lunes, 18 de mayo de 2015

Victoria (III): Silvertone Way

El atasco era infernal.
Me maravillaba de cómo estaba aprendiendo a odiar aquella masa descomunal de vehículos cuando apenas unas horas antes le había encontrado todo el encanto del mundo. Por un momento me alegré de no necesitar el dinero para comprar un coche. A medida que los minutos se escurrían de manera horriblemente lenta, la decisión espontánea de no tener uno jamás en mi vida en Bridgeport iba tomando más consistencia. Ni volvería a coger un taxi. Nunca.
El metro era un concepto nuevo para mí. En Twinbrook no había, y la verdad era que no había salido mucho de mi ciudad natal, pero cada vez se me hacía más atractiva la idea.
Después de lo que a mí me pareció una eternidad, el taxi logró salir con un esfuerzo casi titánico del ejército de vehículos que hormigueaba lentamente por una de las carreteras principales y tomó una salida para cruzar el puente de Bridgeport.
Nunca en mi vida había visto nada parecido. A pesar de haber visto la famosa obra de ingeniería en internet, nada me había preparado para la proporción desorbitada que tenía respecto a la escala humana. Si alguna vez anteriormente me había sentido como un insecto, desde luego ese momento se llevaba el primer puesto.
Cruzamos el gigantesco puente colgante para llegar a la parte menos edificada de Bridgeport. La zona que, según me había dicho la señora que tan amablemente me había atendido antes, correspondía al área rica de la ciudad. Y no me había mentido; a sendos lados se erigían imponentes y modernas mansiones, todas cercadas por altísimas verjas o muros que también tenían apariencia de costar un dineral, como si lo que había dentro de la casa fuese incluso más valioso que la edificación en sí.
¿Acaso...?
—Perdone –intervine mientras me inclinaba hacia la parte delantera del taxi –. ¿Es posible que viva por aquí alguien famoso?
El conductor emitió un sonido a medio camino entre un bufido y una risa.
—Alguien famoso, dice... Aquí vive toda la flor y nata de Bridgeport, jovencita. ¿Ve ese caserón? Ahí vive nada más ni nada menos que Matthew Hamming.
Sacudí la cabeza, sorprendida.
—¿El actor?
—¿Qué otro, si no?
Me quedé boquiabierta.
—¿Así que en todas estas casas vive gente famosa?
—Así es –asintió el taxista –. ¿De qué planeta vienes? ¿Por qué visitas la zona rica de Bridgeport si no? ¿Eres alguna de esas paparazzis encubiertas? ¿O una investigadora de pacotilla tratando de pasar desapercibida?
Sacudí la cabeza, aturdida por tantas preguntas.
—¿Qué? Nada de eso. Vivo aquí.
El conductor alzó las cejas.
—¿Y por qué no te conozco? ¿Eres familiar de alguien?
—No, simplemente me estoy mudando ahora.
—Vaya, conque una niña rica...
Me mordí la lengua, sin querer pensar en la cara que iba a poner el taxista cuando descubriera que mi "nueva casa" no era más que un lote vacío. Pero de momento no me iba a rebajar a que pensara que era una simple mendiga. ¿Acaso no procedía de la familia más rica de Twinbrook? Era perfectamente creíble que pudiera comprar una casa en ese área.
El taxi ascendió por una última pendiente, giró una última curva y estacionó en lo que, parecía, era el medio de la nada.
—Silvertone Way, 302, ¿no?
—Sí –respondí, con el pulso latiéndome a una velocidad endemoniada.
El taxista bajó del coche y procedió a sacar mi equipaje. Yo respiré hondo, con mi cerebro en marcha, maquinando la coartada con la que iba a engañar al taxista para salir airosa de esa ridícula situación, y a continuación lo imité.
Me acerqué a mi acompañante sin estar dispuesta aún a mirar el aspecto de mi nuevo hogar. El taxista me cedió mi maleta, dirigiéndome una mirada recelosa. Yo le respondí con una desafiante al tiempo que tomaba mi maleta de sus manos, y di media vuelta.
En mitad del solar se erigía una pequeñísima cabaña.
