martes, 4 de agosto de 2015

Zoe (IV): El estanque

Zoe no daba crédito a lo que escuchaban sus oídos.
¿Qué? ¿Cómo que me voy a Madrid?
El gesto de Ruth se contrajo en una mueca lastimera.
Papá estaba muy enfadado, hija. He intentado convencerle, pero ya sabes que cuando se le mete algo entre ceja y ceja…
Zoe sintió cómo todo su mundo se venía abajo, haciéndose añicos.
No, mamá. Me niego.
Ella suspiró.
Me parece que no tienes elección. Es lo que he tratado de explicarte antes, pero no me has dejado…
No pienso irme con papá –sentenció. Su voz iba cogiendo cada vez más fuerza –. ¡Él no puede decidir mi vida!
Su madre se acercó a ella en un intento de abrazarla, pero Zoe la apartó de un manotazo.
Sofía… –murmuró, entre desconcertaba y abatida.
¡No me llamo Sofía! –gritó la chica –. ¡Estoy harta de ese maldito nombre! ¡Estoy harta de que estéis siempre persiguiéndome, diciéndome lo que puedo hacer y lo que no! ¡Soy vuestra hija, no vuestra muñeca!
Cariño, por favor, intenta tranquilizarte…
¡No! –chilló –. ¿Papá me lleva a la fuerza a Madrid y tú pretendes que me tranquilice?
Ruth contuvo el aliento durante unas milésimas de segundo, meditando a toda velocidad qué responder.
Entiendo perfectamente cómo te sientes…
¿Tú que vas a entender? –replicó Zoe –. ¡Tú y papá no entendéis nada! ¡Tú al menos intentas entenderme, pero no me digas que me entiendes porque no es cierto!
Ella calló unos segundos, mirándola con amargura. Por un instante, Zoe casi se ablandó, pero en aquellos momentos su rabia era tan inmensa que le impedía ver más allá.
Estoy harta –repitió, con lágrimas en los ojos –. Papá se cree mi títere y tú me tratas como si estuvieras cuidando de una loca, o de una enferma.
Se dirigió hacia la puerta de la cocina con paso firme. Su madre trató de retenerla alargando un brazo hacia ella, pero Zoe lo rechazó con fuerza y miró una última vez a su madre a los ojos, muy seria.
Me voy, mamá –declaró –. Y ni por un momento se te ocurra detenerme.
Zoe dio media vuelta y, sin echar la vista atrás, cerró de un portazo la entrada principal de la casa y salió corriendo de allí, haciendo oídos sordos a la llamada agonizante de su madre, que clamaba su nombre a voz en grito.
Corrió y corrió durante casi media hora. Jamás en su vida había corrido tanto tiempo de seguido, pero en esos momentos apenas sentía el cansancio. La cabeza de Zoe era un hervidero de sentimientos desenfrenados que volaban en todas direcciones, chocándose los unos contra los otros. 
Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera la frustración y el enfado que la dominaban. ¿Por qué nadie la comprendía? ¿Por qué cada vez que intentaba ser ella misma el mundo trataba desesperadamente de ponerle un bozal? En los últimos años había escuchado tantas veces la palabra “inmadura” que casi la podía sentir tatuada bajo su propia piel, como un recordatorio latente de que aquella vida no estaba hecha para ella. ¿Por qué no podía ser simplemente feliz junto a su claro, dibujándolo hasta morir ambos fusionados en un solo ser? ¿Por qué el destino la castigaba de aquella manera?
La noche se cernía sobre ella y las lágrimas formaban una gruesa película frente a sus ojos, pero eso no le supuso ningún impedimento para llegar a su destino. Siguió huyendo de su hogar lo más rápido que le permitieron sus descalzos pies, que hacía rato ya que habían abandonado las zapatillas de estar por casa que los vestían. Nada le importaba. El único objetivo que tenía era refugiarse en el seno del único que la hacía sentir libre.
Su amado claro la acogió como siempre hacía incluso antes de que Zoe se derrumbara cuan larga era en él. Tenía las mejillas resecas de tanto llorar y los pies en carne viva de tanto correr, todo su cuerpo se convulsionaba por el agotamiento, y sentía su garganta a punto de estallar. Por un momento que se le hizo eterno pensó que moriría allí mismo.
Y tampoco le habría importado.
Transcurrió mucho tiempo en la misma posición, con los ojos cerrados y la mente en blanco a causa del dolor que la sacudía como una interminable descarga eléctrica. Súbitamente, advirtió que hacía rato que la boca le sabía a sangre, y ladeó ligeramente la cabeza para escupirla, no sin antes disculparse mentalmente ante el claro. Poco a poco, fue notando que el temblor de su cuerpo remitía, y se atrevió a estirar las piernas. Sintió que chasqueaban varias veces, pero después de eso no sucedió nada más y fue capaz de incorporarse lentamente, hasta que logró sentarse erguida y vio por primera vez después de la carrera sus magullados pies.
Apenas conseguía distinguirlo por la oscuridad de la noche, pero tenía las plantas completamente ensangrentadas. Acarició la superficie con un dedo para comprobar la textura y casi se sintió desfallecer. Todavía le ardían con intensidad y, empujada por el instinto, los introdujo en el agua del estanque, que maravillosamente la hizo sentir mejor.
Cuando fue capaz de pensar con mayor claridad, se dio cuenta de que la pernera del pantalón se estaba empapando. Aún llevaba los vaqueros puestos al haberse quedado dormida con ellos y, viéndose incapaz de arremangárselos, pues eran muy ajustados, optó finalmente por quitárselos. Dobló las piernas con precaución, sacándolas del agua, y se los sacó muy despacio, poniendo un cuidado inmenso en que rozaran lo mínimo con las plantas de sus pies.
Fue imposible. Ahogó una maldición cuando un nuevo latigazo de dolor la hizo zarandearse de arriba a abajo, pero finalmente lo consiguió, y suspiró aliviada cuando volvió a meter las piernas en el agua.
En ese instante se percató de que jamás había visto el claro a aquellas horas, y echó de menos su cuaderno y sus lápices de colores. Habría dado la vida por retratarlo en aquellos momentos de la noche. El estanque brillaba más que nunca, iluminado por la luz de la luna llena que se reflejaba en sus tibias aguas. Las hojas de los árboles mostraban un color nuevo, un negro intenso que únicamente se apreciaba por las caricias blancas que evidenciaban sus respectivos contornos. Y la hierba… La hierba estaba húmeda, y más suave que nunca.
Zoe cerró los ojos, abandonándose a esas nuevas sensaciones que le inspiraba el claro que tanto conocía, y que sin embargo todavía seguía sorprendiéndola. Reparó en que era la primera vez que probaba el agua del estanque y, movida por un impulso, se deshizo de la ropa que le quedaba y se sumergió en él.
Cuando sacó la cabeza de nuevo a la superficie se sentía totalmente renovada por dentro. El dolor, el cansancio, los sentimientos que minutos antes la habían embargado, sus padres… Todo había pasado al olvido más profundo. Ese íntimo momento era únicamente de ella y de su claro, y para Zoe el hecho de que algo lo estropeara no suponía ningún tipo de posibilidad. De hecho, se hallaba tan sumida en el embrujo que el claro ejercía sobre ella, que no se percató de que el estanque brillaba cada vez más y más, como si irradiara luz propia.
De pronto, Zoe notó como si una fuerza tirara de ella hacia adentro del estanque. Al principio pensó que había sido una alucinación suya, pero volvió a sentirlo, y esta vez de forma más potente. Zoe se alarmó, pues el estanque no era en absoluto profundo y se podía hacer pie, pero no podía negar lo que sus sentidos percibían. Chapoteó en todas direcciones, intentando zafarse de aquello que la aprisionaba, pero fue inútil. La fuerza tiró de ella hacia adentro, sumergiéndola en el agua cada vez a más velocidad. Zoe trató de averiguar qué era aquello que la tenía asida, pero lo único que alcanzaba a ver si miraba hacia el fondo era una infinita negrura. ¿Qué diablos estaba pasando?
Se agitó, acosada por un inmenso ataque de ansiedad. La superficie del estanque quedaba cada vez más lejos y, por más que se revolvía furiosamente, no conseguía impedirlo. Comenzó a sentir cómo le faltaba el aire, pero no podía sino dejarse llevar, impotente. ¿Acaso estaría soñando? Pero todo había sido tan real… No entendía nada.
Su angustia fue acrecentándose a pasos agigantados, a medida que sus pulmones se iban vaciando de oxígeno. Y, cuando comenzaba a asumir que aquel era su final y que moriría allí ahogada, perdió el conocimiento, y las aguas prosiguieron arrastrando su peso muerto hacia un abismo del que parecía que jamás llegaría su fin.


