martes, 28 de noviembre de 2017

Iván (V): Inoportuno

Clara estaba radiante.
Era lo único en lo que podía pensar mientras la veía caminar a su lado por el parque, con esa sonrisa de oreja a oreja y el rostro iluminado por una felicidad como Iván no le había conocido antes. Hasta su melena de tirabuzones castaños parecía brillar con luz propia al tiempo que se mecía con el suave balanceo de sus pasos. Y sus ojos... los océanos de sus ojos reflejaban hasta al mismo sol como si de dos hermosos espejos se trataran.
Tras la dura revelación, la muchacha había insistido en verse en persona ese mismo día para poder contarle a su amigo de la infancia todos los detalles... y, por primera vez en la historia, a Iván no le había apetecido nada aceptar la invitación. Sin embargo, tras mostrarse algo reticente al principio con un humor que no estaba muy seguro de saber de dónde lo había sacado, al final había acabado por recoger los pedacitos rotos de su corazón y había accedido a verla. Al fin y al cabo, aquello hacía enormemente feliz a Clara y, aunque el hecho de que fuera otra persona la que provocaba todo eso en ella le laceraba las entrañas y le producía en la boca del estómago una rabia muy difícil de digerir, nada le hacía más feliz que verla feliz a ella. Y, a pesar de que no hubiese sido así, de entre todas las personas con las podría haber compartido esa felicidad en ese momento, lo había escogido a él. No podía defraudarla.
Así que en esos instantes se hallaba a su vera, observándola resplandecer cual estrella mientras paseaban por el parque que conectaba sus casas.
Se sentía tremendamente idiota por haber llegado a pensar que tenía una oportunidad con la muchacha, pero la losa de la realidad lo había aplastado con una lógica tan obvia que le resultaba hasta insultante.
¿Qué había esperado? Ella era preciosa, dulce, inteligente, divertida... y él...
Bueno, él sólo era Iván.
¿Qué le había hecho pensar que alguien tan increíble como ella, pudiendo tener a quien quisiera, iba a querer tenerlo a él? Tenía ganas de gritar, de llorar, de romper cosas, de enterrarse en un agujero y no salir nunca más de él. Pero, en vez de todo eso allí estaba, devolviéndole la sonrisa al amor de su vida mientras ella le contaba la historia que la alejaba de él definitivamente.
—Bueno... –carraspeó, en un intento de disimular su pastosa voz, aparentando un buen humor que estaba muy lejos de sentir –. ¿Quién es el afortunado, entonces?
La sonrisa de Clara se ensanchó aún más, si es que eso era posible.
—Se llama David –contestó, radiante –. Lo conocí este fin de semana pasado, y es monísimo.
Iván le devolvió la sonrisa para ocultar su dolor.
—Estaba con Marina y Alba tomando un batido en el Tommy Mel's y él estaba unas cuantas mesas más allá con sus amigos –prosiguió ella, y procedió a relatarle lo ocurrido.
Clara lo describió como si de una película romántica se tratase. El muchacho en cuestión no había dejado de mirarla desde su posición, ganándose alguna burla por parte de sus amigos, hasta que finalmente había dado el paso y se había acercado a ellas. Clara había estado convencida de que quien había llamado la atención del chico había sido su amiga Alba en vez de ella, pero su sorpresa había sido mayúscula cuando éste se había dirigido a la joven directamente tras saludar brevemente a las otras dos chicas. Después de preguntarle el nombre a ella y presentarse, le había dicho:
—Sé que esto es raro, y no quiero molestaros, pero llevo un rato viéndote y no quiero irme de aquí y arrepentirme de no haberte conocido, así que... –en ese momento había sacado el móvil del bolsillo y se lo había tendido a la boquiabierta muchacha –, ¿quieres que nos veamos alguna vez?
Clara no había cabido en sí de la sorpresa y la confusión. Nunca en su vida había vivido algo ni remotamente parecido, por no decir que, hasta ese momento, ningún chico se había fijado en ella, por lo que no tenía ni idea de cómo reaccionar ante una situación así. Se había quedado petrificada, alternando la vista entre el muchacho que se erigía ante ella y sus amigas, quienes no cesaban de apremiarle a que diera el paso con expresiones demasiado evidentes. Finalmente, y más movida por un impulso que por una decisión racional, había tomado el móvil del chico y apuntado su número.
—Clara, ¿no? –se había asegurado el muchacho mientras recuperaba su teléfono.
Ella había asentido con la cabeza, incapaz de proferir palabra, a lo que él había correspondido con una encantadora sonrisa.
—Esta noche sabrás de mí –había prometido y, tras disculparse ante las otras dos presentes, había regresado a su mesa, donde su pandilla lo había recibido entre mofas y ovaciones.
Y había cumplido su promesa. Esa misma noche había escrito a Clara.
—Al principio estaba asustada –le confesó la chica –. No sabía qué esperar, no sabía quién era y me daba miedo que... –carraspeó, enrojeciendo levemente y dejando la frase en el aire –. Pero, una vez empezamos a hablar, se me pasaron todos los nervios. David es tan mono...
Iván sentía hervir la sangre en su interior, pero se obligó a mantener la compostura y esperó a que Clara terminara de contar la historia.
—Estuvimos hablando durante horas, y al día siguiente quedamos a solas. Me dijo que el día anterior no podía dejar de pensar en que le hubiese gustado compartir ese batido conmigo... así que me llevó al mismo Tommy Mel's y eso hicimos.
Hizo una pausa, durante la que Iván forzó una nueva sonrisa para mostrarle a la chica que estaba emocionado por ella.
—Estuvimos toda la tarde hablando, y fue genial. David fue súper cariñoso conmigo... Me escuchaba súper atento, le importaba lo que le contaba… –cada frase que ella pronunciaba era un nuevo latigazo para él –. ¿Sabes? Te sonará raro, porque sólo le conocía de hacía un día, pero tenía la sensación de que verdaderamente yo le importaba y de que se preocupaba por mí.
—Me alegro mucho, Clara –respondió Iván, escondiendo su creciente escepticismo bajo una capa de dulzura fingida –. Te mereces a alguien así.
Ella le sonrió, agradecida, y el corazón de Iván dio un vuelco antes de estallar en mil pedazos.
Carraspeó.
—Así que... –comenzó a hablar, formulando la pregunta obligada que ni por lo más remoto deseaba hacer –. ¿Estáis juntos?
Clara se encogió de hombros, y sus mejillas se tiñeron de un suave tono rosado.
—Algo así. No lo sé, en realidad. No me ha pedido salir, pero, cuando acabó la tarde, me acompañó a casa y me dijo que quería besarme. Yo también quería, pero nunca he besado nadie, y estaba muy nerviosa... Así que él me dijo que no me sintiera forzada, que lo haría cuando yo me sintiera preparada. ¿No es adorable?
Aquello era mucho más de lo que Iván podía soportar. Simuló una tos prolongada para apartar la mirada y que ella no lo viera derrumbarse y trató de recuperar el control sobre su cuerpo.
—¿Estás bien? –preguntó ella, preocupada.
Él hizo un gesto para indicar a Clara que no se acercara y dio media vuelta para toser a gusto sin que ella viera las lágrimas de rabia que se estaban acumulando entre sus párpados. Se sentía morir por dentro por tantas razones que lo único que era capaz de hacer era desear que se lo tragara la tierra y aparecer en una realidad paralela en la que jamás hubiera conocido a la chica. Mientras se alejaba y tosía, solamente podía pensar en intentar averiguar la manera de huir de esa situación y volver a casa. Definitivamente, estar con Clara en esos momentos era lo último que necesitaba.
Pronto, el hecho de concentrarse en hacer sonar su tos convincente lo hizo distraerse de todo lo demás lo suficiente como para volver a tomar las riendas de sus emociones. Tranquilamente, fue mitigando su carraspeo, se limpió disimuladamente las lágrimas y se volvió hacia la chica con una sonrisa.
—Llevaba reteniéndola un montón de tiempo para no interrumpirte –mintió con una sonrisa entre los labios –, y al final, fíjate, me sale en el momento más inoportuno.
Clara lo observó con recelo.
—¿Estás bien de verdad?
—De verdad –confirmó Iván cálidamente –. Siento haber roto el momento.
Ella dejó entonces escapar una risilla.
—No te preocupes –dijo, acercándose a él y apretándole la mano con suavidad –. Sueles ser inoportuno.
Iván rió amargamente y, antes de darse tiempo a dotar las palabras de la chica de un significado más profundo, la tomó de los hombros y la miró a los ojos.
—Me alegro muchísimo por ti, de verdad –insistió.
El mar de zafiro de sus ojos relució con intensidad. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, Clara salvó la distancia que los separaba y lo abrazó con fuerza.
—Gracias, Iván. Eres el mejor.
Él se quedó paralizado unos segundos antes de corresponder al abrazo.
—Tú sí que eres la mejor –susurró con un tono agridulce que no fue capaz de ocultar.
Ella se apretó más contra su cuerpo a modo de agradecimiento.
Iván tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no derretirse allí mismo. Ahora que sabía con certeza que la había perdido, al sentirla tan cerca de él se daba cuenta de hasta qué punto la quería y necesitaba, y ése abrazo no hacía sino golpear con fuerza la muralla de piedra que llevaba toda la tarde tratando de levantar.
Respiró hondo y, con mucho dolor, se separó de ella.
—Debería irme ya a casa –dijo –. No he hecho nada en toda la tarde y tengo muchísimos deberes para mañana.
—¿Ya estáis con deberes?
Él se encogió de hombros.
—Segundo de Bachillerato.
—Buf... Te compadezco.
Él se encogió de hombros con pesar.
—¿Necesitas que te acompañe a casa? –le preguntó a la muchacha.
Clara negó con la cabeza.
—No hace falta, estamos al lado –sonrió –. Pero gracias, eres un amor.
Iván experimentó ganas de llorar otra vez. Cada halago que Clara le hacía era una nueva estaca clavada en su corazón, pues ahora sabía con certeza que ninguno de ellos venía del mismo sentimiento que le profesaba él a ella.
—Cuídate, Clara –le dijo, deseando poner fin a ese encuentro lo antes posible –. Ya me presentarás a David para que le dé el visto bueno.
A ella le brillaron los ojos.
—Claro –aceptó –. Nos vemos pronto, Iván.
Él le revolvió el pelo a la chiquilla, preguntándose al momento por qué acababa de hacer eso, y puso rumbo a su hogar antes de no ser capaz de contenerse más.
Una vez en casa, saludó brevemente a su madre, se encerró en su habitación y se echó cuan largo era sobre su cama. Hundió la cara en la almohada con fuerza y ahogó en ella sus ganas de gritar y de destrozar cosas. Le bullía la sangre de rabia y desesperación, le ardían las entrañas de dolor, y pronto las lágrimas que había luchado por aguantar toda la tarde comenzaron a manar en cascada de sus ojos, como si de un niño pequeño se tratara. Se odiaba a sí mismo, por ser tan débil, por ser tan iluso, por ser tan imbécil. ¿Por qué estaba llorando? Tenía lo que se merecía. Nunca había hecho ningún movimiento, en parte porque sabía la respuesta de antemano, y ahora ella estaba con otro.
Lloró durante a lo que él se le antojó una eternidad, hasta quedarse seco. Tenía la cabeza embotada y no era capaz de pensar con claridad. Ya nada tenía sentido.
Y, de pronto, la respuesta se le presentó demasiado lógica, demasiado evidente.
Siguiendo un impulso, cogió el móvil y abrió la conversación en el grupo de sus amigos.
¿A qué hora hemos quedado el viernes entonces?