Aquella visión me dejó patidifusa, pero procuré que el conductor no lo notase. Volví a girarme hacia él y pregunté por el precio de la excursión.
Mientras pagaba, el hombre no dejaba de observarme con un aire entre divertido, sorprendido y extrañado.
—¿Así que es aquí donde te mudas, niña rica? –se burló.
Le dediqué una mirada cargada de escepticismo y altanería, con la cabeza bien alta.
—No creo que esté dentro de su trabajo indagar o cuestionar los motivos por los que sus clientes van a un sitio u otro, así que le sugiero que se limite a aceptar el dinero y marcharse. Pero si tan interesado está, sí, este solar es mío. Lo he adquirido para construir aquí el que será mi nuevo hogar, y he venido a echarle un vistazo. ¿Alguna pregunta más?
El taxista se quedó mudo. Bajó la mirada como un cachorrito al que acabaran de regañar.
—Perdóneme, señorita. ¿Quiere que espere aquí mientras mira para llevarla a algún sitio más?
—¿De verdad cree que después de haberme faltado al respeto voy a seguir pagándole por sus servicios? –hice un gesto despectivo –. Lárguese, por favor.
El taxista refunfuñó una despedida y volvió a meterse en el vehículo a regañadientes. Una vez se hubo marchado, me percaté de que llevaba tiempo reteniendo el aire y volví a respirar.
Estaba hecha un flan, y tuve que contenerme para que las lágrimas no corrieran por mis mejillas. Me sentía tan miserable... Frente al taxista no había podido permitirme perder el estatus, pero ahora debía comerme mis propias palabras y digerir su veneno.
Volví a alzar la vista hacia la casita que, ante mi gran sorpresa, ocupaba ese solar. Era minúscula, enteramente construida con tablones de madera, y no disponía de ventanas. Avancé hacia ella, cautelosa. ¿Quién había construido esa cabaña? ¿Acaso estaría ya ocupada por alguien?
Llamé a la puerta, pero no obtuve respuesta. Unos segundos más tarde volví a llamar. No sucedió nada. Suspiré, nerviosa, y finalmente cogí aire y accioné el pomo.
La puerta se abrió con un quejido chirriante. El interior estaba totalmente a oscuras, así que la luz que se coló del exterior al principio fue insuficiente. Tanteé instintivamente en una de las paredes en busca de un interruptor, pero lógicamente no hallé uno, así que esperé con cierta impaciencia. Una vez mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude discernir un espacio pequeñísimo, de no más de dos metros cuadrados, con una cama de metal oxidado sobre la que descansaba un colchón viejo, una nevera sin mucha pinta de estar operativa y un váter. La casa no tenía suelo, se alzaba sobre la misma hierba del solar, y eso me hizo preguntarme qué harían exactamente una nevera y un váter en aquel reducidísimo espacio y, lo que era aún más inquietante, quién sería el inquilino de ese hogar.
Me pregunté qué debía hacer en ese instante. Desde luego esa choza aparecida como si de un espejismo se tratase era mejor que dormir a la intemperie, pero, ¿cuánto tardaría su ocupante en aparecer? ¿Debía habitarla tranquilamente? ¿Y qué haría si tenía que salir? ¿Qué iba a hacer con mis cosas? ¿Iría cargando con la maleta a todas partes? Eran demasiadas las preguntas que circulaban por mi cabeza y ninguna parecía tener una respuesta clara.
Decidí sentarme sobre la cama y esperar por un rato a alguien, quien fuera. 
De pronto me asaltó una preocupación que hasta ese momento había tratado de rehuir. Abrí mi bolso, saqué la cartera y comencé a contar el dinero que me quedaba.
El resultado me dejó blanca como la tiza.
—Diez dólares –dejé escapar en un murmullo, estupefacta.
Tenía que encontrar un trabajo cuanto antes. De lo contrario no solo no tendría techo, sino tampoco comida.