sábado, 11 de julio de 2015

Helena (II): Insignificante

J silbaba alegremente de un lado para otro cuando la vio. Estaba sentada sobre uno de los sofás viejos de la sala principal, tirada de cualquier manera y con un cigarrillo colgando de sus sugerentes labios, como era habitual en ella. La pesada maraña de eterno cabello negro reposaba sobre su torso, ocultando la carne que la camisa mal abrochada que llevaba puesta no se esforzaba por disimular.
Se paró durante unos momentos a contemplarla. Siempre lo hacía. Aquella mujer, como a tantos otros hombres que pisaban ese lugar por razones obvias, lo tenía totalmente fascinado.
Solo que su relación con ella era ligeramente distinta de lo que toda aquella manada de bestias en celo podría llegar a aspirar jamás.
Desvió su trayectoria y bajó el escalón que separaba el pasillo de la sala para poder sentarse en el sillón de enfrente.
Hola, Hell –la saludó con una sonrisa.
Helena ni siquiera se molestó en mirarlo. Dio una larga calada al cigarrillo, que ya se encontraba en las últimas, y lanzó la colilla con desgana sin poner ningún tipo de cuidado de en dónde caía.
J, lejos de sentirse irritado por la actitud de la chica, ensanchó la sonrisa. Hacía ya bastante tiempo que Helena trabajaba para él y era exactamente igual desde el día en que la encontró.
J sacó un par de bolsitas dobladas y una delgada caja de su bolsillo y lo dispuso todo sobre la mesa de café que separaba el sofá de Helena de su sillón. Sacó un papel de liar de la caja y distribuyó una cantidad considerable de hierba sobre él antes de colocar el filtro y enrollarlo.
¿Quieres? –dijo, ofreciéndoselo a la chica.
Ella, por toda respuesta y sin alterarse un ápice, sacó un nuevo cigarrillo de su propia cajetilla y se lo encendió. No lo miró en ningún momento del proceso, como si la idea de fumarse otro cigarrillo hubiera salido de la propia Helena y no del fantasma que parecía ser J para ella.
Él dejó escapar una risilla y alcanzó el mechero que acababa de utilizar ella.
Después de exhalar el humo de la primera calada de marihuana y haber disfrutado de la sensación, J se apoyó sobre sus rodillas y se quedó observando a la chica durante largo rato. Le maravillaba la manera que tenía ella de actuar siempre como si fuera el único habitante del planeta, ignorando descaradamente a todo el que se encontrase a su alrededor. J podría haberse quedado en aquella posición contemplándola como a una obra de arte durante todo el día, que ella en ningún momento se habría sentido cohibida por su presencia. Era simplemente como si se encontrase en una dimensión paralela en la que J no estaba allí.
Sin embargo, J sabía que lo había escuchado y que, pese a lo que pudiera percibir cualquier otro, tenía asignado un hueco en la vida Helena. Un hueco insignificante, y probablemente debido al mero hecho de que parte del sueldo de Helena salía del bolsillo de J.
Pero ya era un hueco importante, teniendo en cuenta que para Helena absolutamente nadie lo era.
J era conocedor de que el valor que le daba Helena radicaba en ese puro interés, y por ello se aferraba a ese hueco como un clavo ardiendo, intentando por todos los medios que Helena no tuviera motivos para marcharse de allí. Pues sabía que, en el momento en que J dejara de ser útil para Helena, ella desaparecería sin siquiera decir adiós.
Y eso era algo que J no estaba dispuesto a vivir.
¿Ya has despachado al gordo? –preguntó.
Helena, por supuesto, no respondió. Prosiguió ignorándolo, como si la cosa no fuera con ella.
A él no le importó.
Ya sabes que los clientes tienen que pasar por mí antes de largarse.
Ella se recostó sobre el respaldo y cerró los ojos.
J dio una nueva calada. La conocía lo suficiente para saber lo que aquello significaba.
Lo has vuelto a hacer.
No lo hizo enseguida, pero fue entonces cuando Helena habló por primera y única vez en toda la conversación.
No quería pagarme –dijo tranquilamente, con la voz ronca correspondiente a quien no está acostumbrado a usarla demasiado.
La sonrisa de J se frunció en un feo gesto.
No podemos seguir así, Hell. No cuestiono tus motivos, pero con este ya vamos por el tercero esta semana, y si sigues así alguien acabará mosqueándose.
A ella no pareció importarle. Continuó en esa posición, fumando plácidamente su cigarrillo.
Hell –la volvió a llamar, con tono severo , no quiero tener a la poli metiendo las narices en este local. Haz lo que tengas que hacer, pero no quiero problemas.
Helena se mantuvo reclinada sobre el sofá hasta que, rato más tarde, el cigarrillo se consumió en sus labios. Dejó caer la colilla sobre el cenicero a medida que se levantaba y se largó de allí sin más ceremonia.
Si J no la conociera, pensaría que a Helena aquello no le había afectado en lo más mínimo, y habría tenido razón. Sin embargo, mientras la vio desaparecer por el pasillo, no pudo evitar tener la esperanza de que la chica lo meditara a posteriori.
Una esperanza insignificante, como el hueco de J en la vida de Helena. Pero de esa insignificante esperanza pendía toda la vida de J.
Y por sus huevos que más le valía que Helena le hiciera caso.