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miércoles, 22 de noviembre de 2017

Piel negra

Estoy tan confusa.
Pensaba que tenía todo bajo control. Había viajado por infiernos peores antes de comenzar este último dolor. Éste es el tramo más corto, me dije en su día, sólo un páramo gris antes de salir a la luz del sol. Tenía todo planeado, cada pequeña meta, cada parada… Parecía fácil seguir el programa.
Supongo que llevaba tanto tiempo encerrada que no recordaba la sensación del viento en mi cara. Que llevaba tanto tiempo con las alas atadas que no recordaba lo que sentía al volar. Que llevaba tanto tiempo siguiendo planes y esquemas que no recordaba lo que era dejarse llevar.
Y dejar que todo fluya… Que todo sea presente sin la sombra del futuro instándome a que huya.
Y aunque nunca fue mi intención… ignoré la correa que aún me ataba y volé alrededor de mi farol. Y sí, cuando intento alejarme más allá, la correa tira de mi cuello, pero… joder, es que sienta tan bien desplegar las alas de nuevo…
Mundo, yo te juro que lo intento. Te juro que conozco mi deber, te juro que me esfuerzo. Pero mi cabeza es un torbellino y yo estoy mareada y ciega. Que cuanto más cerca está la cima, más empinada es la cuesta… Y no quiero seguir escalando más, tengo las extremidades entumecidas, necesito descansar… Necesito vivir, necesito volar… Tantas cosas que hace años que dejé atrás…
Ya, mundo, ya sé que es el precio que he de pagar, ya sé que no tengo opciones más allá de avanzar. Yo tampoco me entiendo, a quién quiero engañar. ¿Qué ha pasado con el tiempo? Ha volado más rápido de lo que yo puedo caminar. Y tengo mucho miedo… Ojalá te lo pudiera explicar.
Mundo, te juro que no me estoy rindiendo. Estoy en ello y lo voy a lograr. Es sólo que llevaba una niña muerta dentro y de pronto ha vuelto a respirar. Es que mi mente es más débil que mi cuerpo, es que por una vez no tengo razones, no me sé autodiagnosticar… Que sí, que veo la luz al final del túnel. Que no, que no entiendo por qué no encuentro guía para llegar ya.
Y como ésta otra carta más sin acabar. Más tinta derramada y papel arrugado que nunca te llegará. Pero, bah, qué más da… Para qué tanto esfuerzo si este tren no se va a parar. Para ti, mundo, son sólo excusas de una niña que sólo quiere jugar. Adolescente tardía, rebelde sin causa, sin suficientes horas fuera de casa y demasiados deberes por acabar.
Mundo, no entiendes que no elijo cómo funcionar. Que para mí es igual de decepcionante, pero no sé cómo contraatacar. Que esto es pura necesidad… Y no, no me gusta nada lo que me espera por caer una vez más. Pero no sé qué hacer, soy demasiado pequeña para hacerle frente a este titán.
Mundo, tal vez algún día pueda demostrarte de lo que soy capaz… Tal vez algún día entiendas que éste nunca fue mi lugar, todo mi dolor, mi sufrimiento, mi pena, mi desaliento y todo aquello que siento a lo que ni siquiera sé nombrar. A veces pienso que la culpa es mía por no plantar cara y no luchar. Soy tan débil, mundo… sólo me sé arrastrar. Y a veces querría llorar, pero mi corazón se ha quedado vacío y no me quedan más lágrimas que derramar. Pero, bueno, qué importa… Supongo que ya te darás cuenta el día en que me veas brillar.
Mientras tanto aceptaré la piel negra que debo cargar… las miradas de reprobación, de impotencia, de incomprensión que me toca aguantar, y seguiré avanzando con este paso lento y tembloroso que tanto odio, alargando mi condena sin quererlo, pero sin saberlo evitar. Y tal vez, algún día, con media vida perdida atrás, cuando llegue al lugar en el que siempre he querido estar, verás, mundo, que en el sitio al que pertenezco, mi piel es más blanca que cualquier lienzo, pues ya no se proyectará sobre mí más la sombra que ahora me obliga a vagar en esta oscuridad.

