías obtener un máximo de dos mil puntos, cuatrocientos por cada especialidad. Si en la especialidad correspondiente se obtenía un mínimo de doscientos cincuenta puntos, la Universidad te podía regalar hasta dieciocho créditos, según tus resultados; pero, además, si sobre el total de los dos mil puntos se sacaba un mínimo de mil doscientos puntos, podían ofrecerte una ayuda económica de hasta dos mil quinientos dólares por semestre.
Así que, si lograba hacer una buena prueba de aptitud, podría estudiar la carrera que yo quería a un precio razonable y en menos tiempo del estándar.
Tenía que ponerme las pilas.
Rebusqué en mi bolso hasta dar con un bolígrafo y empleé el dorso de uno de los papeles para empezar a hacer cuentas y escribir ideas.
Si conseguía hacer una prueba de aptitud lo suficientemente buena y me regalaban los dieciocho créditos que ofrecían, la matrícula se reduciría a unos dos mil setecientos cincuenta dólares en total. Es decir, que si cursaba doce créditos por año, en dos años y medio habría acabado la carrera y habría tenido que pagar quinientos cincuenta dólares cada semestre. Lograr la ayuda de los dos mil quinientos dólares en mi situación era una utopía, pero si conseguía la de mil, que era el nivel inferior, podía hacer toda la carrera becada, con una ayuda de cuatrocientos cincuenta dólares cada semestre que, si lograba ahorrar lo máximo posible, podía destinarla a ir mejorando poco a poco mi actual hogar.
Conclusión, que sólo necesitaba que me contrataran en cualquier trabajo de mierda para cubrir los gastos del día a día, sacar tiempo de donde fuera para estudiar lo necesario y soportar vivir una temporada indefinida en mi choza particular hasta tener el nivel requerido para la prueba de aptitud que quería.
Sólo.
Cogí aire.
«Vamos allá», me dije mentalmente.


