martes, 11 de abril de 2017

Kai (III): El ritual

Kai y Weid atravesaron la pequeña senda que marcaba el trazado de Hanan, de camino al claro donde los habían citado para realizar las pruebas que darían fin a su formación. Weid, todo sonrisas y encanto, saludaba sin excepción a cada uno de los habitantes con los que se iban cruzando hasta que, para alivio de Kai, llegaron a su destino.
Kai buscó entre los rostros de sus compañeros ansiosamente, esperando vislumbrar uno en particular.
Pero no lo encontró.
Y Weid tampoco.
—Nera aún no ha llegado –comentó el grandullón de su amigo.
Le embargó la preocupación. No era propio de Nera llegar tarde.
—¡Weid!
Una muchacha de cabellos dorados y enormes ojos de color miel se acercó a ellos.
—¡Hola, Marha! –saludó Weid con su cautivadora sonrisa –. ¿Qué tal llevas las pruebas?
—Bueno, no muy bien –confesó ella –. No creo que las supere.
—¿Cómo no las vas a superar, mujer? Si todos vamos súper preparados, ¡seguro que las pasas sin problemas!
Kai se contuvo para no poner los ojos en blanco.
La chica sonrió tímidamente y se encogió de hombros.
—No soy una buena constructora, Weid. A lo mejor debería cambiar de Casa.
Kai se preguntó qué haría él en el caso de que no pasara las pruebas. Marha era thaender pura y, después de que los aprendices del primer ciclo acabaran sus respectivas pruebas, tendría opción de incorporarse de nuevo en el segundo ciclo y entrenarse para una Casa diferente. Pero, ¿a dónde iría un mestizo si no conseguía ingresar en la Casa Arquera, la única a la que podían aspirar?
Todos los nervios que no había sentido hasta ese momento le vinieron de golpe.
Weid no se dio por vencido.
—Pero, ¿qué dices, Marha? ¡Podrías haberme pedido ayuda! Seguro que tienes un gran potencial, sólo hay que saber sacarlo de ahí.
—Gracias, Weid –sonrió ella, rendida.
De pronto, tres hombres hicieron su aparición en el pequeño claro donde habían sido citados, y el silencio tomó forma entre los presentes.
El hombre del centro, un thaender alto y flaco con una larga cabellera de color rubio platino que le caía hasta casi debajo del pecho, dio un paso al frente, destacándose frente a sus dos compañeros. Era mayor, tenía una gran nariz aguileña y ojos calculadores de un verde acuoso que destacaban en un rostro surcado de arrugas, y vestía una túnica verde oliva larga, propia de los miembros de la Casa Mágica, que llevaba atada a la cadera con ramas finas y flexibles entrelazadas.
Aquél era el maestro Eruval, el encargado del entrenamiento de los aprendices del segundo ciclo que aspiraban a formar parte de la Casa Mágica. A su derecha se erigía el maestro Manwe, el instructor de Weid y el resto de aspirantes a la Casa Constructora, un hombre maduro y fornido, de aspecto serio y facciones duras, ataviado con la blusa blanca y el pantalón caqui correspondientes a los habitantes de Hanan. Vestía el corsé de madera propio a los constructores sobre la blusa, y llevaba las perneras arremangadas y los pies descalzos como ellos, además de la media melena semirrecogida en el característico moño de la Casa; por su parte, a la izquierda del maestro Eruval y siempre un poco por detrás del maestro Manwe, se encontraba el maestro Hando, el instructor de Kai y los otros aprendices de la Casa Arquera. El maestro Hando, como todos los demás arqueros, había rasgado las mangas de su blusa y las había utilizado para atar entre sí las dos piezas de madera que llevaba a modo de hombreras. Otra pieza  de una madera menos rígida se ceñía alrededor de uno de sus antebrazos, y vestía unas botas de cuero hasta las rodillas y un calzón del mismo material sobre el pantalón caqui. Mantenía su cabello oscuro corto, a excepción de un solo mechón trenzado que le alcanzaba hasta la mitad de la espalda, símbolo de los años que llevaba protegiendo la región, y sus ojos de color verde botella descansaban en un rostro que parecía más anciano de lo que era en realidad.
Kai suspiró cuando su mirada chocó con la de su maestro, desalentado al ver su futuro reflejado en las cansadas facciones de aquel que lo había entrenado durante el último año.
El maestro Eruval juntó las manos frente a su pecho y describió con cada una de ellas un movimiento circular en sentido opuesto a la de su contraria, con las palmas hacia fuera. Cuando volvieron a reunirse, sin llegar a tocarse de nuevo, inclinó la cabeza respetuosamente hacia el suelo. 
Una vez hubo finalizado el saludo deiliano, el maestro Manwe y el maestro Hando imitaron a su superior, y a continuación todos los aprendices presentes respondieron con el mismo saludo.
—Bienvenidos, aprendices –saludó el maestro Eruval, incorporándose –. Hoy comienzan vuestras pruebas del segundo ciclo, que darán fin a vuestra etapa de aprendizaje y os permitirán reconoceros como miembros consagrados de las Casas Mágica, Constructora y Arquera, respectivamente. El día de hoy es un día memorable y como tal…
—Siento el retraso, maestro Eruval –intervino una voz dulce y suave a espaldas de Kai.
El chico se volvió rápidamente, reconociendo la voz al instante, y así lo hizo Weid también.
Tras ellos, la figura alta y estilizada de Nera se asomaba frente a unos árboles, esbozando una sonrisa tímida de dientes blancos y alineados. Llevaba los ropajes característicos de Hanan, aunque aquel día, por algún motivo, vestía una blusa mucho más ancha de lo que correspondía a su talla, y, sobre ésta, llevaba atada una capa marrón que le caía hasta los muslos. Sus ojos grandes, de un tono castaño dorado que se asemejaba al color de la miel, relucían con agitación, haciendo que las vetas verde esmeralda que cruzaban sus irises y se reunían en un halo exterior destacaran más que nunca. La sangre se agolpaba bajo sus mejillas altas y rosadas, que resaltaban sobre sus pómulos marcados, presa de la vergüenza, y Kai no pudo evitar contener el aliento al comprobar lo bella que estaba. Su cabello le caía en una mata de mechones de color castaño oscuro y rubio claro a partes iguales que describían suaves ondas hasta sus hombros y enmarcaban su rostro de rasgos ligeramente afilados que finalizaba en una barbilla puntiaguda.
Y, perpendiculares a su rostro, sobresalían sus enormes y picudas orejas thaenderes.
Nera realizó el saludo deiliano con una corrección y una elegancia que convirtieron el gesto común en algo hermoso de ver.