viernes, 27 de octubre de 2017

Kai (VII): La decisión

Hina se dio la vuelta.
—Kai –saludó con una tenue sonrisa –. ¿Ya has acabado las pruebas? ¿Qué tal ha ido?
Kai le relató a su madre lo ocurrido brevemente.
—Pero eso es muy bueno, ¿no? –exclamó una vez su hijo le hubo comunicado las noticias –. Siempre me ha gustado el maestro Hando, ha sabido ver tu potencial desde el primer momento.
Kai permaneció en silencio, sin saber bien qué decir. La observó de arriba a abajo, fijándose en la gran variedad de piedras preciosas de diferentes formas y colores que adornaba su cuerpo en forma de pulseras, pendientes, brazaletes y tobilleras y siendo cada día más consciente de lo fuera de lugar que estaba esa forma de vestirse entre el pueblo thaender.
Hina captó al instante los pensamientos de su hijo.
—Los landahríes tenemos por costumbre simbolizar nuestros logros de esta manera para recordar lo que hemos conseguido hasta ahora y no rendirnos nunca –se justificó con expresión seria, soltando la misma retahíla que recitaba cada vez que pillaba al muchacho mirándola de esa forma –. Le debo mucho a Donei, pero no puedo renunciar a todo lo que soy.
Kai retiró la vista, avergonzado. Admiraba a su madre, pero, cada vez que la veía con esas pintas y recordaba el desprecio con el que lo trataban a él por ser mestizo, no podía evitar imaginar las cosas que le dirían a ella por demostrar abiertamente su procedencia no thaender.
—¿Te encuentras bien de las heridas? –preguntó Hina inmediatamente.
—Sí, mamá. Ya me han curado, sólo tengo que reposar un poco.
—Estoy orgullosa de ti, Kai, pero tienes que tener cuidado. No hacía falta que te sacrificaras tanto, ibas a superar la fase de todas maneras.
—Tenía que llegar antes que Vith. Quiero ir a Elbor, mamá.
Kai no había planeado darle la noticia a su madre de esa manera, y hasta él mismo se sorprendió cuando descubrió esas palabras saliendo de su boca. Unas horas antes permanecía lanzando cantos rodados al estanque de su santuario personal sin tener ni idea de qué quería, pero en esos momentos la decisión se presentaba ante él de forma tan clara que hasta le costaba comprender por qué le había causado tantas dudas.
Hina lo contempló apenada.
—¿Ya te has decidido, hijo?
El chico se encogió de hombros, tratando de restarle importancia al asunto.
—Pero, Kai, ¿para qué quieres seguir formándote? –quiso saber Hina, en un intento fallido de ocultar la desesperación que traslucían sus ojos de ónice –. Sé que esto se te da muy bien, pero nunca has demostrado una vocación tan clara como para querer aprender más.
—Weid quiere ir a Elbor. Nera quiere ir a Elbor. No quiero quedarme aquí solo.
Su madre cogió aire profundamente.
—Kai, cariño –dijo con paciencia –. Entiendo lo que significan tus amigos para ti, y sé lo duro que sería verlos partir mientras tú te quedas aquí, pero no vas a estar solo. Estarás conmigo, y con el tiempo llegarás a conectar con otras personas. Weid y Nera son unos chicos maravillosos, pero tu camino no debería venir marcado por el de tus amigos.
—¿Y cuál es mi camino, mamá? –preguntó él, sin poder ocultar más la tristeza que lo embargaba –. ¿Quedarme en Hanan toda mi vida, siendo un simple arquero a expensas de lo que quieran de mí? ¿Decirles adiós a las únicas personas a las que no les ha importado nunca lo que soy?
Las palabras azotaron a Hina como si su hijo le acabase de asestar una bofetada. Kai podía leer la culpabilidad marcada en los ojos de su madre y en las sombras que le cruzaban el rostro.
—Kai –dijo, muy despacio –. Entiendo cómo te sientes, y si finalmente decides marcharte lo aceptaré y respetaré. Pero debes ser consciente de que nunca te van a tratar igual de bien que en Hanan. Lo que hizo Donei conmigo es absolutamente excepcional, y gracias a él todo el mundo te tolera y te respeta, y nunca seré capaz de agradecerle lo suficiente lo que hace por nosotros; pero, antes de que Donei me aceptase aquí, me rechazaron en muchos otros sitios, en algunos de ellos de formas que no creo que me atreva nunca a contarte. He visto cómo tratan a los mestizos en otros sitios, y siento de verdad que por mi culpa...
—No, mamá –la interrumpió Kai –. Tú no tienes la culpa de cómo era mi padre. Eres quien se ha llevado la peor parte de todo esto y siempre has dado lo mejor por mí. No te culpes, por favor.
Hina permaneció en silencio durante un buen rato, visiblemente emocionada, hasta que reunió las fuerzas suficientes para volver a hablar.
—Lo que quiero decir es que... Aquí estás protegido, Kai. Me aterra pensar lo que te pueda pasar si te vas.
Kai se acercó a su madre y la tomó con delicadeza de los hombros, mirándola a los ojos desde arriba.
—Voy a estar bien, mamá –intentó tranquilizarla, expresándose con una seguridad que estaba muy lejos de sentir –. No sería el primer ni el último mestizo en entrar en la Escuela Especializada de Elbor, y el maestro Hando nos ha explicado muchas veces que todos los que acaban la formación se asientan en mejores trabajos y viven mejor. Además, Elbor es la capital, a la fuerza tiene que ser un lugar más civilizado que este.
Hina lo contempló con ojos llorosos, nada convencida de las palabras de su hijo.
—Sólo van a ser unos años –insistió Kai –. Ni siquiera sé si superaré las pruebas para acceder a la Escuela, es posible que hasta tenga que regresar enseguida. Pero si lo consigo, cuando acabe, volveré a casa, contigo. Además –añadió después de un silencio, en un tono de voz más bajo –, si lo logro puede que dentro de unos cuanto años vuelvan a llamar a gente para Eleon. No tendrás que vivir encerrada nunca jamás.
La mirada de Hina se iluminó brevemente, pero una sombra que Kai atribuyó a su preocupación maternal volvió a apagar sus pupilas.
Le contuvo la mirada durante unos largos segundos, hasta que dejó escapar un profundo suspiro y se puso de puntillas para besarlo en la mejilla.
—Comamos algo, hijo. Tienes que volver y acabar las pruebas.