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sábado, 27 de junio de 2015

Victoria (IV): Plumbob Pictures

Al principio no tenía mucha idea de hacia dónde ir. No conocía la ciudad, y me daba vergüenza preguntar a la gente por la calle en el área rica de Bridgeport, aunque de todas maneras no tuve oportunidad. En el rato que estuve caminando cuesta abajo rodeada de ostentosas mansiones, el único signo de vida terrestre que había encontrado había sido una limusina que me había adelantado por la carretera. Así que sencillamente seguí caminando, seguida del hilo de casas y vigilada por la mirada de múltiples cámaras que seguían mis pasos desde las verjas de las mismas.
Cuando llevaba un rato caminando y ya había dejado atrás las viviendas vislumbré a lo lejos una plazoleta minúscula con lo que, intuí, era una boca de metro. Emocionada, empecé a caminar más rápido hasta que la alcancé. Los pies casi se me resintieron al llegar, machacados por los tacones, a los que no estaba del todo acostumbrada. Me maldije por mi impaciencia, pero por fin tuve ante mí algo parecido a un plano de la ciudad.
Aunque el plano de metro no me ayudó mucho a ubicarme, al menos sí pude obtener un esquema de la organización de la ciudad. Tenía buena memoria. Desde que mi abuelo había fallecido y había tenido que ser yo la responsable de la casa, mis múltiples trabajos me habían dejado muy poco tiempo para estudiar, e impulsada por el deseo de optar a un futuro decente, había tenido que esforzarme en sacar adelante los estudios en la décima parte de tiempo que mis compañeros, así que no me había quedado más remedio.
Leí detenidamente los nombres de las paradas, buscando alguna pista de hacia dónde debía ir. No tenía mucha idea de qué era lo que buscaba, pero esperaba que de esa manera me viniera alguna idea a la mente. Finalmente me decanté por una parada central cuyo nombre parecía tener que ver con la ubicación del ayuntamiento, que era el único lugar que conocía. O tal vez no. Ya lo descubriría.
El metro estaba casi tan abarrotado como la superficie, pero al menos su velocidad era siempre la misma, fuera de insoportables atascos. Me costó un poco orientarme, pero finalmente logré entender el funcionamiento del sistema de trenes y me subí al de la línea correspondiente. Sin embargo, cambié de idea de hacia dónde ir, y es que durante el transbordo me topé con un anuncio que llamó mi atención.

¿Quieres ser actor?
¡Preséntate ya al casting para Al borde del abismo!

Me paré en seco para leer la letra pequeña del anuncio. En él rezaba que se necesitaban extras de fondo para la nueva película de acción que se estaba rodando, y la ubicación de los estudios cinematográficos en donde se llevaban a cabo las audiciones, incluida parada de metro.
Recordé con nostalgia todas las veces que le aseguré a mi abuelo Lawrence que sería una gran directora de cine. Cuando era pequeña soñaba con ser actriz, pero al entrar en la adolescencia y entender cómo funcionaba el mundo que había detrás de las cámaras, inmediatamente quise formar parte de él.
—¡Seré la mejor directora de cine de todos los tiempos, abuelo! –solía decirle –. Rodaré películas que harán temblar al propio Spielberg, ya lo verás. Y pasearé por la alfombra roja en las galas de los Óscar, y llevaré esos vestidos tan preciosos que llevan las estrellas de Hollywood, y todo el mundo me admirará porque seré la directora más joven, guapa e inteligente de la historia. ¡Vas a tener que hacer una habitación en la mansión solo para todos los premios que voy a ganar!
Mi abuelo se reía de mi excesiva seguridad en mí misma, pero me apoyaba incondicionalmente en mi sueño, y cada vez que salía a dar una vuelta regresaba con alguna revista o algún libro sobre cine bajo el brazo. Yo no podía sino devorar aquellos libros, intentando aprender lo máximo posible e imaginándome a mí misma haciendo todo aquello de lo que hablaban...
Sacudí la cabeza para alejar esos recuerdos de mi cabeza, memoricé rápidamente la dirección y el pequeño mapa esquemático que venía adjunto y me encaminé hacia allí.
Al salir a la superficie, no pude evitar quedarme nuevamente petrificada ante la majestuosidad de los edificios que ante mí se alzaban. Me iba a costar mucho acostumbrarme a aquella ciudad, a sus altos rascacielos y a su enérgico ritmo de vida. Todo eso era tan diferente de lo que había conocido en Twinbrook... Un ramalazo de nostalgia volvió a acosarme, pero lo ahuyenté rápidamente. Eso era justo lo que iba buscando, me repetí. El cambio más radical posible.
Los estudios cinematográficos de Plumbob Pictures eran muy distintos a lo que me había imaginado. Era un edificio muy diferente, de una sola planta, que parecía construido un poco de cualquier manera, con chapa metálica y materiales prefabricados. Se erigía tras una enorme plaza con una regia fuente que le daba un aspecto un poco más respetable al lugar, y junto al edificio en sí había un espacio cercado con unas altas vallas de acero que, suponía, sería el lugar donde se realizaría el rodaje de ciertas escenas al aire libre. Tras lo que imaginé sería la entrada al lugar había una cola de gente kilométrica, seguramente toda aquella que como yo había leído el anuncio del metro. De pronto comencé a sentir una emoción que hacía demasiado tiempo que no sentía, cuando me descubrí deseando averiguar qué había detrás de aquellas vallas y aprender de primera mano la manera de producir las películas que tantas veces había visto y sobre las que tanto había leído. Sin poder esperar ni un segundo más, me situé tras la última persona de la gigantesca cola y esperé.
Las horas transcurrieron de manera tan lenta que a poco estuve de dar media vuelta y buscar cualquier otro empleo. Además, los tacones me estaban matando, y me pregunté más de un millón de veces por qué habría escogido llevar esa clase de zapatos precisamente ese día. ¿Cómo se podía ser tan estúpida? Pero aquel era mi sueño desde que era niña, y no sabía cuándo volvería a tener una oportunidad semejante. Debía al menos intentarlo.