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martes, 11 de abril de 2017

Kai (III): El ritual

Kai y Weid atravesaron la pequeña senda que marcaba el trazado de Hanan, de camino al claro donde los habían citado para realizar las pruebas que darían fin a su formación. Weid, todo sonrisas y encanto, saludaba sin excepción a cada uno de los habitantes con los que se iban cruzando hasta que, para alivio de Kai, llegaron a su destino.
Kai buscó entre los rostros de sus compañeros ansiosamente, esperando vislumbrar uno en particular.
Pero no lo encontró.
Y Weid tampoco.
—Nera aún no ha llegado –comentó el grandullón de su amigo.
Le embargó la preocupación. No era propio de Nera llegar tarde.
—¡Weid!
Una muchacha de cabellos dorados y enormes ojos de color miel se acercó a ellos.
—¡Hola, Marha! –saludó Weid con su cautivadora sonrisa –. ¿Qué tal llevas las pruebas?
—Bueno, no muy bien –confesó ella –. No creo que las supere.
—¿Cómo no las vas a superar, mujer? Si todos vamos súper preparados, ¡seguro que las pasas sin problemas!
Kai se contuvo para no poner los ojos en blanco.
La chica sonrió tímidamente y se encogió de hombros.
—No soy una buena constructora, Weid. A lo mejor debería cambiar de Casa.
Kai se preguntó qué haría él en el caso de que no pasara las pruebas. Marha era thaender pura y, después de que los aprendices del primer ciclo acabaran sus respectivas pruebas, tendría opción de incorporarse de nuevo en el segundo ciclo y entrenarse para una Casa diferente. Pero, ¿a dónde iría un mestizo si no conseguía ingresar en la Casa Arquera, la única a la que podían aspirar?
Todos los nervios que no había sentido hasta ese momento le vinieron de golpe.
Weid no se dio por vencido.
—Pero, ¿qué dices, Marha? ¡Podrías haberme pedido ayuda! Seguro que tienes un gran potencial, sólo hay que saber sacarlo de ahí.
—Gracias, Weid –sonrió ella, rendida.
De pronto, tres hombres hicieron su aparición en el pequeño claro donde habían sido citados, y el silencio tomó forma entre los presentes.
El hombre del centro, un thaender alto y flaco con una larga cabellera de color rubio platino que le caía hasta casi debajo del pecho, dio un paso al frente, destacándose frente a sus dos compañeros. Era mayor, tenía una gran nariz aguileña y ojos calculadores de un verde acuoso que destacaban en un rostro surcado de arrugas, y vestía una túnica verde oliva larga, propia de los miembros de la Casa Mágica, que llevaba atada a la cadera con ramas finas y flexibles entrelazadas.
Aquél era el maestro Eruval, el encargado del entrenamiento de los aprendices del segundo ciclo que aspiraban a formar parte de la Casa Mágica. A su derecha se erigía el maestro Manwe, el instructor de Weid y el resto de aspirantes a la Casa Constructora, un hombre maduro y fornido, de aspecto serio y facciones duras, ataviado con la blusa blanca y el pantalón caqui correspondientes a los habitantes de Hanan. Vestía el corsé de madera propio a los constructores sobre la blusa, y llevaba las perneras arremangadas y los pies descalzos como ellos, además de la media melena semirrecogida en el característico moño de la Casa; por su parte, a la izquierda del maestro Eruval y siempre un poco por detrás del maestro Manwe, se encontraba el maestro Hando, el instructor de Kai y los otros aprendices de la Casa Arquera. El maestro Hando, como todos los demás arqueros, había rasgado las mangas de su blusa y las había utilizado para atar entre sí las dos piezas de madera que llevaba a modo de hombreras. Otra pieza  de una madera menos rígida se ceñía alrededor de uno de sus antebrazos, y vestía unas botas de cuero hasta las rodillas y un calzón del mismo material sobre el pantalón caqui. Mantenía su cabello oscuro corto, a excepción de un solo mechón trenzado que le alcanzaba hasta la mitad de la espalda, símbolo de los años que llevaba protegiendo la región, y sus ojos de color verde botella descansaban en un rostro que parecía más anciano de lo que era en realidad.
Kai suspiró cuando su mirada chocó con la de su maestro, desalentado al ver su futuro reflejado en las cansadas facciones de aquel que lo había entrenado durante el último año.
El maestro Eruval juntó las manos frente a su pecho y describió con cada una de ellas un movimiento circular en sentido opuesto a la de su contraria, con las palmas hacia fuera. Cuando volvieron a reunirse, sin llegar a tocarse de nuevo, inclinó la cabeza respetuosamente hacia el suelo. 
Una vez hubo finalizado el saludo deiliano, el maestro Manwe y el maestro Hando imitaron a su superior, y a continuación todos los aprendices presentes respondieron con el mismo saludo.
—Bienvenidos, aprendices –saludó el maestro Eruval, incorporándose –. Hoy comienzan vuestras pruebas del segundo ciclo, que darán fin a vuestra etapa de aprendizaje y os permitirán reconoceros como miembros consagrados de las Casas Mágica, Constructora y Arquera, respectivamente. El día de hoy es un día memorable y como tal…
—Siento el retraso, maestro Eruval –intervino una voz dulce y suave a espaldas de Kai.
El chico se volvió rápidamente, reconociendo la voz al instante, y así lo hizo Weid también.
Tras ellos, la figura alta y estilizada de Nera se asomaba frente a unos árboles, esbozando una sonrisa tímida de dientes blancos y alineados. Llevaba los ropajes característicos de Hanan, aunque aquel día, por algún motivo, vestía una blusa mucho más ancha de lo que correspondía a su talla, y, sobre ésta, llevaba atada una capa marrón que le caía hasta los muslos. Sus ojos grandes, de un tono castaño dorado que se asemejaba al color de la miel, relucían con agitación, haciendo que las vetas verde esmeralda que cruzaban sus irises y se reunían en un halo exterior destacaran más que nunca. La sangre se agolpaba bajo sus mejillas altas y rosadas, que resaltaban sobre sus pómulos marcados, presa de la vergüenza, y Kai no pudo evitar contener el aliento al comprobar lo bella que estaba. Su cabello le caía en una mata de mechones de color castaño oscuro y rubio claro a partes iguales que describían suaves ondas hasta sus hombros y enmarcaban su rostro de rasgos ligeramente afilados que finalizaba en una barbilla puntiaguda.
Y, perpendiculares a su rostro, sobresalían sus enormes y picudas orejas thaenderes.
Nera realizó el saludo deiliano con una corrección y una elegancia que convirtieron el gesto común en algo hermoso de ver.
