martes, 12 de septiembre de 2017

Kai (VI): La mujer de fuego

Kai empujó la puerta de su casa, que se abrió con un quejido chirriante.
—¿Mamá? –llamó al entrar, pero no obtuvo respuesta.
El hogar de Kai se situaba casi a las afueras de Hanan, en una antigua casa que antaño había ocupado una familia de arqueros antes de ser reclamados para escoltar a una partida comerciante que se trasladaba hacia Elbor, la capital. Sus allegados fueron notificados tiempo después de que durante el viaje habían hecho buenas migas con sus acompañantes, hasta el punto de que éstos habían acabado solicitando sus servicios de forma indefinida, abandonando definitivamente su lugar de origen. Donei, alcalde de Hanan y padre de Nera, le había ofrecido aquella inusual vivienda a Hina, la extranjera que, años atrás, había llegado a la población thaender con su pequeño y hambriento Kai en brazos, suplicando desesperada por un hogar después de demasiado tiempo sin tener un sitio donde caerse muerta.
El motivo por el que Donei había aceptado a aquella mujer procedente de Landahr, la región de fuego, nadie lo sabía, pues la comunidad que veneraba a Everyth, diosa de la tierra y, por tanto, de la vida, creía fervientemente que la manera de vivir del resto de regiones de Deilia era sacrílega, violenta e irrespetuosa con las tierras que la diosa había creado para todos ellos. De esta manera, y sin poder soportar la forma en que el resto de regiones mataban a sus criaturas para alimentarse y extraían sus recursos sin ningún tipo de empatía para abastecerse, los thaenderes habían optado desde hacía siglos por mirar hacia otro lado ante las atrocidades cometidas por sus vecinos y vivir aislados y en armonía, procurando llevarse lo mejor posible con ellos al precisar de los bienes procedentes de las otras regiones, pero sin llegar a entrar en contacto con ellos más allá de lo estricto y necesario para evitar confrontaciones. Ante todo, los thaenderes conformaban una comunidad pacífica y tranquila, y la palabra conflicto no entraba dentro de su vocabulario.
Era por esto que, aunque solían mantener una pose correcta y respetuosa en sus relaciones comerciales, los extranjeros no solían ser bien recibidos dentro de sus fronteras. Ya les había costado demasiado tiempo tolerar que vejaran y atentaran contra el producto de su diosa y aprender a vivir con ello como para poder soportar que ese tipo de actividades criminales se realizaran en sus propias tierras. Incluso cuando algunos thaenderes, por motivos que se escapaban a la comprensión de la gran mayoría, engendraban hijos con seres procedentes de más allá de Thaenderia, los aceptaban y acogían, ofreciéndoles un oficio dentro de la Casa Arquera como protectores de la tierra que les había dado cobijo. Pero el hecho de que los habitantes de Hanan tuvieran a una landahrí viviendo entre ellos era inusual y, bajo el punto de vista de la mayoría, completamente fuera de lugar.
Muchas eran las habladurías que relacionaban románticamente a la extranjera con el alcalde de la población, quien había enviudado recientemente al complicarse el parto de su única hija en el momento en el que Hina acudió a él en busca de un techo. Sin embargo, y aunque Hina siempre se deshacía en halagos con aquél que la había salvado de seguir viviendo a la intemperie con un bebé a cuestas, Kai sabía de buena tinta que el único sentimiento que su madre experimentaba hacia el alcalde no era otro que una inmensa gratitud.
A pesar de que la acogida de Hina había supuesto una mancha en la reputación de Donei, la adoración de la extranjera era compartida por todo Hanan, pues era un alcalde bueno y atento que velaba por todos y cada uno de sus habitantes, los escuchaba individualmente y se desvivía por cubrir las necesidades de todos ellos en la medida de lo posible. Y, aunque trataba con el mismo respeto y dedicación a su madre, la mantenía oculta entre las paredes de aquella casa abandonada, haciéndola pasar por thaender en sus registros y no permitiéndola salir apenas de allí, pues era la única manera que tenía de hacerle pasar desapercibida ante las autoridades que residían en la capital. Hanan siempre había sido un pueblo tranquilo, y así se mantendría por el bien de todos ellos.
El motivo por el que Donei había escogido en su día esa vivienda para la extranjera era bien simple: el árbol que la sustentaba entre sus ramas era de una especie que poseía un tronco ancho y hueco que también podía ser habitable. Generalmente, las viviendas construidas en ese tipo de árboles solían ser destinadas a familias numerosas, como la que antaño la ocupó antes de decidirse por la vida nómada, al proveerlas de un espacio adicional donde algunos de sus miembros pudieran dormir; pero, en su caso, ese espacio cilíndrico, oscuro y mayormente incómodo, apenas iluminado por algunas rendijas practicadas sobre la corteza, era el lugar donde la landahrí permanecía recluida la mayor parte del día.
Así que, cuando Kai hizo acto de presencia y no vislumbró a su madre entre las paredes de madera construidas artificialmente por la mano thaender, el chico dedujo rápidamente dónde se encontraba.
Las casas thaenderes eran toda una obra de ingeniería. Adaptadas en su totalidad a la disposición de las ramas de los árboles, conformaban viviendas escalonadas de tablones de madera cuya estructura se sustentaba logrando que su peso confluyera en unos pocos puntos concretos de las ramas, por las que se trasladaba al tronco como pilar básico y fundamental y posteriormente a las raíces. En el caso del hogar de Kai era todavía más impresionante, ya que al tener el tronco hueco la naturaleza del árbol hacía que costase creer que las ramas no se partieran sobre sí mismas. Cómo los constructores se las apañaban para que aquello fuera posible, Kai no lo sabía, puesto que Weid hablaba tan incansablemente de lo que aprendía durante su formación que el chico había acabado aborreciendo la construcción y desconectando de la conversación cada vez que su amigo le sacaba el tema, que era casi siempre. Entre los innumerables encantos de Weid no se encontraba el de saber cuándo callar para no aburrir a sus oyentes hasta la extenuación, y Kai era su mayor víctima en ello.
El mobiliario de la casa se repartía por donde buenamente se podía colocar, encajándolo de manera casi milimétrica en las formas resultantes que los constructores lograban levantar entre las ramas y conectándolo todo con escaleras de mano para alcanzar los lugares más inaccesibles. Ninguna casa de Thaenderia era similar a ninguna otra, ya que todo quedaba a disposición de la forma de cada árbol. Algunas piezas de cocina y baño y una superficie sobre la que solían comer eran algunos de los elementos que se encajonaban en compartimentos de las dimensiones necesarias, mientras que el resto de cavidades consistían fundamentalmente en armarios en los que almacenaban todas sus pertenencias, a excepción de un cajón sobre el que se tendía el lecho de algodón donde Kai dormía y cuya única manera de acceder era tumbarse sobre el suelo y rodar hacia el interior.
Y, en el centro, se abría el hueco de sección circular que se adentraba hacia el interior del tronco y del que sólo llegaba una tenue luz del fondo.
Kai descendió por la escalera de mano que conectaba la construcción con la oscura dependencia y se dejó caer en la suave superficie de madera.
Hina se encontraba de espaldas, trabajando en algo volcada sobre una mesa. Dos bolas de fuego que flotaban a cada uno de sus costados la iluminaban parcialmente, creando un juego de luces y sombras que bailaba y lamía sus ropas.
—¿Mamá? –la llamó de nuevo Kai.
La mujer se dio la vuelta. Sus redondos ojos negros relucían como piedras de ónice a la luz de las llamas sobre su piel tostada. Sus mejillas altas destacaban en un rostro de facciones suaves que su hijo había heredado, donde ya se notaba el paso de los años marcado en algunas arrugas. Vestía el uniforme habitual de los residentes en Hanan, pero tenía la cabeza rapada y cubierta por completo con un gran paño de tela de color crema que había anudado a la nuca y que le caía sobre la espalda haciendo las veces de una coleta artificial y, de no ser por unos cuantos pelos rojos que comenzaban a nacer desordenadamente en sus cejas, nadie habría podido saber su color natural de cabello. Hina le había contado en muchas ocasiones que, en Landarh, mostrar el cabello era un privilegio sólo al alcance de la nobleza y los cargos importantes, y así lo mantenía también en el lugar en el que llevaba viviendo desde la más tierna infancia de Kai. La extranjera se había despojado de muchas de sus costumbres landahríes, pero aquella, junto a sus orejas repletas de pendientes y otros múltiples abalorios que repartía por su cuerpo fabricados a partir de diferentes gemas persistían como un constante recordatorio de que esa mujer no era de allí.
Como si el tono de su piel, el color de sus ojos y sus pequeñas orejas redondeadas no fueran suficiente.


