lunes, 31 de julio de 2017

Victoria (X): La fiesta de Tiara

Los primeros días de trabajo fueron un caos.
Encontrarme por primera vez en un set de rodaje real se me antojaba un sueño. No podía creerme que mi trabajo estuviera en el lugar donde se habían tomado tantas y tantas fotografías que había visto en mis libros de cine. Ver en primera persona cómo se rodaban escenas de acción (y lo ridículas que quedaban desprovistas aún de efectos especiales) o cómo eran en la realidad algunos decorados eran sólo algunas de las cosas que no dejaban de maravillarme a cada rato que pasaba allí. Eso por no hablar de la impresión brutal que causaba trabajar a sólo unos metros de Matthew Hamming, quien simulaba luchar contra los crímenes cometidos por una mafia rusa, o algo así. El típico argumento sobreexplotado con el que dormirse un domingo por la tarde, vaya. Por lo menos, el director, un tipo llamado Warren Thorne, era decente, y pude empezar desde el primer minuto a fijarme en todo lo que hacía en un intento de aprender de él.
Por su parte, Tiara Angelista se había convertido en mi jefa directa. A pesar de que su trabajo aparentemente nada tenía que ver con estar pendiente de los extras, era ella quien daba indicaciones a toda la bandada que éramos para que no nos descontrolásemos. La primera mañana, tras darnos las debidas explicaciones sobre lo que teníamos que hacer y una vez todo el mundo se puso en marcha, Tiara aprovechó un momento que pasé a su vera y me preguntó, como quien no quería la cosa:
—¿Se resolvió el problema con el inquilino?
Me volví hacia ella, completamente desconcertada.
—¿Perdona? –pregunté, sin tener del todo claro si era a mí a quien se dirigía.
Ella ni me devolvió la mirada. Caminaba a mi lado, como si coincidiera el lugar al que ambas nos dirigíamos.
—El problema que me comentaste anoche –respondió, ajustándose las gafas de sol –. ¿Averiguaste quién fue el que te levantó la chabola?
Honestamente, me costó unos segundos deducir de qué estaba hablando. Había borrado de mi memoria la patética excusa con la que me había cubierto las espaldas la noche anterior, y desde luego estaba convencida de que ella ni siquiera me había escuchado.
Debo reconocer que fue una grata sorpresa.
—Ah, sí –balbuceé rápidamente –. No, no averigüé de quién se trataba. Tendré que pasar alguna noche más por allí hasta que lo cace. No quiero denunciar hasta que no sepa quién es el pordiosero que me ha invadido.
Tiara asintió casi imperceptiblemente.
—Nos vio una paparazzi.
Empalidecí. 
Aquello era lo opuesto a que nadie conociera en dónde vivía. ¿Qué iba a hacer ahora?
—La prensa no descansa –comenté, tratando de disimular mi pavor.
—Por suerte, yo tampoco. Me aseguré de que no vendiera esas fotos. Pero no me gustaría que te relacionaran conmigo… Al menos no de momento –añadió antes de separarse de mí y regresar a su puesto.
No estaba segura de si sus palabras habían sido una especie de amenaza o simplemente una advertencia, pero poco me importaba. Era la primera que no quería ser descubierta por la prensa y, aunque en otras circunstancias habría aceptado de buena gana haber levantado el interés público, no me lo podía permitir… al menos no hasta que lograse un hogar más digno, lo que me iba a llevar bastante tiempo, de acuerdo con mi plan. Además, no era tan rastrera. Que te relacionen con otros famosos siempre es un empujoncito, pero algún día quería ser reconocida por mi trabajo, no por mis amistades.
Desde entonces, Tiara pareció tomarse muy en serio sus palabras de la noche anterior. Prácticamente no se despegaba de mi persona, aunque ponía bastante cuidado de cara a mis compañeros de trabajo en que pareciera totalmente casual y fortuito.
Adaptarme a la rutina que conllevaba mi nueva situación estaba siendo duro, pero, por suerte o desgracia, llevaba unos cuantos años acostumbrada a sobrevivir en circunstancias infrahumanas. Hice algunas compras con mis nulos ahorros que consistieron en poco más que cereales y ensalada para ir tirando, y me mentalicé en que en aquello iba a consistir mi dieta hasta que recibiera mi primera paga. Afortunadamente, en el trabajo nos daban de comer, así que, por lo menos a mediodía, podía incluir algo de variedad en mis comidas.
Tuve que hacer varias cosas en contra de mis principios que jamás pensé que me vería en la situación de hacer: tomar prestado algo de cubertería del comedor de los estudios, puesto que no disponía de más dinero para poder adquirirla por mis propios medios, y tomar prestados los baños del gimnasio local, puesto que yo no disponía de ningún tipo de saneamiento en mi infravivienda… y, si os estáis preguntando si me colaba todos los días en el gimnasio sin ser vista, lo cierto es que fue una opción en mi cabeza hasta que descubrí una oferta con la que disponía de una semana de prueba antes de empezar a pagar la cuota correspondiente, por lo que pude concederme esa semana de tregua hasta recibir mi primer salario. A partir de ahí, ya veríamos.
Así que todos los días, después de pasar la noche con un ojo abierto por miedo a cualquier tipo de incursión, me levantaba, me preparaba un desayuno rancio que almacenaba en mi nevera inoperativa, me vestía con mi ropa de deporte y, bolsa en mano, me tragaba una hora de viaje en metro y ascendía los veinticinco pisos del rascacielos sobre el que se situaba el gimnasio de Bridgeport. Para hacer el paripé, y ya que estaba allí, aprovechaba para hacer algo de ejercicio en la cinta de correr y, a continuación, me daba una buena ducha, me cepillaba los dientes a conciencia y fregaba los platos en el lavabo del baño cuidándome de que nadie me descubriera en tan humillante situación. Luego me volvía a meter en el metro para ir a trabajar, donde me llevaba a la boca la mayor cantidad de comida posible, y me dedicaba a hacer mi labor de extra de fondo para después volver a encerrarme en el metro durante otra hora y pico y caminar la eterna cuesta del Sendero de la Plata, completamente agotada. Una vez llegaba a las proximidades de mi solar, me aseguraba de que no había paparazzis a la vista, cenaba en medio de una oscuridad total un plato de ensalada sin aliñar y me enfundaba en mi pijama para meterme en mi camastro y pasar otra noche casi en vela.
De ese modo transcurrieron varios días hasta que llegó, hacia el final de la semana, un día festivo cuyo motivo no me quedó claro. Al parecer, era la manera laica que tenían en Bridgeport de conmemorar el verano o algo así, y me enteré de que habría hasta una especie de festival con actividades al aire libre durante todo el día que acabaría en un espectáculo nocturno de fuegos artificiales. 
Para cuando se dio el momento yo estaba absolutamente exhausta y lo único que quería era dormir durante todo el día, pero para mi sorpresa recibí un mensaje de texto de Tiara en el que me invitaba a una fiesta en su piscina esa misma mañana. Me costó varios minutos procesar la información, sin entender los motivos de aquella invitación. Ya me costaba entender la persecución a la que me sometía en el trabajo (aunque aprovechara como es lógico la oportunidad para intentar entablar relación con ella y sacar tajada de la situación), pero, ¿que después de apenas tres días de trabajo me invitara a mí, una simple extra de fondo, a una fiesta privada en su casa? No comprendía nada.
Pero, por supuesto, no podía desaprovechar la oportunidad, así que me despedí de mi día de descanso y me dirigí hacia mi destino con toda la brevedad que pude.
Tiara Angelista vivía en una mansión en una calle perpendicular al Sendero de la Plata. Era una vivienda moderna, de dos plantas, cerrada con planchas de hormigón blanco y dotado de un juego de cubiertas inclinadas de color negro que la hacía muy particular. Tenía una parte de la vivienda completamente en diagonal, como incrustada de cualquier manera en el resto de la casa, y algunos huecos de diferentes tamaños se esparcían por las paredes, demasiado pocos para mi gusto. En la parte izquierda se apreciaba la entrada a un garaje, y un muro de piedra protegía la casa del exterior.
Me acerqué maravillada y pulsé el botón del telefonillo bastante nerviosa. Enseguida las puertas se abrieron por algún procedimiento mecánico, dando paso a un jardín delantero totalmente desnudo, desprovisto de cualquier tipo de planta o flor que pudiera adornarlo.
Eso no me gustó. Yo siempre había soñado con cultivar mi propio jardín, incluso mi abuelo Lawrence me había permitido crear un pequeño huerto en la mansión. Me prometí a mí misma que, cuando ampliara lo suficiente mi maltrecho hogar, dedicaría todo mi empeño en crear un hermoso jardín con todo tipo de vegetación, incluyendo mi propia plantación de frutas y hortalizas, tal y como tenía en mi anterior casa.
Tiara estaba enmarcada en la puerta, vestida con un elegante bañador de cuerpo entero, sus pendientes de aro y sus ya características gafas de sol, y portaba una bebida de aspecto cítrico en su mano.
—¡Eh, Victoria Legacy! –me saludó, con una gran sonrisa en su rostro.
Era la primera vez que la veía demostrar algún tipo de expresividad.
Me acerqué a ella, bastante insegura acerca de lo que esa mujer esperaba de mí, y ella me invitó a entrar a un amplísimo salón en el que algunas personabas charlaban o bailaban al son de una estridente música electrónica.
—Tienes un cuarto de baño arriba donde puedes cambiarte –me indicó –. La piscina también está arriba, en la terraza, pero si quieres servirte algo antes, aquí a la derecha tienes una barra de bar, en la zona de comedor.
Entonces, echó un vistazo en derredor y su cara se iluminó al localizar a alguien en concreto.
—¡Ah! Ahí está Lola –se volvió de nuevo hacia mí –. Pásalo bien, por aquí hay algunas personas interesantes. Estaré por ahí si me necesitas.
Y, dicho esto, se acercó a un grupito de unas tres personas con las que comenzó a parlotear alegremente.
Un poco confusa, decidí hacer caso a Tiara y, tras ponerme mi bikini en el único baño que encontré, bajé de nuevo las escaleras. Iba tan ensimismada buscando a mi anfitriona que no reparé en que un hombre se disponía a ascenderlas, y me abalancé sobre él, derribándolo en el acto.
—¡Perdona, lo siento! –me apresuré a disculparme, agachándome para tenderle una mano y ayudarlo a levantarse.
El hombre me dirigió una mirada lastimera antes de dejarse ayudar. Debía de andar alrededor de los cuarenta, aunque poseía un rostro de rasgos algo aniñados. Tenía la piel cetrina, el pelo corto y rubio y los ojos de un verde bastante apagado, además de ser bastante enclenque. Era como un muerto viviente que en vida debió de ser atractivo.
—No te preocupes, señorita –tartamudeó, poniéndose en pie –. ¿La conozco de algo?
Lo observé con detenimiento, y de pronto lo reconocí.
—¿Trabajas en los estudios?
Su rostro gris se iluminó.
—Soy ayudante de dirección. Reuben Littler –se presentó, estrechándome una mano.
—Victoria Legacy –lo correspondí –. Extra de fondo.
Reuben esbozó una media sonrisa que no me gustó nada.
—Extra de fondo –repitió, repasándome de arriba a abajo –. ¿Y cómo es que has sido invitada al gran evento de nuestra jefa de producción?
Los pocos remordimientos que había podido sentir hasta ese momento se borraron de un plumazo al comprobar la altivez y el deje lascivo que denotaban su voz. No pensaba quedarme con ese señor ni un segundo más.
—Pues lo mismo que tú, supongo –repliqué, cortante –. Nos vemos en el trabajo, ayudante de dirección.
Y me alejé de él rápidamente, asqueada a más no poder.
Pero, ¿de qué iba ese hombre? ¿Cómo se le ocurría mirarme de esa manera, como si fuera un cacho de carne? Yo merecía un respeto, y eso sin contar con que por edad ese tío podría ser mi padre perfectamente. Menudo pedófilo.
Sin más dilación, ahuyenté de mi mente la escena que acababa de vivir y me acerqué de nuevo a Tiara para simular que estaba ocupada.