—Nera –respondió el maestro Eruval disimulando consternación, cosa que le era imposible sentir puesto que no era ningún secreto que Nera era su aprendiz predilecta –. Llegar tarde a unas pruebas tan importantes es motivo de sanción.
—Lo siento, maestro –se disculpó ella.
El maestro frunció los labios y le sostuvo la mirada, tratando de mantenerse en su papel.
—Ocupa tu lugar entre los aprendices –sentenció finalmente.
A nadie le pilló por sorpresa que la chica saliera impune de la situación.
Nera asintió, con una sonrisa de agradecimiento pintada en el rostro, y se escabulló entre los presentes hasta situarse junto a Kai y a Weid.
—Hola, chicos –susurró, henchida de felicidad.
—Hola, Nera –respondieron ellos al unísono de la misma forma.
El maestro Eruval carraspeó y respiró hondo antes de retomar su discurso.
—Como iba diciendo, el día de hoy es un día memorable y como tal…
—¿Qué te ha ocurrido, Nera? –quiso saber Weid en susurros, presa de la preocupación, lo que despistó la atención de Kai de las palabras del maestro.
—Me he entretenido –explicó ella escuetamente, sin apartar los ojos del frente –. ¿No estáis emocionados? ¡Hoy nos convertiremos en servidores!
Weid no pudo evitar retener una de sus anchas sonrisas.
—Hoy es un día memorable –acordó, repitiendo las palabras del maestro Eruval.
Kai decidió no pronunciarse, no muy seguro al respecto, y volvió a escuchar al gran maestro.
—Todos los días debemos devoción y gratitud a Everyth, nuestra bienamada diosa –decía en esos momentos –. Sin embargo, en un día tan especial, en el que consagramos nuevos servidores a su tierra, habremos de hacerlo especialmente. Aprendices, agradezcamos a Everyth los bienes que nos ha otorgado.
Como activados por un resorte, cada aprendiz encontró un lugar dentro del claro desde el que llevas a cabo su ritual. Kai escogió un rincón semiescondido, a la sombra de un árbol, sobre el que se aseguró que los demás tendrían un ángulo visual mínimo.
Sin necesidad de coordinación previa, los aprendices iniciaron el saludo elaborado con el que los deilianos se dirigían a los dioses, a la par que de las gargantas de todos ellos surgía un cántico con el que rezaban:
—Te saludo, Everyth.
Cada aprendiz, así como los tres maestros, ofrecían sin dejar de cantar algo en agradecimiento hacia su diosa. Kai observó cómo Weid, situado junto a un gran árbol, entonaba con voz grave alabanzas describiendo la grandeza de Everyth mientras que con su magia lograba hacer crecer el comienzo de una robusta rama. A su lado, Marha, arrodillada en la hierba, ejercía su magia para que unas brillantes flores azules brotasen mientras cantaba acerca de la bondad de la diosa. Otros aprendices seguían el ejemplo de Marha o de Weid, contribuyendo en el desarrollo de plantas o creando pequeños brotes en la hierba, llenando de vida la tierra que Everyth había construido y contribuyendo de esta forma en su creación.
Kai, como siempre le ocurría con aquellos rituales, se mantenía canturreando, deliberando aún sobre qué hacer e inseguro respecto a sus habilidades mágicas, cuando su mirada se desvió inconscientemente hacia Nera.
La chica no se había movido de su posición y entonaba con voz lírica y melodiosa sus oraciones, con los ojos cerrados. Sin embargo, algo no ocurría con normalidad: Kai se fijó en que su capa se movía, empujada por algo que permanecía escondido bajo ella. Entonces, Nera se llevó lentamente las manos a la espalda y, con mucho cuidado, sacó de ella un bulto de aproximadamente un palmo y medio de tamaño.
Kai agudizó la vista y vio a la criatura que su amiga sostenía en su regazo.
Era una bola de un pelaje fino y blanco como la nieve, que se asemejaba a un racimo de dientes de león, y del que asomaban unos relucientes ojos negros tan redondos que no parecían naturales.
Nera depositó al tembloroso animalito sobre la hierba y se agachó junto a él. De entre el matojo de pelos blancos extrajo una patita con delicadeza, pero aún así la criatura aulló de dolor con un silbido agudo. Tenía la pequeña pata torcida en un feo quiebro y Kai dedujo al instante en qué iba a consistir el ritual de agradecimiento de su amiga y por qué se había retrasado.
Aquello sí era propio de Nera.
La chica cubrió la pata del animal con sus manos, y Kai sintió fluir su magia a través de ellas. Poco después, las retiró, y la pata volvía a estar recta y en su sitio.
Los ojos negros de la criatura relucieron aliviados. El animal se restregó con cariño contra la pierna de Nera y correteó unos pasos antes de pegar un salto y desaparecer flotando entre los árboles.
Nera sonrió, sin interrumpir su canto, y una lágrima de felicidad se deslizó por su mejilla.
Kai se descubrió a sí mismo conteniendo la respiración. Siguió observándola, como si el tiempo se hubiera detenido, hasta que sintió la mirada pétrea del maestro Eruval sobre él.
El maestro cantaba en voz baja sus oraciones, pero eso no impidió que Kai se sintiera cohibido y reprendido. Apresuradamente, se dirigió hacia el árbol bajo el que se había cobijado y optó por acelerar el crecimiento de las hojas de una de sus ramas hasta que alcanzaron el doble de tamaño.
Como controlados por un ser superior, los aprendices retornaron a sus puestos iniciales a la par que sus oraciones se unificaban en un solo cántico final:
—Everyth, he aquí la vida que has creado.
Finalizaron con la despedida deiliana elaborada, un gesto con el que cruzaban ambas manos bajo su rostro, y se arrodillaron para besar la tierra. Luego, permanecieron en esa postura hasta que el maestro Eruval dio la indicación correspondiente.
—Aprendices –dijo una vez se hubieron puesto en pie de nuevo, mirando a cada uno de ellos a los ojos -. Habéis realizado vuestras ofrendas. Si Everyth así lo desea, al concluir esta semana seréis los nuevos magos, constructores y arqueros de Hanan. Será, en consecuencia, un gran día para vosotros, pero debo recordaros que es en Everyth en quien deberéis focalizar vuestra dicha, pues es a ella a quien servimos todos los thaenderes como la gran comunidad que somos y a quien serviréis con vuestro oficio.
El maestro Eruval hizo una pausa, estudiando los rostros de sus aprendices, durante la que lo único que se escuchaba era la brisa matinal escurriéndose entre las hojas de los árboles.
Finalmente, el maestro Eruval alzó los brazos.
—Que den comienzo las pruebas del segundo ciclo –declaró.