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viernes, 1 de septiembre de 2017

Zoe (VIII): El pescador

Zoe se volvió hacia su izquierda, guiada por la fragancia que llegaba a sus fosas nasales. Una playa de arena blanca y fina, que se extendía hasta adentrarse parcialmente en el poblado, llegando a camuflarse con los coloridos senderos de conchas, era la antesala de un océano teñido de un profundo turquesa. Sus aguas se mantenían tan lisas y claras que bien habrían podido hacer las veces de un inmenso espejo si hubiese habido algo en el cielo que reflejar.
Rayle rió jovialmente ante la cara de estupefacción de su acompañante. Leyendo en sus ojos como si de un libro abierto se trataran, la tomó con suavidad del brazo y la ayudó a saltar la pequeña ladera que las separaba de la arena.
Al sentir esa suavidad bajo sus pies, Zoe tuvo que pellizcarse para convencerse de que, definitivamente, aquello no era ningún sueño. Se agachó hasta caer de rodillas, hundió las manos en la arena y dejó escurrir el árido entre sus dedos, maravillada ante el dulce cosquilleo que experimentó. A continuación, se encaminó hacia la orilla, casi temerosa de que, como en su sueño, no lograra acercarse nunca y la ilusión se desvaneciese ante sus ojos, pero comprobó con gran regocijo cómo la marea arrastraba sus cálidas aguas y bañaba sus pies descalzos, sintiendo un placer hasta ese momento desconocido para ella.
Si hubiera estado sola, le habría faltado tiempo para desprenderse de las escuetas ropas con las que la habían vestido y sumergirse en ese paraíso, pero la divertida mirada de Rayle la cohibía y hacía que el solo pensamiento encendiera sus mejillas.
La chica de los ojos violetas se situó a su lado, charlando animadamente como llevaba haciendo desde el momento en que había hecho acto de presencia, y la dejó experimentar un poco más la sensación antes de tomar su mano y llevarla de paseo por la orilla. Al girar sobre sus talones, Zoe pudo ver un muelle del mismo material que las casas que nacía del poblado y atravesaba la playa para adentrarse unos metros en el mar. En él, algunas embarcaciones permanecían amarradas, construidas con aquellas mismas hebras blanquecinas, algunas de ellas alternadas en mayor o menor cantidad con madera, dando lugar a botes de diferentes dimensiones.
Una de ellas, la más grande de todas, atracaba en esos momentos en el muelle. Algunos hombres, tan exóticos como los que ya había conocido, se encargaban de atar la embarcación al muelle desde el interior con cuerdas, mientras otro ayudaba desde fuera. Otros botes de menor tamaño se arremolinaban a su alrededor, imitando a su prójimo como crías de un animal siguiendo los pasos de su madre.
A Rayle se le iluminó la mirada ante aquella visión. Sin dudarlo, trotó alegremente hacia el muelle, arrastrando a Zoe tras ella, y la ayudó a trepar la construcción para acercarse a los recién llegados.
Allí había por lo menos diez o quince hombre semidesnudos ante los que Zoe no lograba decantarse por cuál se sentía más intimidada. Desalentada ante la falta de oportunidad de esconderse y reprimiendo sus ganas de salir corriendo, procuró camuflar su presencia detrás de la de Rayle, rezando por que su insólita belleza atrapase la vista de esos seres lo suficiente como para que no repararan demasiado en ella.
No hubo suerte.
Todos y cada uno de los hombres detuvieron lo que estaban haciendo a la primera llamada de Rayle, posando sus ojos de llamativas tonalidades sobre la extranjera como si su acompañante acabase de mostrarles un animal de circo. La examinaron de arriba a abajo, primero con estupor y luego con una descaradísima curiosidad a medida que la lugareña iba hablando, haciendo una cantidad de gestos tan desproporcionada que pareciera que estuviera bailando.
De pronto, del bote más grande asomó la cabeza de un chico que Zoe reconoció al instante.
Era el joven que había sido testigo de su despertar en la cabaña de Isshia.
Era un chico de unos veinte años, alto, delgado y musculado en su justa medida. Su cabello, del mismo azul marino que el de Rayle, aunque sin aquellos reflejos violetas que adornaban el de ella, era corto, y al girarse comprobó que lo mantenía rapado en la parte de la nuca para dejar ver un tatuaje gris exactamente igual al que ella tenía en la copa de su majestuoso árbol de corales. Sobre sus ojos de aquel intenso color turquesa, poseía una unas cejas no muy gruesas, con los extremos exteriores despeinados hacia arriba, que enmarcaban su brillante mirada y, en sus orejas, algo más grandes de lo normal, una pequeña caracola negra atravesaba uno de sus lóbulos. Su nariz era respingona, sus pómulos, marcados, su boca, grande de labios finos… y, en general, no había que ser ningún genio para percatarse del gran parecido que compartía con la chica que la había llevado hasta allí.
Pero lo que más destacaba de él, y ya era decir dados sus inusuales rasgos, era una enorme cicatriz que le cruzaba el pecho desnudo, justo encima de sus branquias. Una amalgama de tatuajes de diferentes tonos de azul cubría la totalidad de su brazo derecho, ascendiendo hasta el hombro y atravesando sus trazos con los que dibujaban aquella espantosa cicatriz; y, de la misma manera, otro entramado de tatuajes de los mismos colores, aunque de estilo claramente diferente, trepaba por su pierna contraria.
Zoe enrojeció hasta límites que ella misma desconocía al recordar que, como los otros tres, la había visto completamente desnuda.
Sus sospechas acerca del parentesco de Rayle con su vigía nocturno se hicieron más fuertes cuando ésta se lanzó a sus brazos. Visiblemente entusiasmada, le habló directamente al chico, que se mantenía sosegado y sereno, contrastando con la excitación de la que Zoe creía era su hermana, mientras el resto de presentes no se cortaba ni un pelo en acercarse a la visitante y rodearla como buitres ante su aterrorizada mirada.
El chico exclamó algo al darse cuenta de la situación y, haciendo caso omiso de Rayle, pegó un salto desde el bote y se abrió paso entre sus compañeros para situarse a la altura de Zoe. Sin perder la calma en ningún momento, pero con expresión seria, intercambió algunas palabras con ellos y, como por arte de magia, los hombres se dispersaron, regresando a sus quehaceres.
Zoe miró con nuevos ojos al joven, sintiéndose infinitamente agradecida; pero, cuando su mirada se cruzó con sus intensos irises turquesas, la imagen del chico observándola mientras dormía le asaltó como una pesadilla y deseó con todas sus fuerzas que se la tragara la tierra en ese preciso instante.
Rayle se acercó a ellos, volviendo a enfrascarse con su hermano en la conversación que habían dejado a medias. No parecía nada molesta por el desplante que le había hecho éste segundos antes; al contrario, parecía más animada si cabía, desviando repetidas veces la vista hacia Zoe y señalándolos a ambos sin ningún tipo de reparo.
Zoe aguardó, sin saber ya qué más hacer para ocultar su creciente incomodidad, hasta que, finalmente, y tras escuchar a su guía pronunciar varias veces su nombre a lo largo de su monólogo, el chico volvió a clavar sus ojos en ella y, empleando el tono más aterciopelado que Zoe había escuchado jamás, dijo:
Ae, Eryel.
Zoe se quedó patidifusa, sin esperarse por algún motivo la presentación del muchacho. Sin darse cuenta, se perdió en los ojos turquesas del chico, reparando en su antinatural belleza por primera vez. Tenía unos ojos tan vivos y penetrantes que contrastaban de manera casi cómica con la pose tranquila y relajada de su portador.
El chico esperó pacientemente una respuesta por parte de la forastera, pero Zoe parecía haberse quedado completamente congelada. Rayle, dejando escapar una risilla, abrazó con ternura a la muchacha.
—Zoe –la llamó, usando un tono similar al que ella emplearía con un niño pequeño –. Ae, Rayle; ren, Zoe –a continuación se separó de ella y cogió al joven, que le sacaba una cabeza, por los hombros –; ei, Eryel.
Las palabras de Rayle parecieron hacer su efecto poco a poco en ella, ya que el nombre del joven la golpeó y acabó por sacarla de su letargo.
—Eryel –repitió en un murmullo.
El aludido sonrió, mostrando una gran hilera de dientes blancos que, en conjunto con el resto de su rostro, la dejaron totalmente embelesada.
¿Qué diablos le estaba pasando?
Reparando en lo surrealista de la situación, Zoe se obligó a volver al mundo de los vivos.
Ae, Zoe –dijo como un autómata, con los nervios a flor de piel –. Ren, Eryel.
Y, como para subsanar  parte del ridículo que había hecho, añadió:
Íha, Rayle.
Rayle, altamente impresionada, aplaudió y rió maravillada.
Zoe no pudo evitar sentirse como una mascota a la que acabaran de enseñar un truco, y eso le hizo sentir aún más patética.
Eryel asintió aprobadoramente y, tras realizar un complicado gesto que Zoe no comprendió, le dijo:
Amia, Zoe.
—¡Eryel!
Zoe se volvió hacia el lugar del que provenía la potente voz. Al parecer, algunos hombres reclamaban su presencia desde los botes, pues no paraban de hacer señas hacia el suelo, como si tuvieran algún tipo de problema.
Eryel se despidió escuetamente de las dos chicas y se reunió con sus compañeros, que forcejeaban con algo que se movía en el interior y que Zoe no alcanzaba a ver. Asustada, la muchacha hizo amago de irse, aprovechando que Eryel parecía haberles dado su beneplácito para que lo hicieran, pero Rayle la retuvo con un sencillo gesto, haciéndole entender sin palabras que no había nada que temer.
Eryel se agachó rápidamente según puso un pie en la embarcación para coger una especie de arpón y, con un rápido movimiento, lo clavó en el motivo de la disputa.
Una criatura del tamaño de una cría de elefante se elevó entre los brazos de varios de los hombres y fue depositada en el muelle, desparramando su sangre violácea sobre la nívea superficie. Era lo que a Zoe se le antojó una especie de monstruo marino, con rasgos que a simple vista se le asemejaban a los de una ballena, pero que poco tenían que ver más allá de su alargado cuerpo y la relación entre sus proporciones. Su piel era lisa y brillante como la de un delfín, de un profundo gris azulado, y tenía el cuerpo surcado de branquias que se dibujaban de lado a lado de su lomo. En la unión con su vientre, pequeñas fisuras dejaban entrever el comienzo de unas garras que a todas luces parecían retráctiles, como las de los gatos, y de las que Zoe no alcanzó a dilucidar su verdadera dimensión, pero, por su aspecto salvaje y afilado, sí pudo llegar a la conclusión de lo mortales que podían llegar a ser. El cuerpo de la criatura se estrechaba hacia el final, formando una pequeña cola que también poseía aquellos pliegues que auguraban amenaza, y, al voltearlo boca arriba, Zoe pudo ver un par de hileras de ojos, íntegramente blancos y desprovistos de pupilas, que adornaban su vientre, de una tonalidad más oscura.
Zoe se vio obligada a contener varias arcadas ante la desagradable imagen que se exponía explícitamente ante sus ojos al tiempo que trataba de procesarla sin éxito.  Enseguida, al cuerpo inerte de la criatura se sumaron unos cuantos cadáveres más, algunos más pequeños y otros más grandes, que Eryel y sus compañeros se dedicaron a extraer de las embarcaciones con aire armonioso y rutinario, como si aquella tarea la desempeñaran todos los días.
Rayle dio un suave tirón del brazo de Zoe, invitándola a marcharse juntas de allí con una dulce y tranquilizadora sonrisa. A grito pelado, se despidió de su hermano y sus compañeros en su idioma, a lo que los aludidos correspondieron concisamente por encontrarse ocupados, y sacó a la traumatizada extranjera de allí.