miércoles, 19 de julio de 2017

Kai (V): Alma de arquero

Trató de mantener su pánico a raya y repasó mentalmente los conocimientos que en teoría debía poner en práctica en la fase de supervivencia. Los desperfectos no eran extremadamente graves, tal vez con un poco de magia pudiera arreglarlo sin problemas, pero era una reparación laboriosa y no disponía del tiempo necesario. En un arranque de determinación, arrancó de cuajo la pieza rota ayudándose de un ligero movimiento mágico y colocó la mano que sujetaba el arco de tal forma que pudo hacer un pequeño apoyo con sus dedos. Tiró de la flecha, apretó los dientes y disparó hacia la marca al tiempo que sentía cómo el arma le dejaba en carne viva la mano y parte del brazo a medida que se deslizaba por ellos.
Hubo un momento en el que estuvo convencido de que el sacrificio había sido en vano, pero la flecha impactó en su objetivo por poca distancia, y a Kai le faltó tiempo para brincar sobre el alféizar y agarrarse al poste, dándose impulso con piernas y brazos para ascender por él y aguantándose las lágrimas cada vez que la madera entraba en contacto con las heridas causadas por la flecha.
Apenas pudo contener la alegría cuando, al desasirse del poste y ponerse en pie sobre la cubierta de la casa, descubrió que finalmente se había puesto a la altura de Vith.
El chico le dirigió una mirada hostil al percatarse de su presencia, visiblemente sorprendido. Nunca le había tratado mal, pero Kai sabía que Vith también deseaba ser seleccionado para viajar a Elbor, y aquello era una cuestión personal para él. Resollando por el esfuerzo, Vith no perdió ni un segundo más y puso pies en polvorosa en un intento de dejarlo atrás de nuevo, pero esta vez Kai no se lo permitió. Dio una zancada frente a él, obstaculizándole el paso por un instante, y saltó a la cubierta de la siguiente casa, alejándose a la velocidad de la luz.
—¡Maldito mestizo! –le oyó vociferar a lo lejos, henchido de rabia.
Kai sintió una mezcla de dolor y satisfacción al mismo tiempo, pero no se fiaba de Vith y necesitaba asegurarse de que le cogía la delantera definitivamente. Sin detenerse, buscó con la mirada la luz del siguiente munhe, y la localizó brillando entre las hojas alargadas y sinuosas de la copa de un gran árbol. Encendido por la adrenalina, volvió a ignorar el camino habitual y apretó el paso, lanzándose hacia otra pasarela que le sirvió para coger carrerilla y dar un enorme salto en dirección al árbol en cuestión, colgándose de una de las hojas. Aulló de dolor cuando sus manos resbalaron por la hoja, cediendo por el peso y cortándole las palmas con el filo, pero aún así se las arregló para agarrarse bien. Obviando la sangre que manaba de sus manos y teñía el verde azulado de la vegetación de un intenso escarlata, se las ingenió para enrollarse parte de la hoja alrededor de una mano, y repitió el proceso para sujetarse a la otra hoja que tenía al lado.
«¿De verdad era necesario esto, mestizo idiota?», se torturó a sí mismo mentalmente mientras ascendía a pulso por las hojas del árbol, sin evitar reparar en el escozor de las palmas de sus manos.
Cuando llegó a la copa del árbol casi se sintió desfallecer. Aspiró aire durante un momento, apoyándose sobre sus rodillas, pero de pronto se acordó del rostro enfurecido de Vith y volvió a ponerse en marcha.
No tardó en encontrar el munhe, y desde allí visualizó la marca correspondiente, balanceándose en una hoja del árbol como había estado haciendo Kai momentos antes. Sacó una flecha del carcaj, la colocó sobre el arco y la flecha cayó hacia un lado, imitando a la anterior.
—Mierda –maldijo en voz baja. Había olvidado todo el asunto del reposaflechas y acababa de caer en la cuenta de que debía volver a hacerse daño con las malditas flechas dos veces más si quería superar la fase.
Le dieron ganas de llorar, totalmente reacio a la idea provocada por su mala cabeza, pero no había tiempo que perder. Vaciló, pero finalmente decidió arrancarle un par de pedazos a una hoja.
—Lo siento –se disculpó de corazón, tanto con el árbol como con Everyth –. Espero que sepas perdonarme.
Se enrolló y sujetó los trozos de la hoja en las manos, a modo de vendas, y a continuación compensó torpemente al árbol invocando su magia para hacer que la hoja arrancada creciera de nuevo y devolverla a su estado anterior. Kai sabía que aquello no arreglaba nada, ni ante el árbol, ni ante la diosa, pero no podía permitirse dejar la fase a medias, y no sabía qué otra cosa hacer.
Volvió a colocar los dedos simulando un reposaflechas y se concentró en la marca balanceante. No podía fallar.
Disparó, y la flecha le cortó de nuevo al volar hacia su blanco, pero esta vez no le escoció tanto gracias a su protección improvisada. Eso lo alentó, pero sus ánimos desaparecieron cuando la flecha pasó silbando al lado de la marca.
Kai soltó una maldición, sacó otra flecha y repitió la operación. Esta vez sí acertó, pero su protección estaba ya desgastada y no soportó tan bien el dolor. Con lágrimas en los ojos, decidió que necesitaba acabar con esa fase cuanto antes, así que no se lo pensó más y se dejó caer de rama en rama hasta sentir de nuevo la hierba bajo sus pies, y trotó hacia el final del circuito, esta vez siguiendo el camino convencional.
El maestro Hando lo vio llegar desde la meta y asistió estupefacto a su último disparo, viendo cómo la flecha le desgarraba el brazo y una mano cubierta por una hoja de siaze destrozada y ensangrentada antes de atinar en el centro de la marca. Sin poderse controlar más, Kai profirió un grito descomunal, lanzó el arco y el carcaj al suelo con furia y se tiró sobre la hierba fresca, con los ojos henchidos en lágrimas y profundamente aliviado por haber acabado al fin con aquella fase del infierno.
El maestro se quedó observándolo durante unos largos segundos.
—Llamaré a un mago –sentenció finalmente.