—Nera –respondió el maestro Eruval disimulando consternación, cosa que le era imposible sentir puesto que no era ningún secreto que Nera era su aprendiz predilecta –. Llegar tarde a unas pruebas tan importantes es motivo de sanción.
—Lo siento, maestro –se disculpó ella.
El maestro frunció los labios y le sostuvo la mirada, tratando de mantenerse en su papel.
—Ocupa tu lugar entre los aprendices –sentenció finalmente.
A nadie le pilló por sorpresa que la chica saliera impune de la situación.
Nera asintió, con una sonrisa de agradecimiento pintada en el rostro, y se escabulló entre los presentes hasta situarse junto a Kai y a Weid.
—Hola, chicos –susurró, henchida de felicidad.
—Hola, Nera –respondieron ellos al unísono de la misma forma.
El maestro Eruval carraspeó y respiró hondo antes de retomar su discurso.
—Como iba diciendo, el día de hoy es un día memorable y como tal…
—¿Qué te ha ocurrido, Nera? –quiso saber Weid en susurros, presa de la preocupación, lo que despistó la atención de Kai de las palabras del maestro.
—Me he entretenido –explicó ella escuetamente, sin apartar los ojos del frente –. ¿No estáis emocionados? ¡Hoy nos convertiremos en servidores!
Weid no pudo evitar retener una de sus anchas sonrisas.
—Hoy es un día memorable –acordó, repitiendo las palabras del maestro Eruval.
Kai decidió no pronunciarse, no muy seguro al respecto, y volvió a escuchar al gran maestro.
—Todos los días debemos devoción y gratitud a Everyth, nuestra bienamada diosa –decía en esos momentos –. Sin embargo, en un día tan especial, en el que consagramos nuevos servidores a su tierra, habremos de hacerlo especialmente. Aprendices, agradezcamos a Everyth los bienes que nos ha otorgado.
Como activados por un resorte, cada aprendiz encontró un lugar dentro del claro desde el que llevas a cabo su ritual. Kai escogió un rincón semiescondido, a la sombra de un árbol, sobre el que se aseguró que los demás tendrían un ángulo visual mínimo.
Sin necesidad de coordinación previa, los aprendices iniciaron el saludo elaborado con el que los deilianos se dirigían a los dioses, a la par que de las gargantas de todos ellos surgía un cántico con el que rezaban:
—Te saludo, Everyth.
Cada aprendiz, así como los tres maestros, ofrecían sin dejar de cantar algo en agradecimiento hacia su diosa. Kai observó cómo Weid, situado junto a un gran árbol, entonaba con voz grave alabanzas describiendo la grandeza de Everyth mientras que con su magia lograba hacer crecer el comienzo de una robusta rama. A su lado, Marha, arrodillada en la hierba, ejercía su magia para que unas brillantes flores azules brotasen mientras cantaba acerca de la bondad de la diosa. Otros aprendices seguían el ejemplo de Marha o de Weid, contribuyendo en el desarrollo de plantas o creando pequeños brotes en la hierba, llenando de vida la tierra que Everyth había construido y contribuyendo de esta forma en su creación.
Kai, como siempre le ocurría con aquellos rituales, se mantenía canturreando, deliberando aún sobre qué hacer e inseguro respecto a sus habilidades mágicas, cuando su mirada se desvió inconscientemente hacia Nera.
La chica no se había movido de su posición y entonaba con voz lírica y melodiosa sus oraciones, con los ojos cerrados. Sin embargo, algo no ocurría con normalidad: Kai se fijó en que su capa se movía, empujada por algo que permanecía escondido bajo ella. Entonces, Nera se llevó lentamente las manos a la espalda y, con mucho cuidado, sacó de ella un bulto de aproximadamente un palmo y medio de tamaño.
Kai agudizó la vista y vio a la criatura que su amiga sostenía en su regazo.
Era una bola de un pelaje fino y blanco como la nieve, que se asemejaba a un racimo de dientes de león, y del que asomaban unos relucientes ojos negros tan redondos que no parecían naturales.
Nera depositó al tembloroso animalito sobre la hierba y se agachó junto a él. De entre el matojo de pelos blancos extrajo una patita con delicadeza, pero aún así la criatura aulló de dolor con un silbido agudo. Tenía la pequeña pata torcida en un feo quiebro y Kai dedujo al instante en qué iba a consistir el ritual de agradecimiento de su amiga y por qué se había retrasado.
Aquello sí era propio de Nera.
La chica cubrió la pata del animal con sus manos, y Kai sintió fluir su magia a través de ellas. Poco después, las retiró, y la pata volvía a estar recta y en su sitio.
Los ojos negros de la criatura relucieron aliviados. El animal se restregó con cariño contra la pierna de Nera y correteó unos pasos antes de pegar un salto y desaparecer flotando entre los árboles.
Nera sonrió, sin interrumpir su canto, y una lágrima de felicidad se deslizó por su mejilla.
Kai se descubrió a sí mismo conteniendo la respiración. Siguió observándola, como si el tiempo se hubiera detenido, hasta que sintió la mirada pétrea del maestro Eruval sobre él.
El maestro cantaba en voz baja sus oraciones, pero eso no impidió que Kai se sintiera cohibido y reprendido. Apresuradamente, se dirigió hacia el árbol bajo el que se había cobijado y optó por acelerar el crecimiento de las hojas de una de sus ramas hasta que alcanzaron el doble de tamaño.
Como controlados por un ser superior, los aprendices retornaron a sus puestos iniciales a la par que sus oraciones se unificaban en un solo cántico final:
—Everyth, he aquí la vida que has creado.
Finalizaron con la despedida deiliana elaborada, un gesto con el que cruzaban ambas manos bajo su rostro, y se arrodillaron para besar la tierra. Luego, permanecieron en esa postura hasta que el maestro Eruval dio la indicación correspondiente.
—Aprendices –dijo una vez se hubieron puesto en pie de nuevo, mirando a cada uno de ellos a los ojos -. Habéis realizado vuestras ofrendas. Si Everyth así lo desea, al concluir esta semana seréis los nuevos magos, constructores y arqueros de Hanan. Será, en consecuencia, un gran día para vosotros, pero debo recordaros que es en Everyth en quien deberéis focalizar vuestra dicha, pues es a ella a quien servimos todos los thaenderes como la gran comunidad que somos y a quien serviréis con vuestro oficio.
El maestro Eruval hizo una pausa, estudiando los rostros de sus aprendices, durante la que lo único que se escuchaba era la brisa matinal escurriéndose entre las hojas de los árboles.
Finalmente, el maestro Eruval alzó los brazos.
—Que den comienzo las pruebas del segundo ciclo –declaró.