domingo, 27 de agosto de 2017

After Death (I): El valle de las almas perdidas

Leah

El valle de las almas perdidas.
Así era cómo llamaban coloquialmente a Shining Valley, el lugar al que me dirigía. Una pequeña ciudad en medio de la nada a la que íbamos a parar todos aquellos que ansiábamos volver a empezar.
El valle de las almas perdidas…
En esos momentos no parecía haber otro lugar al que pudiera ir.
Las laderas de las montañas dibujaban siluetas sinuosas que se contorneaban a medida que avanzaba sorteando las curvas de la carretera. Unas solitarias gotas de lluvia golpeaban la luna delantera de mi furgoneta al son de la guitarra de Tracy Chapman. La melodía de su Fast Car resonaba a través de los altavoces, haciendo temblar a la pequeña muñeca de trapo que colgaba del retrovisor… y a mi trémulo corazón.
La voz grave e intensa de Tracy recorría mis venas y erizaba mi piel como si estuviese hablando de mí misma a través de ella. Mis dedos tamborilearon sobre el volante, tratando de mantenerme concentrada en cualquier cosa salvo en sus palabras para que el cielo no fuera el único que llorase.
Apreté el acelerador. Supongo que me sentía en mi derecho dada la letra de la canción, pero en realidad lo único que ésta hacía era acentuar mis ganas de escapar.
Huía. No sabía qué esperaba encontrar al otro lado de esas montañas, pero poco importaba. Lo único que tenía importancia era lo que dejaba atrás… y que ése era el único lugar donde debía permanecer.
Bien atrás.
El cielo no tardó en cubrirse con enormes nubarrones grises que dejaron caer algunas compañeras a las pocas lágrimas que habían vertido ya. Resignada, me vi obligada a girar la manivela de la ventanilla para cerrarla, y continué mi camino con la voz de la cantautora retumbando en mis oídos.
Ya quedaba menos.
Cerca de una hora más tarde, el camino de tierra entre montañas por el que circulaba doblaba su último recodo sin señalizar para dar paso al primer cartel que auguraba la cercanía de mi destino.
Era un poste desvencijado de madera con una flecha carvada en él como única indicación. Un pájaro solitario me lanzó una mirada severa desde la cabeza del mismo, como queriendo alertarme en silencio de que estaba adentrándome en sus dominios. Reduje la velocidad y continué conduciendo entre dos escarpadas paredes de roca cubiertas de musgo y liquen. 
La lluvia había cesado hacía un rato y decidí abrir de nuevo la ventanilla para aspirar el aire puro de la montaña y del que sería mi nuevo hogar.
Cerré los ojos para disfrutar mejor de la sensación, pero, de pronto, la furgoneta pareció tropezar con un bache y se caló. Inmediatamente mi mirada se dirigió al retrovisor para asegurarme de que mis pertenencias seguían en su sitio, y respiré aliviada al comprobar que las tres maletas que llevaba conmigo permanecían inmóviles, amarradas con los cinturones de seguridad.
Respiré hondo, agarrando con fuerza el volante, y me dispuse a bajarme de la furgoneta para ver qué era aquello que me había forzado a detenerme.
Al hacerlo, comprobé que no había sido la única interesada. Una pequeña ardilla olisqueaba curiosa el pedazo de roca que había hecho a mi vehículo renquear. 
El animalito se quedó petrificado al reparar en mi presencia. Esbocé media sonrisa, enternecida, y tardé un abrir y cerrar de ojos en volver con una bolsa de frutos secos en una mano y mi vieja Canon colgada al cuello.
La ardilla tenía algo más allá de su esponjoso pelaje y sus adorables orejas en punta que me cautivó. Sus ojos negros relucían con un fulgor especial, casi como si fuera un humano deseoso de hacer preguntas en vez de un animal esperando a cualquier mínimo movimiento por mi parte para escabullirse a la velocidad del rayo.
—Hola, pequeña –la saludé con voz suave –. ¿Estás perdida como yo?
Con paso precavido, le tendí una avellana escogida al azar de mi bolsa. La ardilla alargó su hocico hacia mi mano, la olisqueó y, con un rápido movimiento, se hizo con ella y se alejó de un par de saltos para comérsela sin la sombra de mi desconocida presencia.
—Eres una desconfiada, ¿eh? –sonreí, acercando el visor de mi cámara de fotos a mis ojos.
Cada vez me caía mejor ese bicho.
Ajusté el objetivo y me arrastré muy lentamente por el suelo, tratando de buscar un encuadre apropiado para esa escena, con mi nueva amiga recortada en parte contra la pared rocosa que se levantaba a sus espaldas y en parte por el majestuoso bosque de abetos que se podía apreciar a lo lejos, con sus copas apuntando hacia el cielo. Quería captar su esencia, el brillo curioso e inteligente de sus ojos, el espíritu humano que encerraba tras ellos.
Como cada vez que tomaba una fotografía, me fijé en el tatuaje que adornaba el dorso de mi mano derecha.
—¿Qué opinas, Warren? –pregunté al aire –. ¿Ves en ella lo mismo que yo?
Apreté el disparador.
—Sí, yo también lo creo –dije, viendo cómo la ardilla se alejaba finalmente –. Sería una buena recluta.
Aún con una sonrisa en el rostro, aparté la roca que entorpecía mi camino y volví a subirme a la furgoneta.
La muñeca de trapo del retrovisor me dirigió una mirada cargada de circunstancias.
—No te preocupes, Cindy –la tranquilicé, dándole un suave golpecito con uno de mis dedos –. Tú siempre serás nuestra favorita.
De pronto, observé por el retrovisor algo que me dejó petrificada.
Las maletas estaban abiertas.
—Warren, ¿has sido tú? –pregunté con voz temblorosa, negándome a abandonar mi fantasía.
Pero no hubo respuesta.
Me quedé helada, esperando algún tipo de movimiento. Los segundos se escurrieron de forma tan lenta y perezosa que podía visualizarlos en mi mente como el goteo de un grifo sobre un lavabo, hasta que, tensa como la cuerda de un arco, volví a bajarme de la furgoneta para arreglar el estropicio.
Una vez me hube cerciorado de que no faltaba nada y que las maletas volvieron a estar cerradas y aseguradas con los cinturones, eché un vistazo a mi alrededor, con la convicción de que, quien quiera que hubiese hecho aquello no andaría muy lejos.
A no ser que, como yo, fuese en un vehículo motorizado y hubiese aprovechado mi distracción con la ardilla para intentar birlarme algo.
Suspiré largamente. Desde luego, daba igual lo lejos que huyese, siempre habría genta mala en el mundo.
Aquel pensamiento me dejó una sensación de vacío y desesperanza difícil de digerir. 
Por un momento, consideré la opción de abandonar toda aquella pantomima y regresar por donde había venido. ¿Qué esperaba? No encontraría nada diferente a lo que había vivido hasta entonces tras esas montañas.
Me quedé largo rato observando mis maletas, sin saber qué hacer.
Sin quererlo, mis ojos se desviaron hacia mi compañera de viaje, que en esos momentos se mecía suavemente empujada por la brisa fresca del monte.
«No has llegado tan lejos para nada», me regañó silenciosamente.
Una ligera sonrisa se dibujó en mi cara.
—Por eso siempre serás mi recluta favorita –le dije tras haber ocupado de nuevo el asiento del conductor, chocando su pequeño puño de trapo con el mío –. No sé qué haría sin ti.
Sin embargo, por algún motivo no pude evitar sentirme obsevada al hacerlo, como si una presencia vigilase mis actos desde el asiento de atrás.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Sacudí la cabeza, alejando de mi mente esos pensamientos, y arranqué la furgoneta de nuevo para completar el último tramo del viaje.
Poco después, el valle de las almas perdidas se extendió frente a mí como un oasis en medio del desierto.
Shining Valley era como un pueblo de cuento. Pequeñas construcciones de piedra blanca y tejados rojos se desperdigaban aquí y allá, con el humo de sus chimeneas elevándose hacia la inmensidad de un cielo tan azul que resultaba sobrecogedor. Las montañas abrazaban con su poderosa presencia a la pequeña población, como dioses cubiertos por un manto esmeralda, y, salpicando de color la extensión de hierba que rodeada la ciudad, una gran variedad de flores se esparcía por doquier, resaltando como si de piedras preciosas se tratara.
Era como si ese bosque que acababa de atravesar fuera algún tipo de portal a otro siglo… o, directamente, a otra dimensión.
Al llegar con mi furgoneta al suelo empedrado que indicaba el comienzo de vida civilizada, comprobé que alguien aguardaba, mirándome a través de la luna delantera con una amplia sonrisa. Era un hombre de baja estatura, entrado en carnes, con un prominente bigote y ojos pequeños y redondos, vestido con una especie de frac y un sombrero de copa.
Lo dicho, como sacado de otra dimensión.
Aparqué como pude y me bajé de la furgoneta, volviendo a sentir aquella mirada invisible clavada en mi nuca.
Tragué saliva.
—¿Leah Parker? –me preguntó el rollizo señor amablemente, sacándome de mi trance.
—Sí, soy yo –respondí, mirándolo con algo de desconfianza.
El hombre ensanchó su sonrisa tras la enorme mata de pelo que crecía bajo su rechoncha nariz.
—Derek Johnson, alcalde de Shining Valley –se presentó, estrechándome una mano –. Estaba deseoso de conocerla.
Me vi incapaz de proferir palabra, con demasiadas preguntas circulando por mi cabeza.
—Sé lo que estás pensando –dijo él alegremente –. He visto esa expresión demasiadas veces. ¿De dónde sale este señor? ¿Por qué va así vestido? ¿Cuál es el motivo de que venga el alcalde a recibirme personalmente? –hizo una pausa y redujo el tono de su voz en un movimiento teatral –. Pero, joven Leah, para todas esas preguntas y todas las demás que seguramente te estés haciendo ahora mismo sólo tengo una única respuesta: aquí, en Shining Valley, cada uno es exactamente quien quiere ser. Por eso has venido hasta aquí, ¿no?
Las palabras del buen hombre me pillaron bastante desprevenida en el momento, percatándome poco a poco de que, efectivamente, aquella sencilla explicación podía servir de solución a cualquiera de mis preguntas.
Había llegado a Shining Valley huyendo de la vida que me precedía, deseando volver a empezar. ¿Qué sentido tenía esperar las mismas reglas del juego en mi destino? ¿Para qué me había marchado si no?
Correspondiendo tenuemente a su sonrisa, apreté su regordeta mano y me dejé guiar, no sin antes percibir por última vez aquella presencia que me había perseguido durante esa última etapa como un aliento gélido.

Ethan

La vi alejarse empujada suavemente por el abrazo del alcalde hacia el interior del pueblo, sentado con las piernas cruzadas sobre el asiento trasero de su furgoneta.
¿Quién era ella? ¿Qué la habría llevado hasta allí?
¿Sería la persona que por fin me daría la clave?
La figura espigada de Rob se materializó a mi lado, posándose con suavidad sobre una de sus maletas, y me lanzó una mirada cargada de represalias e incertidumbre.
—No deberías estar aquí –me advirtió.
Sus palabras se desvanecieron en el aire, demasiado ensimismado como estaba en mis propios pensamientos como para prestarle atención.
—Ethan –insistió al ver que mantenía la vista clavada en el horizonte.
Sin volverme hacia él, y sin terminar de creerme aún lo que acababa de suceder, murmuré, muy despacio:
—Esa chica me ha sentido.


