sábado, 27 de abril de 2013

Iván (I): Náufrago

Llevaba largo rato sumergido en sus pensamientos cuando escuchó los tres tenues golpes sobre la puerta abierta de su habitación.
Se sobresaltó ligeramente, percatándose de que había perdido totalmente la noción del tiempo. Había llegado tan agotado del instituto que se había dejado caer sobre la cama de cualquier manera, mochila incluida, y no tenía ni la más remota idea de cuánto podía haber permanecido en aquella extraña dimensión paralela que es la mente humana.
Dirigió la mirada hacia el marco de la puerta, esperando encontrar a su madre llamándolo para merendar, pero no fue así. En su lugar, su amiga Clara observaba estupefacta la escena que protagonizaba el alto y desgarbado chico de cabello rubio pajizo y ojos pardos, completamente espatarrado, con la mochila al hombro y una pierna colgando por el borde de la cama.
—¿Interrumpo algo? –preguntó la chica, titubeante.
Fue entonces cuando Iván se dio cuenta del espectáculo que le estaba ofreciendo a su amiga. Pegó un brinco, sintiendo cómo la sangre se agolpaba a velocidad exponencial en sus mejillas, y deseó que la tierra se lo tragara muy fuerte y no le permitiera volver a salir jamás de sus entrañas.
—¡Clara! –exclamó.
Ella fue incapaz de reprimir una carcajada.
—Qué sexy –comentó.
—Yo siempre, ya lo sabes –replicó él, esbozando una sonrisa con la que trató patéticamente de recuperar algo de la dignidad que ya asumía muerta y enterrada.
Se levantó de la cama, con su cerebro funcionando a toda prisa en busca de alguna idea para deshacerse de la mochila sin acabar de enviar su dignidad al infierno más profundo, pero cuando se descubrió considerando seriamente la posibilidad de desintegrarla aceptó que ya hacía tiempo que había perdido esa oportunidad. Se insultó mentalmente y, tras meditarlo un instante, dejó la mochila a un lado con toda la discreción que fue capaz de ostentar, es decir, ninguna.
Mientras digería su estrepitoso fracaso, se acercó a su amiga torpemente, y, tras unas milésimas de segundo sin saber cómo saludarla, optó por apoyarse aún más torpemente en la puerta. En aquellos instantes Iván estaba absolutamente seguro de que cualquier imagen medianamente decente que Clara pudiera tener sobre sí mismo se había esfumado como el humo en la niebla.
—¿Qué tal estás? –preguntó en su segundo intento de recobrar la compostura; intento cómo no fallido al verse interrumpida su frase por un horrible gallo.
«Pensaba que no podías quedar peor, pero veo que aún puedes sorprenderme, Iván», se regañó a sí mismo.
Carraspeó toscamente, hundido en la más profunda de las miserias, y repitió la pregunta con la voz más grave que le permitieron sus cuerdas vocales.
La alucinada Clara dejó escapar una nueva carcajada, más divertida que asustada, lo que en opinión de Iván habría sido más lógico dada la situación. Eso lo relajó un poco, y sonrió, aliviado.
—Muy bien, ¿y tú? –contestó ella, devolviéndole la sonrisa . ¿Qué tal el primer día de insti?
Iván siempre había pensado que Clara tenía una bonita sonrisa, a pesar del color algo amarillento de sus dientes y de aquel incisivo superior ligeramente montado sobre su vecino. De hecho, a su modo de ver, aquello le confería más personalidad.
—Bien, sin más –empezar su último año de vida escolar no es que le hiciera especial ilusión . ¿Tú qué tal cuarto de la ESO? ¿Con quién te ha tocado?
—Con Pedro Hidalgo de tutor. Mañana veré el resto de profesores –volvió la vista y, en ese momento, algo atrajo su atención . Dios mío, ¿estos somos nosotros?
Clara se acercó a uno de los estantes y tomó una fotografía enmarcada a la que Iván estaba tan acostumbrado que había olvidado su existencia. Se levantó y le echó un ojo al objeto que su amiga sostenía entre sus manos, procurando disimular la curiosidad que verdaderamente sentía.
La foto mostraba la imagen de un regordete niño de cuatro años de edad encaramado al cochecito de una chiquilla de unos dos, ambos riendo a carcajada limpia. El niño era muy rubio, con mechones brillantes que ocultaban parte de su frente y orejas, y mostraba una enorme boca abierta de par en par con unos diminutos dientes de leche. Aquel entrañable bebé no se parecía en nada al raquítico chico en que se había convertido trece años más tarde.
Por su lado, la pequeña del cochecito era toda una belleza: unos preciosos y abundantes tirabuzones castaños bastante inusuales para su edad enmarcaban su redonda cara de piel de porcelana presidida por unos gigantescos ojos azules. Iván casi contuvo el aliento al redescubrir a la niña que había sido su amiga.