Si había alguien ocupando esa choza dejada de la mano de Dios, tendría que esperar para averiguarlo. Como si un resorte me hubiera propulsado, me puse en pie de un brinco y arrastré la cama a duras penas, hasta que dejé el lugar que ocupaba libre. Para ello tuve que hacer más maniobras de las que esperaba, llegando incluso a sacar el mueble de la cabaña. A continuación me dispuse a excavar un agujero en la hierba, no sin antes haber dado un respingo de exasperación. Hacer aquello era lo último que admitiría haber hecho ese día, pero no me quedaba más remedio.
Me quité los zapatos y puse mucho cuidado en no mancharme la ropa, pues mi intención siguiente era que me contrataran en alguna parte, y por supuesto no esperaba que nadie lo hiciera si la que se presentaba era una chiquilla andrajosa. Di gracias a que fuera verano por llevar pantalones cortos ese día. Unas piernas sucias eran fáciles de limpiar, pero unos vaqueros era otro cantar.
Me llevó mi buen tiempo, pero al rato tuve un agujero de las dimensiones que consideré necesarias. Encajé la maleta en el hueco, esparcí los restos de tierra por encima y volví a colocar la cama en su sitio.
Listo. De esa manera no tendría que ir cargando con el lastre a todas partes y, en el caso de que alguien entrase no vería la maleta. A no ser que quisieran llevarse la cama. Me quedé dubitativa, pero finalmente decidí arriesgarme. Nadie iba a entrar a robar en ese sitio tan asqueroso y, aunque así fuera, con la poca luz que había no verían la maleta ni aunque tuvieran visión nocturna.
Salí de la casa, cerrando la puerta tras de mí. Me sacudí la tierra de las rodillas y eché a caminar, rumbo hacia lo desconocido.



miércoles, 29 de abril de 2015

Olvidar el mundo

El móvil vibró. No soy de las que está pendiente del teléfono constantemente, pero dio la casualidad de que esa vez sí miré. Estaba recogiendo algunas cosas cuando la pantalla del aparato se iluminó, y por curiosidad me acerqué.
André: Estoy aquí abajo. ¿Vienes?
Cogí el móvil, extrañada. Eran las doce y cuarto de la noche. Desbloqueé la pantalla y leí de nuevo el mensaje, sin acabar de interiorizarlo del todo. ¿Qué hacía en mi casa a esas horas?
Sin embargo, no pregunté.
Voy”, escribí. Cogí una sudadera y las llaves, me calcé y les conté a mis padres que había venido un amigo, que iba a ver qué quería y en un par de minutos estaría de vuelta. Ellos me dirigieron una mirada extraña, pero no replicaron. No me percaté de que me había dejado el móvil sobre la mesa de mi escritorio.
Cuando salí del edificio, me encontré con el viejo coche de André parado frente a la puerta de mi casa, con las luces de emergencia encendidas y la ventanilla abierta. En una mano sostenía el volante y, en la otra, un cigarrillo que humeaba a través del otro cristal bajado.
¿Pasa algo? –pregunté.
Sube –dijo él, solamente.
Tuve algún reparo, pero finalmente obedecí. Antes de que me diese tiempo a decir nada, él arrancó y el coche comenzó a rodar por el asfalto.
¿A dónde vamos? –quise saber.
Él dio una larga calada antes de responder.
¿A dónde quieres ir? –dijo, sin apartar la mirada del frente.
Me tomé mi tiempo para contestar, meditando bien mis palabras.
¿Tienes alguna idea en especial?
La pregunta quedó flotando en el ambiente, sin respuesta. André dio una última calada al cigarrillo, lo lanzó al exterior y, a continuación, subió ambas ventanillas y salió a autopista.
Yo no hacía más que lanzarle inquietas miradas de reojo mientras él conducía en mitad de la noche, pensando muchas cosas, pero sin atreverme a expresarlas en voz alta. Me preocupaban mis padres, a quienes había afirmado que no estaría más de dos minutos fuera, promesa que evidentemente no iba a cumplirse, pero, sobre todo, me preocupaba él. Tenía el ceño ligeramente fruncido, la mirada cansada y la expresión típica del que ha tenido un mal día pero no quiere hablar de ello. No lo conocía mucho, pero sí lo suficiente para saber que, fuera lo que fuera aquello que le había sucedido, pretendía alejarse de ello lo máximo posible, y tal vez por eso permanecí callada, respetando sus silenciosos deseos.