viernes, 24 de marzo de 2017

Zoe (VI): Palabras huecas

Zoe se quedó observando la mano de la estrafalaria mujer desde la seguridad de su posición, sintiéndose demasiado violenta como para reaccionar. Una parte de ella la impulsaba a aceptarla, pero, si lo hacía, expondría su desnudez al completo ante el grupo de desconocidos, y, para más inri, ante dos hombres. La sola idea le provocaba a la muchacha un rechazo demasiado insoportable como para poder siquiera planteárselo, pero necesitaba averiguar quién era esa gente, en dónde estaba y, lo que era más importante, qué demonios estaba ocurriendo. Nerviosa, sus ojos rebotaban una y otra vez entre la mano y los irises rosados de la mujer (deteniéndose más de lo que le habría gustado reconocer en la carne que revelaba sus prácticamente inexistentes ropajes).
Isshia la observó con desconcierto e hizo un amago de retirar el ofrecimiento, pero Zoe se descubrió volviendo la mirada hacia ella, suplicante. La mujer estudió el rostro de la chica, intentando averiguar qué sucedía, y le hizo una pregunta que Zoe no entendió. A modo de respuesta, ella lanzó un vistazo rápido a los dos hombres que se erigían detrás de la mujerona, realizando un sutil gesto con la cabeza que esperó desesperadamente que ella entendiera.
Para su fortuna, Isshia captó el mensaje. Recuperando la sonrisa, se volvió hacia sus compañeros y les habló en un tono mandón y burlesco en su extraño idioma. Al instante siguiente ambos varones estaban abandonando la estancia. Desde luego, no había duda de quién llevaba los pantalones en esa casa… O, bueno, las… ¿transparencias? Zoe no lo tenía muy claro.
La muchacha joven que hasta el momento no se había despegado del marco de la puerta hizo también amago de irse, pero Isshia la retuvo y, por la reacción de la niña, Zoe intuyó que le había ordenado acercarse. La chiquilla obedeció las palabras de la mujer con pasos temblorosos, manteniéndose una distancia prudencial de ellas, con aire tímido. Entonces, Isshia volvió a tender su mano hacia Zoe, pero ella no acababa de atreverse. Nada más se formó en su cabeza la imagen de ella misma saliendo del agua como su madre la había traído al mundo, la sangre se agolpó precipitadamente en sus mejillas y se acobardó. Isshia continuaba observándola llena de confusión, pero, entonces, la niña murmuró algo de forma casi imperceptible y el rostro de la mujer se iluminó. Mientras contestaba a la chiquilla, se acercó a uno de los estrambóticos muebles que adornaban las paredes y rescató de un desordenado montón algunas telas que luego llevó a la desconcertada Zoe. Ella aceptó las prendas, algo más aliviada, y, dándose cuenta de que no tenía otra opción, trató de mantener a raya el pánico que le ocasionaba esa situación. Respiró hondo, hizo acopio de valor y, finalmente, salió del agua.
Zoe desdobló la ropa a toda prisa, con el corazón bombeando estruendosamente bajo su pecho, e intentó averiguar la forma de colocársela lo más rápido posible, con la esperanza de que, si era lo suficientemente veloz, a las presentes no les daría tiempo a fijarse en ella. Después de darles la vuelta un par de veces, se escabulló por los únicos huecos que vio, sin importarle nada más que el hecho de no quedarse desnuda por más tiempo. Isshia rió, viendo el estropicio en el que había acabado envuelta Zoe, y, ante la espantada mirada de la chica, se tomó la libertad de recolocarle la vestimenta hasta que el resultado final se asemejó al modo de vestir de ellas. Satisfecha, la miró de arriba abajo con los brazos en jarras y una gran sonrisa y abandonó la habitación diciendo algo mientras Zoe comprobaba con horror que, en contra de sus intenciones iniciales, la ropa que Isshia le había asignado la dejaba más desprotegida que antes de salir de la bañera. Inconscientemente, Zoe miró a la chica que la acompañaba en una silenciosa llamada de auxilio. Ella se sobresaltó, pero no tardó mucho en entender el problema de Zoe y se dirigió al mismo mueble, separando prendas con delicadeza hasta que seleccionó unas cuantas más opacas. Se las acercó a Zoe con rapidez y ella, agradeciéndole internamente a la chiquilla desde lo más profundo de su ser, se las caló encima de las que le había dado Isshia.
La puerta, que consistía en una abertura en el cerramiento de la que colgaban delicadas tiras de  caracolas de colores, se abrió de nuevo para dejar paso a la robusta figura de la mujer, seguida por el hombre de cuerpo rechoncho.
El joven del cabello azul marino y los ojos turquesas no volvió a aparecer.
Fue entonces cuando Zoe se fijó por primera vez en el recinto en el que se encontraban. Se trataba de una especie de cabaña amplia, de planta circular, sustentada por unos extraños pilares arqueados de un material liso y blanquecino que no supo identificar. Formando el cerramiento del hogar, unas hebras traslúcidas de un tono más grisáceo se entrelazaban y ataban a la estructura portante de la vivienda. Cada dos pilares, el cerramiento se abría para dar lugar a unos huecos que hacían las veces de ventanas, de funcionamiento similar al de la entrada, y que daban directamente al exterior. En el centro de la estancia se tendía el lecho de hierba fresca sobre el que Zoe había estado echada minutos antes y, cubriendo las paredes, se sucedía todo un muestrario de esperpéntico mobiliario fabricado con una mezcolanza casi totalmente arbitraria de materiales, donde un caos de utensilios, ropajes y demás objetos descansaban colocados de cualquier forma sobre ellos o sobresaliendo parcialmente de sus dependencias. Por otra parte, la vivienda se hallaba excesivamente decorada, con una algarabía de estatuillas y cerámicas de colores relucientes que incluso dañaban la vista de la aturdida Zoe.