Me aburría muchísimo, y eso sumado a la impaciencia y la emoción que sentía de imaginarme trabajando en aquel lugar, al nerviosismo que me producía la idea de no conseguirlo y la ansiedad que me generaba el recuerdo del que entonces era mi “hogar” estaba logrando que lo pasara realmente mal. Me sentí tentada de hablar con cualquiera de las personas que se encontraban a mi alrededor, pero, cuando estaba a punto de hacerlo, me echaba para atrás. ¿Qué se suponía que iba a contarles sobre mí? ¿Que acababa de mudarme y vivía en una choza de mala muerte rodeada de las mansiones de la gente famosa de Bridgeport? Eso ni en broma. Aunque aún no conocía a nadie más que la indeseable de Natalie Taylor y los dos taxistas que me habían llevado de un lugar a otro y era consciente de mi necesidad de conseguir amigos sí o sí, no deseaba ganarme la amistad de nadie por compasión hacia una pobre vagabunda. Además, toda aquella gente estaba allí porque esperaba llegar a ser alguien en la vida, deseaban codearse con las altas esperas y, algún día, formar parte de ellas. Al menos eso era lo que yo quería, y no tenía ninguna intención de permitir que nadie supiera de mi condición real hasta que, como poco, consiguiera vivir en una casa normal y no en una asquerosa cabaña sin ducha, cocina, luz, parqué ni cerrojo en la puerta. Pero en esos momentos tampoco estaba preparada mentalmente para ponerme a mentir sobre mi vida, más que nada porque tampoco sabía qué inventarme, así que acabé por reprimir mis ganas de interactuar con aquellos extraños y me limité a esperar mi turno.
La cola avanzaba muy despacio, pero, tras mucho, muchísimo tiempo, logré llegar a la puerta metálica de entrada. Un hombre nos iba permitiendo el acceso con cuentagotas, cuando le notificaban desde dentro la disponibilidad de huecos libres. El gorila me paró justo cuando me tocaba a mí entrar y aún me tocó esperar un rato más, pero, al fin, horas después de haberme puesto a la cola, estuve dentro.
La sala estaba abarrotada de gente de ambos sexos. A muchos de los presentes se los veía claramente inquietos, moviendo la pierna nerviosamente, como impulsados por un resorte, sumidos en sus propios pensamientos. Otros hablaban entre ellos, algunos tranquilamente, otros histéricos perdidos, y otros realizaban ejercicios de respiración y concentración, tratando seguramente de poner en práctica la teoría que algún fracasado en la vida les había enseñado (¿o acaso se habrían dedicado a impartir clases de arte dramático de haber triunfado?). Mirándolos a todos, me di cuenta de que yo llegaba allí sin ningún tipo de preparación en artes escénicas. Cuando tuve oportunidad, no la aproveché, pensando que el club de teatro del instituto no me iba a aportar nada, puesto que lo que yo quería no era actuar, sino dirigir. Y cuando por fin me di cuenta de que ambas cosas estaban íntimamente relacionadas, mi abuelo había muerto y no me había quedado más remedio que llenar mi horario extraescolar trabajando, ya que por aquel entonces aún aspiraba a un futuro universitario.
La universidad... Qué lejano quedaba todo aquello.
Así que allí estaba, esperando que me cogieran para un trabajo para el que no tenía ni la más mínima preparación, simplemente porque era mi única vía posible de llegar a mi meta final. Comencé a sentir los nervios a flor de piel por motivos en los que ni siquiera había reparado durante todas las horas anteriores que me había pasado haciendo cola.
En ese momento, una puerta se abrió y entraron un hombre y una mujer. Mientras la mujer comenzaba a vociferar nombres de gente, el hombre nos repartió a todos los presentes una carpeta con unos cuantos papeles que debíamos rellenar. Protocolo, nos dijo. Mientras miraba con expresión de extrañeza al hombre, tratando de averiguar lo que realmente ocultaba ese “protocolo”, me hice con un asiento que habían dejado libre y me dispuse a rellenar el papeleo.
En esas hojas infernales preguntaban demasiadas cosas. Aparte del nombre y el apellido, se pedía información acerca del peso, la altura y diversos rasgos físicos. Qué estupidez, pensé estupefacta mientras procedía a contestar tanta porquería, ¿para qué quieren saber de qué color tengo los ojos si me van a ver ahora?
Luego venían preguntas acerca de cosas más prácticas, como disponibilidad de horarios, formación, etcétera, pero, mientras mordisqueaba el boli que me habían dado intentando decidirme por qué contestar a ciertas preguntas, la mirada se me desvió hacia el cuestionario de la persona que tenía al lado y no pude evitar leer algunas de las respuestas que estaba dando.
¿Peso, cincuenta y cinco kilos? ¿Pelo rubio y largo? ¿Ojos verdes? Definitivamente era hora de que ese tío se comprase un espejo, pensé mirando de arriba a abajo al gordísimo y poco agraciado autor de tales falacias.
El hombre se debió de dar cuenta de que lo estaba observando, porque en un momento dado se volvió hacia mí y, tras echar una mirada de reojo a su montón de mentiras, se encogió de hombros, me sonrió y me dijo:
En este lugar o miento como un bellaco o jamás cruzaré esa puerta.
Y volvió a sumergirse en su ardua tarea.
Las palabras de mi orondo compañero me dieron qué pensar. Releí las preguntas del cuestionario, y entonces todo cobró un sentido. Pues claro, hacían criba para no perder tiempo con gente que no cumpliera un perfil que les interesase, me percaté. Qué tonta, ¿cómo no me había dado cuenta antes? Aquellos estudios tenían una reputación, no aceptarían al primero que cruzara la puerta.
Eché un nuevo vistazo al hombre que me había dado la clave, mirándolo con ojos nuevos, y estudié fugazmente sus respuestas. A continuación, volví a clavar la vista en las preguntas en las que me había quedado atascada, las que me pedían información acerca de mi preparación profesional. Dudé unos momentos.