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viernes, 24 de marzo de 2017

Zoe (VI): Palabras huecas

Zoe se quedó observando la mano de la estrafalaria mujer desde la seguridad de su posición, sintiéndose demasiado violenta como para reaccionar. Una parte de ella la impulsaba a aceptarla, pero, si lo hacía, expondría su desnudez al completo ante el grupo de desconocidos, y, para más inri, ante dos hombres. La sola idea le provocaba a la muchacha un rechazo demasiado insoportable como para poder siquiera planteárselo, pero necesitaba averiguar quién era esa gente, en dónde estaba y, lo que era más importante, qué demonios estaba ocurriendo. Nerviosa, sus ojos rebotaban una y otra vez entre la mano y los irises rosados de la mujer (deteniéndose más de lo que le habría gustado reconocer en la carne que revelaba sus prácticamente inexistentes ropajes).
Isshia la observó con desconcierto e hizo un amago de retirar el ofrecimiento, pero Zoe se descubrió volviendo la mirada hacia ella, suplicante. La mujer estudió el rostro de la chica, intentando averiguar qué sucedía, y le hizo una pregunta que Zoe no entendió. A modo de respuesta, ella lanzó un vistazo rápido a los dos hombres que se erigían detrás de la mujerona, realizando un sutil gesto con la cabeza que esperó desesperadamente que ella entendiera.
Para su fortuna, Isshia captó el mensaje. Recuperando la sonrisa, se volvió hacia sus compañeros y les habló en un tono mandón y burlesco en su extraño idioma. Al instante siguiente ambos varones estaban abandonando la estancia. Desde luego, no había duda de quién llevaba los pantalones en esa casa… O, bueno, las… ¿transparencias? Zoe no lo tenía muy claro.
La muchacha joven que hasta el momento no se había despegado del marco de la puerta hizo también amago de irse, pero Isshia la retuvo y, por la reacción de la niña, Zoe intuyó que le había ordenado acercarse. La chiquilla obedeció las palabras de la mujer con pasos temblorosos, manteniéndose una distancia prudencial de ellas, con aire tímido. Entonces, Isshia volvió a tender su mano hacia Zoe, pero ella no acababa de atreverse. Nada más se formó en su cabeza la imagen de ella misma saliendo del agua como su madre la había traído al mundo, la sangre se agolpó precipitadamente en sus mejillas y se acobardó. Isshia continuaba observándola llena de confusión, pero, entonces, la niña murmuró algo de forma casi imperceptible y el rostro de la mujer se iluminó. Mientras contestaba a la chiquilla, se acercó a uno de los estrambóticos muebles que adornaban las paredes y rescató de un desordenado montón algunas telas que luego llevó a la desconcertada Zoe. Ella aceptó las prendas, algo más aliviada, y, dándose cuenta de que no tenía otra opción, trató de mantener a raya el pánico que le ocasionaba esa situación. Respiró hondo, hizo acopio de valor y, finalmente, salió del agua.
Zoe desdobló la ropa a toda prisa, con el corazón bombeando estruendosamente bajo su pecho, e intentó averiguar la forma de colocársela lo más rápido posible, con la esperanza de que, si era lo suficientemente veloz, a las presentes no les daría tiempo a fijarse en ella. Después de darles la vuelta un par de veces, se escabulló por los únicos huecos que vio, sin importarle nada más que el hecho de no quedarse desnuda por más tiempo. Isshia rió, viendo el estropicio en el que había acabado envuelta Zoe, y, ante la espantada mirada de la chica, se tomó la libertad de recolocarle la vestimenta hasta que el resultado final se asemejó al modo de vestir de ellas. Satisfecha, la miró de arriba abajo con los brazos en jarras y una gran sonrisa y abandonó la habitación diciendo algo mientras Zoe comprobaba con horror que, en contra de sus intenciones iniciales, la ropa que Isshia le había asignado la dejaba más desprotegida que antes de salir de la bañera. Inconscientemente, Zoe miró a la chica que la acompañaba en una silenciosa llamada de auxilio. Ella se sobresaltó, pero no tardó mucho en entender el problema de Zoe y se dirigió al mismo mueble, separando prendas con delicadeza hasta que seleccionó unas cuantas más opacas. Se las acercó a Zoe con rapidez y ella, agradeciéndole internamente a la chiquilla desde lo más profundo de su ser, se las caló encima de las que le había dado Isshia.
La puerta, que consistía en una abertura en el cerramiento de la que colgaban delicadas tiras de  caracolas de colores, se abrió de nuevo para dejar paso a la robusta figura de la mujer, seguida por el hombre de cuerpo rechoncho.
El joven del cabello azul marino y los ojos turquesas no volvió a aparecer.
Fue entonces cuando Zoe se fijó por primera vez en el recinto en el que se encontraban. Se trataba de una especie de cabaña amplia, de planta circular, sustentada por unos extraños pilares arqueados de un material liso y blanquecino que no supo identificar. Formando el cerramiento del hogar, unas hebras traslúcidas de un tono más grisáceo se entrelazaban y ataban a la estructura portante de la vivienda. Cada dos pilares, el cerramiento se abría para dar lugar a unos huecos que hacían las veces de ventanas, de funcionamiento similar al de la entrada, y que daban directamente al exterior. En el centro de la estancia se tendía el lecho de hierba fresca sobre el que Zoe había estado echada minutos antes y, cubriendo las paredes, se sucedía todo un muestrario de esperpéntico mobiliario fabricado con una mezcolanza casi totalmente arbitraria de materiales, donde un caos de utensilios, ropajes y demás objetos descansaban colocados de cualquier forma sobre ellos o sobresaliendo parcialmente de sus dependencias. Por otra parte, la vivienda se hallaba excesivamente decorada, con una algarabía de estatuillas y cerámicas de colores relucientes que incluso dañaban la vista de la aturdida Zoe.