—¡Madre mía! Ni siquiera sabía que tenía esto aquí –murmuró.
—¡Qué monos éramos! –suspiró Clara . Hay que ver lo mal que nos ha tratado el tiempo, ¿eh?
Iván le dirigió una mirada de soslayo a su amiga, sin dar crédito a lo que acababa de oír. Abrió la boca para replicar, pero finalmente decidió reservarse su opinión para sí mismo.
—Eso lo dirás por ti, guapa –se quejó . Yo sigo siendo igual de mono, y además tú misma te has maravillado ante la sensualidad que desprendo –añadió, aludiendo al desafortunado incidente con el que había recibido a la chica.
Ella rió con ganas, y entonces volvió la cabeza hacia él y le miró con sus enormes e hipnóticos ojos, apenas durante un segundo. Y él se perdió.
Se perdió en aquel rostro en forma de corazón, en la blancura de su piel y en todas y cada una de las abundantes pecas que la poblaban; se perdió en sus delgadas cejas, en sus finos labios rosáceos y en su sonrisa con aquel diente torcido tan gracioso; se perdió en su barbilla semihundida, en sus algo marcados pómulos y en la curva de su mandíbula; se perdió en su nariz respingona y en sus redondas y pequeñas orejas, medianamente ocultas tras la cascada de cabellos castaños que ondulaba espalda abajo como si tuviera vida propia.
Y se perdió de nuevo en sus ojos, esos ojos venidos de otra constelación, con esas largas y gruesas pestañas; esos ojos capaces de robarle el alma a cualquiera, con sus irises teñidos del intenso azul de un cielo estival, con aquellas hermosas vetas que relucían como trazas de zafiro esculpidas por los mismísimos ángeles.
Atrás había quedado el bochorno inicial al verse sorprendido en aquella postura tan poco ortodoxa, así como el ridículo posterior. Había olvidado lo menguado que se había sentido ante su presencia e incluso sus cavilaciones acerca de lo que la chica hubiera llegado a pensar sobre él. Por olvidar, casi había olvidado hasta su propio nombre, y hasta el hecho de hallarse de pie en la misma habitación que Clara.
Porque en aquel momento no había cabida para él mismo. Ese momento era únicamente de ella, de sus ojos, de su pelo, de su sonrisa torcida y de su pálido rostro. Era el momento de Clara, y nada ni nadie podía perturbarlo.
Se aferró a ese instante desesperadamente, bebiendo de él como si de un náufrago ahogándose en medio de un tormentoso océano se tratara, y como si ella, sin pretenderlo, le ofreciera la bocanada de aire que necesitaba para poder resistir otro rato más bajo las aguas. E Iván se preguntó, como tantas otras veces, cómo lograba subsistir cuando no la tenía cerca.
Pero entonces ella redirigió sus profundos ojos a la fotografía y el segundo mágico se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera tenido lugar.
—Mi madre tiene millones de fotos nuestras de pequeños –dijo . El próximo día que vengáis a casa recuérdame que te las enseñe, seguro que hay un montón de cosas de las que no nos acordamos.
Iván tuvo que contenerse para no dejar huir en un suspiro el vacío que acababa de embargarle.
—Sí, seguro que nos echamos unas risas –acordó, sonriendo forzadamente.
Se quedaron así, en silencio, mirando a la fotografía. Un silencio que pronto se tornó algo incómodo para Iván.
—Por cierto, ¿qué te ha traído hasta aquí? –intervino, deshaciéndose de él . Nos hemos distraído con la foto y no me lo has contado.
—¡Ah, sí! –exclamó Clara, depositando la fotografía en su lugar . Mi madre me ha contado que necesitas retomar la biología para presentarte a selectividad. Me ha dicho que has decidido no cursarla porque quieres seguir con el dibujo técnico, así que me ha pedido que te diga que estará encantada de prestarte libros y darte clase si lo necesitas.
Iván suspiró, sin querer pensar en lo duro que iba a ser ese año para él.
—Dale las gracias de mi parte –le pidió.
Clara asintió.
En ese momento, la madre de Iván apareció por la puerta de la habitación y le dedicó una calurosa sonrisa a Clara.
—Clara, ¿quieres algo de merendar?
—No, gracias, ya me iba, he quedado en un rato con unas amigas. Pero muchas gracias, de verdad.
—Está bien, cielo. Iván, ¿la acompañas a la puerta?
Iván hizo lo que su madre le había pedido. Ella se despidió de ambos con un beso fraternal, tal y como llevaba haciendo día tras día, mes tras mes y año tras año desde que él tenía memoria.