jueves, 18 de junio de 2015

La ruleta rusa

Este relato corto fue escrito hace unos cinco años. Lo redescubrí hace poco y, aunque ahora lo reescribiría prácticamente entero, quería compartirlo íntegro con vosotros. Espero que os guste.

¡Te han descubierto! –grité mientras entraba en tropel . Van a arrestarte. No hay tiempo.
No hubo respuesta. La puerta se cerró tras de mí con un chirrido, y sentí cómo la soledad me tapaba con su frío manto. Lo único que mis ojos podían ver era la oscuridad que reinaba en la habitación. Afuera no se oía más que la incesante lluvia que apedreaba la ventana, donde quiera que estuviese. Pero entre las cuatro paredes que me rodeaban no existía más sonido que el de mi desesperada respiración.
Mi pecho subía y bajaba frenéticamente. Me alarmé. ¿Y si no estaba allí? No quería ni imaginarme lo que podría llegar a ocurrir si resultaba que no podía hacer nada por evitar el castigo que la justicia le impondría… Sacudí la cabeza, intentando alejar aquellos pensamientos de mi mente, y me obligué a respirar hondo y contar hasta tres. Deslicé una mano por la pared que se hallaba a mis espaldas, buscando un interruptor, pero súbitamente recordé que en esa habitación no había ninguna lámpara. Por un momento me encontré desolada, pero luego decidí que esperaría pacientemente a que él hablara.
Porque yo sabía que él estaba allí.
Cada segundo que pasaba se me antojaba una eternidad. Permanecí inmóvil, paralizada por la angustia, concentrándome en que mi cerebro no empezara a construir hipótesis catastrofistas y agarrándome a la tenue esperanza de que pronto escuchara su voz.
Entonces, la luz de un relámpago inundó la habitación, y unas décimas de segundo después se oyó el estruendo procedente de un trueno. Parpadeé varias veces. Frente a la ventana había podido ver recortada la figura de un hombre de espaldas.
Sé que estás ahí –tartamudeé en susurros . Te he visto.
La figura se giró bruscamente alzando el brazo en mi dirección. Me sobresalté al descubrir que podía seguir viéndole, y deduje que mis pupilas ya se habrían acostumbrado a la oscuridad. Entonces, me di cuenta de que el hombre tenía algo en la mano. La sangre se me heló en las venas.
Era un revólver.
Me quedé petrificada. Mi cerebro se quedó en estado vegetativo por unos segundos, y cuando volvió a funcionar un millón de preguntas me torpedearon sin dejarme apenas respirar. No podía creerlo. No quería creerlo. Aquello no podía estar sucediendo. ¿Por qué iba a hacerlo? Yo creía… Yo pensaba... No, eso no tenía sentido. Yo sabía que me amaba. Entonces, ¿por qué me estaba apuntando con ese arma? Tenía que haber algo detrás. De pronto, comenzó a avanzar hacia mí con paso decidido.
Mis esperanzas se esfumaron de un soplido. A cada paso que daba sentía cómo el peso del mundo se hundía más y más sobre mis hombros. Y cuando al fin mi aterrada mirada se cruzó con el verde azulado de sus ojos, comprendí que no volvería a verlos jamás.
Quería gritar, quería preguntarle por qué hacía eso, pero el hielo de sus irises me había dejado a la deriva en medio de un montón de nieve y mis labios no podían dejar de temblar. Entonces, dejó el revólver sobre la mesa de madera que nos separaba.
Me quedé de una pieza. Estaba bloqueada por el giro que habían dado los hechos. Se había sentado en una de las sillas que rodeaban la mesa y me miraba fijamente. No me iba a matar. Un enorme alivio recorrió todos los rincones de mi cuerpo, y al fin reaccioné. Apresuradamente, me senté en otra silla sonriendo de oreja a oreja; por alguna extraña razón, me sentía inmensamente feliz.
¿Conoces el juego de la ruleta rusa? –me preguntó.
La sonrisa se congeló en mi cara. Alguna vez había leído en internet algo sobre aquel estrambótico juego, y no resultaba muy atractivo. Uno de los jugadores debía meter una sola bala en un revólver y girarlo sobre una mesa. A quien señalara el arma al parar, le tocaba apuntarse en la sien y apretar el gatillo. Si no salía la bala, el revólver pasaba a su compañero de al lado, y así hasta que alguno de ellos fuera el desafortunado que perdiese la vida. Tragué saliva y asentí lentamente con la cabeza, sin saber a dónde quería llegar a parar. Él se metió las manos en los bolsillos y sacó una pequeña bolsa tintineante y otro revólver que depositó en el centro de la mesa, junto al primero. Luego, sacó una bala de la bolsa, abrió el tambor de uno de los revólveres y la metió.
Ésta es una variante del juego –me explicó mientras sacaba otra bala de la bolsa y me la ofrecía . Toma, métela en el otro.
Me quedé muda por unos momentos.
¿Qué… qué quieres decir?
Hazlo –ordenó en un tono que no admitía réplica.
Atónita, cogí la bala con una mano temblorosa y la metí en el otro revólver lo mejor que pude, imitándole a él.
Te explicaré las reglas –continuó, mientras me quitaba el revólver de las manos y giraba el cilindro .  Dos jugadores meten una bala en cada uno de los dos revólveres con los que van a jugar, giran los cilindros y se sortean las armas haciéndolas dar vueltas sobre la superficie de una mesa. Luego se apuntan a sí mismos en la sien, tal y como se hace en la ruleta rusa original, y aprietan el gatillo. Entonces pueden ocurrir tres cosas: que uno de ellos muera, que mueran los dos o que no muera ninguno. En este último caso, ambos jugadores deberán seguir apretando el gatillo hasta que uno de ellos muera, o hasta que lo hagan los dos. Bien, ahora gira tú el cilindro del otro revólver.
Me quedé mirándole unos momentos, sin saber por qué me lo pedía. ¿Acaso estábamos cargando las armas por si acaso nos pillaban cuando saliéramos de allí? Si era así, ¿a qué venía todo el rollo de la ruleta rusa? ¿Sería simplemente una metáfora? ¿Estaría haciendo una comparación referente a lo que su mente calculadora estaba maquinando? Decidí creerlo así, y acaté su petición obedientemente.
Cuando hube dejado de nuevo el revólver sobre la mesa, él lo hizo girar. El arma empezó a dar vueltas rápidamente, y él me señaló el otro para que yo siguiera su ejemplo. La velocidad del primero ya estaba menguando cuando el segundo comenzó su baile, y finalmente paró. La boca del revólver señalaba en mi dirección, pero él no dijo nada. Se quedó observando las dos armas hasta que la otra paró, y fue entonces cuando se hizo con la última y me dio la primera.
¿Vamos a ir a algún lado? –pregunté.
Él dejó escapar una risilla apenas audible.
Eso depende del resultado.
De golpe, entendí cuáles eran sus intenciones.
Él quería que jugáramos.
No. Me niego.
Tiré el revólver al centro de la mesa y me crucé de brazos. Él suspiró largamente.