—¿Qué ha pasado, chico? –le preguntó abiertamente el maestro una vez hubo regresado, mientras la sanadora que había traído se encargaba de curar sus heridas.
El resto de aprendices todavía no habían llegado cuando Hando había regresado acompañado de una thaender anciana que, nada más ver de quién se trataba el accidentado, se había dispuesto a hacer su trabajo sin proferir una sola palabra.
Kai bajó la cabeza, visiblemente avergonzado. A pesar de ser mestizo, el maestro Hando siempre lo había tratado con respeto y temía decepcionarlo.
—Nunca has tenido problemas con esta fase –continuó el maestro al ver que Kai no contestaba –. De hecho, no me ha sorprendido que hayas llegado el primero, pero siempre lo has realizado holgadamente, y mira en qué condiciones estás. ¿Ha ocurrido algo?
Kai dudó de si contarle lo sucedido con Nilhe al principio del circuito, pero en ese momento vio cómo Vith llegaba a la meta y sus dudas se disiparon, acordándose del momento en el que el propio Kai se había interpuesto en el camino de su compañero.
—Tuve un percance al principio –dijo finalmente, escogiendo las palabras –, y tuve que ingeniármelas para salvar tiempo.
El maestro Hando señaló con la vista las heridas que la sanadora estaba cerrando poco a poco con su magia.
—¿Y esos cortes? ¿Has olvidado de pronto cómo disparar?
Kai notó de pronto la boca pastosa.
—Se me rompió el reposaflechas, maestro. Consideré arreglarlo, pero hubiese tardado demasiado, así que al final decidí utilizar mis propios dedos.
Hando alzó las cejas, y por un momento Kai tuvo miedo de que su maestro decidiera descalificarlo por saltarse las normas.
Sin embargo, el maestro se mantuvo en silencio, observándolo con una expresión indescifrable.
—Esto ya está –anunció la sanadora de pronto, y se dirigió al arquero –. La magia aún estará haciendo su efecto por un rato, así que debe tener cuidado y mantener reposo en el brazo y en las manos.
A Kai se le cayó el mundo a los pies al escuchar la noticia de la mujer. Si no podía utilizar sus manos, ¿cómo se suponía que iba a seguir con la prueba?
El maestro Hando asintió severamente.
—Descuida, lo hará. Que Everyth te otorgue larga vida.
Se despidieron con el saludo deiliano y la mujer desapreció en el bosque.
Nilhe había llegado mientras la sanadora comunicaba la noticia y, en cuanto vio a Kai y concluyó que el mestizo había finalizado el primero, le dedicó una mirada cargada de odio. Unos minutos después llegó Esven, sin dejar de mirar hacia el cielo para comprobar que había llegado a tiempo, y disparó su última flecha.
—Bueno, pues ya estáis todos –declaró el maestro Hando cuando al fin se reunieron –. Y todos a tiempo, así que de momento vais por el buen camino. Tomaos un descanso y nos reuniremos aquí mismo al comienzo de la tarde para continuar con la prueba. Que Everyth os guarde y os dé suerte.
—Sí, maestro –respondieron los aprendices al unísono, tratando de contener su excitación por haber superado la fase.
Esven, Vith y Nilhe intercambiaron animadas despedidas y se disgregaron sin mirar a Kai en ningún momento. Kai, acostumbrado, suspiró y se dispuso a marcharse cuando la voz de su maestro lo llamó:
—Kai –dijo con una voz limpia y clara.
Kai dio media vuelta, sorprendido porque su maestro se dirigiera a él en exclusiva.
—¿Sí, maestro Hando?
El hombre lo observó con cierta curiosidad, cruzando los brazos.
—La forma en que has superado la fase de habilidad ha sido temeraria, chico –lo reprendió con tranquilidad.
—Lo sé, maestro –coincidió Kai, arrepentido –. Lo lamento.
—No es necesario que asistas a la fase de supervivencia –dijo súbitamente su maestro, sin tapujos.
Kai alzó las cejas, sin creer lo que estaba oyendo
—¿Perdona, maestro?
—Estoy al corriente de que para tus compañeros no eres de agrado, y sé que te lo han puesto más difícil.
El aprendiz guardó silencio, incapaz de ocultar su confusión, esta vez en un nuevo sentido.
—Tenía fe en ti –continuó el maestro al ver que Kai no pronunciaba palabra –, pero ni por asomo pensaba que fueras a llegar tan lejos. ¿Disparar flechas apoyándolas en tus propios dedos? Estoy francamente sorprendido, muchacho.
Kai se mantuvo observando a su maestro, tratando de resolver en su cabeza el rompecabezas de sus palabras.
—Entonces… ¿me descalificas por no haber reparado el arco?
El maestro Hando, eternamente serio y cansado, miró perplejo a su aprendiz unos instantes antes de dejar escapar una risa seca.
—No me has entendido, chico. Has realizado una fase de habilidad como no he visto en mi vida. Has demostrado que tienes recursos para vencer las adversidades, si es necesario sacrificándote tú mismo. No sólo eso, sino que has empleado conocimientos de otras fases para ayudarte en ésta, tal y como se debería hacer en una situación real. En otras palabras, has demostrado que tienes alma de arquero. Así que ve a casa, reposa tal y como ha dicho la sanadora y vuelve para la fase de abastecimiento. Creo que, por cómo has acabado, tu fase de habilidad también vale para superar una fase de supervivencia, ¿no crees?
Kai no daba crédito a lo que escuchaban sus oídos. Se sentía tan contrariado y colmado al mismo tiempo de tantas emociones que no sabía ni qué decir.
—Pe-pero… No he reparado mi arco. Quiero decir, no he demostrado que sé fabricar uno propio desde cero, ni que sé arreglarlo si se rompe como hoy, ni…
—¿Quién ha fabricado ese arco que llevas a la espalda, Kai? –lo interrumpió su maestro.
—Y-yo, maestro…
—Entonces podemos concluir que sí sabes hacerlo, ¿verdad?
Kai tragó saliva y asintió.
—Bien, pues creo que no hay mucho más que hablar –sentenció, y se dispuso a marcharse, dándole una palmada en el hombro al muchacho al cruzarse con él –. Descansa, chico. Te veo en la fase de abastecimiento.
Kai parpadeó varias veces, aún sin creérselo.
—Gra-gracias, maestro… –dijo, contemplando cómo el arquero se desvanecía entre los árboles.