Isshia pareció un poco decepcionada con el cambio de imagen de su huésped, pero no perdió su ancha sonrisa cuando continuó parloteando alegremente en su idioma. El hombre y ella prosiguieron en su intento de comunicarse con la chica, pero Zoe no tardó mucho en percibir la frustración en sus rostros. Dialogaron entre ellos con cierto tono de desesperación, hasta que el hombre sugirió algo que hizo que el rostro de Isshia se encendiera de nuevo. La mujerona se acercó trotando a otro de los desordenados muebles de las paredes y, tras trastear un poco, extrajo de un cajón unos pequeños botecitos de cerámica y una fina tabla de una madera muy flexible. Se acercó de nuevo a los presentes, abrió varios de los botes, en cuyo interior Zoe alcanzó a ver polvos de diversos colores, y sostuvo la tabla frente a ella, de tal forma que la muchacha pudiera ver la lisa superficie de madera.
Entonces, sucedió algo que dejó helada a la visitante.
Unos polvos azulados comenzaron a levitar de su recipiente, volviéndose líquidos a medida que trazaban su camino hacia la tabla. Ojiplática, Zoe observó cómo la artesanal tinta se iba posando sobre la tabla, formando una serie de caracteres y símbolos que, por supuesto, no se encontraba en disposición ni de intentar interpretar.
Parpadeó varias veces, sintiendo una vez más el galope de su corazón, convencida de que lo que ocurría frente a ella no podía ser real y que en cualquier momento despertaría de ese extraño sueño. Pero, cuando volvía a abrir los ojos, Zoe descubría que los polvos seguían volando hacia la tabla transformados en tinta, hasta que Isshia consideró que había sido suficiente y le tendió la tabla recién decorada a la empalidecida muchacha.
Ella la sostuvo entre sus temblorosas manos, sintiendo que sus fuerzas iban extinguiéndose por momentos y temiendo que el regalo se le escurriera de entre sus dedos en cualquier instante.
La pareja la observó, expectante, pero Zoe permaneció inmóvil, incapaz de reaccionar. Isshia, comenzando a impacientarse, gesticuló con la cabeza en dirección a la tabla, pero continuó sin obtener respuesta por parte de la chica. Entonces, el hombre volvió a dirigirse hacia la mujer y mantuvieron una acalorada conversación, durante la que Zoe comprendió, en medio de su nerviosismo, que los trazos azules que adornaban la tabla conformaban algún tipo de mensaje que Isshia había pretendido que ella leyera, evidentemente sin ningún éxito.
Las voces de ambos estaban empezando a adquirir un tono cada vez más elevado cuando el susurro de la niña interrumpió la discusión. La pareja se quedó mirando a la chiquilla, estupefactos ante lo que fuera que acabara de decir. El hombre le preguntó algo en tono suave, y la niña contestó en un tono más suave aún. Su respuesta debía de haber sido muy reveladora, porque la pareja pasó a estudiar a su huésped con nuevos ojos.
Se instauró un silencio sepulcral por unos segundos, durante el que se produjeron diversos cruces de miradas. Finalmente, Isshia avanzó un trémulo paso hacia la visitante.
—Zoe –pronunció con un acento cantarín.
Ella se enderezó como un suricato al oír su nombre.
En ese momento comenzó un peculiar juego de mímica que a Zoe le costó bastante captar, y que consistía en que Isshia la señalaba a ella y recitaba su nombre de nuevo, y a continuación se señalaba a sí misma. Al principio no entendía lo que quería la colorida mujer, pero, tras repetir la operación unas cuantas veces, Zoe al fin lo comprendió.
La siguiente vez, cuando Isshia se señaló el abultado pecho, Zoe dijo, dubitativa:
—¿Isshia?
El trío intercambió varias exclamaciones. Ansiosa, Isshia volvió a intervenir, hablando muy lentamente y espaciando las palabras entre sí.
Ae, Isshia –dijo en su idioma, señalándose de nuevo –. Ren, Zoe –enunció a continuación, señalando a la chica.
A Zoe le llevó un segundo traducir en su cabeza el mensaje de Isshia: «Yo, Isshia. Tú, Zoe», y sintió una extraña excitación al descubrir que había sido capaz de comprender el completamente ininteligible lenguaje de aquella gente.
Isshia hizo un gesto y la miró fijamente, esperando una respuesta, y Zoe descubrió con inquietud que le estaba cediendo el turno.
Ae, Zoe –balbuceó con la boca pastosa –. Ren, Isshia.
Isshia casi se echó a saltar. Sus anfitriones se enfrascaron en una agitada pero breve conversación que el hombre no tardó en interrumpir para probar aquel descubrimiento.
Ae, Medv –se presentó.
Zoe asintió con la cabeza.
Ren, Medv –recitó, haciendo ver a su interlocutor que había entendido el mensaje.
Medv le dedicó una cálida sonrisa de dientes amarillentos a la visitante.
Emocionada, Zoe se olvidó súbitamente de todos sus miedos. Deseosa por seguir comunicándose con aquellos seres, ahora que había averiguado la manera, miró con impaciencia a la niña, aguardando a conocer también el nombre de ella.
La muchacha se sobresaltó al percibir la ansiosa mirada de Zoe. Sus mejillas enrojecieron y desvió la vista hacia el suelo tímidamente antes de decir en voz baja:
Ae, Anyra.
Zoe sintió deseos de dar palmas.
Ren, Anyra –dijo, y no pudo reprimir añadir con emoción, demostrando lo aprendido –: Ren, Isshia. Ren, Medv. Ren, Anyra.
Isshia sonrió con orgullo y realizó un amplio gesto circular mientras sentenciaba, en tono de bienvenida:
Amia, Zoe.