En ese caso me iré y no volverás a verme jamás.
Me quedé sin respiración. Iba en serio. Había utilizado esa amenaza porque realmente quería jugar. Quería morir… o que yo muriera.
¿Por qué?
Creo que ya he hecho suficiente daño al mundo.
¿Y no hay otra opción?
No. Dejaré que lo pienses –se puso de pie y volvió a la ventana . Avísame cuando hayas decidido.
Abrí la boca para quejarme, pero sabía que no me escucharía. Había tomado una decisión y nada podría hacerle cambiar de parecer.
Un escalofrío recorrió mi médula espinal. Si me negaba, él se marcharía y jamás volvería a saber de él. Sería peor aún que si hubiese muerto, porque seguiría vivo y podría seguir matando. Y si le cogían, si yo no podía evitarlo, no creía que pudiera continuar…
Pero si aceptaba jugar y él moría… Me estremecí solo de pensarlo. Si él moría mi vida dejaría de tener sentido. No estaba segura de cuánto tiempo podría seguir viviendo. Pero entre que muriese y no volverle a ver nunca jamás, prefería que muriera.
Qué egoísta por mi parte, pensé, sobresaltada. Yo le quería, así que lo lógico era desear lo mejor para él. ¿Qué persona podría desearle la muerte a su amado? Era absurdo. Lo mejor era olvidarse de aquella tontería e irse cada uno por su lado, aunque las cosas perdieran el color para mí. Entonces recordé el rostro aterrado de Sonia.
¡Tú estás loca! –me había dicho . ¡Estás completamente mal de la cabeza! Tú quieres que te arresten por cómplice, ¿no? Eso si él no te mata antes, ¿verdad? ¡Es un asesino psicópata! ¿O es que no lo recuerdas?
Sus palabras retumbaron por mi cabeza. A pesar de que el terror de la escena que estaba viviendo me impedía pensar con claridad, hice un esfuerzo e intenté ver las cosas desde otro punto de vista. En realidad, tanto Sonia como el resto del país deseaban fervientemente que se le capturara y que no volviera a ver la luz del sol en lo que le quedara de vida. Si le encontraban muerto sería un gran alivio para todos. Y precisamente eso era lo que él quería hacer: quería poner fin a todo, pero en vez de hacerlo y ya está había pensado en mí. Porque me amaba, pensé con lágrimas en los ojos, porque sabía de sobra que yo moriría de dolor tras él. Así que, quizás… Quizás lo más apropiado era que muriéramos los dos.
Me sequé las mejillas húmedas con la manga de la chaqueta y cogí aire. Él había decidido dejarlo todo en manos del azar que suponía aquel macabro juego, y había cambiado las reglas para que cupiera la posibilidad de que muriéramos los dos. Sería una muerte rápida y apacible, y estaría junto a él durante el resto de la eternidad, si es que había algo después. Pero él también había considerado la posibilidad de que solo muriera yo. ¿Qué sentido tendría? ¿Acaso mi muerte sería lo que decidiera que él siguiera asesinando? O a lo mejor… a lo mejor después de todo yo no fuera más que una pieza de su juego y ahora me convirtiera en una víctima más… No podía olvidar que era un asesino y, como tal, trucaría las armas para que él sobreviviera…
¡Trucos! Me di un manotazo en la frente. ¡Claro, tendría truco, como todo lo que hacía! Él ya sabía si habría un ganador y, en ese caso, quién sería. ¡Lo tenía todo planeado! Así que, si él me quería (y yo estaba completamente segura de que así era, por algo me llamaban la lectora de mentes), todo acabaría bien… dentro de lo que cabía. O tal vez no.
Bien, pues que fuera lo que él quisiera.
Jugaré –anuncié.
Él se dio la vuelta y se volvió a sentar relajadamente. El pulso se me fue acelerando a medida que él cogía su revólver y lo situaba con la boquilla pegada a su sien derecha. A continuación me señaló con la vista el otro. Fríos sudores comenzaron a recorrer todo mi cuerpo. Con el corazón latiendo a una velocidad endemoniada en mi boca, cerré mis dedos temblorosos alrededor del otro revólver y le imité. El simple contacto de mi piel con el arma me hizo dar una sacudida.
Oí en mi cabeza miles de voces gritando desesperados que no lo hiciera, que era una locura, voces que desgraciadamente conocía demasiado bien. Sonia, Marcos, papá y mamá… Adrián…
Uno, dos, tres –contó él.
Me tragué todas aquellas voces y, sin apartar la mirada de la suya, apreté el gatillo.
Muy quieta, cerré los ojos, esperando mi final. Los segundos transcurrieron perezosos, y tardé otros pocos más en darme cuenta de que seguía viva. Aterrorizada, abrí los ojos, pero él seguía ahí, mirándome. Esbozó media sonrisa. Yo no pude hacer más que devolvérsela estúpidamente. Sí, seguía vivo. Eso me alegraba, pero lo único que significaba era que la muerte estaba cada vez más cerca.
Estaba completamente aterrada. En aquellos últimos momentos me cuestionaba lo que no me había cuestionado en mi vida. ¿Qué habría después? ¿De verdad existirían el cielo y el infierno? ¿Iría yo al infierno por haber encubierto a un asesino? La tortura eterna no podía ser tan mala si podía estar junto a él… De hecho, pensé, la tortura sería peor si fuera al cielo. Me imaginé sobre una espesa nube, con unas gigantescas alas blancas a mi espalda y tratando de disfrutar del delicioso sabor de la fruta más exquisita que nadie pudiera imaginar, que se tornaba horriblemente amargo al pensar en que, mientras tanto, él estaría abrasándose entre las llamas del inframundo… Sufriendo mientras yo estaba condenada a disfrutar.
Pero, ¿a dónde irían realmente nuestras almas? ¿Se convertirían en espíritus errantes que vagarían por la Tierra hasta que llegara el fin del mundo? ¿Y a dónde irían después? ¿O es que cuando muriéramos nuestras almas morirían con nuestros cuerpos? Si no eran más que parte de nuestro cerebro y éste dejaba de funcionar…
Su voz interrumpió mis pensamientos.
Uno, dos, tres.
Clic.
Nada. Seguíamos mirándonos a los ojos. Mis nervios se dispararon. ¿Es que no íbamos a morir nunca? ¿Cuánto tiempo más tendría que soportar aquella angustia? En ese momento me arrepentí de haber accedido a jugar. ¿De verdad habría llegado mi hora? ¿Por qué me había expuesto a la muerte de esa manera? Todo me parecía tan irreal… Mi vida quedaba atrás vacía. Todo lo que había hecho para nada… Y todas mis ilusiones quedarían encerradas para siempre en un cadáver. ¡Con lo fácil que habría sido negarme! Pero entonces seguiría viva, y él como si estuviera muerto. Y la soledad siempre es peor que la muerte.
De repente, algo cambió en sus ojos. Fue tan solo un instante, lo suficiente como para percatarme de que algo iba mal. Sentí que el aire no me llegaba a los pulmones.
Había llegado la hora.
Él supo enseguida lo que estaba pasando por mi mente, y una sonrisa maliciosa se dibujó en su hermoso rostro.
Adiós, Daniela.