domingo, 16 de julio de 2017

Zoe (VII): La chica del árbol de corales

—Zoe.
La voz sonaba en la lejanía, susurrante pero limpia y clara al mismo tiempo.
—Zoe –repitió.
Zoe abrió los ojos pesadamente, pero fue incapaz de ver nada. Una espesa niebla cubría su cabeza y no era capaz de distinguir las formas ni los colores.
—Zoe –la seguía llamando la voz.
Y entonces la reconoció.
Era la voz de su claro. Lo que silbaba el viento a través de las hojas de los árboles cuando yacía en él dibujándolo.
De pronto, los contornos se esclarecieron, y allí estaba ella de nuevo. La embargó la sensación de paz y familiaridad propia de quien ha regresado a su hogar.
Sin embargo, algo la dejaba intranquila. Su claro no era el mismo de siempre. La distancia que la separaba del estanque y del resto del bosque era mucho mayor de la habitual, y se sentía extrañamente sola.
No se dio cuenta al principio, pero poco a poco fue consciente de que los árboles se movían y que llevaban moviéndose de esa manera todo el rato. Danzaban a su alrededor, mezclándose con otros y susurrarando a gritos su nombre.
—Zoe… Zoe…
Ella acudió a su llamada, caminando emocionada hacia el lago, pero, cuando llevaba apenas unos pasos, se percató con impotencia de que éste seguía igual de lejos que al principio. Cuanto más se acercaba a él, más lejos parecía estar, y la suave danza de los árboles se volvía cada vez más frenética y violenta.
¿Por qué estaba el claro tan enfurecido?
Seguía escuchando su nombre, pero ya no sonaba dulce y suave, sino fuerte y exigente, y Zoe no alcanzaba a distinguir si aquello era una réplica dolida o una llamada de auxilio desesperada. 
La chica apremió el paso, pero era inútil, su claro estaba cada vez más lejos. Y, de repente, un torrente de agua salió disparado del lago, como si de un monstruo marino se tratase, y le agarró del tobillo, empujándola con fuerza hacia adentro. Zoe, asustada, intentó aferrarse al suelo, pero el torrente era mucho más fuerte que ella. Impotente y desesperada, sus uñas sólo lograron arañar la tierra y arrancar la hierba mientras sentía cómo las aguas la arrastraban por el suelo antes de engullirla como a una lombriz.
Entonces, todo se apagó.
Ni el ruido del viento y el agua, ni el verde y el dorado de los árboles danzantes, ni la distancia cada vez más grande entre el claro y ella. No veía, sentía ni oía nada.
Sólo una voz tenue y adormilada que susurraba:
—Zoe…

—¡Zoe!
Zoe se despertó sobresaltada, con el corazón latiéndole totalmente desbocado.
Se giró bruscamente y vio a Isshia enmarcada en la puerta de su exótico hogar, mirándola con una mezcla de diversión y preocupación.
—¿Zoe?
Ella aún trataba de ubicarse y reconocer que lo que ocurría a su alrededor no formaba parte del sueño. Su pecho subía y bajaba, frenético, y miraba a la mujer del pelo de colores con ojos desorbitados.
Ae, Zoe –dijo automáticamente, sin saber muy bien cómo habían llegado esas palabras a sus labios.
Isshia soltó una risotada.
Ren, Zoe –respondió, encantada, y a continuación le hizo gestos apremiantes para que abandonara el lecho de hierba y se acercara a ella.
Confusa, Zoe se puso en pie lentamente y se palpó el cuerpo para comprobar que seguía vestida, aunque fuera con aquellos extraños ropajes. Dio unos pasos hacia la mujer, pero, antes de haber llegado a su lado, ésta retiró la cortina de caracolas que pendía del marco de la puerta y la invitó a salir al exterior.
A Zoe apenas le dio tiempo a apreciar de nuevo la luz del sol. Antes de que hubiese puesto un pie fuera, una avalancha de gente se volcó sobre ella, curiosa y entusiasmada, hablándole a gritos en su lengua.
Ella enseguida se sintió estresada, aturdida y terriblemente incómoda. Ni siquiera era capaz de distinguir los rasgos de aquellas personas, ni el color de su pelo, o si eran hombres o mujeres. Desesperada, buscó con la mirada a Isshia, suplicándole auxilio en silencio, y ella enseguida salió a su rescate, apartando con brazos y piernas a la gente y dando órdenes en tono maternal. En cuestión de segundos, aquellos seres se habían dispuesto a un par de zancadas a la redonda, observando a la visitante ahora en respetuoso silencio, pero con un interés aún mayor si cabía.
Fue entonces cuando la chica pudo ver el aspecto de toda esa gente con claridad: pieles bronceadas y tatuadas, torsos desnudos, telas transparentes y traslúcidas de diversos colores, ojos y cabellos también de brillantes tonalidades, éstos últimos muy cortos o largos y recogidos… y todos ellos con sus branquias sobre la caja torácica, indicativo de que ahí la diferente era ella.
Algunos valientes trataron de acercarse un poco a Zoe y comunicarse con ella en voz suave, pero Isshia enseguida los acalló, y Zoe no tuvo que pensarlo mucho para deducir lo que les había expresado: que era inútil, la chica no entendía ni una palabra de lo que estaban diciendo.
El grupo intercambió murmullos de sorpresa, hasta que una joven aparentemente de la edad de Zoe se abrió paso entre la muchedumbre y, momentáneamente, la atención se centró en ella. Todo el mundo parecía conocerla y alegrarse de su presencia, e Isshia la saludó con gran efusividad, como si la hubiera estado esperando.
La muchacha correspondió al saludo alegremente y juntas intercambiaron unas palabras antes de que se volviera hacia Zoe con los brazos en jarras y una cálida y jovial sonrisa dibujada en su rostro.
—Zoe –la llamó Isshia, y a continuación señaló a la recién llegada con las manos –. Íha, Rayle.
Ae, Rayle –se apresuró a corroborar la chica.
Zoe anotó mentalmente la palabra “íha”, traduciéndola como “ella”, y añadió el nombre de Rayle a los ya conocidos.
Ae, Zoe –se presentó como había aprendido.
Rayle asintió y aplaudió, maravillada, y volvió a hablarle muy despacio y haciendo un montón de gestos que Zoe no comprendió.
Ante el contrariado ademán de su huésped, Isshia volvió a dirigirse al grupo que observaba la escena desde segunda fila y vociferó algunas cosas con satisfacción y firmeza, logrando que, por fin, todos esos seres desaparecieran de la vista, dejando a las tres mujeres a solas. Zoe respiró con alivio, aunque aún seguía inquieta por la presencia de la recién llegada.
Entonces, Isshia volvió a hablar y hacer gestos, señalándola a ella y a Rayle de vez en cuando, hasta que la empujó suavemente hacia la joven y Zoe intuyó con pavor que pretendía dejarla a solas con ella.
Sus sospechas se confirmaron cuando, tras intercambiar de nuevo unas últimas palabras con Rayle, Isshia se despidió de la muchacha con una sonrisa y se introdujo de nuevo en la cabaña.
Zoe quiso suplicarle a la mujer que no la dejara sola con aquella extraña, pero ya era tarde, y de todas formas no tenía manera de hacerse entender. Desolada, contuvo un suspiro y se enfrentó a su destino, sin saber muy bien qué hacer.
En cambio, su compañera no parecía nerviosa en absoluto. Al contrario, se la veía tan emocionada con aquella idea que no perdió tiempo y se dispuso a hablarle con toda la tranquilidad del mundo, a pesar de que Zoe no entendiera nada de lo que estaba diciendo y no pudiera responder, así que la chica no tuvo más alternativa que quedarse contemplándola, tratando de disimular lo mejor posible su estupor.
Rayle era media cabeza más alta que Zoe y poseía un cuerpo proporcionado y definido, de bellas curvas y piel tostada plagada de multitud de coloridos tatuajes. Sus ojos violetas refulgían con alegría en medio de un rostro pecoso y equilibrado, con una boca ancha y carnosa de la que sobresalía esa radiante sonrisa, pómulos marcados y nariz respingona. Su cabello, de color azul marino, brillaba con reflejos del tono de sus ojos, y en esos momentos lo mantenía recogido hacia arriba en un inusual peinado sin ningún tipo de orden que dejaba un par de gruesos mechones ondulados enmarcando su hermosa faz. Vestía una especie de body rasgado por varios sitios, de varios tonos de amarillo, que estaba compuesto a partes iguales de zonas traslúcidas y opacas, mostrando su vientre plano y dejando entrever un pecho desnudo y las branquias que ya le eran familiares sobre sus costillas. Sobre esa vestimenta llevaba un amplio pedazo de tela transparente sujeto a su hombro derecho que cubría parte de un brazo, e iba descalza.
La chica le indicó con un gesto ávido que la siguiera y, al darse la vuelta, Zoe pudo ver que su atuendo se abría en la espalda hasta la cadera, dejando ver un enorme tatuaje que destacaba frente a todos los demás: un mosaico de corales de distintos tonos de azul marino que trepaba por su espina dorsal hasta la nuca, donde terminaba en un extraño símbolo gris, y del que nacían hacia los lados multitud de bellos dibujos de todos los colores habidos y por haber, describiendo líneas curvas que se enredaban las unas con las otras o se enrollaban sobre sí mismas hasta desaparecer. Zoe pensó que parecía un enorme árbol marino, y se olvidó casi hasta de respirar al contemplarlo embelesada mientras caminaba detrás de su lienzo, descubriendo nuevos detalles a cada paso que daba.
Rayle no había dejado de hablar con su voz cantarina desde el momento en que se había dado la vuelta. Cuando se percató de que Zoe se había quedado anonadada con el tatuaje de su espalda, rió, divertida, y tomó suavemente de la muñeca a su acompañante para colocarla a su altura y obligarla a mirar a su alrededor. Zoe se dejó llevar, apenada por tener que dejar de estudiar aquella maravillosa creación, pero pronto se olvidó del tatuaje al ver el lugar en el que se encontraban.
El hogar de aquellas criaturas parecía un poblado de cuento. Pequeñas viviendas como la de Isshia se levantaban por doquier, y vistas desde fuera parecían casi como caparazones acabados en punta, con todos sus pilares blanquecinos y curvos atados entre sí en la parte superior con aquel extraño material del cerramiento que Zoe no identificaba. Las viviendas se esparcían aquí y allí sobre un lecho de hierba corta, como carcasas blancas con sus puertas hechas de cortinas de colores que las distinguían unas de otras, y, conectándolas entre ellas, sus habitantes habían construido caminos sinuosos hechos con lo que a Zoe le parecieron conchas de múltiples tamaños y colores. A lo lejos, las aguas de un río se atravesaban entre las casas como una serpiente, cargando el ambiente de un aire puro y fresco que llenó los pulmones de la muchacha. Y, a medida que iban caminando, a Zoe le llegó un olor que conocía bien.
El del aroma que traían las olas y la brisa del mar.