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lunes, 23 de octubre de 2017

Mi jardín

Algunos pájaros no pueden ser enjaulados. Sus plumas son demasiado hermosas… y cuando se van volando, se alegra esa la parte de ti que siempre supo que era un pecado enjaularlos.
Aún así, el lugar donde tú sigues viviendo resulta más gris y vacío cuando ya no están.

Ellis Redding, Cadena Perpetua

No sé amar si no es intensamente. Si no es desgarrándome la piel, si no es abrasándome las entrañas.
No sé querer si no es con cada fibra de mi ser. Si no es entregándome al completo, si no es exponiéndome a la luz del sol, con todos mis defectos.
No sé sentir si no es volcándome. Si no es vertiendo todo mi interior por cada poro, si cada emoción no me atraviesa de lado a lado, dolorosamente.
No sé creer si no es ciegamente. Si no es ilusionándome por la causa como si fuera mía propia, si no es trabajando por ella como si no existiera nada más.
No sé reírme si no es a carcajada limpia. Si no siento mi risa atascarse en mi garganta, si cada sonrisa no es un canto de libertad.
No sé llorar si no es hasta desangrarme. Si no es hasta que mis lágrimas se resequen en mis mejillas, si no es hasta que mi corazón se transforme en un páramo baldío.
No sé besar si no es apasionadamente. Si no es entregándome en cada beso, si no soy capaz de expresar con mis labios hasta dónde soy capaz de llegar.
No sé luchar si no es hasta la muerte. Si no es levantándome aun sin aliento, si no es hasta que mis huesos acaben por quebrarse y partirse sobre sí mismos.
No sé temer si no es hasta el pánico más extremo. Si no me petrifica cada célula, si no me arranca el sueño por las noches.
No sé equivocarme si no es metiendo la pata hasta el fondo. Si no es arrasando todo a mi paso, si no es marcando cicatrices en las entrañas de los que me rodean.
No sé arrepentirme si no es hasta desear evaporarme. Si no es enterrándome viva, si no es ansiando cambiarlo todo.
No sé pedir perdón si no es arrastrándome. Si no es ofreciéndote mi sacrificio a cambio, si no es estando dispuesta a cualquier cosa para demostrarte mi redención.
Pero tú viniste a mi jardín y arrancaste todas mis semillas, y luego lloraste y suplicaste para que floreciera todo lo que me habías arrebatado. Arrasaste mis tierras y me culpaste de no cuidarlas. Y no atendías a razones cuando trataba de explicarte que ya no quedaba nada.
Pero, ¿cómo explicártelo? Tú sólo querías ver torrentes de agua en época de sequía. Querías ver frutos dulces y carnosos sin preocuparte de cultivarlos. Lo querías todo, porque eso era lo que habías visto al llegar, y cerraste los ojos cuando me dejaste vacía.
Pero, vida mía, ¿no te dabas cuenta? Mientras escarbabas en mi jardín en busca de semillas sin germinar, dejaste que tus propios frutos se marchitaran. Te encerraste en tu casa y viste tus cultivos morir lentamente a través de la ventana, dejando que se empañara el cristal con tus lágrimas mientras te alimentabas de mí.
Y aún así yo seguí regando mis tierras, con la esperanza de que algún día brotase algo que poder ofrecerte. Y aguanté tus gritos y tu cólera, y viví entre los barrotes de tu cárcel. Y dejé que las llamas de tu infierno me abrasaran.
Te caíste en un pozo y echaste a llorar. Te hiciste un ovillo y esperaste la luz más brillante o la más absoluta oscuridad. Y llegué yo con mis cuerdas y las lancé al vacío con intención de salvarte. Intenté ayudarte a que salieras de tu prisión, pero tú tirabas más fuerte. Me querías a tu lado, a toda costa, a cualquier precio. Dentro o fuera, eso era lo de menos.
Pero, vida mía, ¿no te dabas cuenta? No era yo quien debía cuidarte. No era yo quien debía sacarte del pozo, no era yo quien debía alimentarte con los frutos de mi jardín.
Eras tú. Siempre fuiste y serías tú. Porque tú eras el único que sabía lo que había dentro, porque tú eras el único que podías llegar a conocer las debilidades de tu monstruo. Y porque tú eras el único que tenías las armas para derrotarlo.
Y aún así lo di todo, lo que tuve y lo que dejé de tener, por ti. Y me convertí en piel y huesos, en cuencas vacías, en sonrisas inertes. En inercia de seguir viva, para que tú no quisieras dejar de hacerlo.
Pero, vida mía, ¿no te dabas cuenta? Por querer salvarte acabé teniendo que salvarme a mí misma primero.
Vida mía, sabes que siempre hice todo lo posible. Sabes que para mí siempre fuiste tú primero, y yo después. Sabes que habría muerto por devolverte la vida si hubiese funcionado de esa manera.
Porque, vida mía, sabes que no sé amar si no es intensamente.
Pero ahora debo ser yo la que cuide de su propio jardín.