Isshia pareció un poco decepcionada con el cambio de imagen de su huésped, pero no perdió su ancha sonrisa cuando continuó parloteando alegremente en su idioma. El hombre y ella prosiguieron en su intento de comunicarse con la chica, pero Zoe no tardó mucho en percibir la frustración en sus rostros. Dialogaron entre ellos con cierto tono de desesperación, hasta que el hombre sugirió algo que hizo que el rostro de Isshia se encendiera de nuevo. La mujerona se acercó trotando a otro de los desordenados muebles de las paredes y, tras trastear un poco, extrajo de un cajón unos pequeños botecitos de cerámica y una fina tabla de una madera muy flexible. Se acercó de nuevo a los presentes, abrió varios de los botes, en cuyo interior Zoe alcanzó a ver polvos de diversos colores, y sostuvo la tabla frente a ella, de tal forma que la muchacha pudiera ver la lisa superficie de madera.
Entonces, sucedió algo que dejó helada a la visitante.
Unos polvos azulados comenzaron a levitar de su recipiente, volviéndose líquidos a medida que trazaban su camino hacia la tabla. Ojiplática, Zoe observó cómo la artesanal tinta se iba posando sobre la tabla, formando una serie de caracteres y símbolos que, por supuesto, no se encontraba en disposición ni de intentar interpretar.
Parpadeó varias veces, sintiendo una vez más el galope de su corazón, convencida de que lo que ocurría frente a ella no podía ser real y que en cualquier momento despertaría de ese extraño sueño. Pero, cuando volvía a abrir los ojos, Zoe descubría que los polvos seguían volando hacia la tabla transformados en tinta, hasta que Isshia consideró que había sido suficiente y le tendió la tabla recién decorada a la empalidecida muchacha.
Ella la sostuvo entre sus temblorosas manos, sintiendo que sus fuerzas iban extinguiéndose por momentos y temiendo que el regalo se le escurriera de entre sus dedos en cualquier instante.
La pareja la observó, expectante, pero Zoe permaneció inmóvil, incapaz de reaccionar. Isshia, comenzando a impacientarse, gesticuló con la cabeza en dirección a la tabla, pero continuó sin obtener respuesta por parte de la chica. Entonces, el hombre volvió a dirigirse hacia la mujer y mantuvieron una acalorada conversación, durante la que Zoe comprendió, en medio de su nerviosismo, que los trazos azules que adornaban la tabla conformaban algún tipo de mensaje que Isshia había pretendido que ella leyera, evidentemente sin ningún éxito.
Las voces de ambos estaban empezando a adquirir un tono cada vez más elevado cuando el susurro de la niña interrumpió la discusión. La pareja se quedó mirando a la chiquilla, estupefactos ante lo que fuera que acabara de decir. El hombre le preguntó algo en tono suave, y la niña contestó en un tono más suave aún. Su respuesta debía de haber sido muy reveladora, porque la pareja pasó a estudiar a su huésped con nuevos ojos.
Se instauró un silencio sepulcral por unos segundos, durante el que se produjeron diversos cruces de miradas. Finalmente, Isshia avanzó un trémulo paso hacia la visitante.
—Zoe –pronunció con un acento cantarín.
Ella se enderezó como un suricato al oír su nombre.
En ese momento comenzó un peculiar juego de mímica que a Zoe le costó bastante captar, y que consistía en que Isshia la señalaba a ella y recitaba su nombre de nuevo, y a continuación se señalaba a sí misma. Al principio no entendía lo que quería la colorida mujer, pero, tras repetir la operación unas cuantas veces, Zoe al fin lo comprendió.
La siguiente vez, cuando Isshia se señaló el abultado pecho, Zoe dijo, dubitativa:
—¿Isshia?
El trío intercambió varias exclamaciones. Ansiosa, Isshia volvió a intervenir, hablando muy lentamente y espaciando las palabras entre sí.
Ae, Isshia –dijo en su idioma, señalándose de nuevo –. Ren, Zoe –enunció a continuación, señalando a la chica.
A Zoe le llevó un segundo traducir en su cabeza el mensaje de Isshia: «Yo, Isshia. Tú, Zoe», y sintió una extraña excitación al descubrir que había sido capaz de comprender el completamente ininteligible lenguaje de aquella gente.
Isshia hizo un gesto y la miró fijamente, esperando una respuesta, y Zoe descubrió con inquietud que le estaba cediendo el turno.
Ae, Zoe –balbuceó con la boca pastosa –. Ren, Isshia.
Isshia casi se echó a saltar. Sus anfitriones se enfrascaron en una agitada pero breve conversación que el hombre no tardó en interrumpir para probar aquel descubrimiento.
Ae, Medv –se presentó.
Zoe asintió con la cabeza.
Ren, Medv –recitó, haciendo ver a su interlocutor que había entendido el mensaje.
Medv le dedicó una cálida sonrisa de dientes amarillentos a la visitante.
Emocionada, Zoe se olvidó súbitamente de todos sus miedos. Deseosa por seguir comunicándose con aquellos seres, ahora que había averiguado la manera, miró con impaciencia a la niña, aguardando a conocer también el nombre de ella.
La muchacha se sobresaltó al percibir la ansiosa mirada de Zoe. Sus mejillas enrojecieron y desvió la vista hacia el suelo tímidamente antes de decir en voz baja:
Ae, Anyra.
Zoe sintió deseos de dar palmas.
Ren, Anyra –dijo, y no pudo reprimir añadir con emoción, demostrando lo aprendido –: Ren, Isshia. Ren, Medv. Ren, Anyra.
Isshia sonrió con orgullo y realizó un amplio gesto circular mientras sentenciaba, en tono de bienvenida:
Amia, Zoe.