Próximamente 

lunes, 31 de julio de 2017

Victoria (X): La fiesta de Tiara

Los primeros días de trabajo fueron un caos.
Encontrarme por primera vez en un set de rodaje real se me antojaba un sueño. No podía creerme que mi trabajo estuviera en el lugar donde se habían tomado tantas y tantas fotografías que había visto en mis libros de cine. Ver en primera persona cómo se rodaban escenas de acción (y lo ridículas que quedaban desprovistas aún de efectos especiales) o cómo eran en la realidad algunos decorados eran sólo algunas de las cosas que no dejaban de maravillarme a cada rato que pasaba allí. Eso por no hablar de la impresión brutal que causaba trabajar a sólo unos metros de Matthew Hamming, quien simulaba luchar contra los crímenes cometidos por una mafia rusa, o algo así. El típico argumento sobreexplotado con el que dormirse un domingo por la tarde, vaya. Por lo menos, el director, un tipo llamado Warren Thorne, era decente, y pude empezar desde el primer minuto a fijarme en todo lo que hacía en un intento de aprender de él.
Por su parte, Tiara Angelista se había convertido en mi jefa directa. A pesar de que su trabajo aparentemente nada tenía que ver con estar pendiente de los extras, era ella quien daba indicaciones a toda la bandada que éramos para que no nos descontrolásemos. La primera mañana, tras darnos las debidas explicaciones sobre lo que teníamos que hacer y una vez todo el mundo se puso en marcha, Tiara aprovechó un momento que pasé a su vera y me preguntó, como quien no quería la cosa:
—¿Se resolvió el problema con el inquilino?
Me volví hacia ella, completamente desconcertada.
—¿Perdona? –pregunté, sin tener del todo claro si era a mí a quien se dirigía.
Ella ni me devolvió la mirada. Caminaba a mi lado, como si coincidiera el lugar al que ambas nos dirigíamos.
—El problema que me comentaste anoche –respondió, ajustándose las gafas de sol –. ¿Averiguaste quién fue el que te levantó la chabola?
Honestamente, me costó unos segundos deducir de qué estaba hablando. Había borrado de mi memoria la patética excusa con la que me había cubierto las espaldas la noche anterior, y desde luego estaba convencida de que ella ni siquiera me había escuchado.
Debo reconocer que fue una grata sorpresa.
—Ah, sí –balbuceé rápidamente –. No, no averigüé de quién se trataba. Tendré que pasar alguna noche más por allí hasta que lo cace. No quiero denunciar hasta que no sepa quién es el pordiosero que me ha invadido.
Tiara asintió casi imperceptiblemente.
—Nos vio una paparazzi.
Empalidecí. 
Aquello era lo opuesto a que nadie conociera en dónde vivía. ¿Qué iba a hacer ahora?
—La prensa no descansa –comenté, tratando de disimular mi pavor.
—Por suerte, yo tampoco. Me aseguré de que no vendiera esas fotos. Pero no me gustaría que te relacionaran conmigo… Al menos no de momento –añadió antes de separarse de mí y regresar a su puesto.
No estaba segura de si sus palabras habían sido una especie de amenaza o simplemente una advertencia, pero poco me importaba. Era la primera que no quería ser descubierta por la prensa y, aunque en otras circunstancias habría aceptado de buena gana haber levantado el interés público, no me lo podía permitir… al menos no hasta que lograse un hogar más digno, lo que me iba a llevar bastante tiempo, de acuerdo con mi plan. Además, no era tan rastrera. Que te relacionen con otros famosos siempre es un empujoncito, pero algún día quería ser reconocida por mi trabajo, no por mis amistades.
Desde entonces, Tiara pareció tomarse muy en serio sus palabras de la noche anterior. Prácticamente no se despegaba de mi persona, aunque ponía bastante cuidado de cara a mis compañeros de trabajo en que pareciera totalmente casual y fortuito.
Adaptarme a la rutina que conllevaba mi nueva situación estaba siendo duro, pero, por suerte o desgracia, llevaba unos cuantos años acostumbrada a sobrevivir en circunstancias infrahumanas. Hice algunas compras con mis nulos ahorros que consistieron en poco más que cereales y ensalada para ir tirando, y me mentalicé en que en aquello iba a consistir mi dieta hasta que recibiera mi primera paga. Afortunadamente, en el trabajo nos daban de comer, así que, por lo menos a mediodía, podía incluir algo de variedad en mis comidas.
Tuve que hacer varias cosas en contra de mis principios que jamás pensé que me vería en la situación de hacer: tomar prestado algo de cubertería del comedor de los estudios, puesto que no disponía de más dinero para poder adquirirla por mis propios medios, y tomar prestados los baños del gimnasio local, puesto que yo no disponía de ningún tipo de saneamiento en mi infravivienda… y, si os estáis preguntando si me colaba todos los días en el gimnasio sin ser vista, lo cierto es que fue una opción en mi cabeza hasta que descubrí una oferta con la que disponía de una semana de prueba antes de empezar a pagar la cuota correspondiente, por lo que pude concederme esa semana de tregua hasta recibir mi primer salario. A partir de ahí, ya veríamos.
Así que todos los días, después de pasar la noche con un ojo abierto por miedo a cualquier tipo de incursión, me levantaba, me preparaba un desayuno rancio que almacenaba en mi nevera inoperativa, me vestía con mi ropa de deporte y, bolsa en mano, me tragaba una hora de viaje en metro y ascendía los veinticinco pisos del rascacielos sobre el que se situaba el gimnasio de Bridgeport. Para hacer el paripé, y ya que estaba allí, aprovechaba para hacer algo de ejercicio en la cinta de correr y, a continuación, me daba una buena ducha, me cepillaba los dientes a conciencia y fregaba los platos en el lavabo del baño cuidándome de que nadie me descubriera en tan humillante situación. Luego me volvía a meter en el metro para ir a trabajar, donde me llevaba a la boca la mayor cantidad de comida posible, y me dedicaba a hacer mi labor de extra de fondo para después volver a encerrarme en el metro durante otra hora y pico y caminar la eterna cuesta del Sendero de la Plata, completamente agotada. Una vez llegaba a las proximidades de mi solar, me aseguraba de que no había paparazzis a la vista, cenaba en medio de una oscuridad total un plato de ensalada sin aliñar y me enfundaba en mi pijama para meterme en mi camastro y pasar otra noche casi en vela.