Entonces, como corroborando mis hipótesis, se inclinó sobre el aparato de radio y lo encendió. La verdad es que no recuerdo bien qué tipo de música sonaba, solamente que fue lo único que se escuchó durante la totalidad del trayecto, hasta que finalmente aparcó frente a una gasolinera de carretera, en medio de la nada.
Por primera vez en toda la noche, me miró.
¿Te apetece un trago?
La pregunta me pilló de sorpresa, pero procuré que no se me notara y me limité a encogerme de hombros. Él bajó del coche, y yo lo imité. Juntos entramos en la gasolinera, completamente desierta de clientela, y, tras hacerse con un par de botellas de vodka y una cajetilla de tabaco, pasamos por caja y salimos de allí.
Echamos a andar en la oscuridad de la noche, en línea recta hacia no sé sabe dónde. Yo me limitaba a seguirle, sin saber qué pretendía ni que quería, pero manteniéndome en mi silenciosa promesa de no perturbarlo, hasta que finalmente se dejó caer sobre una explanada que se hallaba ligeramente en cuesta. Tras sentarme a su lado, él abrió la primera botella y me la alargó.
Le di un pequeño trago, algo dudosa. No entraba en mis planes emborracharme esa noche, pero parecía que así lo había dictado el destino. Mientras yo bebía lentamente, él se encendía un cigarrillo. Me miró de nuevo, y aproveché para devolverle la botella. Él me ofreció el cigarro a cambio. Vacilé, pero finalmente me animé a darle una calada. No solía fumar, pero bueno, aquello era una ocasión especial, supongo. Ya estábamos bebiendo vodka a morro, ¿qué más daba?
Compartimos la botella y el cigarro hasta que éste último se consumió. Yo seguía bebiendo a pequeños sorbos, y él, a largos tragos. No hablábamos, pero tampoco hacía falta. Él parecía estar relajado, mirando al cielo negro y disfrutando de la suave brisa, y yo no iba a ser menos. No lo confesaría en voz alta, pero verle bien después de la expresión que portaba en el rostro cuando me había subido al coche me hacía sentir bien a mí.
Cuando la primera botella ya andaba medio vacía, él abrió la segunda, y entonces dejamos de compartir. Yo me quedé con la mía, de la que seguía bebiendo de cuando en cuando. Él inauguró la suya con otro gran trago, y, de pronto, habló.
¿Conoces esa canción? –me dijo.
Casi me asustó. No me esperaba que fuera a hablar en toda la noche, la verdad.
¿Qué canción? –pregunté.
Em… -carraspeó sonoramente, y, a continuación, empezó a entonar:

If I lay here,
If I just lay here,
Would you lie with me and
Just forget the world?

Esperó unos segundos, con la mirada perdida en el infinito, hasta que finalmente se volvió hacia mí y preguntó de nuevo.
¿La conoces?
Sí –contesté.
Él sonrió ampliamente, volvió a mirar al horizonte y volvió a beber durante lo que a mí me pareció una eternidad.
Me encanta esa canción.
Yo me quedé observándolo, sin saber bien qué decir.
En ese momento, él volvió a girarse, y esta vez clavó sus ojos en los míos. Esbozó media sonrisa, deslizó la vista hacia mis labios y, entonces, se inclinó hacia mí y me besó.

Dos años han pasado desde entonces, y la vida ha separado nuestros caminos de diferentes maneras. A él se lo llevó a la otra punta del país, por motivos de trabajo de su padre. A mí me trajo aquí, a Inglaterra, a donde destinaron al mío. Sin embargo, no hay día que no recuerde a André, su sonrisa ladeada y su silenciosa manera de decir nada y todo a la vez. No hay día en el que no venga a mi memoria esa noche de jueves que compartimos, ni soy capaz de irme a dormir sin rememorar una y otra vez aquel beso con el que selló mi corazón… y con el que me invitó a olvidar el mundo.