viernes, 10 de febrero de 2017

Victoria (VII): La primera estrella

Salí del local de aquel desconcertante personaje, exhausta y hundida tras el horrible día que llevaba. La perspectiva de llegar a casa, quitarme los tacones y meterme por fin en la cama, que era lo único que me daba fuerzas en ese momento, quedó nublada por el recuerdo de la chabola que era ahora mi nuevo hogar. Tratando de contener las lágrimas de desesperación que se agolpaban en mis cristalinos, suspiré y decidí hacer de tripas corazón y encaminarme de nuevo al metro para volver al pequeño rincón del área adinerada de Bridgeport donde me esperaba mi desvencijada cama y mi maleta enterrada… si es que para entonces nadie la había descubierto aún y se había llevado lo único que me quedaba.
Apenas di unos pasos cuando, de pronto, el corazón se me paralizó.
—Sí, está bien, dile a Marsh que estaré en Acuario este sábado, pero a Stella no le va a hacer ninguna gracia. Sí, Gary, tú también. Nos vemos mañana.
Un hombre alto y atlético, vestido de manera informal, aunque con cierta clase, colgaba su teléfono móvil a unos pasos de mí y lo guardaba en su bolsillo. Rozaba la treintena y tenía el pelo castaño y corto, algo despeinado, con mechones largos que enmarcaban desordenadamente un rostro presidido por unos ojos rasgados y oscuros, de largas y gruesas pestañas. Sus rasgos eran incluso algo femeninos, con esa nariz redonda y esos labios rosados y carnosos, a excepción de una mandíbula cuadrada y unos pómulos altos muy masculinos que, con todo, lo hacían muy sensual sin pretenderlo. Ese armonioso contraste era el gran atractivo de Richie Striker, uno de los jugadores de fútbol más populares del equipo de Bridgeport, cuyo nombre, como poco fanática de ese deporte que era, no me despertaba el más mínimo interés.
Pero, tal vez, conocer a una de las celebridades de mayor renombre del momento sí podía resultar interesante.
Olvidé por completo mi agotamiento físico y emocional y me acerqué con paso decidido deportista.
—¿Richie Striker? –pregunté con voz suave.
El futbolista se dio la vuelta, con una mezcla de desconcierto y hastío, y me repasó de arriba abajo antes de preguntar:
—¿Y tú eres…?
—Sólo una admiradora.
Él vaciló unos segundos.
—Si lo que quieres es un autógrafo o una foto, en este momento tengo algo de prisa.
Hasta un niño podría haberse percatado de que lo último que le apetecía a Richie Striker en esos instantes era tener que vérselas con un fan.
Tenía que actuar rápido.
—Ya, bueno, por suerte para ti no quiero nada de eso.
Él me dirigió una mirada extrañada.
—¿Entonces?
—Me acabo de mudar a Bridgeport y quería saber qué sitios hay por aquí para salir de fiesta.
Richie alzó las cejas, visiblemente sorprendido.
—Eh… ¿Por qué no le preguntas a cualquiera? Ahora mismo no tengo mucho tiempo.
Era evidente que estaba realmente esforzándose por no ser maleducado.
—Porque no me vale cualquiera –respondí –. Soy actriz y necesito ir a algún lugar donde pueda tomarme una copa sin que me interrumpan.
Él me observó, a medio camino entre la sorpresa y el escepticismo.
—¿Se supone que debería conocerte?
—Depende de cuánto tiempo hace que no vas al cine.
—¿Cómo te llamas?
Sonreí con picardía.
—Dejémoslo en Victoria.
Él me estudió minuciosamente, intentando averiguar quién era.
Carraspeé, simulando una incomodidad que en el fondo no sentía en absoluto mientras me sonreía internamente por haber conseguido llamar su atención.
—¿No tenías prisa?
Él apartó la mirada con nerviosismo al darse cuenta de su error.
—Perdona, es simplemente que no sé quién eres. Puede que sea cierto que hace tiempo que no voy al cine.
—Es curioso que digas eso teniendo en cuenta lo amigo que eres de Matthew Hamming. ¿O es que eso sólo es otro bulo de la prensa rosa?
—No, es cierto que Matt es buen amigo mío, pero últimamente no he tenido mucho tiempo que digamos. ¿Es que acaso has trabajado con él?
Medité un segundo las posibilidades, pero acabé decantándome por limitarme a sonreír enigmáticamente y dejar que él sacara sus propias conclusiones.
—Si no vas a aconsejarme tal vez debería preguntar a otra persona –cambié convenientemente de tema –. No me sería muy difícil encontrar a alguien que también me sirva, y no eres el único que tiene prisa.
Richie no contestó enseguida. Se quedó mirándome con curiosidad durante unos momentos, hasta que finalmente metió una mano en el bolsillo de su cazadora y sacó algo de ella.
—Ten –dijo, alargándome una tarjeta –. Normalmente no llevo estas cosas encima, pero hoy has tenido suerte. Mi agente me obliga a ir a un sitio de esos que buscas este sábado. Puede que sea menos malo si tengo algo de compañía.
Traté de disimular mi estupefacción lo mejor que pude y mantenerme calmada mientras guardaba el número de teléfono de Richie Striker en mi bolso.
—Puede que te llame. Será agradable estar con alguien que no me conoce por una vez.
Una sonrisa se asomó por primera vez a sus carnosos labios.
La verdad era que sí era atractivo.
—Supongo que tendré que correr el riesgo.
Un coche se detuvo de pronto a sus espaldas. Él volvió a sonreír, mirándome con ojos nuevos.
—Espero tu llamada, Victoria –dijo, abriendo una de las puertas del vehículo y subiéndose a él.
El coche se puso en marcha y yo me mantuve sonriendo mientras lo vi alejarse y doblar la siguiente calle.
Tardé un buen rato en volver a la realidad y digerir no sólo que había conocido a Richie Striker sino que además había conseguido su número de teléfono. Saqué la tarjeta de mi bolso, comprobando que el futbolista no se había quedado conmigo y que, efectivamente, el número estaba ahí. Su número personal, en teoría.
«Bien», pensé, empezando a ser consciente de lo que acababa de ocurrir. «Esperemos que Richie Striker realmente no tenga mucho tiempo».