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martes, 4 de julio de 2017

Victoria (IX): Una de cal y otra de arena

Era noche cerrada cuando un ruido sordo interrumpió mi sueño.
Me desperté entre desubicada y asustada, con el corazón latiéndome fuertemente bajo mi pecho. La negrura de la habitación era total, y me costó un buen rato acostumbrarme a ella y reconocer el camastro donde dormía y darme cuenta de que ya no estaba en la mullida cama con dosel de mi habitación.
Aturdida y hecha un manojo de nervios, auné fuerzas para levantarme y averiguar qué diablos había sido ese ruido. La cabeza me daba vueltas como una noria y me crujió todo el cuerpo al incorporarme, pero finalmente logré mantenerme firme como para coger mi móvil, que se encontraba a buen recaudo descansando bajo mi almohada, dura como una piedra, y activar una vez más la luz de su linterna.
La puerta de la chabola estaba abierta de par en par y se balanceaba ligeramente.
Me quedé completamente paralizada, sin saber cómo reaccionar. Alguien había entrado mientras dormía. ¿Para qué había querido alguien internarse en ese sitio tan cochambroso?
De pronto, tuve una iluminación.
¿Y si había sido el anterior dueño?
Salí de la casa impulsada por un arranque de valentía, y apunté con mi linterna a todas partes, esperando ver a quien quiera que fuese el autor de aquella incursión huyendo en la distancia, pero eso no sucedió. Desconcertada, volví al interior de la choza. Tal vez simplemente había sido el viento el que había abierto la puerta, tampoco sería extraño dada su calidad, traté de convencerme…
Sin embargo, cuando por instinto dirigí la luz del móvil hacia cada rincón de la habitación para comprobar que todo estaba en orden, descubrí que faltaba algo.
Aquel individuo me había robado el váter.
No tenía claro si tenía ganas de reír o de llorar. Aquel pedazo de cerámica no servía para nada, más allá de aparentar un recipiente donde hacer mis necesidades, pero descubrí para mi sorpresa que sin él me sentía completamente expuesta. Lo ridículo de la situación me hizo sentir impotente y estúpida a partes iguales. ¿Qué se suponía que tenía que hacer alguien si le robaban un inodoro que ni siquiera funcionaba cuya simple existencia ya era de dudosa legalidad?
No sé cuánto tiempo me mantuve allí, contemplando el hueco vacío que había dejado la ausencia del váter, hasta que una voz me sacó de mi ensimismamiento.
—¿Victoria Legacy?
A punto estuve de desmayarme del susto. ¿Quién diablos venía a verme a esas horas? Y, lo que era más inquietante, ¿cómo había descubierto que vivía allí?
Cuando me volví, la persona que encontré mirándome con aspecto inexpresivo era la última persona que esperaba y quería ver en aquella situación.
—¡¿Tiara Angelista?! –espeté, en un tono mucho más histérico que en el que me habría gustado hablar.
¿Cómo narices me había encontrado? Y, ¡¿qué hacía ella allí?!
Repasé mentalmente mi lista de contactos de ese día: Natalie Taylor, la agente inmobiliaria estafadora; el taxista imbécil que me había llevado a mi recién adquirido hogar; el hombre gordo con el que había intercambiado dos palabras en el casting; Champ Ward, el propietario del local de fiestas al que había ido a parar de casualidad; y Richie Striker.
Las únicas dos personas que conocían mi ubicación eran las dos primeras. Pero, aunque en el más remoto de los casos diera la casualidad de que fueran amistades de Tiara, cosa que veía muy improbable, ¿qué le había llevado a la productora de cine a buscar mi paradera e ir a visitarme en plena madrugada?
Eran muchas las preguntas que se agolpaban en mi cabeza como para poder discernir unas de otras y tratar de dar respuesta aunque fuera a una sola de ellas.
La mujer se quedó mirándome con cara de póker a través de unas gafas de sol totalmente innecesarias dadas las horas que eran, para luego pasar a contemplar sin ningún tipo de pudor la infravivienda en la que habitaba.
—Excéntrico –comentó.
—¿Te lo puedes creer? –me apresuré a replicar, poniendo en marcha de nuevo la máquina de mentiras –. Compras un solar y cuando te quieres dar cuenta ya te han levantado una chabola. He tenido que quedarme a pasar la noche para averiguar quién es el sinvergüenza que me ha ocupado el solar.
Tiara pareció hacer caso omiso de mis palabras.
—He venido personalmente a darte un puesto como extra para la película.
No sabía si me había quedado más anonadada por la noticia o por el hecho de que la mujer se presentara allí a esa hora como si aquello fuera la mansión de Twinbrook y fueran las cinco de la tarde.
—¿Perdona? –pregunté, estupefacta.
—Me has gustado. Tienes agallas y mente crítica. Actuar no es lo tuyo, pese a todas esas compañías de teatro en las que dices haber trabajado… Pero se nota que sabes de cine y que tienes ambición por llegar lejos en este mundo. Estoy aburrida de todas esas pánfilas que no analizan nada y que se creen que sólo por tener una cara bonita van a ser alguien en esta vida. Yo he trabajado mucho para llegar a donde estoy, y he visto en tu mirada que tú estás dispuesta a recorrer el mismo camino. ¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho –respondí, tan atónita que me olvidé hasta de si era razonable decir la verdad en esa ocasión.
—Me recuerdas a mí hace unos años –contestó ella –. Esa fuerza en los ojos, ese carácter… Estás dispuesta a todo y no te vas a dejar pisotear para conseguirlo. ¿Me equivoco?
—N-no…
—Empiezas mañana. De una a siete de la tarde, de lunes a viernes, en el set que asignaremos cada día para la película. Si no estás puntual, no entras y no recibes paga ese día. Si te desempeñas bien y das la talla, te haré mi ayudante personal. Necesito a alguien con tu cabeza para asesorarme, y estoy harta de machitos que me digan lo que tengo que hacer. ¿Todo claro?
—S-sí, cristalino –dije, en un intento desesperado por recomponerme.
—Tengo un ojo puesto en ti, Victoria Legacy –me advirtió –. Espero mucho de ti.
—No la defraudaré, señorita Angelista –la aseguré.
—Te veo mañana –se despidió, y se perdió en la oscuridad de la noche.
Puse todas mis energías en mantenerme firme hasta que me aseguré de que Tiara había desaparecido, y a continuación mis piernas flaquearon y me desmoroné.
Ya me daban igual todos los misterios que rodeaban el suceso y que no dejaban de ser turbadores.
Tenía trabajo.
Y mi pésima actuación en el casting había llamado la atención de la jefa de producción más reconocida de los estudios cinematográficos Plomada.
Ahogué un grito de alegría nada propio de mí y me sumergí entre mis sábanas para descansar todo lo que me fuera posible antes de mi primer día.