Y hoy, desde el tiempo y la distancia, no te he olvidado. Cada vez que escucho esa maldita canción es otra lágrima que cae desesperada, gritando tu nombre y reclamando ese silencio con el que me hacías parte de tu vida, y cada día que pasa, cada día que no estoy a tu lado, me pregunto qué será de ti e insulto a quién sabe qué fuerza sobrenatural por habernos forzado a separarnos. Y es que, pese a que he intentado con todas mis fuerzas asumir que me toca continuar sin ti,  te sigo echando de menos con todo mi ser, cada segundo de mi vida.

Vuelve, André. Aún te quiero.

sábado, 11 de abril de 2015

Zoe (III): Torbellino

La habitación se arremolinaba a su alrededor. A través del halo de cristal líquido que cubría sus ojos, Zoe observaba cómo todo lo que la rodeaba daba vueltas en torno a ella y se abalanzaba sobre su frágil cuerpo. Se sentía mareada, desolada y enfurecida a la vez, y la rabia la había hecho su rehén. Tumbada en su cama, tal y como se hallaba, lo único que podía percibir era la danza psicodélica de colores procedente de los miles de dibujos que empapelaban las paredes y el techo inclinado de su cuarto, situado en la buhardilla de la casa. Normalmente, contemplar todos aquellos dibujos desde su cama la colmaba de paz y tranquilidad, pero, ahora que no podía distinguir bien las formas de su amado claro, no hacían más que acrecentar su ansiedad. Todos esos dibujos eran las decenas de pruebas que había hecho para llegar a su obra magistral final, eran el resultado de cientos de horas invertidas perfeccionando su técnica, el proceso para llegar a una única obra perfecta suma de todas las demás: la que yacía rota en pedazos al fondo de la papelera de la cocina.
Sin ser capaz de impedir que las lágrimas corrieran libres por sus mejillas como si de dos riachuelos se tratase, no podía dejar de pensar en su claro destrozado, y miraba toda la obra que vestía su habitación con la impotencia de quien ha puesto lo máximo de sí mismo en un trabajo que finalmente no tiene ninguna utilidad. Aunque para ella aquello era lo más importante que existía en el universo, se sentía como si todo ese esfuerzo no hubiera sido más que una burda pérdida de tiempo.
De pronto escuchó tres tenues golpes en su puerta.
¿Sofía? –se oyó la voz de su madre tras la madera.
Zoe dio media vuelta en la cama y cerró los ojos. No quería saber nada ni de su madre ni de nadie. Estaba demasiado enfadada con el mundo, y ella también intentaría que olvidara al claro, aunque no lo hiciera de la manera impositiva en la que lo había hecho su padre. Ninguno de los dos la comprendía.
Sofía, ábreme, venga –continuó su madre –. Deja que hable contigo. Papá ya se ha ido.
Ella continuó ignorándola. Apretó los párpados, tratando de contener las lágrimas, y decidió intentar dormir. Si estaba dormida tenía una excusa para no abrir a su madre, pensó. Hizo un esfuerzo por dejar la mente en blanco y dormir.
Te he traído la cena, cariño –lo volvió a intentar –. Déjame entrar aunque sea solo para dártela.
Zoe notó rugir sus tripas, pero se mantuvo firme. Sabía de sobra que en cuanto entrara y ella se pusiera a cenar la hablaría, y no tenía intención alguna de caer en esa trampa. Ocultó la cabeza bajo la almohada para amortiguar la voz de su madre y no arriesgarse a sentir ningún tipo de tentación y esperó.
Su madre la llamó una vez más antes de desoír los silenciosos deseos de la niña y proceder a accionar el pomo de la puerta. Pero Zoe había sido previsora y lo primero que había hecho tras entrar en su habitación había sido atrancar la puerta con la silla de su escritorio. No quería que nadie la molestase. No había nada que ninguno de los que habitaban esa casa pudiera decirle que pudiera hacerla sentirse mejor.
Zoe escuchó el suspiro lastimero de su madre a través de la madera y esperó una nueva llamada, pero ésta no llegó. Durante los siguientes minutos sólo escuchó el suave aullido del viento contra el cristal de su tragaluz, hasta que finalmente el agotamiento de llorar durante lo que a ella le había parecido una eternidad la hizo quedar dormida.