De ese modo transcurrieron varios días hasta que llegó, hacia el final de la semana, un día festivo cuyo motivo no me quedó claro. Al parecer, era la manera laica que tenían en Bridgeport de conmemorar el verano o algo así, y me enteré de que habría hasta una especie de festival con actividades al aire libre durante todo el día que acabaría en un espectáculo nocturno de fuegos artificiales. 
Para cuando se dio el momento yo estaba absolutamente exhausta y lo único que quería era dormir durante todo el día, pero para mi sorpresa recibí un mensaje de texto de Tiara en el que me invitaba a una fiesta en su piscina esa misma mañana. Me costó varios minutos procesar la información, sin entender los motivos de aquella invitación. Ya me costaba entender la persecución a la que me sometía en el trabajo (aunque aprovechara como es lógico la oportunidad para intentar entablar relación con ella y sacar tajada de la situación), pero, ¿que después de apenas tres días de trabajo me invitara a mí, una simple extra de fondo, a una fiesta privada en su casa? No comprendía nada.
Pero, por supuesto, no podía desaprovechar la oportunidad, así que me despedí de mi día de descanso y me dirigí hacia mi destino con toda la brevedad que pude.
Tiara Angelista vivía en una mansión en una calle perpendicular al Sendero de la Plata. Era una vivienda moderna, de dos plantas, cerrada con planchas de hormigón blanco y dotado de un juego de cubiertas inclinadas de color negro que la hacía muy particular. Tenía una parte de la vivienda completamente en diagonal, como incrustada de cualquier manera en el resto de la casa, y algunos huecos de diferentes tamaños se esparcían por las paredes, demasiado pocos para mi gusto. En la parte izquierda se apreciaba la entrada a un garaje, y un muro de piedra protegía la casa del exterior.
Me acerqué maravillada y pulsé el botón del telefonillo bastante nerviosa. Enseguida las puertas se abrieron por algún procedimiento mecánico, dando paso a un jardín delantero totalmente desnudo, desprovisto de cualquier tipo de planta o flor que pudiera adornarlo.
Eso no me gustó. Yo siempre había soñado con cultivar mi propio jardín, incluso mi abuelo Lawrence me había permitido crear un pequeño huerto en la mansión. Me prometí a mí misma que, cuando ampliara lo suficiente mi maltrecho hogar, dedicaría todo mi empeño en crear un hermoso jardín con todo tipo de vegetación, incluyendo mi propia plantación de frutas y hortalizas, tal y como tenía en mi anterior casa.
Tiara estaba enmarcada en la puerta, vestida con un elegante bañador de cuerpo entero, sus pendientes de aro y sus ya características gafas de sol, y portaba una bebida de aspecto cítrico en su mano.
—¡Eh, Victoria Legacy! –me saludó, con una gran sonrisa en su rostro.
Era la primera vez que la veía demostrar algún tipo de expresividad.
Me acerqué a ella, bastante insegura acerca de lo que esa mujer esperaba de mí, y ella me invitó a entrar a un amplísimo salón en el que algunas personabas charlaban o bailaban al son de una estridente música electrónica.
—Tienes un cuarto de baño arriba donde puedes cambiarte –me indicó –. La piscina también está arriba, en la terraza, pero si quieres servirte algo antes, aquí a la derecha tienes una barra de bar, en la zona de comedor.
Entonces, echó un vistazo en derredor y su cara se iluminó al localizar a alguien en concreto.
—¡Ah! Ahí está Lola –se volvió de nuevo hacia mí –. Pásalo bien, por aquí hay algunas personas interesantes. Estaré por ahí si me necesitas.
Y, dicho esto, se acercó a un grupito de unas tres personas con las que comenzó a parlotear alegremente.
Un poco confusa, decidí hacer caso a Tiara y, tras ponerme mi bikini en el único baño que encontré, bajé de nuevo las escaleras. Iba tan ensimismada buscando a mi anfitriona que no reparé en que un hombre se disponía a ascenderlas, y me abalancé sobre él, derribándolo en el acto.
—¡Perdona, lo siento! –me apresuré a disculparme, agachándome para tenderle una mano y ayudarlo a levantarse.
El hombre me dirigió una mirada lastimera antes de dejarse ayudar. Debía de andar alrededor de los cuarenta, aunque poseía un rostro de rasgos algo aniñados. Tenía la piel cetrina, el pelo corto y rubio y los ojos de un verde bastante apagado, además de ser bastante enclenque. Era como un muerto viviente que en vida debió de ser atractivo.
—No te preocupes, señorita –tartamudeó, poniéndose en pie –. ¿La conozco de algo?
Lo observé con detenimiento, y de pronto lo reconocí.
—¿Trabajas en los estudios?
Su rostro gris se iluminó.
—Soy ayudante de dirección. Reuben Littler –se presentó, estrechándome una mano.
—Victoria Legacy –lo correspondí –. Extra de fondo.
Reuben esbozó una media sonrisa que no me gustó nada.
—Extra de fondo –repitió, repasándome de arriba a abajo –. ¿Y cómo es que has sido invitada al gran evento de nuestra jefa de producción?
Los pocos remordimientos que había podido sentir hasta ese momento se borraron de un plumazo al comprobar la altivez y el deje lascivo que denotaban su voz. No pensaba quedarme con ese señor ni un segundo más.
—Pues lo mismo que tú, supongo –repliqué, cortante –. Nos vemos en el trabajo, ayudante de dirección.
Y me alejé de él rápidamente, asqueada a más no poder.
Pero, ¿de qué iba ese hombre? ¿Cómo se le ocurría mirarme de esa manera, como si fuera un cacho de carne? Yo merecía un respeto, y eso sin contar con que por edad ese tío podría ser mi padre perfectamente. Menudo pedófilo.
Sin más dilación, ahuyenté de mi mente la escena que acababa de vivir y me acerqué de nuevo a Tiara para simular que estaba ocupada.