miércoles, 28 de junio de 2017

Iván (IV): Una noticia genial

Pasaron un par de días desde lo sucedido en casa de Clara que fueron tediosos a más no poder. Nunca había tenido excesivos problemas con los estudios, pero para Iván ir a clase era un recordatorio constante de lo que se le venía encima ese curso. Era su último año de instituto, y si segundo de Bachillerato ya era un curso complicado de por sí por la amenaza permanente de la selectividad, la presión inherente de a elegir una carrera (la decisión más importante de sus vidas) y sacar la nota necesaria poder llevarla a cabo, además él tenía una carga añadida.
Iván quería estudiar nanotecnología, una carrera que implicaba dos inconvenientes principales: en primer lugar, que necesitaba tener conocimientos tanto de dibujo técnico como de biología a partes iguales para poder comenzar la carrera sin morir en el intento, por lo que le había tocado escoger un itinerario y estudiar por su cuenta la asignatura restante. Era por ello por lo que había tenido que pedirle a la madre de Clara, que era profesora de biología, que le prestase un libro para prepararse esa asignatura.
El otro inconveniente era que la única facultad de nanotecnología de España estaba en Barcelona.
Y eso implicaba separarse de Clara. Cosa para la que no sabía si estaba preparado, y menos teniendo en cuenta lo sucedido la tarde anterior.
Iván le había dado muchas vueltas a lo ocurrido, había rememorado y analizado cada pequeño detalle de ese momento, y aproximadamente cada cinco minutos llegaba a una conclusión distinta. En general se oponía a la idea de que ella lo pudiera corresponder, convencido como siempre de que lo que él sentía no era recíproco en absoluto, pero a veces se acordaba de la mirada de Clara, de cómo por momentos se había desviado hacia la boca de él, de cumplidos que le había hecho como quien no quería la cosa, y no podía evitar dudar…
De pronto, todas las cosas que él había dado siempre por sentado habían cobrado un nuevo sentido para él a partir de ese día. ¿Y si había vivido durante años en una mentira, interpretando que aquella complicidad que experimentaba con ella era causada por la relación de amistad que llevaban manteniendo desde niños y no porque ambos tuvieran sentimientos hacia el otro? Que Iván supiera, Clara nunca había estado con ningún chico. Él nunca le había dado ninguna importancia, pero, ¿y si había una razón para que aquello no hubiera sucedido?
Durante esos días, Iván no había parado de hacerse estas preguntas y, cuanto más lo pensaba, analizaba y recordaba, más esperanzas se generaban inconscientemente en su interior… y, con ellas, una idea que jamás se le habría ocurrido ni imaginar que iba a llegar a plantearse.
La idea de proponerle a Clara quedar juntos.
Fuera de su casa o de la de ella.
Como una cita, vaya.
Iván había sentido un ramalazo de adrenalina cuando la idea llegó a su cabeza por primera vez, y enseguida la había desechado al considerarla más seriamente. Pero con el transcurso del tiempo su imaginación había volado hacia un futuro cercano en el que él y Clara iban a tomar un helado juntos, o paseaban por el parque, tal vez cogidos de la mano…
¿Y si aquello podía ser una realidad?
Iván llevaba un rato tirado en la cama, dándole vuelas a toda aquella situación, y por fin había creído haber tomado una decisión.
Y se atrevía a afirmar que era con diferencia la más terrorífica de toda su vida.
En un acto impulsivo, alargó el brazo rápidamente hacia su escritorio y cogió su móvil.
Hey, escribió rápidamente por WhatsApp.
Por suerte, la respuesta no se hizo de rogar.
Hey, tío, contestó Sergio al otro lado del teléfono.
Iván se lo pensó un segundo antes de volver a escribir.
Voy a decirle de salir a Clara.
Guay, fue la respuesta de su amigo. ¿Vas a ir al final a lo de mañana?
Iván se desinfló como un globo. Sus amigos llevaban un par de días dando por saco ininterrumpidamente por el grupo que tenían en la aplicación haciendo planes sobre salir de fiesta ese viernes para celebrar el comienzo del curso (una excusa igual de estúpida que cualquier otra para emborracharse y ligar con desconocidas).
No creo, contestó, ligeramente ofendido por la escueta respuesta de su amigo ante la magnitud de lo que acababa de decirle.
Iván le había narrado a Sergio lo ocurrido en casa de Clara al día siguiente mientras salían juntos del instituto y el muchacho había estado al corriente de su inmenso dilema, pero sabía que detrás de ese escueto “guay” su amigo realmente se alegraba por él y estaba orgulloso de que hubiese llegado a tomar esa decisión.
Deberías decir algo por el grupo. Todo el mundo cuenta contigo, tío.
Iván resopló, desganado. El grupo de amigos se había tomado la participación de Iván en el plan como todo un hito histórico y no habían parado de mencionarlo una y otra vez a lo largo de esos días, pese a que él se había mantenido firme en ignorarlos a todos ellos. Retirarse públicamente y someterse al agotador juicio de todos ellos durante días era lo que menos le apetecía en esos momentos.
En qué hora accedería a la propuesta de Sergio.
¿Cuál es el plan exactamente?
Una de las cosas que más le gustaba de su amigo era que, a diferencia de lo que habría hecho el resto, no le cuestionaba por no haber leído el grupo de WhatsApp.
Probablemente él mismo tampoco lo había hecho tanto como parecía.
Todavía no se ponen de acuerdo en el sitio, pero Quique tiene la casa sola. Quieren beber allí y entrar cuando abran la sesión para adultos.
Pero si todos somos menores, objetó Iván.
Ya. Habrá que buscar un DNI.
Iván casi podía ver a Sergio encogiéndose de hombros con indiferencia.
Paso, tío. No me gusta salir de fiesta, no me voy a meter en líos encima. Se lo pensó un segundo más antes de proseguir: Además, voy a quedar con Clara. Ya no tiene sentido que salga.
En cierto modo, hasta sentía que de alguna manera le estaba siendo infiel a Clara si salía, aunque no comprendiese bien esos sentimientos y no se atreviera a reconocerlos en voz alta.
Vale, tío, como quieras, respondió Sergio. Dilo por el grupo y ya está.
Gracias, tío.
Su pulso se aceleró, siendo consciente de que la conversación con su amigo había muerto… y eso significaba que la hora de la verdad había llegado.
Bueno, Sergio, tecleó, muy despacio. Voy a escribir a Clara.
Suerte, tío. Ya me contarás.
Gracias. Te digo luego.
Iván cerró la conversación con Sergio, viendo cómo en la pantalla principal se acumulaban las notificaciones en el grupo de los chicos, y buscó a Clara en su lista para abrir una nueva pantalla.
Estaba en línea.
Respiró hondo. Notaba su corazón latiendo con fuerza, haciendo que todo su cuerpo retumbase y temblase como un flan.
No sabía si estaba preparado para aquello. ¿Y si Clara lo rechazaba? Por un momento estuvo a punto de echarse para atrás, pero al final se hizo fuerte y decidió lanzarse sin pensárselo más veces.
Hey, Clara, tecleó rápidamente.
Ya estaba hecho.
¡Hola, Iván!, respondió ella al poco tiempo. ¿Cómo estás?
Iván no pudo evitar alegrarse del entusiasmo con el que había contestado la chica.
Bien, ¿y tú? ¿Qué tal estás?
Muy bien.
Tuvo una horrible sensación de vértigo, pero no podía demorarlo más. El momento había llegado.
Escogiendo bien las palabras, comenzó a escribir: Oye, Clara, he pensado que tal vez te gustaría…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, llegó un nuevo mensaje de ella.
Tengo que contarte una cosa, Iván.
El chico se quedó confundido y paralizado, con el dedo levitando sobre la siguiente tecla. ¿Qué sería aquello que quería contarle?
Tuvo un mal presentimiento.
¿Ha ocurrido algo malo?, preguntó con cautela tras borrar el anterior mensaje.
¡Qué va!, respondió ella alegremente. Es una noticia genial.
Iván respiró aliviado y dejó escapar una risita nerviosa.
¡Guay!, escribió. ¿De qué se trata?
He conocido a alguien.