Cuando abrió los ojos, se sentía como si acabara de despertar de una horrible pesadilla. No fue hasta un rato más tarde cuando se percató de que aquello que le había parecido un sueño había sido muy real. Saltó de la cama, con el cuerpo repentinamente cubierto de sudores fríos, y sintiendo cómo una nueva punzada de dolor se clavaba profundamente en su corazón. Se llevó las manos al rostro y comenzó a llorar una vez más, pero poco a poco esas lágrimas fueron tornándose en un intenso odio hacia su padre. ¿Cómo podía una de las personas que le habían traído a la vida ser alguien tan cruel? ¿Por qué no podía entender que lo único que hacía realmente feliz a su hija era lo que solamente el claro podía ofrecerle? Las cosas no podían quedar así para Zoe. Estaría junto al claro costase lo que costase, por muy difícil que se lo pusiera su padre. Nada ni nadie podría separarlos jamás.
La imagen su dibujo hecho añicos volvió a aflorar en su mente, y esta vez no lo pudo soportar más. Que su obra estuviera rota no significaba que hubiera dejado de existir. Con todo el sigilo que fue capaz de ostentar, se levantó de su cama y retiró suavemente la silla atrancada de su puerta. A continuación, empujó el pomo hacia abajo y salió de allí, tratando de controlar el quejido de la puerta. Bajó los estrechos escalones despacio, hasta que llegó a la planta intermedia, y, tras echar un vistazo en derredor por si las moscas, continuó bajando.
Al llegar al recibidor de la entrada, una luz parpadeante procedente de la habitación contigua le dio la bienvenida. Sobresaltada, subió de espaldas dos o tres escalones de nuevo, pensando que su madre estaría despierta. ¿Qué hacía viendo la televisión a aquellas horas? ¿Sería más temprano de lo que ella creía? Lanzó una ojeada rápida al reloj de pared que colgaba a su derecha, y comprobó que rozaban las cuatro de la madrugada. Se habría quedado dormida en el salón viendo alguna película, dedujo, pero no dejaba de ser extraño. Su madre jamás veía la tele por las noches. Soltó el aire que sin querer estaba reteniendo, y continuó caminando a hurtadillas hasta la cocina. Cerró la puerta despacio, procurando no hacer ningún ruido, y encendió la luz.
Encima de la mesa se hallaba, cubierta por papel de plata, la cena de Zoe. 
Sintió un ramalazo de arrepentimiento. Su madre era tan tierna... Seguramente se habría quedado en el salón preocupada por ella, esperando por si a su hija le daba por bajar a cenar. Las lágrimas acudieron de nuevo a los ojos de la niña, probablemente producto de toda la emoción contenida y liberada durante las últimas horas. Las retuvo como pudo, pero no pudo evitar pensar en su madre. En ese momento se percató de que ella siempre velaba por Zoe y la protegía frente a su padre en la medida que podía, y nunca se había molestado en agradecérselo. Realmente, hasta ese momento no se había dado verdadera cuenta. Pensaba tanto en su amado claro... Pero, ¿cómo iba a pensar en otra cosa? No había nada sobre la faz de la tierra que la hiciera sentir como ese oasis en medio del árido desierto que era su vida. Y es que Zoe acostumbraba a pensar que, si era cierto que existía el cielo, éste debía ser como su claro del bosque. No podía concebir que pudiera ser de otra manera, y eso era algo que no podía comprender nadie, porque no había palabras para describir ese sentimiento. ¿Cómo iba a explicárselo a sus padres, si ni siquiera ella misma acababa de comprenderlo del todo?
Se acercó al cubo de la basura, y ahí estaba: todos los trocitos de papel de diversos colores, flotando entre los demás desperdicios como relucientes piedras preciosas entre un mar de oscura roca. Con cuidado, fue extrayéndolos uno a uno y depositándolos sobre la mesa, junto al plato cubierto que horas antes habría dejado su madre en el mismo lugar. Luego se lavó las manos, controlando de manera milimétrica la cantidad de agua que caía del grifo para no levantar el más mínimo ruido, y se las secó a conciencia antes de coger los pedacitos de papel y recomponer poco a poco el puzzle en que se había convertido su obra maestra. Las piezas fueron encontrando su lugar una a una, hasta que, un rato después, formaron entre todas la imagen que tanto adoraba Zoe.