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domingo, 29 de enero de 2017

Kai (II): Mestizo

Como el resto de pueblos del gran bosque en que consistía la región de Thaenderia, o al menos eso era lo que se les había contado, Hanan era una minúscula civilización que vivía en las copas de los árboles. Las excéntricas cabañas de madera en donde residían sus habitantes se mimetizaban con las ramas y las hojas y creaban un entramado de cuerdas y pasarelas que las conectaban entre sí, lo que para un extranjero habría hecho que la población pasara casi totalmente desapercibida, a no ser que fuera un gran observador. Pese a que todas las construcciones se alzaban en la frontera entre el cielo y el suelo, mucha de la vida en Hanan se llevaba a cabo en tierra firme. No eran muchos los que residían en aquel pequeño asentamiento al oeste de Thaenderia, pero la gran actividad que desbordaba por todos sus rincones hacía que pareciera que en Hanan hubiera mucha más gente de la que en realidad había. Kai siempre había adorado su pueblo natal, y la perspectiva de abandonarlo, tal vez por un largo tiempo, si no para siempre, le creaba un nudo en la garganta difícil de digerir.
—¡Eh, Weid!
Una muchacha con el cabello castaño oscuro y los ojos pardos se acercó a ellos. Como con cada thaender con el que se cruzaba a lo largo del día, Kai se quedó más tiempo del debido contemplando sus enormes y puntiagudas orejas en forma de hoja.
La chica no le dirigió ni una mísera mirada a él.
—Hola, Prais –saludó Weid con una amplia sonrisa.
Kai notó cómo el rostro de la joven se iluminaba y sus mejillas enrojecían levemente.
—Me ha dicho Onie que hoy empiezan tus pruebas de fin de ciclo –dijo señalando a un grupo de chicas situado a escasos metros de ellos –. ¿Es eso cierto?
Las chicas, que lanzaban miraditas de reojo, voltearon rápidamente la cabeza cuando Weid reparó en ellas, y Kai alcanzó a escuchar algunas risillas nerviosas.
—Sí, Kai y yo comenzamos a examinarnos hoy –contestó él encantadoramente, a la par que pasaba uno de sus enormes brazos por los huesudos hombros de su amigo –. Con un poco de suerte, a finales de semana estaremos empaquetando nuestras cosas para ir a Elbor.
Prais echó un efímero vistazo al chico, forzada, y a continuación volvió a parlotear alegremente con Weid como si no hubiera llegado a reparar en su existencia.
—¿A Elbor? –exclamó entre ilusionada y entristecida –. Seguro que te cogen, Weid, eres el mejor constructor que existe, y eso lo sabe todo Hanan.
—Gracias, Prais. ¿Vosotras qué tal estáis?
Los ojos de la chica brillaron de la emoción.
—¡Estamos preparando las pruebas del primer ciclo! –dijo excitada –. Dentro de un par de semanas ya sabremos a qué casa perteneceremos cada una. ¡Ojalá esté en la Casa Constructora como tú!
—Eso sería genial, Prais, me encantaría trabajar contigo algún día. Si quieres que te eche una mano con las pruebas no dudes en decírmelo.
A Kai le pareció escuchar que la chiquilla dejaba escapar un gritito.
—¡¿De verdad?! ¡Eso sería maravi…! –carraspeó y moduló su tono de voz –. Quiero decir, me encantaría, si no es mucha molestia, claro.
—Dile a tus amigas que también pueden contar con mi ayuda si alguna más quiere entrar en la Casa Constructora.
Una sombra cruzó por el rostro de Prais.
—Oh, no –tartamudeó –, todas quieren ir a la Casa Mágica, como es la de rango más alto… Pero a mí eso no me importa.
Weid le acarició el hombro a la muchacha.
—Me alegro, Prais. Todas las casas son importantes, incluso la Arquera. Si todos fuésemos magos, ¿quién se encargaría de construir nuestras casas y de protegernos ante los peligros? Si no fuera por gente como Kai, Thaenderia estaría perdida.
—Eh… Ya –titubeó Prais –. Bueno, me vuelvo con las chicas. ¡Mucha suerte, Weid!
—Gracias, Prais. Por cierto, ¿has visto a Nera?
Prais se mordió el labio inferior, intentando ocultar sin éxito su decepción ante la pregunta.
—Eh… Me la he cruzado antes. No sé hacia dónde iba.
—Gracias, Prais. Suerte a ti también.
—¡Gracias!
La chiquilla dio media vuelta y se deslizó hacia sus amigas, quienes la aguardaban expectantes de lo que tuviera que contar.
Kai suspiró.
—¿Te has fijado? Ni me ha mirado.
—¿Qué dices, hombre? –replicó Weid mientras se ponían en marcha de nuevo –. Claro que te ha mirado, es solo que la pobre chica es tímida.
—¿Tímida? –espetó Kai, incrédulo –. Pues sí que le ha faltado timidez para venir corriendo en cuanto te ha visto.
—Pero eso es porque conmigo tiene confianza.
Kai lo miró sin dar crédito a lo que oía.
—¿Te estás quedando conmigo?
—¿Qué? ¿No pensarás que ha pasado de ti porque eres mestizo?
La palabra mestizo golpeó a Kai como una maza y le escoció en el alma.
Sonrió como pudo.
—No, idiota –dijo, propinándole un puñetazo cariñoso –. Lo que pienso es que esa chica está coladita por ti, como el cien por cien de la población de Hanan.
Weid soltó una sonora carcajada.
—¡Eso sí que tiene gracia!
—¿Crees que no?
—Creo que te estás confundiendo, Kai. Sólo soy amable.
Kai alzó las cejas.
—¿Insinúas que yo no? –quiso saber, en tono divertido.
Weid le obsequió a su amigo con una palmada en la espalda.
—Insinúo que, si fueras menos cerrado y dejaras de pensar que todo el mundo te mira mal por ser mestizo, igual te llevabas una sorpresa.
Kai trató de disimular el nuevo golpe como buenamente pudo y le devolvió la palmada a Weid.
Kai apreciaba mucho a su amigo de la infancia y sabía de sobra que para él todo aquello era natural y que no había ningún tipo de mala intención oculta tras sus palabras, pero consideraba que Weid vivía en una realidad alternativa.
Porque, al margen de que Prais o cualquier otra chica hubiese quedado prendada del grandullón de su amigo, la única razón por la que la joven había ignorado su existencia en toda la conversación era porque Kai era un mestizo.
Y esa era la triste verdad.