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domingo, 18 de junio de 2017

Kai (IV): El comienzo de las pruebas

Los tres amigos se despidieron escuetamente y cada uno se encaminó junto a su maestro correspondiente.
El maestro Hando les dirigió una breve mirada a cada uno de sus cuatro aprendices con ojos vidriosos, contándolos mentalmente, y a continuación hizo un ademán con la cabeza indicando que lo siguieran.
Los guió a través del bosque, hasta una zona donde la vegetación era especialmente densa.
—Bien –dijo una vez se hubieron detenido –. Voy a repasar las fases de la prueba rápidamente por si queda alguna duda, aunque realmente no creo que sea necesario. Como ya sabéis, las pruebas constan de cinco fases: fase del deber, en la que deberéis demostrar que tenéis los conocimientos necesarios sobre el oficio; fase de habilidad, en la que se pondrá a prueba vuestra agilidad y destreza en el manejo del arco; fase de supervivencia, en la que mostraréis que sois capaces de fabricar vuestro propio arma en caso de necesidad; fase de abastecimiento, en la que haréis el sacrificio de un animal enfermo; y, por último, fase de protección, en la que os enfrentaréis entre vosotros para ejercer la parte más importante de nuestra labor. ¿Todo claro?
Los cuatro aprendices asintieron en silencio.
El maestro Hando los correspondió aprobadoramente.
—En ese caso comenzamos con la fase del deber. Os haré preguntas indistintamente a cada uno de vosotros. Ya sabéis que esta fase no computa dentro de la valoración global, pero es el requisito esencial para poder realizar el resto de pruebas, porque sobreentendemos que un arquero que no tiene clara su función no es merecedor de desempeñar dicha labor; por lo tanto, si no la superáis, quedaréis automáticamente descalificados.
Hubo un silencio tenso que fue rápidamente sofocado por Hando.
—Podéis estar tranquilos, ya hemos hecho esta prueba muchas veces y no vais a tener problema. ¿Empezamos?
El grupito volvió a asentir, algo más calmado.
—Esven –dijo, dirigiéndose al aludido –. ¿Cuál es la función principal de un arquero?
—Los arqueros somos los encargados de la protección de Thaenderia, maestro.
—Y, ¿por qué es necesaria la protección de Thaenderia si es la región más pacífica de toda Deilia?
Esven tardó algo más en contestar.
—Los arqueros debemos estar siempre presentes y asegurar la seguridad de todos los thaenderes, maestro.
—¿Alguien quiere completar la respuesta de Esven? –preguntó el maestro al aire.
Un muchacho llamado Vith se adelantó unos pasos.
—Thaenderia es una región pacífica, maestro –declaró –, mas nunca podemos saber cuándo los extranjeros dejarán de serlo con nosotros.
—Y nunca sabemos si los gannuh abandonarán el bosque de Zurea algún día –añadió Esven, al que el comentario de su compañero le había hecho recordar.
El maestro asintió aprobadoramente.
—Kai, ¿puedes enumerarme los trabajos que desempeña la Casa Arquera? –le preguntó, mirándolo fijamente.
Kai carraspeó.
—Los principales son la protección de los thaenderes, como ha dicho Esven, incluyendo acompañar a cualquier thaender que se aleje de su población, así como a las partidas comerciales y viajeras, y el sacrificio de animales en caso de que enfermen y no puedan servir de alimento por el método habitual, maestro. También podemos dedicarnos a la fabricación de armas y a formar a futuros arqueros.
Hando esbozó una pequeña sonrisa.
—Nilhe, háblame un poco más del ritual de sacrificio del que ha hablado Kai.
—Debe realizarse siempre en presencia de un mago, maestro –respondió la chica –. Debe ser todo lo veloz e indoloro posible, y luego se debe acompañar al mago durante el proceso de despiece de la carne y su curación mágica para poder ser ingerida.
—¿Algo más? –inquirió el maestro, aguardando la parte de la respuesta que faltaba.
Nilhe empalideció súbitamente, sin saber a qué se refería exactamente su maestro. Se hizo el silencio durante unos instantes, hasta que Kai, apiadándose de ella, salió al socorro de la chica.
—Hay que agradecer a la diosa Everyth antes y después del sacrificio por la vida que crea y rogar por que no caigan más animales enfermos, además de agradecer al animal en cuestión por el alimento que nos otorga.
La muchacha, lejos de sentirse agradecida por la ayuda de Kai, le dirigió al mestizo una mirada cargada de odio y asco.
Al instante, Kai se arrepintió de su gesto.
El maestro Hando continuó con la prueba.
—Vith, explícame por último en qué consiste el entrenamiento del arquero.
—El arquero debe estar continuamente entrenándose en el manejo del arma, maestro –se apresuró a contestar el aprendiz –. No debemos descuidar nuestro entrenamiento ni un solo día, pues debemos ser protectores diestros en los que cualquier thaender pueda confiar en caso de necesidad.
—Nilhe, ¿quieres continuar tú? –preguntó Hando, dándole una nueva oportunidad a la chica.
A Nilhe le brillaron los ojos con orgullo.
—Debemos entrenar nuestra agilidad en los árboles y nuestra puntería y velocidad con el arco constantemente, maestro, repitiendo cada día los ejercicios que hemos aprendido y entrenado durante el segundo ciclo.
El maestro Hando se cruzó de brazos.
—Bien, pues eso es todo. Como habéis visto, la fase del deber es una mera formalidad. Sé que todos conocéis el deber del arquero a la perfección.
A continuación dio unos golpecitos en el tronco del árbol que tenía a su vera.
—La fase de habilidad –anunció –. Conocéis el recorrido de sobra, así que no me voy a molestar en explicarlo de nuevo. Debéis hacerlo en el menor tiempo posible y superar todas las marcas que, como ya sabéis, están señalizadas por munhe. Tenéis hasta que el sol alcance su punto más alto en el cielo. Si alguien llega al final del recorrido más tarde, habrá fallado esta fase y estará obligado a ganar el combate de la fase de protección. Lo mismo si no veo todas las marcas con sus respectivas flechas. ¿Entendido?
—Sí, maestro –respondieron todos los aprendices al unísono, más animados por haber superado la primera fase.
—¿Y si no ganas el combate pero bordas las fases de supervivencia y abastecimiento? –intervino Esven.