viernes, 10 de febrero de 2017

Victoria (VII): La primera estrella

Salí del local de aquel desconcertante personaje, exhausta y hundida tras el horrible día que llevaba. La perspectiva de llegar a casa, quitarme los tacones y meterme por fin en la cama, que era lo único que me daba fuerzas en ese momento, quedó nublada por el recuerdo de la chabola que era ahora mi nuevo hogar. Tratando de contener las lágrimas de desesperación que se agolpaban en mis cristalinos, suspiré y decidí hacer de tripas corazón y encaminarme de nuevo al metro para volver al pequeño rincón del área adinerada de Bridgeport donde me esperaba mi desvencijada cama y mi maleta enterrada… si es que para entonces nadie la había descubierto aún y se había llevado lo único que me quedaba.
Apenas di unos pasos cuando, de pronto, el corazón se me paralizó.
—Sí, está bien, dile a Marsh que estaré en Acuario este sábado, pero a Stella no le va a hacer ninguna gracia. Sí, Gary, tú también. Nos vemos mañana.
Un hombre alto y atlético, vestido de manera informal, aunque con cierta clase, colgaba su teléfono móvil a unos pasos de mí y lo guardaba en su bolsillo. Rozaba la treintena y tenía el pelo castaño y corto, algo despeinado, con mechones largos que enmarcaban desordenadamente un rostro presidido por unos ojos rasgados y oscuros, de largas y gruesas pestañas. Sus rasgos eran incluso algo femeninos, con esa nariz redonda y esos labios rosados y carnosos, a excepción de una mandíbula cuadrada y unos pómulos altos muy masculinos que, con todo, lo hacían muy sensual sin pretenderlo. Ese armonioso contraste era el gran atractivo de Richie Striker, uno de los jugadores de fútbol más populares del equipo de Bridgeport, cuyo nombre, como poco fanática de ese deporte que era, no me despertaba el más mínimo interés.
Pero, tal vez, conocer a una de las celebridades de mayor renombre del momento sí podía resultar interesante.
Olvidé por completo mi agotamiento físico y emocional y me acerqué con paso decidido deportista.
—¿Richie Striker? –pregunté con voz suave.
El futbolista se dio la vuelta, con una mezcla de desconcierto y hastío, y me repasó de arriba abajo antes de preguntar:
—¿Y tú eres…?
—Sólo una admiradora.
Él vaciló unos segundos.
—Si lo que quieres es un autógrafo o una foto, en este momento tengo algo de prisa.
Hasta un niño podría haberse percatado de que lo último que le apetecía a Richie Striker en esos instantes era tener que vérselas con un fan.
Tenía que actuar rápido.
—Ya, bueno, por suerte para ti no quiero nada de eso.
Él me dirigió una mirada extrañada.
—¿Entonces?
—Me acabo de mudar a Bridgeport y quería saber qué sitios hay por aquí para salir de fiesta.
Richie alzó las cejas, visiblemente sorprendido.
—Eh… ¿Por qué no le preguntas a cualquiera? Ahora mismo no tengo mucho tiempo.
Era evidente que estaba realmente esforzándose por no ser maleducado.
—Porque no me vale cualquiera –respondí –. Soy actriz y necesito ir a algún lugar donde pueda tomarme una copa sin que me interrumpan.
Él me observó, a medio camino entre la sorpresa y el escepticismo.
—¿Se supone que debería conocerte?
—Depende de cuánto tiempo hace que no vas al cine.
—¿Cómo te llamas?
Sonreí con picardía.
—Dejémoslo en Victoria.
Él me estudió minuciosamente, intentando averiguar quién era.
Carraspeé, simulando una incomodidad que en el fondo no sentía en absoluto mientras me sonreía internamente por haber conseguido llamar su atención.
—¿No tenías prisa?
Él apartó la mirada con nerviosismo al darse cuenta de su error.
—Perdona, es simplemente que no sé quién eres. Puede que sea cierto que hace tiempo que no voy al cine.
—Es curioso que digas eso teniendo en cuenta lo amigo que eres de Matthew Hamming. ¿O es que eso sólo es otro bulo de la prensa rosa?
—No, es cierto que Matt es buen amigo mío, pero últimamente no he tenido mucho tiempo que digamos. ¿Es que acaso has trabajado con él?
Medité un segundo las posibilidades, pero acabé decantándome por limitarme a sonreír enigmáticamente y dejar que él sacara sus propias conclusiones.
—Si no vas a aconsejarme tal vez debería preguntar a otra persona –cambié convenientemente de tema –. No me sería muy difícil encontrar a alguien que también me sirva, y no eres el único que tiene prisa.
Richie no contestó enseguida. Se quedó mirándome con curiosidad durante unos momentos, hasta que finalmente metió una mano en el bolsillo de su cazadora y sacó algo de ella.
—Ten –dijo, alargándome una tarjeta –. Normalmente no llevo estas cosas encima, pero hoy has tenido suerte. Mi agente me obliga a ir a un sitio de esos que buscas este sábado. Puede que sea menos malo si tengo algo de compañía.
Traté de disimular mi estupefacción lo mejor que pude y mantenerme calmada mientras guardaba el número de teléfono de Richie Striker en mi bolso.
—Puede que te llame. Será agradable estar con alguien que no me conoce por una vez.
Una sonrisa se asomó por primera vez a sus carnosos labios.
La verdad era que sí era atractivo.
—Supongo que tendré que correr el riesgo.
Un coche se detuvo de pronto a sus espaldas. Él volvió a sonreír, mirándome con ojos nuevos.
—Espero tu llamada, Victoria –dijo, abriendo una de las puertas del vehículo y subiéndose a él.
El coche se puso en marcha y yo me mantuve sonriendo mientras lo vi alejarse y doblar la siguiente calle.
Tardé un buen rato en volver a la realidad y digerir no sólo que había conocido a Richie Striker sino que además había conseguido su número de teléfono. Saqué la tarjeta de mi bolso, comprobando que el futbolista no se había quedado conmigo y que, efectivamente, el número estaba ahí. Su número personal, en teoría.
«Bien», pensé, empezando a ser consciente de lo que acababa de ocurrir. «Esperemos que Richie Striker realmente no tenga mucho tiempo».