viernes, 20 de enero de 2017

Iván (III): 1998

La preciosa sonrisa de Clara recibió a Iván en el marco de la puerta.
—Hola –lo saludó con el rostro deslumbrante de felicidad.
Iván, como cada vez que la veía, sintió su corazón latir a mil por hora.
—Hola –contestó, algo más tímido de lo que le hubiera gustado.
—¿Es Iván? –se oyó una voz en la lejanía.
Clara rodó los ojos antes de gritar:
—¡Sí, mamá!
—¡Ay, voy corriendo a saludar!
La muchacha resopló e hizo entrar a su amigo, cerrando la puerta a su paso.
La madre de Clara no se hizo de rogar. En cuestión de segundos ya estaba en el recibidor de la casa, abrazando fraternalmente al chico.
—¡Madre mía, Iván, qué guapo estás! Has crecido desde la última vez que nos vimos, ¿verdad?
—Mamá, si le viste el fin de semana pasado –replicó Clara con un tono entre molesto y divertido.
—Chica, ¡con razón de más! Estos niños a estas edades no hacen más que crecer y crecer. ¡Hasta los veinte no paran!
—Mamá…
Iván soltó una risilla nerviosa.
—No he crecido, Isa, eres tú, que me ves con buenos ojos.
—¡Anda ya! –rebatió la mujer –. Y encima de guapo, humilde. ¡Si es que cómo no voy a querer a mi niño!
—Mamá… –protestó de nuevo Clara.
Isabel por fin se separó del chico, no sin antes propinarle un sonoro beso en la mejilla.
—Bueno, ¿qué hacéis? –preguntó, dirigiéndose a Iván –. ¿Vais a la habitación de Clara?
—No –intervino ella –, vamos a la salita de estar. Vamos a ver fotos nuestras de pequeños.
—¡Ay, qué buena idea! ¿Puedo verlas con vosotros?
Iván no pudo evitar sentir cómo su ilusión se hacía añicos y se descubrió deseando internamente que eso no llegara a suceder.
Afortunadamente, Clara estaba de acuerdo.
—Ya las veremos tú y yo en otro momento, mami.
—Bueno, está bien –aceptó ella a regañadientes –. ¿Queréis algo de merendar? ¿Un cola cao templadito, Iván? ¡Ay! –se interrumpió a sí misma de pronto –. Rodrigo trajo ayer unas napolitanas que están de muerte. ¿Os pongo unas pocas?
Iván adoraba a la madre de Clara, pero en ocasiones como aquella su excesivo entusiasmo por todo le saturaba un poco.
—No hace falta, gracias –sonrió modestamente –. Vengo merendado de casa. Por cierto, muchas gracias por el libro de biología, me has hecho un favor enorme.
—Ya sabes que si necesitas clases o lo que sea me lo puedes pedir, ¿verdad?
En ese momento, Clara se colgó del brazo de Iván.
—Bueno, mamá, nos vamos ya, que eres una plasta.
—Si cambiáis de idea sobre esas napolitanas me avisáis, ¿de acuerdo?
—Que sí, mamá –respondió la chica con hastío mientras arrastraba a Iván hacia el pasillo.
Clara cerró la puerta de la sala de estar tras de sí y se apoyó en ella, poniendo los ojos en blanco.
—Qué pesada que es mi madre.
—Qué va. Sólo es exageradamente simpática.
—Y tú exageradamente paciente.
«No lo sabes tú bien», pensó Iván, pero se limitó a sonreír.
Clara se acercó a una estantería y eligió un pesado álbum de la colección.
—1998 –leyó mientras se sentaba –. Aquí yo tenía un año y tú debías de tener tres.
Dio unas palmadas sobre el sofá, invitando a su amigo a sentarse a su lado, y procedió a abrir el álbum con emoción.
—¡Ay, mira qué monos éramos!
Iván se asomó al tomo y vio un par de fotos de ellos dos de pequeños, prácticamente idénticas. En ellas, los dos niños estaban sentados sobre la hierba, abrigados hasta las cejas y jugando con el manto de hojas secas que cubría todo en torno a ellos.
Iván no pudo evitar ahogar una risita.
—Pero si ni siquiera se te ve.
La Clara de las fotos era un bulto mullido de colores y abundantes tirabuzones castaños del que solamente se reconocían los dos luceros azules de su pequeño rostro.
—Mi madre ya debía de ser la paranoica que es hoy en día por aquel entonces. Fíjate, ¡si parezco un repollo multicolor!
Iván soltó una carcajada.
—A mí me pareces una bolita adorable.
—Tú sí que eras adorable. ¡Mira qué rubito!
Él suspiró.
—Qué lástima de pubertad.
—Anda, no seas bobo –replicó ella, pasando un brazo por los hombros de él y apretándolo cariñosamente contra ella –. Ni que estuvieras mal ahora.
Iván se volvió hacia ella, sorprendido, pero descubrió con decepción que su amiga estaba demasiado concentrada averiguando el contenido del álbum como para darle importancia a lo que acababa de decir.
—Mira, Iván, del día de Reyes.
Él se giró de nuevo hacia el libro y contempló cómo los dos niños pequeños que habían sido ellos abrían regalos entre un mar de globos, desbordantes de ilusión.
—Es verdad, antes lo celebrábamos juntos –comentó él.
—Sí, ¿te acuerdas? Siempre os veníais a dormir a casa y luego nuestros padres juntaban todos los regalos y se tiraban toda la noche inflando globos y decorando el salón para hacerlo lo más mágico posible.
—Qué buenos tiempos… –suspiró él con algo de amargura.
Iván fue incapaz de impedir que su cabeza hiciera de las suyas, imaginándose que en esos momentos seguían manteniendo esa tradición y despertando junto a Clara en la mañana del día de los Reyes Magos…
—Mira –la voz de Clara interrumpió sus pensamientos.
Iván rehuyó las imágenes de su mente y se concentró en la foto que señalaba Clara.
Casi se le paró el corazón.
La fotografía había sido tomada en un parque, frente a unos columpios, en una mañana con un cielo tan azul que resultaba casi sobrecogedor. El sol bañaba la imagen con fuerza y, en el centro de ella, un Iván de entonces tres años se inclinaba para besar en los labios a la pequeña Clara del pasado mientras jugaban con cubos y palas.
Iván se quedó petrificado durante unos segundos que se le hicieron eternos, sin saber cómo reaccionar. Aquello que tenía frente a sus ojos, inmortalizado en aquel invierno de 1998, era justo lo que llevaba deseando en secreto durante tanto tiempo que había perdido la cuenta, y acababa de descubrir que, de hecho, ya había sucedido.
Miró de reojo varias veces a Clara, esperando algún tipo de movimiento por su parte en un intento de averiguar cómo debía actuar él, pero ella sólo seguía observando la foto, embobada, como si los críos que la protagonizaban nada tuvieran que ver con ellos.
—No me acordaba de esta foto –dijo finalmente, como ensimismada en sus pensamientos.
—Yo no sabía de su existencia –se apresuró a coincidir Iván con torpeza.
Acto seguido se arrepintió. ¿Por qué intentaba justificarse? ¿Acaso trataba de desentenderse de aquello como si sólo por el hecho de dejar claro que no había sido consciente de ello no hubiera pasado? Por supuesto que no era consciente, ¡tenía tres años! Los nervios comenzaron a apoderarse de Iván y éste se sorprendió a sí mismo temiendo absurdamente que ella lo rechazara y sintiéndose a su vez tremendamente estúpido por ello, como si ese beso acabara de tener lugar diez segundos antes y no catorce años atrás.
Pero Clara hizo caso omiso del comentario de Iván y siguió a lo suyo.
—¡Qué monos éramos! Esta foto podría estar en cualquier marco de cualquier tienda, ¿verdad?
En ese momento, Clara se volteó hacia Iván con su radiante sonrisa, buscando una respuesta en él y, sin pretenderlo, quedándose tan cerca del chico que éste se sintió desfallecer.
Él fue a responder a su sonrisa, pero, de pronto, la fotografía vino a su cabeza como un centellazo y se percató con horror de que entre esa escena y la que estaba viviendo en esos instantes únicamente distaban unos centímetros.
El corazón de Iván comenzó a galopar como si se hallara en la recta final de una carrera de caballos, siendo consciente de que, de un segundo para otro, el momento con el que tanto había soñado había pasado de quedar totalmente fuera de su alcance a poder hacerse realidad. Sudores fríos bañaron todo su cuerpo, y miles de pensamientos de todo tipo lo atravesaron como balas, dejándolo totalmente paralizado. Sólo tenía que acercarse un poco y…
Pero no, ella no le iba a corresponder. ¿Cómo iba a hacerlo? Era su amiga de la infancia, ella lo veía como a un hermano mayor. Y no podía hacer eso, no podía arriesgar la relación tan especial que tenían… ¿Qué decía, arriesgar? No era un riesgo, era una realidad. Ella no volvería a mirarlo a la cara, la perdería para siempre, y, ¿qué iban a hacer sus dos familias en adelante? No, era una locura. No pudo evitar imaginarse la reacción de Clara de las maneras más horribles y humillantes posibles, a cada cual peor que la anterior.
Así que, disimulando sus ganas como buenamente pudo, Iván le dedicó a Clara la sonrisa más relajada que fue capaz de expresar y retiró la mirada de ella para fingir que seguía contemplando las fotos durante lo que quedaba de tarde… sin llegar a tener ni idea de hasta qué punto se arrepentiría de esa decisión en adelante.