miércoles, 19 de julio de 2017

Kai (V): Alma de arquero

Trató de mantener su pánico a raya y repasó mentalmente los conocimientos que en teoría debía poner en práctica en la fase de supervivencia. Los desperfectos no eran extremadamente graves, tal vez con un poco de magia pudiera arreglarlo sin problemas, pero era una reparación laboriosa y no disponía del tiempo necesario. En un arranque de determinación, arrancó de cuajo la pieza rota ayudándose de un ligero movimiento mágico y colocó la mano que sujetaba el arco de tal forma que pudo hacer un pequeño apoyo con sus dedos. Tiró de la flecha, apretó los dientes y disparó hacia la marca al tiempo que sentía cómo el arma le dejaba en carne viva la mano y parte del brazo a medida que se deslizaba por ellos.
Hubo un momento en el que estuvo convencido de que el sacrificio había sido en vano, pero la flecha impactó en su objetivo por poca distancia, y a Kai le faltó tiempo para brincar sobre el alféizar y agarrarse al poste, dándose impulso con piernas y brazos para ascender por él y aguantándose las lágrimas cada vez que la madera entraba en contacto con las heridas causadas por la flecha.
Apenas pudo contener la alegría cuando, al desasirse del poste y ponerse en pie sobre la cubierta de la casa, descubrió que finalmente se había puesto a la altura de Vith.
El chico le dirigió una mirada hostil al percatarse de su presencia, visiblemente sorprendido. Nunca le había tratado mal, pero Kai sabía que Vith también deseaba ser seleccionado para viajar a Elbor, y aquello era una cuestión personal para él. Resollando por el esfuerzo, Vith no perdió ni un segundo más y puso pies en polvorosa en un intento de dejarlo atrás de nuevo, pero esta vez Kai no se lo permitió. Dio una zancada frente a él, obstaculizándole el paso por un instante, y saltó a la cubierta de la siguiente casa, alejándose a la velocidad de la luz.
—¡Maldito mestizo! –le oyó vociferar a lo lejos, henchido de rabia.
Kai sintió una mezcla de dolor y satisfacción al mismo tiempo, pero no se fiaba de Vith y necesitaba asegurarse de que le cogía la delantera definitivamente. Sin detenerse, buscó con la mirada la luz del siguiente munhe, y la localizó brillando entre las hojas alargadas y sinuosas de la copa de un gran árbol. Encendido por la adrenalina, volvió a ignorar el camino habitual y apretó el paso, lanzándose hacia otra pasarela que le sirvió para coger carrerilla y dar un enorme salto en dirección al árbol en cuestión, colgándose de una de las hojas. Aulló de dolor cuando sus manos resbalaron por la hoja, cediendo por el peso y cortándole las palmas con el filo, pero aún así se las arregló para agarrarse bien. Obviando la sangre que manaba de sus manos y teñía el verde azulado de la vegetación de un intenso escarlata, se las ingenió para enrollarse parte de la hoja alrededor de una mano, y repitió el proceso para sujetarse a la otra hoja que tenía al lado.
«¿De verdad era necesario esto, mestizo idiota?», se torturó a sí mismo mentalmente mientras ascendía a pulso por las hojas del árbol, sin evitar reparar en el escozor de las palmas de sus manos.
Cuando llegó a la copa del árbol casi se sintió desfallecer. Aspiró aire durante un momento, apoyándose sobre sus rodillas, pero de pronto se acordó del rostro enfurecido de Vith y volvió a ponerse en marcha.
No tardó en encontrar el munhe, y desde allí visualizó la marca correspondiente, balanceándose en una hoja del árbol como había estado haciendo Kai momentos antes. Sacó una flecha del carcaj, la colocó sobre el arco y la flecha cayó hacia un lado, imitando a la anterior.
—Mierda –maldijo en voz baja. Había olvidado todo el asunto del reposaflechas y acababa de caer en la cuenta de que debía volver a hacerse daño con las malditas flechas dos veces más si quería superar la fase.
Le dieron ganas de llorar, totalmente reacio a la idea provocada por su mala cabeza, pero no había tiempo que perder. Vaciló, pero finalmente decidió arrancarle un par de pedazos a una hoja.
—Lo siento –se disculpó de corazón, tanto con el árbol como con Everyth –. Espero que sepas perdonarme.
Se enrolló y sujetó los trozos de la hoja en las manos, a modo de vendas, y a continuación compensó torpemente al árbol invocando su magia para hacer que la hoja arrancada creciera de nuevo y devolverla a su estado anterior. Kai sabía que aquello no arreglaba nada, ni ante el árbol, ni ante la diosa, pero no podía permitirse dejar la fase a medias, y no sabía qué otra cosa hacer.
Volvió a colocar los dedos simulando un reposaflechas y se concentró en la marca balanceante. No podía fallar.
Disparó, y la flecha le cortó de nuevo al volar hacia su blanco, pero esta vez no le escoció tanto gracias a su protección improvisada. Eso lo alentó, pero sus ánimos desaparecieron cuando la flecha pasó silbando al lado de la marca.
Kai soltó una maldición, sacó otra flecha y repitió la operación. Esta vez sí acertó, pero su protección estaba ya desgastada y no soportó tan bien el dolor. Con lágrimas en los ojos, decidió que necesitaba acabar con esa fase cuanto antes, así que no se lo pensó más y se dejó caer de rama en rama hasta sentir de nuevo la hierba bajo sus pies, y trotó hacia el final del circuito, esta vez siguiendo el camino convencional.
El maestro Hando lo vio llegar desde la meta y asistió estupefacto a su último disparo, viendo cómo la flecha le desgarraba el brazo y una mano cubierta por una hoja de siaze destrozada y ensangrentada antes de atinar en el centro de la marca. Sin poderse controlar más, Kai profirió un grito descomunal, lanzó el arco y el carcaj al suelo con furia y se tiró sobre la hierba fresca, con los ojos henchidos en lágrimas y profundamente aliviado por haber acabado al fin con aquella fase del infierno.
El maestro se quedó observándolo durante unos largos segundos.
—Llamaré a un mago –sentenció finalmente.