domingo, 29 de enero de 2017

Kai (II): Mestizo

Como el resto de pueblos del gran bosque en que consistía la región de Thaenderia, o al menos eso era lo que se les había contado, Hanan era una minúscula civilización que vivía en las copas de los árboles. Las excéntricas cabañas de madera en donde residían sus habitantes se mimetizaban con las ramas y las hojas y creaban un entramado de cuerdas y pasarelas que las conectaban entre sí, lo que para un extranjero habría hecho que la población pasara casi totalmente desapercibida, a no ser que fuera un gran observador. Pese a que todas las construcciones se alzaban en la frontera entre el cielo y el suelo, mucha de la vida en Hanan se llevaba a cabo en tierra firme. No eran muchos los que residían en aquel pequeño asentamiento al oeste de Thaenderia, pero la gran actividad que desbordaba por todos sus rincones hacía que pareciera que en Hanan hubiera mucha más gente de la que en realidad había. Kai siempre había adorado su pueblo natal, y la perspectiva de abandonarlo, tal vez por un largo tiempo, si no para siempre, le creaba un nudo en la garganta difícil de digerir.
—¡Eh, Weid!
Una muchacha con el cabello castaño oscuro y los ojos pardos se acercó a ellos. Como con cada thaender con el que se cruzaba a lo largo del día, Kai se quedó más tiempo del debido contemplando sus enormes y puntiagudas orejas en forma de hoja.
La chica no le dirigió ni una mísera mirada a él.
—Hola, Prais –saludó Weid con una amplia sonrisa.
Kai notó cómo el rostro de la joven se iluminaba y sus mejillas enrojecían levemente.
—Me ha dicho Onie que hoy empiezan tus pruebas de fin de ciclo –dijo señalando a un grupo de chicas situado a escasos metros de ellos –. ¿Es eso cierto?
Las chicas, que lanzaban miraditas de reojo, voltearon rápidamente la cabeza cuando Weid reparó en ellas, y Kai alcanzó a escuchar algunas risillas nerviosas.
—Sí, Kai y yo comenzamos a examinarnos hoy –contestó él encantadoramente, a la par que pasaba uno de sus enormes brazos por los huesudos hombros de su amigo –. Con un poco de suerte, a finales de semana estaremos empaquetando nuestras cosas para ir a Elbor.
Prais echó un efímero vistazo al chico, forzada, y a continuación volvió a parlotear alegremente con Weid como si no hubiera llegado a reparar en su existencia.
—¿A Elbor? –exclamó entre ilusionada y entristecida –. Seguro que te cogen, Weid, eres el mejor constructor que existe, y eso lo sabe todo Hanan.
—Gracias, Prais. ¿Vosotras qué tal estáis?
Los ojos de la chica brillaron de la emoción.
—¡Estamos preparando las pruebas del primer ciclo! –dijo excitada –. Dentro de un par de semanas ya sabremos a qué casa perteneceremos cada una. ¡Ojalá esté en la Casa Constructora como tú!
—Eso sería genial, Prais, me encantaría trabajar contigo algún día. Si quieres que te eche una mano con las pruebas no dudes en decírmelo.
A Kai le pareció escuchar que la chiquilla dejaba escapar un gritito.
—¡¿De verdad?! ¡Eso sería maravi…! –carraspeó y moduló su tono de voz –. Quiero decir, me encantaría, si no es mucha molestia, claro.
—Dile a tus amigas que también pueden contar con mi ayuda si alguna más quiere entrar en la Casa Constructora.
Una sombra cruzó por el rostro de Prais.
—Oh, no –tartamudeó –, todas quieren ir a la Casa Mágica, como es la de rango más alto… Pero a mí eso no me importa.
Weid le acarició el hombro a la muchacha.
—Me alegro, Prais. Todas las casas son importantes, incluso la Arquera. Si todos fuésemos magos, ¿quién se encargaría de construir nuestras casas y de protegernos ante los peligros? Si no fuera por gente como Kai, Thaenderia estaría perdida.
—Eh… Ya –titubeó Prais –. Bueno, me vuelvo con las chicas. ¡Mucha suerte, Weid!
—Gracias, Prais. Por cierto, ¿has visto a Nera?
Prais se mordió el labio inferior, intentando ocultar sin éxito su decepción ante la pregunta.
—Eh… Me la he cruzado antes. No sé hacia dónde iba.
—Gracias, Prais. Suerte a ti también.
—¡Gracias!
La chiquilla dio media vuelta y se deslizó hacia sus amigas, quienes la aguardaban expectantes de lo que tuviera que contar.
Kai suspiró.
—¿Te has fijado? Ni me ha mirado.
—¿Qué dices, hombre? –replicó Weid mientras se ponían en marcha de nuevo –. Claro que te ha mirado, es solo que la pobre chica es tímida.
—¿Tímida? –espetó Kai, incrédulo –. Pues sí que le ha faltado timidez para venir corriendo en cuanto te ha visto.
—Pero eso es porque conmigo tiene confianza.
Kai lo miró sin dar crédito a lo que oía.
—¿Te estás quedando conmigo?
—¿Qué? ¿No pensarás que ha pasado de ti porque eres mestizo?
La palabra mestizo golpeó a Kai como una maza y le escoció en el alma.
Sonrió como pudo.
—No, idiota –dijo, propinándole un puñetazo cariñoso –. Lo que pienso es que esa chica está coladita por ti, como el cien por cien de la población de Hanan.
Weid soltó una sonora carcajada.
—¡Eso sí que tiene gracia!
—¿Crees que no?
—Creo que te estás confundiendo, Kai. Sólo soy amable.
Kai alzó las cejas.
—¿Insinúas que yo no? –quiso saber, en tono divertido.
Weid le obsequió a su amigo con una palmada en la espalda.
—Insinúo que, si fueras menos cerrado y dejaras de pensar que todo el mundo te mira mal por ser mestizo, igual te llevabas una sorpresa.
Kai trató de disimular el nuevo golpe como buenamente pudo y le devolvió la palmada a Weid.
Kai apreciaba mucho a su amigo de la infancia y sabía de sobra que para él todo aquello era natural y que no había ningún tipo de mala intención oculta tras sus palabras, pero consideraba que Weid vivía en una realidad alternativa.
Porque, al margen de que Prais o cualquier otra chica hubiese quedado prendada del grandullón de su amigo, la única razón por la que la joven había ignorado su existencia en toda la conversación era porque Kai era un mestizo.
Y esa era la triste verdad.