martes, 12 de septiembre de 2017

Kai (VI): La mujer de fuego

Kai empujó la puerta de su casa, que se abrió con un quejido chirriante.
—¿Mamá? –llamó al entrar, pero no obtuvo respuesta.
El hogar de Kai se situaba casi a las afueras de Hanan, en una antigua casa que antaño había ocupado una familia de arqueros antes de ser reclamados para escoltar a una partida comerciante que se trasladaba hacia Elbor, la capital. Sus allegados fueron notificados tiempo después de que durante el viaje habían hecho buenas migas con sus acompañantes, hasta el punto de que éstos habían acabado solicitando sus servicios de forma indefinida, abandonando definitivamente su lugar de origen. Donei, alcalde de Hanan y padre de Nera, le había ofrecido aquella inusual vivienda a Hina, la extranjera que, años atrás, había llegado a la población thaender con su pequeño y hambriento Kai en brazos, suplicando desesperada por un hogar después de demasiado tiempo sin tener un sitio donde caerse muerta.
El motivo por el que Donei había aceptado a aquella mujer procedente de Landahr, la región de fuego, nadie lo sabía, pues la comunidad que veneraba a Everyth, diosa de la tierra y, por tanto, de la vida, creía fervientemente que la manera de vivir del resto de regiones de Deilia era sacrílega, violenta e irrespetuosa con las tierras que la diosa había creado para todos ellos. De esta manera, y sin poder soportar la forma en que el resto de regiones mataban a sus criaturas para alimentarse y extraían sus recursos sin ningún tipo de empatía para abastecerse, los thaenderes habían optado desde hacía siglos por mirar hacia otro lado ante las atrocidades cometidas por sus vecinos y vivir aislados y en armonía, procurando llevarse lo mejor posible con ellos al precisar de los bienes procedentes de las otras regiones, pero sin llegar a entrar en contacto con ellos más allá de lo estricto y necesario para evitar confrontaciones. Ante todo, los thaenderes conformaban una comunidad pacífica y tranquila, y la palabra conflicto no entraba dentro de su vocabulario.
Era por esto que, aunque solían mantener una pose correcta y respetuosa en sus relaciones comerciales, los extranjeros no solían ser bien recibidos dentro de sus fronteras. Ya les había costado demasiado tiempo tolerar que vejaran y atentaran contra el producto de su diosa y aprender a vivir con ello como para poder soportar que ese tipo de actividades criminales se realizaran en sus propias tierras. Incluso cuando algunos thaenderes, por motivos que se escapaban a la comprensión de la gran mayoría, engendraban hijos con seres procedentes de más allá de Thaenderia, los aceptaban y acogían, ofreciéndoles un oficio dentro de la Casa Arquera como protectores de la tierra que les había dado cobijo. Pero el hecho de que los habitantes de Hanan tuvieran a una landahrí viviendo entre ellos era inusual y, bajo el punto de vista de la mayoría, completamente fuera de lugar.
Muchas eran las habladurías que relacionaban románticamente a la extranjera con el alcalde de la población, quien había enviudado recientemente al complicarse el parto de su única hija en el momento en el que Hina acudió a él en busca de un techo. Sin embargo, y aunque Hina siempre se deshacía en halagos con aquél que la había salvado de seguir viviendo a la intemperie con un bebé a cuestas, Kai sabía de buena tinta que el único sentimiento que su madre experimentaba hacia el alcalde no era otro que una inmensa gratitud.
A pesar de que la acogida de Hina había supuesto una mancha en la reputación de Donei, la adoración de la extranjera era compartida por todo Hanan, pues era un alcalde bueno y atento que velaba por todos y cada uno de sus habitantes, los escuchaba individualmente y se desvivía por cubrir las necesidades de todos ellos en la medida de lo posible. Y, aunque trataba con el mismo respeto y dedicación a su madre, la mantenía oculta entre las paredes de aquella casa abandonada, haciéndola pasar por thaender en sus registros y no permitiéndola salir apenas de allí, pues era la única manera que tenía de hacerle pasar desapercibida ante las autoridades que residían en la capital. Hanan siempre había sido un pueblo tranquilo, y así se mantendría por el bien de todos ellos.
El motivo por el que Donei había escogido en su día esa vivienda para la extranjera era bien simple: el árbol que la sustentaba entre sus ramas era de una especie que poseía un tronco ancho y hueco que también podía ser habitable. Generalmente, las viviendas construidas en ese tipo de árboles solían ser destinadas a familias numerosas, como la que antaño la ocupó antes de decidirse por la vida nómada, al proveerlas de un espacio adicional donde algunos de sus miembros pudieran dormir; pero, en su caso, ese espacio cilíndrico, oscuro y mayormente incómodo, apenas iluminado por algunas rendijas practicadas sobre la corteza, era el lugar donde la landahrí permanecía recluida la mayor parte del día.
Así que, cuando Kai hizo acto de presencia y no vislumbró a su madre entre las paredes de madera construidas artificialmente por la mano thaender, el chico dedujo rápidamente dónde se encontraba.
Las casas thaenderes eran toda una obra de ingeniería. Adaptadas en su totalidad a la disposición de las ramas de los árboles, conformaban viviendas escalonadas de tablones de madera cuya estructura se sustentaba logrando que su peso confluyera en unos pocos puntos concretos de las ramas, por las que se trasladaba al tronco como pilar básico y fundamental y posteriormente a las raíces. En el caso del hogar de Kai era todavía más impresionante, ya que al tener el tronco hueco la naturaleza del árbol hacía que costase creer que las ramas no se partieran sobre sí mismas. Cómo los constructores se las apañaban para que aquello fuera posible, Kai no lo sabía, puesto que Weid hablaba tan incansablemente de lo que aprendía durante su formación que el chico había acabado aborreciendo la construcción y desconectando de la conversación cada vez que su amigo le sacaba el tema, que era casi siempre. Entre los innumerables encantos de Weid no se encontraba el de saber cuándo callar para no aburrir a sus oyentes hasta la extenuación, y Kai era su mayor víctima en ello.
El mobiliario de la casa se repartía por donde buenamente se podía colocar, encajándolo de manera casi milimétrica en las formas resultantes que los constructores lograban levantar entre las ramas y conectándolo todo con escaleras de mano para alcanzar los lugares más inaccesibles. Ninguna casa de Thaenderia era similar a ninguna otra, ya que todo quedaba a disposición de la forma de cada árbol. Algunas piezas de cocina y baño y una superficie sobre la que solían comer eran algunos de los elementos que se encajonaban en compartimentos de las dimensiones necesarias, mientras que el resto de cavidades consistían fundamentalmente en armarios en los que almacenaban todas sus pertenencias, a excepción de un cajón sobre el que se tendía el lecho de algodón donde Kai dormía y cuya única manera de acceder era tumbarse sobre el suelo y rodar hacia el interior.
Y, en el centro, se abría el hueco de sección circular que se adentraba hacia el interior del tronco y del que sólo llegaba una tenue luz del fondo.
Kai descendió por la escalera de mano que conectaba la construcción con la oscura dependencia y se dejó caer en la suave superficie de madera.
Hina se encontraba de espaldas, trabajando en algo volcada sobre una mesa. Dos bolas de fuego que flotaban a cada uno de sus costados la iluminaban parcialmente, creando un juego de luces y sombras que bailaba y lamía sus ropas.
—¿Mamá? –la llamó de nuevo Kai.
La mujer se dio la vuelta. Sus redondos ojos negros relucían como piedras de ónice a la luz de las llamas sobre su piel tostada. Sus mejillas altas destacaban en un rostro de facciones suaves que su hijo había heredado, donde ya se notaba el paso de los años marcado en algunas arrugas. Vestía el uniforme habitual de los residentes en Hanan, pero tenía la cabeza rapada y cubierta por completo con un gran paño de tela de color crema que había anudado a la nuca y que le caía sobre la espalda haciendo las veces de una coleta artificial y, de no ser por unos cuantos pelos rojos que comenzaban a nacer desordenadamente en sus cejas, nadie habría podido saber su color natural de cabello. Hina le había contado en muchas ocasiones que, en Landarh, mostrar el cabello era un privilegio sólo al alcance de la nobleza y los cargos importantes, y así lo mantenía también en el lugar en el que llevaba viviendo desde la más tierna infancia de Kai. La extranjera se había despojado de muchas de sus costumbres landahríes, pero aquella, junto a sus orejas repletas de pendientes y otros múltiples abalorios que repartía por su cuerpo fabricados a partir de diferentes gemas persistían como un constante recordatorio de que esa mujer no era de allí.
Como si el tono de su piel, el color de sus ojos y sus pequeñas orejas redondeadas no fueran suficiente.