—¿Qué ha pasado, chico? –le preguntó abiertamente el maestro una vez hubo regresado, mientras la sanadora que había traído se encargaba de curar sus heridas.
El resto de aprendices todavía no habían llegado cuando Hando había regresado acompañado de una thaender anciana que, nada más ver de quién se trataba el accidentado, se había dispuesto a hacer su trabajo sin proferir una sola palabra.
Kai bajó la cabeza, visiblemente avergonzado. A pesar de ser mestizo, el maestro Hando siempre lo había tratado con respeto y temía decepcionarlo.
—Nunca has tenido problemas con esta fase –continuó el maestro al ver que Kai no contestaba –. De hecho, no me ha sorprendido que hayas llegado el primero, pero siempre lo has realizado holgadamente, y mira en qué condiciones estás. ¿Ha ocurrido algo?
Kai dudó de si contarle lo sucedido con Nilhe al principio del circuito, pero en ese momento vio cómo Vith llegaba a la meta y sus dudas se disiparon, acordándose del momento en el que el propio Kai se había interpuesto en el camino de su compañero.
—Tuve un percance al principio –dijo finalmente, escogiendo las palabras –, y tuve que ingeniármelas para salvar tiempo.
El maestro Hando señaló con la vista las heridas que la sanadora estaba cerrando poco a poco con su magia.
—¿Y esos cortes? ¿Has olvidado de pronto cómo disparar?
Kai notó de pronto la boca pastosa.
—Se me rompió el reposaflechas, maestro. Consideré arreglarlo, pero hubiese tardado demasiado, así que al final decidí utilizar mis propios dedos.
Hando alzó las cejas, y por un momento Kai tuvo miedo de que su maestro decidiera descalificarlo por saltarse las normas.
Sin embargo, el maestro se mantuvo en silencio, observándolo con una expresión indescifrable.
—Esto ya está –anunció la sanadora de pronto, y se dirigió al arquero –. La magia aún estará haciendo su efecto por un rato, así que debe tener cuidado y mantener reposo en el brazo y en las manos.
A Kai se le cayó el mundo a los pies al escuchar la noticia de la mujer. Si no podía utilizar sus manos, ¿cómo se suponía que iba a seguir con la prueba?
El maestro Hando asintió severamente.
—Descuida, lo hará. Que Everyth te otorgue larga vida.
Se despidieron con el saludo deiliano y la mujer desapreció en el bosque.
Nilhe había llegado mientras la sanadora comunicaba la noticia y, en cuanto vio a Kai y concluyó que el mestizo había finalizado el primero, le dedicó una mirada cargada de odio. Unos minutos después llegó Esven, sin dejar de mirar hacia el cielo para comprobar que había llegado a tiempo, y disparó su última flecha.
—Bueno, pues ya estáis todos –declaró el maestro Hando cuando al fin se reunieron –. Y todos a tiempo, así que de momento vais por el buen camino. Tomaos un descanso y nos reuniremos aquí mismo al comienzo de la tarde para continuar con la prueba. Que Everyth os guarde y os dé suerte.
—Sí, maestro –respondieron los aprendices al unísono, tratando de contener su excitación por haber superado la fase.
Esven, Vith y Nilhe intercambiaron animadas despedidas y se disgregaron sin mirar a Kai en ningún momento. Kai, acostumbrado, suspiró y se dispuso a marcharse cuando la voz de su maestro lo llamó:
—Kai –dijo con una voz limpia y clara.
Kai dio media vuelta, sorprendido porque su maestro se dirigiera a él en exclusiva.
—¿Sí, maestro Hando?
El hombre lo observó con cierta curiosidad, cruzando los brazos.
—La forma en que has superado la fase de habilidad ha sido temeraria, chico –lo reprendió con tranquilidad.
—Lo sé, maestro –coincidió Kai, arrepentido –. Lo lamento.
—No es necesario que asistas a la fase de supervivencia –dijo súbitamente su maestro, sin tapujos.
Kai alzó las cejas, sin creer lo que estaba oyendo
—¿Perdona, maestro?
—Estoy al corriente de que para tus compañeros no eres de agrado, y sé que te lo han puesto más difícil.
El aprendiz guardó silencio, incapaz de ocultar su confusión, esta vez en un nuevo sentido.
—Tenía fe en ti –continuó el maestro al ver que Kai no pronunciaba palabra –, pero ni por asomo pensaba que fueras a llegar tan lejos. ¿Disparar flechas apoyándolas en tus propios dedos? Estoy francamente sorprendido, muchacho.
Kai se mantuvo observando a su maestro, tratando de resolver en su cabeza el rompecabezas de sus palabras.
—Entonces… ¿me descalificas por no haber reparado el arco?
El maestro Hando, eternamente serio y cansado, miró perplejo a su aprendiz unos instantes antes de dejar escapar una risa seca.
—No me has entendido, chico. Has realizado una fase de habilidad como no he visto en mi vida. Has demostrado que tienes recursos para vencer las adversidades, si es necesario sacrificándote tú mismo. No sólo eso, sino que has empleado conocimientos de otras fases para ayudarte en ésta, tal y como se debería hacer en una situación real. En otras palabras, has demostrado que tienes alma de arquero. Así que ve a casa, reposa tal y como ha dicho la sanadora y vuelve para la fase de abastecimiento. Creo que, por cómo has acabado, tu fase de habilidad también vale para superar una fase de supervivencia, ¿no crees?
Kai no daba crédito a lo que escuchaban sus oídos. Se sentía tan contrariado y colmado al mismo tiempo de tantas emociones que no sabía ni qué decir.
—Pe-pero… No he reparado mi arco. Quiero decir, no he demostrado que sé fabricar uno propio desde cero, ni que sé arreglarlo si se rompe como hoy, ni…
—¿Quién ha fabricado ese arco que llevas a la espalda, Kai? –lo interrumpió su maestro.
—Y-yo, maestro…
—Entonces podemos concluir que sí sabes hacerlo, ¿verdad?
Kai tragó saliva y asintió.
—Bien, pues creo que no hay mucho más que hablar –sentenció, y se dispuso a marcharse, dándole una palmada en el hombro al muchacho al cruzarse con él –. Descansa, chico. Te veo en la fase de abastecimiento.
Kai parpadeó varias veces, aún sin creérselo.
—Gra-gracias, maestro… –dijo, contemplando cómo el arquero se desvanecía entre los árboles.


domingo, 16 de julio de 2017

Zoe (VII): La chica del árbol de corales

—Zoe.
La voz sonaba en la lejanía, susurrante pero limpia y clara al mismo tiempo.
—Zoe –repitió.
Zoe abrió los ojos pesadamente, pero fue incapaz de ver nada. Una espesa niebla cubría su cabeza y no era capaz de distinguir las formas ni los colores.
—Zoe –la seguía llamando la voz.
Y entonces la reconoció.
Era la voz de su claro. Lo que silbaba el viento a través de las hojas de los árboles cuando yacía en él dibujándolo.
De pronto, los contornos se esclarecieron, y allí estaba ella de nuevo. La embargó la sensación de paz y familiaridad propia de quien ha regresado a su hogar.
Sin embargo, algo la dejaba intranquila. Su claro no era el mismo de siempre. La distancia que la separaba del estanque y del resto del bosque era mucho mayor de la habitual, y se sentía extrañamente sola.
No se dio cuenta al principio, pero poco a poco fue consciente de que los árboles se movían y que llevaban moviéndose de esa manera todo el rato. Danzaban a su alrededor, mezclándose con otros y susurrarando a gritos su nombre.
—Zoe… Zoe…
Ella acudió a su llamada, caminando emocionada hacia el lago, pero, cuando llevaba apenas unos pasos, se percató con impotencia de que éste seguía igual de lejos que al principio. Cuanto más se acercaba a él, más lejos parecía estar, y la suave danza de los árboles se volvía cada vez más frenética y violenta.
¿Por qué estaba el claro tan enfurecido?
Seguía escuchando su nombre, pero ya no sonaba dulce y suave, sino fuerte y exigente, y Zoe no alcanzaba a distinguir si aquello era una réplica dolida o una llamada de auxilio desesperada. 
La chica apremió el paso, pero era inútil, su claro estaba cada vez más lejos. Y, de repente, un torrente de agua salió disparado del lago, como si de un monstruo marino se tratase, y le agarró del tobillo, empujándola con fuerza hacia adentro. Zoe, asustada, intentó aferrarse al suelo, pero el torrente era mucho más fuerte que ella. Impotente y desesperada, sus uñas sólo lograron arañar la tierra y arrancar la hierba mientras sentía cómo las aguas la arrastraban por el suelo antes de engullirla como a una lombriz.
Entonces, todo se apagó.
Ni el ruido del viento y el agua, ni el verde y el dorado de los árboles danzantes, ni la distancia cada vez más grande entre el claro y ella. No veía, sentía ni oía nada.
Sólo una voz tenue y adormilada que susurraba:
—Zoe…