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martes, 9 de agosto de 2016

Kai (I): Hanan

La piedra lisa y plana rebotó dos veces sobre la cristalina superficie del estanque antes de que las aguas se la tragaran como a sus hermanas.
Kai había perdido la cuenta del número de cantos rodados que había lanzado ya al que consideraba su pequeño santuario en Hanan, su pueblo natal. En aquel pequeño y recogido lugar, fuera de miradas de curiosos, Kai pasaba los ratos muertos en los que necesitaba estar solo. Allí era donde realmente dejaba que sus pensamientos fluyeran y sus emociones le embargasen, y en donde había tomado la gran mayoría de sus decisiones. Para él era como una especie de ritual: cuando no era capaz de analizar con claridad lo que estaba sucediendo dentro de su cabeza, Kai escogía un momento en el que tuviera la certeza de que nadie iba a estar allí y se refugiaba en aquel silencioso y minúsculo paraíso para tratar de entenderse a sí mismo.
La luz de la mañana se filtraba entre las hojas de los árboles en una danza de tonos rosados y anaranjados. Aquel día, Kai había abandonado su lecho al rayar el alba, una vez hubo asumido que no iba a ser capaz de dormir más en toda la noche. A hurtadillas, había huido de su hogar procurando no despertar a su madre y se había escabullido entre la penumbra para adentrarse en ese diminuto vergel. No tenía ni idea del tiempo que llevaba ahí resguardado, pero sabía que pronto la actividad en Hanan daría comienzo y debería marcharse de allí.
Se asomó al estanque y su reflejo le devolvió la mirada con expresión seria y el ceño fruncido. Contempló sus profundas ojeras y casi no se reconoció a sí mismo. Su pelo era una maraña de mechones de color rubio cenizo sin ningún tipo de sentido, y Kai se descubrió a sí mismo intentando poner algún orden en él antes de dejar escapar un suspiro. Reparó una vez más en sus pequeñas orejas redondeadas, su condena desde el día de su nacimiento, y las odió con todo su ser como había hecho día tras día desde que había entendido lo que significaban. Aquel era el distintivo de que ese no era su lugar, a pesar de haber transcurrido toda su vida en el pacífico pueblo entre los árboles que era Hanan. Por culpa de ellas y de sus intensos ojos negros no podría elegir jamás su destino, resignándose a ser un simple arquero durante el resto de su existencia.
Kai se tapó las orejas con el pelo en un ademán violento y retiró rápidamente la mirada del estanque.
—¿Kai?
El muchacho se volteó repentinamente para ver quién lo llamaba.
Un chico alto y fornido, de pelo rubio y piel clara, lo observaba con los musculosos brazos en jarras y una amplia sonrisa entre sus finos labios. Tenía la nariz ancha, los ojos verdes con esas vetas amarillas que tan cautivadores los hacían y la mandíbula cuadrada, lo que le confería un rostro muy agradable, a pesar de que Kai siempre había pensado que tenía las facciones algo duras para ser un thaender de raza pura. Sus grandes orejas picudas en forma de hoja sobresalían perpendiculares a su rostro, y el chico no pudo evitar detenerse en ellas más de la cuenta, lamentándose internamente. Mostraba su musculado torso desnudo, vistiendo únicamente con el pantalón de tela caqui común a todos los habitantes de Hanan, arremangado por debajo de las rodillas, y aparte de eso solo llevaba su blusa blanca al hombro. Así, irguiéndose en todo su esplendor, aparentaba ser bastante más mayor que Kai a pesar de tener la misma edad que él, y el muchacho fue consciente más que nunca del enorme atractivo del joven.
—Weid –lo saludó.
Weid ensanchó su luminosa sonrisa.
—Sabía que te encontraría aquí, Kai –se acercó a él y se sentó a su lado –. ¿Qué, preparado para las pruebas de final de ciclo?
Kai se encogió de hombros.
—Supongo que sí.
Weid soltó una carcajada y le palmeó la espalda.
—Claro que sí, eres el mejor arquero de todo Hanan, y cuando acabe esta semana serás un miembro más que consolidado de la Casa, sin ninguna duda. ¿Has pensado ya si irás a Elbor?
Kai lo miró de reojo con recelo.
—Weid, para eso primero me tienen que seleccionar –dijo, aunque en el fondo podía dar por sentado que iba a tener esa opción a su alcance. Por algo había pasado toda la noche en vela.
Weid volvió a palmearlo.
—No te hagas el modesto ahora, sabes de sobra que te van a coger. Solo hay que ver cómo sostienes el arco para darse cuenta de que tienes talento. Entonces, ¿qué? ¿Lo harás?
Kai tardó unos segundos en contestar.
—No lo sé aún.
—No sabes las ganas que tengo de ir contigo y con Nera a Elbor –exclamó él con entusiasmo, como si no hubiera escuchado la respuesta de su amigo –. Ya me lo estoy imaginando: los tres juntos aprendiendo nuestros respectivos oficios, convirtiéndonos en los mejores profesionales de toda Thaenderia. Y, algún día, yendo finalmente a Eleon y viviendo allí.
Kai dejó escapar una risilla.
—Deja de soñar, Weid. ¿De verdad crees que con la de gente que hay en Thaenderia el Consejo de Sabios va a escoger a tres pringados de Hanan para entrar en la Escuela Especializada de Elbor? –replicó haciendo énfasis en las últimas palabras para tratar de que Weid se percatara de lo lejano que quedaba todo aquello.
Su amigo, lejos de eso, se limitó a hacer un gesto con la mano.
—¡Bah! No seas aguafiestas, sabes de sobra que vamos a entrar.
—¿Por qué estás tan seguro de ello? No sabes cómo son los demás aspirantes y solo entran veintisiete cada año.
—¡Porque somos los mejores, Kai! Tú tienes un don para el arco, yo no he parado de construir cosas desde que empecé a gatear y tengo mucha inquietud por seguir aprendiendo, y Nera… Bueno, es absolutamente imposible que no cojan a Nera.
Hubo un silencio en el que Weid se quedó con la mirada perdida, en dirección al estanque. Kai desvió la vista y se forzó a contener un suspiro.
De pronto, Weid volvió en sí y obsequió a su compañero con una nueva palmada en la espalda.
—Bueno, es la hora de la verdad –anunció, poniéndose en pie –. ¿Vamos?
Kai sintió con la cabeza, resignándose.
—Vamos –coincidió, en un hilo de voz.
Weid se puso la blusa y, en ese momento, encontrándose vestidos de la misma manera, Kai no pudo evitar compararse con su amigo. A su lado, Kai parecía un fideo pequeño y esmirriado, a pesar de ser un chico fibroso y esbelto. Sus espaldas apenas eran la mitad de anchas que las de Weid, por no hablar de que, si quisiera, su compañero podría darle capones con la barbilla. 
Kai ahogó un nuevo suspiro y juntos salieron del pequeño claro para regresar a la vida real.



jueves, 7 de julio de 2016

Tu Luz

Aun en la más profunda oscuridad, siempre habrá una luz que te guíe.
Ten fe en la luz, y la oscuridad nunca te derrotará.
Kingdom Hearts

Cuando una puerta se cierra, otra se abre.
A veces esa puerta no será más que un ventanuco colgando del techo, un hueco tan pequeño que no podrás evitar preguntarte cómo diablos vas a entrar por ahí; a veces será un portón gigante, tan hermoso y magnífico que te costará acordarte de la puerta que se acaba de cerrar; a veces la puerta será difícil de encontrar, y puede que la halles escondida al final de un laberinto de obstáculos; a veces se alzará ante ti desinhibida y segura de sí misma, como la entrada a una ciudad. Pero, sea de la forma en que sea, siempre existe esa puerta. Solo es cuestión de darle una oportunidad y buscarla.
Así que abre los ojos.
Abre los ojos y dime qué ves a tu alrededor. Más allá de las ruinas que te aprisionan el pecho, más allá de las cenizas de tu mundo arrasado por las llamas, más allá del polvo que colma el aire y te impide respirar. Mira más allá del cielo ensangrentado, del humo que te quema las entrañas, mira más allá de este manto de huesos astillados que algún día fueron tus sueños, más allá de los rostros grises e inertes de los que han luchado a tu lado. Observa a través del paño de lágrimas que se ha mimetizado con tus pupilas, a través del abanico de muerte que ha dejado esta guerra al marcharse, a través de esta oscuridad.
¿La ves?
Está sola y perdida en algún lugar de esta ciudad de hielo, escondida entre el polvo y las cenizas, oculta tras el humo y los cristales. Es pequeñita y tiende a pasar desapercibida si no te fijas en ella bien, pero su esencia es la más grande y bella de todas. Está por ahí, agazapada bajo las ruinas de tu corazón, tiritando de frío e incertidumbre, aterrorizada como un cachorrillo abandonado, contemplando con los ojos como platos este páramo de vacío y tristeza que ahora son los cimientos de tu mundo. Y probablemente ella todavía no sepa quién eres, pero te está buscando.
¿No la ves aún? ¿No la ves encogida sobre sí misma, atrapada entre los escombros de todas las cosas que salieron mal? ¿No escuchas su suave respiración entrecortada como un soplo de esperanza entre toda esta destrucción? ¿No sientes su inmensa fuerza, no notas toda la vida que desprende incluso desde esta orilla de dolor? ¿No la ves brillar como el sol a través de este océano de oscuridad que lucha por ahogarla?
¿No ves la luz?
Acércate a ella. Más. Haz a un lado la pena, acalla los recuerdos que gritan en tu cabeza, ignora los fantasmas de lo perdido. No la pierdas a ella, camina hacia ella, deja que ilumine tu noche de luna nueva y estrellas ausentes. Escarba entre la escarcha y la desolación y rescátala. Porque está esperando ser encontrada, y en el fondo tú sabes que nunca has dejado de buscarla. Que nunca has dejado de creer en ella, que nunca la diste por vencida, y que tampoco te has dado por vencido a ti mismo. Porque, a pesar de todo, a pesar de las ruinas y el hielo, a pesar de las  cenizas, el polvo y el humo, a pesar de las astillas y los huesos, de los cristales, los escombros y la escarcha, a pesar de todo eso, a pesar de que todo ahora esté roto y perdido, no existiría la oscuridad si no existiese la luz. ¿Y sabes lo que eso significa? Que, hasta en la más profunda oscuridad, siempre habrá una luz.
Tu luz.
Así que tómate tu tiempo, y, en cuanto estés preparado, sécate las lágrimas, coge mi mano y vamos a buscarla.
Vamos a buscar tu puerta.