viernes, 5 de junio de 2015

Iván (II): Solo toda la vida

¡Eh, Iván, cuidado!
La advertencia llegó demasiado tarde. El balón golpeó con fuerza la cabeza del chico y le provocó un dolor sordo que lo dejó atontado durante unos largos segundos. Por un instante el tiempo se paró, al igual que la actividad cerebral de Iván, cosa que momentos antes le hubiera parecido imposible visto que Clara no parecía muy por la labor de abandonar sus pensamientos.
Enseguida recuperó la consciencia, y fue entonces cuando escuchó el reproche de su amigo Álvaro Manzanares:
¡Joder, Iván, tronco, estás en la parra!
Manza lo había dicho muy cabreado, pero todos le rieron el juego de palabras que había hecho con el apellido de Iván, Parra. Iván chasqueó la lengua, cansado del chistecito, pero Manza no parecía haberlo dicho en tono de broma.
Tío, joder, céntrate, vamos a perder por tu culpa –ladró, mientras recuperaba el balón y se lo pasaba a Iván.
Él de pronto se sintió muy imbécil a la vez que cabreado. Buscó la mirada de Sergio, su mejor amigo, y chutó el balón en su dirección mientras volvía a sumergirse en sus pensamientos.
Él no tenía la culpa de no estar atento al partido. Ni siquiera le gustaba el fútbol, sólo había accedido a ser el portero como favor hacia sus amigos porque les faltaba una persona y Sergio había insistido. No había prometido ser el mejor portero del mundo ni asegurarles la victoria, ni esa vez ni ninguna. Y vale que ese día estuviera especialmente despistado, pero, joder, ellos ya sabían a lo que se atenían cuando Iván jugaba. 
Después de que a Iván le colaran dos flagrantes goles, el partido acabó en un dos a uno, en detrimento del equipo de Iván. Manza se largó de allí sin más ceremonia, hecho un basilisco, y el resto del equipo se acercó a la portería de Iván.
Joder, tío, ¿qué te ha pasado? –preguntó Sergio, preocupado . Hoy estabas especialmente manta.
Lo siento, tíos –se disculpó él, ligeramente avergonzado de su papel en el partido . No sé qué me ha pasado, hoy estaba más descentrado que otros días.
Edu Rivas, un chaval bajito y desgarbado que no era el que mejor le caía a Iván precisamente, vio su oportunidad y entró al trapo:
¿Seguro que no lo sabes? Yo diría que lo tienes bastante claro... –dijo con una sonrisa maliciosa, recalcando la última palabra.
Iván le dirigió una mirada fulminante. Había cazado al vuelo la insinuación de su compañero. Edu le respondió ensanchando aún más la sonrisa. 
Rivas siempre hacía lo mismo. Nunca ayudaba, siempre se quedaba al margen buscando su oportunidad para echar leña al fuego y meter el dedo en la llaga cuando era lo último que se necesitaba. Y parecía tener una fijación especial con Iván, por alguna razón que se escapaba a la comprensión del chico.
Por desgracia, no fue Iván el único que pilló el chiste. El resto del grupo intercambió unas risitas y miraditas vacilonas antes de entrar al trapo.
Iván recibió un codazo cariñoso por un costado.
¿Qué, pillín? –dijo Quique Martín, el remitente del codazo . ¿Cae o no cae?
Iván negó con la cabeza, apesadumbrado.
Ni cae ni caerá. Jamás dejará de verme como a un hermano mayor.
Eso es porque te comportas como un hermano mayor –intervino su amigo Guille Andrade, un chico alto y de bastante buen ver que acostumbraba a alardear de sus conquistas . Deja de actuar como un pringado y caerá rendida a tus brazos.
¿A qué te refieres? –quiso saber Iván, algo cohibido por la acusación de su amigo.
Guille se encogió de hombros.
Simple. Pasa de ella.
Iván sacudió la cabeza, alarmado por la sugerencia.
Pero, ¿cómo quieres que pase de ella? –«¡si la quiero!», estuvo a punto de decir, pero enseguida se mordió la lengua. No quería provocar que sus amigos volvieran a burlarse de él, aunque no lo hicieran a mala fe.
Tío, Guille tiene razón –coincidió Quique, que aún seguía amarrado a los hombros de Iván . Las tías son muy raras, pasas de ellas y de repente se vuelven locas por ti y no te dejan en paz.
Iván le dirigió a Quique una mirada dubitativa. Conocía el historial de Guille y, por lo que contaba, no se le podía llamar un buen tío precisamente.
No sé, chicos. No creo que las cosas funcionen del todo así.
Tronco, Iván, hazle caso a Guille, que para eso es el master en estas cosas –intervino otro chico llamado Carlos Soria, al que todos llamaban Charlie . O si no si tan claro tienes que no le molas olvídate ya de ella, que eres un brasas. La chica tampoco es para tanto.
El comentario de Charlie le dolió un poco, pero hizo un esfuerzo por tragarse su orgullo. Se disponía a zanjar el tema, cuando otro de sus amigos, Jaime Fernández, se adelantó a la hora de hablar.
Es verdad, tío, ¿por qué te mola tanto? Lo único que tiene son los ojos.
La verdad es que los ojos de Clara son una pasada –coincidió Quique.
Pero tiene un boca muy fea, con los dientes torcidos –continuó Jaime . Y es un tapón.
Y además está plana –aportó Edu, que nunca faltaba a la hora de meter cizaña.
Todos asintieron efusivamente ante la observación de Edu.
Pues qué queréis que os diga, yo me la tiraba –dijo Guille.
¡Tú te tirarías hasta a un oompa loompa! –entró al trapo Peralta, el otro Álvaro del grupo . Con tal de meter el churro te da igual la taza.
La diferencia es que yo la meto –replicó Guille sin perder ni un ápice los nervios . A ti el oompa loompa te rechazaría.
Hubo una exclamación generalizada entremezclada con risas ahogadas, y a partir de ahí el tema se desvió en una especie de batalla acerca de quién tenía más sexo y quién conseguía a las chicas más guapas. Iván desvió la mirada hacia Sergio, aún rumiando las palabras de sus amigos acerca de Clara, y le preguntó directamente.
¿Tú qué opinas?
¿Eh? –Sergio, que no había abierto la boca en toda la conversación, salió de pronto de su ensimismamiento . Hombre, Clara no es ninguna sirena, pero tampoco está tan mal...
No, idiota –replicó Iván . Me refiero a lo que ha dicho Charlie, lo de que la olvidase.
¡Ah, eso! Pues... –Sergio hizo una pausa, meditando bien sus palabras . Ya sabes lo que opino, Iván... No eres tú quien decide quién te gusta, pero...
No habló más, y no hizo falta. Iván ya sabía lo que Sergio quería decir, y que ya le había dicho en alguna que otra ocasión: Iván llevaba demasiados años detrás de Clara, y hasta la fecha ella no había respondido. ¿Por qué seguía insistiendo? Tenía asumido desde hacía tiempo que ella no le correspondía, pero, ¿por qué no era capaz de desistir y continuar con su vida?
Tío –dijo Sergio, percatándose de la expresión que había adquirido el rostro de Iván , yo no quiero decir que nunca vayas a estar con ella… No sé, tal vez necesita más tiempo para darse cuenta. Lo que quiero decir –se apresuró a continuar antes de que Iván pudiese replicar –es que dentro de poco vas a ser mayor de edad y todavía no te has liado con ninguna tía. Y yo no entiendo mucho de estas cosas, pero creo que no estás mal y que tendrías posibilidades con muchas.
Hombre, gracias.
Ya sé que me vas a venir con ese rollo de que no lo necesitas y todo eso, pero… En serio, tío, no puedes seguir así. ¿Qué vas a hacer, seguir solo toda la vida?
Iván meditó las palabras de Sergio, pensando por primera vez en ello. Sabía que su amigo estaba en lo cierto, pero se le hacía extraña la idea de una vida en la que no estuviera Clara, aunque no fuese para compartirla juntos.
No lo sé –respondió finalmente tras un breve silencio . Supongo que tienes razón.
Sergio le palmeó la espalda a Iván.
Eh, tío, venga, no te vengas abajo. Lo que necesitas es conocer gente nueva. ¿Qué te parece si salimos este finde a liarla por ahí?
El concepto “liarla por ahí” era completamente contrario a Iván, pero no pudo evitar sonreír ante el intento de su amigo de animarlo.
Iván asintió brevemente con la cabeza. Sergio correspondió a su sonrisa con otra aún más amplia, visiblemente feliz, y lo palmeó aún más fuerte antes de abrazarlo.