viernes, 1 de septiembre de 2017

Zoe (VIII): El pescador

Zoe se volvió hacia su izquierda, guiada por la fragancia que llegaba a sus fosas nasales. Una playa de arena blanca y fina, que se extendía hasta adentrarse parcialmente en el poblado, llegando a camuflarse con los coloridos senderos de conchas, era la antesala de un océano teñido de un profundo turquesa. Sus aguas se mantenían tan lisas y claras que bien habrían podido hacer las veces de un inmenso espejo si hubiese habido algo en el cielo que reflejar.
Rayle rió jovialmente ante la cara de estupefacción de su acompañante. Leyendo en sus ojos como si de un libro abierto se trataran, la tomó con suavidad del brazo y la ayudó a saltar la pequeña ladera que las separaba de la arena.
Al sentir esa suavidad bajo sus pies, Zoe tuvo que pellizcarse para convencerse de que, definitivamente, aquello no era ningún sueño. Se agachó hasta caer de rodillas, hundió las manos en la arena y dejó escurrir el árido entre sus dedos, maravillada ante el dulce cosquilleo que experimentó. A continuación, se encaminó hacia la orilla, casi temerosa de que, como en su sueño, no lograra acercarse nunca y la ilusión se desvaneciese ante sus ojos, pero comprobó con gran regocijo cómo la marea arrastraba sus cálidas aguas y bañaba sus pies descalzos, sintiendo un placer hasta ese momento desconocido para ella.
Si hubiera estado sola, le habría faltado tiempo para desprenderse de las escuetas ropas con las que la habían vestido y sumergirse en ese paraíso, pero la divertida mirada de Rayle la cohibía y hacía que el solo pensamiento encendiera sus mejillas.
La chica de los ojos violetas se situó a su lado, charlando animadamente como llevaba haciendo desde el momento en que había hecho acto de presencia, y la dejó experimentar un poco más la sensación antes de tomar su mano y llevarla de paseo por la orilla. Al girar sobre sus talones, Zoe pudo ver un muelle del mismo material que las casas que nacía del poblado y atravesaba la playa para adentrarse unos metros en el mar. En él, algunas embarcaciones permanecían amarradas, construidas con aquellas mismas hebras blanquecinas, algunas de ellas alternadas en mayor o menor cantidad con madera, dando lugar a botes de diferentes dimensiones.
Una de ellas, la más grande de todas, atracaba en esos momentos en el muelle. Algunos hombres, tan exóticos como los que ya había conocido, se encargaban de atar la embarcación al muelle desde el interior con cuerdas, mientras otro ayudaba desde fuera. Otros botes de menor tamaño se arremolinaban a su alrededor, imitando a su prójimo como crías de un animal siguiendo los pasos de su madre.
A Rayle se le iluminó la mirada ante aquella visión. Sin dudarlo, trotó alegremente hacia el muelle, arrastrando a Zoe tras ella, y la ayudó a trepar la construcción para acercarse a los recién llegados.
Allí había por lo menos diez o quince hombre semidesnudos ante los que Zoe no lograba decantarse por cuál se sentía más intimidada. Desalentada ante la falta de oportunidad de esconderse y reprimiendo sus ganas de salir corriendo, procuró camuflar su presencia detrás de la de Rayle, rezando por que su insólita belleza atrapase la vista de esos seres lo suficiente como para que no repararan demasiado en ella.
No hubo suerte.
Todos y cada uno de los hombres detuvieron lo que estaban haciendo a la primera llamada de Rayle, posando sus ojos de llamativas tonalidades sobre la extranjera como si su acompañante acabase de mostrarles un animal de circo. La examinaron de arriba a abajo, primero con estupor y luego con una descaradísima curiosidad a medida que la lugareña iba hablando, haciendo una cantidad de gestos tan desproporcionada que pareciera que estuviera bailando.
De pronto, del bote más grande asomó la cabeza de un chico que Zoe reconoció al instante.
Era el joven que había sido testigo de su despertar en la cabaña de Isshia.
Era un chico de unos veinte años, alto, delgado y musculado en su justa medida. Su cabello, del mismo azul marino que el de Rayle, aunque sin aquellos reflejos violetas que adornaban el de ella, era corto, y al girarse comprobó que lo mantenía rapado en la parte de la nuca para dejar ver un tatuaje gris exactamente igual al que ella tenía en la copa de su majestuoso árbol de corales. Sobre sus ojos de aquel intenso color turquesa, poseía una unas cejas no muy gruesas, con los extremos exteriores despeinados hacia arriba, que enmarcaban su brillante mirada y, en sus orejas, algo más grandes de lo normal, una pequeña caracola negra atravesaba uno de sus lóbulos. Su nariz era respingona, sus pómulos, marcados, su boca, grande de labios finos… y, en general, no había que ser ningún genio para percatarse del gran parecido que compartía con la chica que la había llevado hasta allí.
Pero lo que más destacaba de él, y ya era decir dados sus inusuales rasgos, era una enorme cicatriz que le cruzaba el pecho desnudo, justo encima de sus branquias. Una amalgama de tatuajes de diferentes tonos de azul cubría la totalidad de su brazo derecho, ascendiendo hasta el hombro y atravesando sus trazos con los que dibujaban aquella espantosa cicatriz; y, de la misma manera, otro entramado de tatuajes de los mismos colores, aunque de estilo claramente diferente, trepaba por su pierna contraria.
Zoe enrojeció hasta límites que ella misma desconocía al recordar que, como los otros tres, la había visto completamente desnuda.
Sus sospechas acerca del parentesco de Rayle con su vigía nocturno se hicieron más fuertes cuando ésta se lanzó a sus brazos. Visiblemente entusiasmada, le habló directamente al chico, que se mantenía sosegado y sereno, contrastando con la excitación de la que Zoe creía era su hermana, mientras el resto de presentes no se cortaba ni un pelo en acercarse a la visitante y rodearla como buitres ante su aterrorizada mirada.