viernes, 20 de enero de 2017

Iván (III): 1998

La preciosa sonrisa de Clara recibió a Iván en el marco de la puerta.
—Hola –lo saludó con el rostro deslumbrante de felicidad.
Iván, como cada vez que la veía, sintió su corazón latir a mil por hora.
—Hola –contestó, algo más tímido de lo que le hubiera gustado.
—¿Es Iván? –se oyó una voz en la lejanía.
Clara rodó los ojos antes de gritar:
—¡Sí, mamá!
—¡Ay, voy corriendo a saludar!
La muchacha resopló e hizo entrar a su amigo, cerrando la puerta a su paso.
La madre de Clara no se hizo de rogar. En cuestión de segundos ya estaba en el recibidor de la casa, abrazando fraternalmente al chico.
—¡Madre mía, Iván, qué guapo estás! Has crecido desde la última vez que nos vimos, ¿verdad?
—Mamá, si le viste el fin de semana pasado –replicó Clara con un tono entre molesto y divertido.
—Chica, ¡con razón de más! Estos niños a estas edades no hacen más que crecer y crecer. ¡Hasta los veinte no paran!
—Mamá…
Iván soltó una risilla nerviosa.
—No he crecido, Isa, eres tú, que me ves con buenos ojos.
—¡Anda ya! –rebatió la mujer –. Y encima de guapo, humilde. ¡Si es que cómo no voy a querer a mi niño!
—Mamá… –protestó de nuevo Clara.
Isabel por fin se separó del chico, no sin antes propinarle un sonoro beso en la mejilla.
—Bueno, ¿qué hacéis? –preguntó, dirigiéndose a Iván –. ¿Vais a la habitación de Clara?
—No –intervino ella –, vamos a la salita de estar. Vamos a ver fotos nuestras de pequeños.
—¡Ay, qué buena idea! ¿Puedo verlas con vosotros?
Iván no pudo evitar sentir cómo su ilusión se hacía añicos y se descubrió deseando internamente que eso no llegara a suceder.
Afortunadamente, Clara estaba de acuerdo.
—Ya las veremos tú y yo en otro momento, mami.
—Bueno, está bien –aceptó ella a regañadientes –. ¿Queréis algo de merendar? ¿Un cola cao templadito, Iván? ¡Ay! –se interrumpió a sí misma de pronto –. Rodrigo trajo ayer unas napolitanas que están de muerte. ¿Os pongo unas pocas?
Iván adoraba a la madre de Clara, pero en ocasiones como aquella su excesivo entusiasmo por todo le saturaba un poco.
—No hace falta, gracias –sonrió modestamente –. Vengo merendado de casa. Por cierto, muchas gracias por el libro de biología, me has hecho un favor enorme.
—Ya sabes que si necesitas clases o lo que sea me lo puedes pedir, ¿verdad?
En ese momento, Clara se colgó del brazo de Iván.
—Bueno, mamá, nos vamos ya, que eres una plasta.
—Si cambiáis de idea sobre esas napolitanas me avisáis, ¿de acuerdo?
—Que sí, mamá –respondió la chica con hastío mientras arrastraba a Iván hacia el pasillo.
Clara cerró la puerta de la sala de estar tras de sí y se apoyó en ella, poniendo los ojos en blanco.
—Qué pesada que es mi madre.
—Qué va. Sólo es exageradamente simpática.
—Y tú exageradamente paciente.
«No lo sabes tú bien», pensó Iván, pero se limitó a sonreír.
Clara se acercó a una estantería y eligió un pesado álbum de la colección.
—1998 –leyó mientras se sentaba –. Aquí yo tenía un año y tú debías de tener tres.
Dio unas palmadas sobre el sofá, invitando a su amigo a sentarse a su lado, y procedió a abrir el álbum con emoción.
—¡Ay, mira qué monos éramos!
Iván se asomó al tomo y vio un par de fotos de ellos dos de pequeños, prácticamente idénticas. En ellas, los dos niños estaban sentados sobre la hierba, abrigados hasta las cejas y jugando con el manto de hojas secas que cubría todo en torno a ellos.
Iván no pudo evitar ahogar una risita.
—Pero si ni siquiera se te ve.
La Clara de las fotos era un bulto mullido de colores y abundantes tirabuzones castaños del que solamente se reconocían los dos luceros azules de su pequeño rostro.
—Mi madre ya debía de ser la paranoica que es hoy en día por aquel entonces. Fíjate, ¡si parezco un repollo multicolor!
Iván soltó una carcajada.
—A mí me pareces una bolita adorable.
—Tú sí que eras adorable. ¡Mira qué rubito!
Él suspiró.
—Qué lástima de pubertad.
—Anda, no seas bobo –replicó ella, pasando un brazo por los hombros de él y apretándolo cariñosamente contra ella –. Ni que estuvieras mal ahora.
Iván se volvió hacia ella, sorprendido, pero descubrió con decepción que su amiga estaba demasiado concentrada averiguando el contenido del álbum como para darle importancia a lo que acababa de decir.
—Mira, Iván, del día de Reyes.
Él se giró de nuevo hacia el libro y contempló cómo los dos niños pequeños que habían sido ellos abrían regalos entre un mar de globos, desbordantes de ilusión.
—Es verdad, antes lo celebrábamos juntos –comentó él.
—Sí, ¿te acuerdas? Siempre os veníais a dormir a casa y luego nuestros padres juntaban todos los regalos y se tiraban toda la noche inflando globos y decorando el salón para hacerlo lo más mágico posible.
—Qué buenos tiempos… –suspiró él con algo de amargura.
Iván fue incapaz de impedir que su cabeza hiciera de las suyas, imaginándose que en esos momentos seguían manteniendo esa tradición y despertando junto a Clara en la mañana del día de los Reyes Magos…
—Mira –la voz de Clara interrumpió sus pensamientos.
Iván rehuyó las imágenes de su mente y se concentró en la foto que señalaba Clara.
Casi se le paró el corazón.
La fotografía había sido tomada en un parque, frente a unos columpios, en una mañana con un cielo tan azul que resultaba casi sobrecogedor. El sol bañaba la imagen con fuerza y, en el centro de ella, un Iván de entonces tres años se inclinaba para besar en los labios a la pequeña Clara del pasado mientras jugaban con cubos y palas.
Iván se quedó petrificado durante unos segundos que se le hicieron eternos, sin saber cómo reaccionar. Aquello que tenía frente a sus ojos, inmortalizado en aquel invierno de 1998, era justo lo que llevaba deseando en secreto durante tanto tiempo que había perdido la cuenta, y acababa de descubrir que, de hecho, ya había sucedido.
Miró de reojo varias veces a Clara, esperando algún tipo de movimiento por su parte en un intento de averiguar cómo debía actuar él, pero ella sólo seguía observando la foto, embobada, como si los críos que la protagonizaban nada tuvieran que ver con ellos.
—No me acordaba de esta foto –dijo finalmente, como ensimismada en sus pensamientos.
—Yo no sabía de su existencia –se apresuró a coincidir Iván con torpeza.
Acto seguido se arrepintió. ¿Por qué intentaba justificarse? ¿Acaso trataba de desentenderse de aquello como si sólo por el hecho de dejar claro que no había sido consciente de ello no hubiera pasado? Por supuesto que no era consciente, ¡tenía tres años! Los nervios comenzaron a apoderarse de Iván y éste se sorprendió a sí mismo temiendo absurdamente que ella lo rechazara y sintiéndose a su vez tremendamente estúpido por ello, como si ese beso acabara de tener lugar diez segundos antes y no catorce años atrás.
Pero Clara hizo caso omiso del comentario de Iván y siguió a lo suyo.
—¡Qué monos éramos! Esta foto podría estar en cualquier marco de cualquier tienda, ¿verdad?
En ese momento, Clara se volteó hacia Iván con su radiante sonrisa, buscando una respuesta en él y, sin pretenderlo, quedándose tan cerca del chico que éste se sintió desfallecer.
Él fue a responder a su sonrisa, pero, de pronto, la fotografía vino a su cabeza como un centellazo y se percató con horror de que entre esa escena y la que estaba viviendo en esos instantes únicamente distaban unos centímetros.
El corazón de Iván comenzó a galopar como si se hallara en la recta final de una carrera de caballos, siendo consciente de que, de un segundo para otro, el momento con el que tanto había soñado había pasado de quedar totalmente fuera de su alcance a poder hacerse realidad. Sudores fríos bañaron todo su cuerpo, y miles de pensamientos de todo tipo lo atravesaron como balas, dejándolo totalmente paralizado. Sólo tenía que acercarse un poco y…
Pero no, ella no le iba a corresponder. ¿Cómo iba a hacerlo? Era su amiga de la infancia, ella lo veía como a un hermano mayor. Y no podía hacer eso, no podía arriesgar la relación tan especial que tenían… ¿Qué decía, arriesgar? No era un riesgo, era una realidad. Ella no volvería a mirarlo a la cara, la perdería para siempre, y, ¿qué iban a hacer sus dos familias en adelante? No, era una locura. No pudo evitar imaginarse la reacción de Clara de las maneras más horribles y humillantes posibles, a cada cual peor que la anterior.
Así que, disimulando sus ganas como buenamente pudo, Iván le dedicó a Clara la sonrisa más relajada que fue capaz de expresar y retiró la mirada de ella para fingir que seguía contemplando las fotos durante lo que quedaba de tarde… sin llegar a tener ni idea de hasta qué punto se arrepentiría de esa decisión en adelante.


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