—¡Zoe!
Zoe se despertó sobresaltada, con el corazón latiéndole totalmente desbocado.
Se giró bruscamente y vio a Isshia enmarcada en la puerta de su exótico hogar, mirándola con una mezcla de diversión y preocupación.
—¿Zoe?
Ella aún trataba de ubicarse y reconocer que lo que ocurría a su alrededor no formaba parte del sueño. Su pecho subía y bajaba, frenético, y miraba a la mujer del pelo de colores con ojos desorbitados.
Ae, Zoe –dijo automáticamente, sin saber muy bien cómo habían llegado esas palabras a sus labios.
Isshia soltó una risotada.
Ren, Zoe –respondió, encantada, y a continuación le hizo gestos apremiantes para que abandonara el lecho de hierba y se acercara a ella.
Confusa, Zoe se puso en pie lentamente y se palpó el cuerpo para comprobar que seguía vestida, aunque fuera con aquellos extraños ropajes. Dio unos pasos hacia la mujer, pero, antes de haber llegado a su lado, ésta retiró la cortina de caracolas que pendía del marco de la puerta y la invitó a salir al exterior.
A Zoe apenas le dio tiempo a apreciar de nuevo la luz del sol. Antes de que hubiese puesto un pie fuera, una avalancha de gente se volcó sobre ella, curiosa y entusiasmada, hablándole a gritos en su lengua.
Ella enseguida se sintió estresada, aturdida y terriblemente incómoda. Ni siquiera era capaz de distinguir los rasgos de aquellas personas, ni el color de su pelo, o si eran hombres o mujeres. Desesperada, buscó con la mirada a Isshia, suplicándole auxilio en silencio, y ella enseguida salió a su rescate, apartando con brazos y piernas a la gente y dando órdenes en tono maternal. En cuestión de segundos, aquellos seres se habían dispuesto a un par de zancadas a la redonda, observando a la visitante ahora en respetuoso silencio, pero con un interés aún mayor si cabía.
Fue entonces cuando la chica pudo ver el aspecto de toda esa gente con claridad: pieles bronceadas y tatuadas, torsos desnudos, telas transparentes y traslúcidas de diversos colores, ojos y cabellos también de brillantes tonalidades, éstos últimos muy cortos o largos y recogidos… y todos ellos con sus branquias sobre la caja torácica, indicativo de que ahí la diferente era ella.
Algunos valientes trataron de acercarse un poco a Zoe y comunicarse con ella en voz suave, pero Isshia enseguida los acalló, y Zoe no tuvo que pensarlo mucho para deducir lo que les había expresado: que era inútil, la chica no entendía ni una palabra de lo que estaban diciendo.
El grupo intercambió murmullos de sorpresa, hasta que una joven aparentemente de la edad de Zoe se abrió paso entre la muchedumbre y, momentáneamente, la atención se centró en ella. Todo el mundo parecía conocerla y alegrarse de su presencia, e Isshia la saludó con gran efusividad, como si la hubiera estado esperando.
La muchacha correspondió al saludo alegremente y juntas intercambiaron unas palabras antes de que se volviera hacia Zoe con los brazos en jarras y una cálida y jovial sonrisa dibujada en su rostro.
—Zoe –la llamó Isshia, y a continuación señaló a la recién llegada con las manos –. Íha, Rayle.
Ae, Rayle –se apresuró a corroborar la chica.
Zoe anotó mentalmente la palabra “íha”, traduciéndola como “ella”, y añadió el nombre de Rayle a los ya conocidos.
Ae, Zoe –se presentó como había aprendido.
Rayle asintió y aplaudió, maravillada, y volvió a hablarle muy despacio y haciendo un montón de gestos que Zoe no comprendió.
Ante el contrariado ademán de su huésped, Isshia volvió a dirigirse al grupo que observaba la escena desde segunda fila y vociferó algunas cosas con satisfacción y firmeza, logrando que, por fin, todos esos seres desaparecieran de la vista, dejando a las tres mujeres a solas. Zoe respiró con alivio, aunque aún seguía inquieta por la presencia de la recién llegada.
Entonces, Isshia volvió a hablar y hacer gestos, señalándola a ella y a Rayle de vez en cuando, hasta que la empujó suavemente hacia la joven y Zoe intuyó con pavor que pretendía dejarla a solas con ella.
Sus sospechas se confirmaron cuando, tras intercambiar de nuevo unas últimas palabras con Rayle, Isshia se despidió de la muchacha con una sonrisa y se introdujo de nuevo en la cabaña.
Zoe quiso suplicarle a la mujer que no la dejara sola con aquella extraña, pero ya era tarde, y de todas formas no tenía manera de hacerse entender. Desolada, contuvo un suspiro y se enfrentó a su destino, sin saber muy bien qué hacer.
En cambio, su compañera no parecía nerviosa en absoluto. Al contrario, se la veía tan emocionada con aquella idea que no perdió tiempo y se dispuso a hablarle con toda la tranquilidad del mundo, a pesar de que Zoe no entendiera nada de lo que estaba diciendo y no pudiera responder, así que la chica no tuvo más alternativa que quedarse contemplándola, tratando de disimular lo mejor posible su estupor.
Rayle era media cabeza más alta que Zoe y poseía un cuerpo proporcionado y definido, de bellas curvas y piel tostada plagada de multitud de coloridos tatuajes. Sus ojos violetas refulgían con alegría en medio de un rostro pecoso y equilibrado, con una boca ancha y carnosa de la que sobresalía esa radiante sonrisa, pómulos marcados y nariz respingona. Su cabello, de color azul marino, brillaba con reflejos del tono de sus ojos, y en esos momentos lo mantenía recogido hacia arriba en un inusual peinado sin ningún tipo de orden que dejaba un par de gruesos mechones ondulados enmarcando su hermosa faz. Vestía una especie de body rasgado por varios sitios, de varios tonos de amarillo, que estaba compuesto a partes iguales de zonas traslúcidas y opacas, mostrando su vientre plano y dejando entrever un pecho desnudo y las branquias que ya le eran familiares sobre sus costillas. Sobre esa vestimenta llevaba un amplio pedazo de tela transparente sujeto a su hombro derecho que cubría parte de un brazo, e iba descalza.
La chica le indicó con un gesto ávido que la siguiera y, al darse la vuelta, Zoe pudo ver que su atuendo se abría en la espalda hasta la cadera, dejando ver un enorme tatuaje que destacaba frente a todos los demás: un mosaico de corales de distintos tonos de azul marino que trepaba por su espina dorsal hasta la nuca, donde terminaba en un extraño símbolo gris, y del que nacían hacia los lados multitud de bellos dibujos de todos los colores habidos y por haber, describiendo líneas curvas que se enredaban las unas con las otras o se enrollaban sobre sí mismas hasta desaparecer. Zoe pensó que parecía un enorme árbol marino, y se olvidó casi hasta de respirar al contemplarlo embelesada mientras caminaba detrás de su lienzo, descubriendo nuevos detalles a cada paso que daba.
Rayle no había dejado de hablar con su voz cantarina desde el momento en que se había dado la vuelta. Cuando se percató de que Zoe se había quedado anonadada con el tatuaje de su espalda, rió, divertida, y tomó suavemente de la muñeca a su acompañante para colocarla a su altura y obligarla a mirar a su alrededor. Zoe se dejó llevar, apenada por tener que dejar de estudiar aquella maravillosa creación, pero pronto se olvidó del tatuaje al ver el lugar en el que se encontraban.
El hogar de aquellas criaturas parecía un poblado de cuento. Pequeñas viviendas como la de Isshia se levantaban por doquier, y vistas desde fuera parecían casi como caparazones acabados en punta, con todos sus pilares blanquecinos y curvos atados entre sí en la parte superior con aquel extraño material del cerramiento que Zoe no identificaba. Las viviendas se esparcían aquí y allí sobre un lecho de hierba corta, como carcasas blancas con sus puertas hechas de cortinas de colores que las distinguían unas de otras, y, conectándolas entre ellas, sus habitantes habían construido caminos sinuosos hechos con lo que a Zoe le parecieron conchas de múltiples tamaños y colores. A lo lejos, las aguas de un río se atravesaban entre las casas como una serpiente, cargando el ambiente de un aire puro y fresco que llenó los pulmones de la muchacha. Y, a medida que iban caminando, a Zoe le llegó un olor que conocía bien.
El del aroma que traían las olas y la brisa del mar.