El chico exclamó algo al darse cuenta de la situación y, haciendo caso omiso de Rayle, pegó un salto desde el bote y se abrió paso entre sus compañeros para situarse a la altura de Zoe. Sin perder la calma en ningún momento, pero con expresión seria, intercambió algunas palabras con ellos y, como por arte de magia, los hombres se dispersaron, regresando a sus quehaceres.
Zoe miró con nuevos ojos al joven, sintiéndose infinitamente agradecida; pero, cuando su mirada se cruzó con sus intensos irises turquesas, la imagen del chico observándola mientras dormía le asaltó como una pesadilla y deseó con todas sus fuerzas que se la tragara la tierra en ese preciso instante.
Rayle se acercó a ellos, volviendo a enfrascarse con su hermano en la conversación que habían dejado a medias. No parecía nada molesta por el desplante que le había hecho éste segundos antes; al contrario, parecía más animada si cabía, desviando repetidas veces la vista hacia Zoe y señalándolos a ambos sin ningún tipo de reparo.
Zoe aguardó, sin saber ya qué más hacer para ocultar su creciente incomodidad, hasta que, finalmente, y tras escuchar a su guía pronunciar varias veces su nombre a lo largo de su monólogo, el chico volvió a clavar sus ojos en ella y, empleando el tono más aterciopelado que Zoe había escuchado jamás, dijo:
Ae, Eryel.
Zoe se quedó patidifusa, sin esperarse por algún motivo la presentación del muchacho. Sin darse cuenta, se perdió en los ojos turquesas del chico, reparando en su antinatural belleza por primera vez. Tenía unos ojos tan vivos y penetrantes que contrastaban de manera casi cómica con la pose tranquila y relajada de su portador.
El chico esperó pacientemente una respuesta por parte de la forastera, pero Zoe parecía haberse quedado completamente congelada. Rayle, dejando escapar una risilla, abrazó con ternura a la muchacha.
—Zoe –la llamó, usando un tono similar al que ella emplearía con un niño pequeño –. Ae, Rayle; ren, Zoe –a continuación se separó de ella y cogió al joven, que le sacaba una cabeza, por los hombros –; ei, Eryel.
Las palabras de Rayle parecieron hacer su efecto poco a poco en ella, ya que el nombre del joven la golpeó y acabó por sacarla de su letargo.
—Eryel –repitió en un murmullo.
El aludido sonrió, mostrando una gran hilera de dientes blancos que, en conjunto con el resto de su rostro, la dejaron totalmente embelesada.
¿Qué diablos le estaba pasando?
Reparando en lo surrealista de la situación, Zoe se obligó a volver al mundo de los vivos.
Ae, Zoe –dijo como un autómata, con los nervios a flor de piel –. Ren, Eryel.
Y, como para subsanar  parte del ridículo que había hecho, añadió:
Íha, Rayle.
Rayle, altamente impresionada, aplaudió y rió maravillada.
Zoe no pudo evitar sentirse como una mascota a la que acabaran de enseñar un truco, y eso le hizo sentir aún más patética.
Eryel asintió aprobadoramente y, tras realizar un complicado gesto que Zoe no comprendió, le dijo:
Amia, Zoe.
—¡Eryel!
Zoe se volvió hacia el lugar del que provenía la potente voz. Al parecer, algunos hombres reclamaban su presencia desde los botes, pues no paraban de hacer señas hacia el suelo, como si tuvieran algún tipo de problema.
Eryel se despidió escuetamente de las dos chicas y se reunió con sus compañeros, que forcejeaban con algo que se movía en el interior y que Zoe no alcanzaba a ver. Asustada, la muchacha hizo amago de irse, aprovechando que Eryel parecía haberles dado su beneplácito para que lo hicieran, pero Rayle la retuvo con un sencillo gesto, haciéndole entender sin palabras que no había nada que temer.
Eryel se agachó rápidamente según puso un pie en la embarcación para coger una especie de arpón y, con un rápido movimiento, lo clavó en el motivo de la disputa.
Una criatura del tamaño de una cría de elefante se elevó entre los brazos de varios de los hombres y fue depositada en el muelle, desparramando su sangre violácea sobre la nívea superficie. Era lo que a Zoe se le antojó una especie de monstruo marino, con rasgos que a simple vista se le asemejaban a los de una ballena, pero que poco tenían que ver más allá de su alargado cuerpo y la relación entre sus proporciones. Su piel era lisa y brillante como la de un delfín, de un profundo gris azulado, y tenía el cuerpo surcado de branquias que se dibujaban de lado a lado de su lomo. En la unión con su vientre, pequeñas fisuras dejaban entrever el comienzo de unas garras que a todas luces parecían retráctiles, como las de los gatos, y de las que Zoe no alcanzó a dilucidar su verdadera dimensión, pero, por su aspecto salvaje y afilado, sí pudo llegar a la conclusión de lo mortales que podían llegar a ser. El cuerpo de la criatura se estrechaba hacia el final, formando una pequeña cola que también poseía aquellos pliegues que auguraban amenaza, y, al voltearlo boca arriba, Zoe pudo ver un par de hileras de ojos, íntegramente blancos y desprovistos de pupilas, que adornaban su vientre, de una tonalidad más oscura.
Zoe se vio obligada a contener varias arcadas ante la desagradable imagen que se exponía explícitamente ante sus ojos al tiempo que trataba de procesarla sin éxito.  Enseguida, al cuerpo inerte de la criatura se sumaron unos cuantos cadáveres más, algunos más pequeños y otros más grandes, que Eryel y sus compañeros se dedicaron a extraer de las embarcaciones con aire armonioso y rutinario, como si aquella tarea la desempeñaran todos los días.
Rayle dio un suave tirón del brazo de Zoe, invitándola a marcharse juntas de allí con una dulce y tranquilizadora sonrisa. A grito pelado, se despidió de su hermano y sus compañeros en su idioma, a lo que los aludidos correspondieron concisamente por encontrarse ocupados, y sacó a la traumatizada extranjera de allí.