«Hola de nuevo», lo saludó para sus adentros. A ella volvió a embargarle aquella sensación de paz. Todo está bien, parecía decirle el claro, ya estoy a tu lado de nuevo. Zoe sonrió, se sorbió la nariz y acarició los trazos de lápiz mientras se dejaba embriagar por la belleza del paisaje.
Sofía.
La voz de su madre la hizo pegar tal brinco en la silla, que los trozos de papel que descansaban sobre la mesa comenzaron a revolotear frente a ella en un torbellino de color.
¡Mamá, qué susto!
Sin embargo, no quedó realmente asustada hasta que miró a los ojos a su madre y vio las ojeras profundamente marcadas que pendían de ellos y la expresión seria y preocupada que portaba.
Mamá, ¿estás bien? –preguntó Zoe, titubeando.
Hija, tienes que hacer las maletas.
¿Qué? ¿Por qué?
Tu padre irá a buscarte a la salida del colegio. Te vas a Madrid con él.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Victoria (II): El legado

Natalie me hizo una seña y echamos a andar.
—¿De dónde decía que venía?
—De Twinbrook.
—Vaya, el cambio le habrá parecido entonces brutal.
—Sí, pensaba que Twinbrook era grande, pero apenas es un pueblecito comparado con esto.
Ella soltó una risilla.
—Y que lo diga. Por aquí, señorita Legacy.
Natalie me hizo cruzar un gigantesco paso de cebra y a continuación me indicó que girara hacia una de las calles secundarias que había a mano derecha. Caminamos un par de manzanas hasta que llegamos a un local en la base de un rascacielos, con el logotipo color carmín de la inmobiliaria.
Una vez nos hubimos acomodado junto a una mesa de escritorio, ella encendió su ordenador y comenzó a consultar en su base de datos.
—Victoria Legacy, ¿no es así?
—Sí, así es.
—A ver, a ver... ¡Ah, aquí estás! Victoria Legacy, Silvertone Way, número 302.
—Sí –me apresuré a sacar del bolso una carpeta y la dejé sobre la mesa –. Mire, ya hice todo el papeleo por internet. Aquí está todo.
Natalie cogió la carpeta, la abrió y, tras ajustarse las gafas, empezó a ojear todos los papeles.
—De acuerdo, parece que está todo en orden –sentenció después de un detenido examen –. En ese caso solo necesito que firmes un par de cosas y listo.
Tecleó algunas cosas en su ordenador y a continuación me alargó unos cuantos papeles que salieron por su impresora.
—Necesito ver tu carnet de identidad de todas maneras –me dijo mientras firmaba.
Tragué saliva.
—Claro.
Rebusqué en mi bolso nuevamente, rezando por no meterme en un lío de última hora. Suficiente trabajo me había llevado demostrar mi mayoría de edad anticipada a distancia como para que me pusieran pegas en ese momento. Le di la tarjeta, intentando controlar el enfado que se estaba gestando en mi interior.
Ella alzó ligeramente las cejas cuando leyó la fecha de nacimiento.
—Vaya, feliz cumpleaños, señorita Legacy.
Me obligué a sonreír, pero por dentro no pude evitar sentir una punzada de dolor. Aquella era la primera persona que me felicitaba el cumpleaños.
—Gracias. Oiga, mire –me apresuré a justificar –, tengo la mayoría de edad anticipada, lo pone en varios de esos papeles.
—Tranquila, tranquila –me calmó –. Solo era una comprobación de que eras tú, nada más.
Asentí, más reconfortada.
—¿Qué tiene pensado hacer una chica tan joven como tú con un solar tan grande como este? –quiso saber Natalie, devolviéndome el carnet.
—Instalarme cuanto antes, a ser posible –contesté.
Ella frunció el ceño.
—Pero, tú sabes que ese solar no está construido, ¿no?