El maestro entrecerró los ojos con agotamiento.
—Por enésima vez, Esven: hay que ganar el combate. Es el requisito.
El muchacho desvió la vista, avergonzado.
—Me preocupa no lograrlo a tiempo –se excusó en un murmullo.
—Lo haréis bien –lo tranquilizó Hando, y señaló de nuevo el tronco –. ¿Preparados?
Los aprendices asintieron enérgicamente, ajustándose el carcaj al torso.
—Adelante.
Nilhe le pegó un empujón a Kai, lo suficientemente discreto para que Hando no se diera cuenta, pero lo suficientemente firme a su vez para que Kai se desestabilizara y fuera el último en trepar el árbol.
Kai masculló una maldición, entre sorprendido y hastiado, y trató de no hacer caso a su magullada autoestima para abalanzarse sobre el árbol y trepar como todos los demás. Luego se apoyó atropelladamente sobre una rama para ver cómo sus compañeros saltaban de rama en rama, desapareciendo entre la espesura.
Eso significaba que todos ellos habían disparado ya la primera flecha.
Se volvió bruscamente y, anclada sobre un tronco a varias zancadas de distancia, vio la primera marca, un disco de madera teñido de rojo, del tamaño de una cabeza humana, sobre el que reposaban clavadas las tres flechas de los otros chicos.
«Mierda», musitó para sí mismo.
Alzó la cabeza en busca del munhe que indicaba la posición de tiro, y enseguida vio la luz de colores brillantes que andaba buscando, parpadeando unas ramas más arriba. Kai pegó un salto, se colgó de una rama que tenía sobre su cabeza y se columpió unas cuantas veces para darse impulso y poder trepar a la misma. Luego saltó a la que tenía enfrente, y aprovechó de nuevo la inercia para rebotar sobre ella y acabar en su objetivo.
La luminosa criatura lo recibió dando una grácil voltereta. Era un pequeño ser amorfo y gelatinoso, del tamaño de una naranja, que flotaba en el aire y estaba formado de hebras traslúcidas con infinidad de diminutas articulaciones, en cuyas terminaciones se generaba una potente luz de diferentes colores primarios que iban pasando por toda la escala cromática al ascender hasta la raíz. Kai se situó junto al animal, disparó a la velocidad del rayo su primera flecha, prácticamente sin mirar, y, antes de que el proyectil acertara en la primera marca, ya se estaba alejando de allí, dejándose caer en el siguiente árbol y rebotando de rama en rama.
Todavía le tocó lanzar una flecha más antes de visualizar a sus compañeros de nuevo, con Nilhe ocupando la retaguardia. La chica de cabellos avellanados luchaba por trepar un tronco algo desproporcionado para su constitución cuando Kai le dio alcance.
—¿Qué ha sido eso? –quiso saber, tratando de ocultar su humillación.
La muchacha ni se dignó a devolverle la mirada.
—No te he pedido ayuda, mestizo –le espetó, resoplando por el esfuerzo.
Kai, quien en aquellos momentos se encontraba planteándose volver a echarle una mano a su compañera al verla forcejear, cambió repentinamente de idea. Herido por las palabras cortantes de Nilhe y sintiéndose terriblemente avergonzado por haber tenido siquiera el atrevimiento de dirigirse a un thaender puro, hizo el esfuerzo de aparentar que aquello no le importaba y se limitó a adelantar a la chica de un salto para dejarla definitivamente atrás.
Nada más alzarse sobre la cabeza de Nilhe vio la luz de colores cambiantes del siguiente munhe y, junto a él, a Esven enfrentándose a la marca correspondiente. A Kai no le costó demasiado adelantarlo a él también tras lograr que su flecha impactara en la marca al mismo tiempo que la de su compañero, y voló hacia la siguiente con toda la rapidez que fue capaz de ostentar, donde pudo ver a Vith alejándose de allí.
Kai clavó su flecha junto a la del chico y corrió como alma perseguida por el diablo para dar alcance a su portador. Se lanzó de cabeza hacia una rama más baja, desde donde se colgó momentáneamente para posarse sobre la siguiente, y a continuación se deslizó por un tronco para llegar a la única parte del circuito en la que había construcciones thaenderes.
A pesar de haber mantenido un buen ritmo y haber sobrepasado a sus otros dos compañeros, con cada paso que daba Vith parecía coger más velocidad. Angustiado, Kai lo vio escabullirse hacia el interior de una vivienda desocupada y lanzar una nueva flecha a través del hueco de la ventana, que impactó certera en la marca más difícil del recorrido, situada sobre una pasarela que se tambaleaba a demasiada altura desde ese punto.
Kai se mordió el labio inferior. A partir de ahí, apenas quedaban un par de marcas más para finalizar esa fase de la prueba, y, si su deseo era al menos contar con la oferta de continuar su aprendizaje en Elbor, no se podía permitir ni un solo fallo.
Y eso implicaba que tenía que dejar atrás a Vith como fuera.
Kai posó sus ojos en la estrechísima tabla de madera que supuestamente tenía que atravesar haciendo equilibrios sobre ella. No tenía tiempo para eso. Dirigió una rápida mirada a su arco y, sin darse tiempo a pensarlo mejor para no echarse atrás, levantó la tabla lo justo para colarla entre el mango y la cuerda y, asiéndose de los extremos lo mejor que pudo, se lanzó al vacío deslizándose como si de una tirolina se tratase.
Se arrepintió al momento, pero ya estaba hecho. Sintió el traqueteo del arco sobre la tabla de madera, temiendo por su vida, pero finalmente llegó sano y salvo a su destino. Se ahorró nuevamente el camino preestablecido a través de las pasarelas y saltó de una a otra hasta que llegó a la casa donde momentos antes había visto a Vith.
Se abalanzó hacia su interior como loco y se precipitó sobre el alféizar de la ventana, donde le esperaba el siguiente munhe y desde donde vio a su compañero trepando a duras penas por un poste justo al otro lado del hueco.
Ya casi le había alcanzado, se dijo a sí mismo. 
Cargó una flecha en su arco y se dispuso a disparar a la siguiente marca, pero contempló con horror cómo la flecha caía constantemente hacia un lado, sin llegar a apoyar en el arco. Aturdido, Kai se fijó mejor en lo que hacía, y se percató agónicamente de que el reposaflechas se había resquebrajado por el rozamiento con la tabla durante su caída anterior.
¿Qué iba a hacer ahora?