domingo, 27 de agosto de 2017

After Death (I): El valle de las almas perdidas

Leah

El valle de las almas perdidas.
Así era cómo llamaban coloquialmente a Shining Valley, el lugar al que me dirigía. Una pequeña ciudad en medio de la nada a la que íbamos a parar todos aquellos que ansiábamos volver a empezar.
El valle de las almas perdidas…
En esos momentos no parecía haber otro lugar al que pudiera ir.
Las laderas de las montañas dibujaban siluetas sinuosas que se contorneaban a medida que avanzaba sorteando las curvas de la carretera. Unas solitarias gotas de lluvia golpeaban la luna delantera de mi furgoneta al son de la guitarra de Tracy Chapman. La melodía de su Fast Car resonaba a través de los altavoces, haciendo temblar a la pequeña muñeca de trapo que colgaba del retrovisor… y a mi trémulo corazón.
La voz grave e intensa de Tracy recorría mis venas y erizaba mi piel como si estuviese hablando de mí misma a través de ella. Mis dedos tamborilearon sobre el volante, tratando de mantenerme concentrada en cualquier cosa salvo en sus palabras para que el cielo no fuera el único que llorase.
Apreté el acelerador. Supongo que me sentía en mi derecho dada la letra de la canción, pero en realidad lo único que ésta hacía era acentuar mis ganas de escapar.
Huía. No sabía qué esperaba encontrar al otro lado de esas montañas, pero poco importaba. Lo único que tenía importancia era lo que dejaba atrás… y que ése era el único lugar donde debía permanecer.
Bien atrás.
El cielo no tardó en cubrirse con enormes nubarrones grises que dejaron caer algunas compañeras a las pocas lágrimas que habían vertido ya. Resignada, me vi obligada a girar la manivela de la ventanilla para cerrarla, y continué mi camino con la voz de la cantautora retumbando en mis oídos.
Ya quedaba menos.
Cerca de una hora más tarde, el camino de tierra entre montañas por el que circulaba doblaba su último recodo sin señalizar para dar paso al primer cartel que auguraba la cercanía de mi destino.
Era un poste desvencijado de madera con una flecha carvada en él como única indicación. Un pájaro solitario me lanzó una mirada severa desde la cabeza del mismo, como queriendo alertarme en silencio de que estaba adentrándome en sus dominios. Reduje la velocidad y continué conduciendo entre dos escarpadas paredes de roca cubiertas de musgo y liquen. 
La lluvia había cesado hacía un rato y decidí abrir de nuevo la ventanilla para aspirar el aire puro de la montaña y del que sería mi nuevo hogar.
Cerré los ojos para disfrutar mejor de la sensación, pero, de pronto, la furgoneta pareció tropezar con un bache y se caló. Inmediatamente mi mirada se dirigió al retrovisor para asegurarme de que mis pertenencias seguían en su sitio, y respiré aliviada al comprobar que las tres maletas que llevaba conmigo permanecían inmóviles, amarradas con los cinturones de seguridad.
Respiré hondo, agarrando con fuerza el volante, y me dispuse a bajarme de la furgoneta para ver qué era aquello que me había forzado a detenerme.
Al hacerlo, comprobé que no había sido la única interesada. Una pequeña ardilla olisqueaba curiosa el pedazo de roca que había hecho a mi vehículo renquear. 
El animalito se quedó petrificado al reparar en mi presencia. Esbocé media sonrisa, enternecida, y tardé un abrir y cerrar de ojos en volver con una bolsa de frutos secos en una mano y mi vieja Canon colgada al cuello.
La ardilla tenía algo más allá de su esponjoso pelaje y sus adorables orejas en punta que me cautivó. Sus ojos negros relucían con un fulgor especial, casi como si fuera un humano deseoso de hacer preguntas en vez de un animal esperando a cualquier mínimo movimiento por mi parte para escabullirse a la velocidad del rayo.
—Hola, pequeña –la saludé con voz suave –. ¿Estás perdida como yo?
Con paso precavido, le tendí una avellana escogida al azar de mi bolsa. La ardilla alargó su hocico hacia mi mano, la olisqueó y, con un rápido movimiento, se hizo con ella y se alejó de un par de saltos para comérsela sin la sombra de mi desconocida presencia.
—Eres una desconfiada, ¿eh? –sonreí, acercando el visor de mi cámara de fotos a mis ojos.
Cada vez me caía mejor ese bicho.
Ajusté el objetivo y me arrastré muy lentamente por el suelo, tratando de buscar un encuadre apropiado para esa escena, con mi nueva amiga recortada en parte contra la pared rocosa que se levantaba a sus espaldas y en parte por el majestuoso bosque de abetos que se podía apreciar a lo lejos, con sus copas apuntando hacia el cielo. Quería captar su esencia, el brillo curioso e inteligente de sus ojos, el espíritu humano que encerraba tras ellos.
Como cada vez que tomaba una fotografía, me fijé en el tatuaje que adornaba el dorso de mi mano derecha.
—¿Qué opinas, Warren? –pregunté al aire –. ¿Ves en ella lo mismo que yo?
Apreté el disparador.
—Sí, yo también lo creo –dije, viendo cómo la ardilla se alejaba finalmente –. Sería una buena recluta.
Aún con una sonrisa en el rostro, aparté la roca que entorpecía mi camino y volví a subirme a la furgoneta.
La muñeca de trapo del retrovisor me dirigió una mirada cargada de circunstancias.
—No te preocupes, Cindy –la tranquilicé, dándole un suave golpecito con uno de mis dedos –. Tú siempre serás nuestra favorita.
De pronto, observé por el retrovisor algo que me dejó petrificada.
Las maletas estaban abiertas.
—Warren, ¿has sido tú? –pregunté con voz temblorosa, negándome a abandonar mi fantasía.
Pero no hubo respuesta.
Me quedé helada, esperando algún tipo de movimiento. Los segundos se escurrieron de forma tan lenta y perezosa que podía visualizarlos en mi mente como el goteo de un grifo sobre un lavabo, hasta que, tensa como la cuerda de un arco, volví a bajarme de la furgoneta para arreglar el estropicio.
Una vez me hube cerciorado de que no faltaba nada y que las maletas volvieron a estar cerradas y aseguradas con los cinturones, eché un vistazo a mi alrededor, con la convicción de que, quien quiera que hubiese hecho aquello no andaría muy lejos.
A no ser que, como yo, fuese en un vehículo motorizado y hubiese aprovechado mi distracción con la ardilla para intentar birlarme algo.
Suspiré largamente. Desde luego, daba igual lo lejos que huyese, siempre habría genta mala en el mundo.
Aquel pensamiento me dejó una sensación de vacío y desesperanza difícil de digerir. 
Por un momento, consideré la opción de abandonar toda aquella pantomima y regresar por donde había venido. ¿Qué esperaba? No encontraría nada diferente a lo que había vivido hasta entonces tras esas montañas.
Me quedé largo rato observando mis maletas, sin saber qué hacer.
Sin quererlo, mis ojos se desviaron hacia mi compañera de viaje, que en esos momentos se mecía suavemente empujada por la brisa fresca del monte.
«No has llegado tan lejos para nada», me regañó silenciosamente.
Una ligera sonrisa se dibujó en mi cara.
—Por eso siempre serás mi recluta favorita –le dije tras haber ocupado de nuevo el asiento del conductor, chocando su pequeño puño de trapo con el mío –. No sé qué haría sin ti.
Sin embargo, por algún motivo no pude evitar sentirme obsevada al hacerlo, como si una presencia vigilase mis actos desde el asiento de atrás.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Sacudí la cabeza, alejando de mi mente esos pensamientos, y arranqué la furgoneta de nuevo para completar el último tramo del viaje.
Poco después, el valle de las almas perdidas se extendió frente a mí como un oasis en medio del desierto.
Shining Valley era como un pueblo de cuento. Pequeñas construcciones de piedra blanca y tejados rojos se desperdigaban aquí y allá, con el humo de sus chimeneas elevándose hacia la inmensidad de un cielo tan azul que resultaba sobrecogedor. Las montañas abrazaban con su poderosa presencia a la pequeña población, como dioses cubiertos por un manto esmeralda, y, salpicando de color la extensión de hierba que rodeada la ciudad, una gran variedad de flores se esparcía por doquier, resaltando como si de piedras preciosas se tratara.
Era como si ese bosque que acababa de atravesar fuera algún tipo de portal a otro siglo… o, directamente, a otra dimensión.
Al llegar con mi furgoneta al suelo empedrado que indicaba el comienzo de vida civilizada, comprobé que alguien aguardaba, mirándome a través de la luna delantera con una amplia sonrisa. Era un hombre de baja estatura, entrado en carnes, con un prominente bigote y ojos pequeños y redondos, vestido con una especie de frac y un sombrero de copa.
Lo dicho, como sacado de otra dimensión.
Aparqué como pude y me bajé de la furgoneta, volviendo a sentir aquella mirada invisible clavada en mi nuca.
Tragué saliva.
—¿Leah Parker? –me preguntó el rollizo señor amablemente, sacándome de mi trance.
—Sí, soy yo –respondí, mirándolo con algo de desconfianza.
El hombre ensanchó su sonrisa tras la enorme mata de pelo que crecía bajo su rechoncha nariz.
—Derek Johnson, alcalde de Shining Valley –se presentó, estrechándome una mano –. Estaba deseoso de conocerla.
Me vi incapaz de proferir palabra, con demasiadas preguntas circulando por mi cabeza.
—Sé lo que estás pensando –dijo él alegremente –. He visto esa expresión demasiadas veces. ¿De dónde sale este señor? ¿Por qué va así vestido? ¿Cuál es el motivo de que venga el alcalde a recibirme personalmente? –hizo una pausa y redujo el tono de su voz en un movimiento teatral –. Pero, joven Leah, para todas esas preguntas y todas las demás que seguramente te estés haciendo ahora mismo sólo tengo una única respuesta: aquí, en Shining Valley, cada uno es exactamente quien quiere ser. Por eso has venido hasta aquí, ¿no?
Las palabras del buen hombre me pillaron bastante desprevenida en el momento, percatándome poco a poco de que, efectivamente, aquella sencilla explicación podía servir de solución a cualquiera de mis preguntas.
Había llegado a Shining Valley huyendo de la vida que me precedía, deseando volver a empezar. ¿Qué sentido tenía esperar las mismas reglas del juego en mi destino? ¿Para qué me había marchado si no?
Correspondiendo tenuemente a su sonrisa, apreté su regordeta mano y me dejé guiar, no sin antes percibir por última vez aquella presencia que me había perseguido durante esa última etapa como un aliento gélido.

Ethan

La vi alejarse empujada suavemente por el abrazo del alcalde hacia el interior del pueblo, sentado con las piernas cruzadas sobre el asiento trasero de su furgoneta.
¿Quién era ella? ¿Qué la habría llevado hasta allí?
¿Sería la persona que por fin me daría la clave?
La figura espigada de Rob se materializó a mi lado, posándose con suavidad sobre una de sus maletas, y me lanzó una mirada cargada de represalias e incertidumbre.
—No deberías estar aquí –me advirtió.
Sus palabras se desvanecieron en el aire, demasiado ensimismado como estaba en mis propios pensamientos como para prestarle atención.
—Ethan –insistió al ver que mantenía la vista clavada en el horizonte.
Sin volverme hacia él, y sin terminar de creerme aún lo que acababa de suceder, murmuré, muy despacio:
—Esa chica me ha sentido.


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