La revelación cayó sobre mí como una jarra de agua fría. Parpadeé varias veces.
—¿Cómo?
Mi expresión debió de ser un poema, porque el rostro de la mujer se quedó blanco como la tiza.
—Se-señorita Legacy... Yo pensé... Lo-lo siento...
—¿Qué quiere decir con que no está construido?
—Seguro que hay algo que podemos hacer, no se preocupe. Podemos revertir el proceso, seguro que podemos devolverle la mayor parte del dinero...
—Espera, espera, espera. ¿Cómo que la mayor parte del dinero?
La mujer titubeó.
—Bueno, ya sabe...
No me molesté en escuchar la excusa que me tenía preparada.
—Mire, señora... –eché un vistazo al cartelito que colgaba de su americana –Taylor. Usted se cree que por acabar de cumplir los dieciocho años me chupo el dedo, ¿no? Vi las imágenes de la casa por internet, sé lo que compré. Si ahora pretende que me crea así como así que esto se trata de un error, lo lleva claro.
Ella tragó saliva.
—Probablemente usted viera las imágenes de la casa que había anteriormente. Con todos mis respetos, la zona en donde se encuentra es la más cara de Bridgeport... ¿De verdad creía que un lote así le habría salido tan barato de haber estado construido?
¿Qué pretendía decirme aquella mujer? ¿Acaso estaba insinuando que yo era imbécil por no haberme dado cuenta?
Aquello acabó con mi paciencia.
—Mire, no intente desviar las culpas ahora. ¿Sabe qué? –dije, mientras me cargaba mi bolso y mi maleta y me ponía en pie –. No pienso pasarme los siguientes días tratando con vuestra incompetencia. Suficiente he aguantado ya. Si es tan amable de devolverme mi carnet de identidad.
La atónita mujer miró mi mano tendida hacia ella como si de una especie animal en extinción se tratase.
—Entonces, ¿se lo queda?
—Sí. He comprado ese solar y es mío. Venga, deme el carnet. Quiero largarme ya de aquí.
Ella depositó lentamente la tarjeta en mi mano, observándome como si tratase de averiguar qué tipo de trastorno mental padecía yo, y a continuación me tendió todos los papeles firmados.
—No se olvide de esto, señorita Legacy.
Prácticamente le arranqué los papeles de la mano y los guardé de cualquier manera en mi bolso.
—Buenas tardes, señora Taylor –me despedí, y salí por la puerta como alma llevada por el diablo.
Sí, probablemente no había sido la decisión más inteligente de mi vida, pero mi paciencia con la gente llevaba mucho tiempo muerta y enterrada. Concretamente, descansaba en el mismo ataúd en el que yacía mi madre desde hacía meses atrás.
Arrastré mi maleta calle abajo hasta que llegué a la carretera principal y alcé la mano para detener un taxi.
—¿A dónde la llevo, señorita? –preguntó el taxista mientras yo me peleaba por hacer encajar mi maleta en el asiento de atrás.
—Silvertone Way, 302, por favor.
El conductor introdujo la dirección en su GPS y nos pusimos en marcha de nuevo.
No tenía ni idea de lo que iba a hacer a partir de entonces, pero estaba tan enfadada y cansada por los sucesos que se habían desencadenado durante el último año y hasta ese momento que realmente poco me importaba. Si mi destino era vagabundear y dormir a la intemperie durante un tiempo, que así fuera. Si debía resetear toda mi vida desde cero y levantar un imperio de la nada como habían hecho mis antepasados en su momento... Bien, pues eso haría. En el fondo, aquello era lo que deseaba. Si me había cambiado de ciudad, si me había cambiado de apellido, había sido para cambiar totalmente de vida, para romper por completo con todos los lazos que me ataban a mis recuerdos de Twinbrook... y para empezar un nuevo legado, el legado con el que soñó mi tatarabuelo Roger Wright, con el que soñaba mi abuelo Lawrence Wright y que mi madre Samantha Wright había destruido y mancillado. No en vano había decidido ese nuevo apellido.
Victoria Wright había muerto para dar paso a una nueva vida: la vida de Victoria Legacy.
Mi nueva vida.