lunes, 18 de mayo de 2015

Victoria (III): Silvertone Way

El atasco era infernal.
Me maravillaba de cómo estaba aprendiendo a odiar aquella masa descomunal de vehículos cuando apenas unas horas antes le había encontrado todo el encanto del mundo. Por un momento me alegré de no necesitar el dinero para comprar un coche. A medida que los minutos se escurrían de manera horriblemente lenta, la decisión espontánea de no tener uno jamás en mi vida en Bridgeport iba tomando más consistencia. Ni volvería a coger un taxi. Nunca.
El metro era un concepto nuevo para mí. En Twinbrook no había, y la verdad era que no había salido mucho de mi ciudad natal, pero cada vez se me hacía más atractiva la idea.
Después de lo que a mí me pareció una eternidad, el taxi logró salir con un esfuerzo casi titánico del ejército de vehículos que hormigueaba lentamente por una de las carreteras principales y tomó una salida para cruzar el puente de Bridgeport.
Nunca en mi vida había visto nada parecido. A pesar de haber visto la famosa obra de ingeniería en internet, nada me había preparado para la proporción desorbitada que tenía respecto a la escala humana. Si alguna vez anteriormente me había sentido como un insecto, desde luego ese momento se llevaba el primer puesto.
Cruzamos el gigantesco puente colgante para llegar a la parte menos edificada de Bridgeport. La zona que, según me había dicho la señora que tan amablemente me había atendido antes, correspondía al área rica de la ciudad. Y no me había mentido; a sendos lados se erigían imponentes y modernas mansiones, todas cercadas por altísimas verjas o muros que también tenían apariencia de costar un dineral, como si lo que había dentro de la casa fuese incluso más valioso que la edificación en sí.
¿Acaso...?
—Perdone –intervine mientras me inclinaba hacia la parte delantera del taxi –. ¿Es posible que viva por aquí alguien famoso?
El conductor emitió un sonido a medio camino entre un bufido y una risa.
—Alguien famoso, dice... Aquí vive toda la flor y nata de Bridgeport, jovencita. ¿Ve ese caserón? Ahí vive nada más ni nada menos que Matthew Hamming.
Sacudí la cabeza, sorprendida.
—¿El actor?
—¿Qué otro, si no?
Me quedé boquiabierta.
—¿Así que en todas estas casas vive gente famosa?
—Así es –asintió el taxista –. ¿De qué planeta vienes? ¿Por qué visitas la zona rica de Bridgeport si no? ¿Eres alguna de esas paparazzis encubiertas? ¿O una investigadora de pacotilla tratando de pasar desapercibida?
Sacudí la cabeza, aturdida por tantas preguntas.
—¿Qué? Nada de eso. Vivo aquí.
El conductor alzó las cejas.
—¿Y por qué no te conozco? ¿Eres familiar de alguien?
—No, simplemente me estoy mudando ahora.
—Vaya, conque una niña rica...
Me mordí la lengua, sin querer pensar en la cara que iba a poner el taxista cuando descubriera que mi "nueva casa" no era más que un lote vacío. Pero de momento no me iba a rebajar a que pensara que era una simple mendiga. ¿Acaso no procedía de la familia más rica de Twinbrook? Era perfectamente creíble que pudiera comprar una casa en ese área.
El taxi ascendió por una última pendiente, giró una última curva y estacionó en lo que, parecía, era el medio de la nada.
—Silvertone Way, 302, ¿no?
—Sí –respondí, con el pulso latiéndome a una velocidad endemoniada.
El taxista bajó del coche y procedió a sacar mi equipaje. Yo respiré hondo, con mi cerebro en marcha, maquinando la coartada con la que iba a engañar al taxista para salir airosa de esa ridícula situación, y a continuación lo imité.
Me acerqué a mi acompañante sin estar dispuesta aún a mirar el aspecto de mi nuevo hogar. El taxista me cedió mi maleta, dirigiéndome una mirada recelosa. Yo le respondí con una desafiante al tiempo que tomaba mi maleta de sus manos, y di media vuelta.
En mitad del solar se erigía una pequeñísima cabaña.
Aquella visión me dejó patidifusa, pero procuré que el conductor no lo notase. Volví a girarme hacia él y pregunté por el precio de la excursión.
Mientras pagaba, el hombre no dejaba de observarme con un aire entre divertido, sorprendido y extrañado.
—¿Así que es aquí donde te mudas, niña rica? –se burló.
Le dediqué una mirada cargada de escepticismo y altanería, con la cabeza bien alta.
—No creo que esté dentro de su trabajo indagar o cuestionar los motivos por los que sus clientes van a un sitio u otro, así que le sugiero que se limite a aceptar el dinero y marcharse. Pero si tan interesado está, sí, este solar es mío. Lo he adquirido para construir aquí el que será mi nuevo hogar, y he venido a echarle un vistazo. ¿Alguna pregunta más?
El taxista se quedó mudo. Bajó la mirada como un cachorrito al que acabaran de regañar.
—Perdóneme, señorita. ¿Quiere que espere aquí mientras mira para llevarla a algún sitio más?
—¿De verdad cree que después de haberme faltado al respeto voy a seguir pagándole por sus servicios? –hice un gesto despectivo –. Lárguese, por favor.
El taxista refunfuñó una despedida y volvió a meterse en el vehículo a regañadientes. Una vez se hubo marchado, me percaté de que llevaba tiempo reteniendo el aire y volví a respirar.
Estaba hecha un flan, y tuve que contenerme para que las lágrimas no corrieran por mis mejillas. Me sentía tan miserable... Frente al taxista no había podido permitirme perder el estatus, pero ahora debía comerme mis propias palabras y digerir su veneno.
Volví a alzar la vista hacia la casita que, ante mi gran sorpresa, ocupaba ese solar. Era minúscula, enteramente construida con tablones de madera, y no disponía de ventanas. Avancé hacia ella, cautelosa. ¿Quién había construido esa cabaña? ¿Acaso estaría ya ocupada por alguien?
Llamé a la puerta, pero no obtuve respuesta. Unos segundos más tarde volví a llamar. No sucedió nada. Suspiré, nerviosa, y finalmente cogí aire y accioné el pomo.
La puerta se abrió con un quejido chirriante. El interior estaba totalmente a oscuras, así que la luz que se coló del exterior al principio fue insuficiente. Tanteé instintivamente en una de las paredes en busca de un interruptor, pero lógicamente no hallé uno, así que esperé con cierta impaciencia. Una vez mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude discernir un espacio pequeñísimo, de no más de dos metros cuadrados, con una cama de metal oxidado sobre la que descansaba un colchón viejo, una nevera sin mucha pinta de estar operativa y un váter. La casa no tenía suelo, se alzaba sobre la misma hierba del solar, y eso me hizo preguntarme qué harían exactamente una nevera y un váter en aquel reducidísimo espacio y, lo que era aún más inquietante, quién sería el inquilino de ese hogar.
Me pregunté qué debía hacer en ese instante. Desde luego esa choza aparecida como si de un espejismo se tratase era mejor que dormir a la intemperie, pero, ¿cuánto tardaría su ocupante en aparecer? ¿Debía habitarla tranquilamente? ¿Y qué haría si tenía que salir? ¿Qué iba a hacer con mis cosas? ¿Iría cargando con la maleta a todas partes? Eran demasiadas las preguntas que circulaban por mi cabeza y ninguna parecía tener una respuesta clara.
Decidí sentarme sobre la cama y esperar por un rato a alguien, quien fuera. 
De pronto me asaltó una preocupación que hasta ese momento había tratado de rehuir. Abrí mi bolso, saqué la cartera y comencé a contar el dinero que me quedaba.
El resultado me dejó blanca como la tiza.
—Diez dólares –dejé escapar en un murmullo, estupefacta.
Tenía que encontrar un trabajo cuanto antes. De lo contrario no solo no tendría techo, sino tampoco comida.
Si había alguien ocupando esa choza dejada de la mano de Dios, tendría que esperar para averiguarlo. Como si un resorte me hubiera propulsado, me puse en pie de un brinco y arrastré la cama a duras penas, hasta que dejé el lugar que ocupaba libre. Para ello tuve que hacer más maniobras de las que esperaba, llegando incluso a sacar el mueble de la cabaña. A continuación me dispuse a excavar un agujero en la hierba, no sin antes haber dado un respingo de exasperación. Hacer aquello era lo último que admitiría haber hecho ese día, pero no me quedaba más remedio.
Me quité los zapatos y puse mucho cuidado en no mancharme la ropa, pues mi intención siguiente era que me contrataran en alguna parte, y por supuesto no esperaba que nadie lo hiciera si la que se presentaba era una chiquilla andrajosa. Di gracias a que fuera verano por llevar pantalones cortos ese día. Unas piernas sucias eran fáciles de limpiar, pero unos vaqueros era otro cantar.
Me llevó mi buen tiempo, pero al rato tuve un agujero de las dimensiones que consideré necesarias. Encajé la maleta en el hueco, esparcí los restos de tierra por encima y volví a colocar la cama en su sitio.
Listo. De esa manera no tendría que ir cargando con el lastre a todas partes y, en el caso de que alguien entrase no vería la maleta. A no ser que quisieran llevarse la cama. Me quedé dubitativa, pero finalmente decidí arriesgarme. Nadie iba a entrar a robar en ese sitio tan asqueroso y, aunque así fuera, con la poca luz que había no verían la maleta ni aunque tuvieran visión nocturna.
Salí de la casa, cerrando la puerta tras de mí. Me sacudí la tierra de las rodillas y eché a caminar, rumbo hacia lo desconocido.