martes, 22 de enero de 2013

Gabriel (II): Lluvia de meteoritos


Gabriel se puso de puntillas para presionar el timbre del piso y esperó. En pocos segundos, la puerta se abrió, dejando al descubierto la alta y delgada figura de una mujer joven y pelirroja, con la piel blanca lechosa plagada de pecas y los ojos de color verde grisáceo.
—Hola, mamá –sonrió el pequeño.
—Gabriel, cuánto has tardado.
—Estuve hablando con la panadera.
María frunció el ceño e hizo pasar a su hijo.
—¿Cómo que estuviste hablando con ella? –inquirió mientras empujaba con suavidad a Gabriel hasta la mesa –. ¿Qué le dijiste?
—Nada, me preguntó que cómo me llamaba y cuántos años tenía. Y me dio esto –extendió hacia ella la estatuilla del ángel con una sonrisa de oreja a oreja pintada en el rostro –. ¿Sabes lo que es? ¡Es un ángel, mamá! Es un niño con alas que protege a las personas –explicó con entusiasmo –. La panadera me dijo que me protegería en el camino, ¡y lo ha hecho!
—Gabriel, has caminado muchas veces a distintos lugares y nunca te ha pasado nada –replicó pausadamente la madre.
Gabriel se quedó pensativo unos segundos.
—A lo mejor esta vez sí me iba a pasar algo y el ángel me ha protegido –sugirió.
—Sí, a lo mejor iba a caer una lluvia de meteoritos y un trozo de madera lo ha impedido –bufó María, escéptica.
—¿Qué es un meteorito, mamá? –preguntó el niño con curiosidad.
—Nada, hijo. Siéntate, anda, vamos a desayunar.
Gabriel depositó la barra de pan y la figurita del ángel sobre la mesa y se sentó en la silla con algo de esfuerzo debido a su baja estatura. María sacó el pan de la bolsa en la que venía, lo partió con las manos y le dio un pedazo a su hijo.
—A lo mejor nos protege a partir de ahora –insistió el chiquillo, mordisqueando el trozo de pan.
María ahogó una apenada risa, pero dejó que Gabriel siguiera hablando.
—A lo mejor todo mejora ahora. ¡A lo mejor podemos comer todos los días! –exclamó, repentinamente henchido de felicidad.
—Come ahora que puedes –ordenó la madre –. Y deja de fantasear, Gabriel. Los ángeles se limitan a proteger, no se dedican a poner facilidades.
Gabriel sintió cómo se desinflaba la ilusión en su interior, pero no se dio por vencido.
—Puede que nos proteja de las cosas malas que nos hacen no poder comer todos los días –dijo.
María no pudo reprimir esbozar una sonrisa teñida de tristeza y se inclinó sobre la mesa para acariciar la inocente carita de su hijo.
—Puede, Gabriel –suspiró –. Puede que fuera a caer la lluvia de meteoritos.
El pequeño se dio por satisfecho y le pegó un buen bocado a su desayuno.
Comieron en silencio durante unos minutos durante los que tan solo se escucharon el tic tac del anticuado reloj de pared que colgaba en el salón y el crujir del pan en las bocas de madre e hijo.
Gabriel no le podía quitar los ojos de encima al ángel. Dejó su imaginación volar muy alto, dibujando un mundo en el que su madre y él podían comer varias veces todos los días, un mundo en el que cada plato que degustaba a lo largo del tiempo era distinto del anterior y en el que podía vestir ropa limpia y nueva cada mañana. Y todo gracias a la protección del ángel.
Pero la fantasía a medio construir del niño se desmoronó de un soplido, interrumpida por la voz de su madre.
—Gabriel, ¿por qué te dio la panadera el ángel?
El chiquillo hizo un esfuerzo por recordar.
—No lo sé –reconoció –. Creo que le pareció mucho que tuviera que andar diez minutos para llegar a casa. Pero no sé por qué, si no es mucho tiempo, he andado más otras veces.
—Gabriel, no debes decirle a la gente dónde vives y cuánto tiempo tienes que andar para llegar a los sitios –le reprendió con tono grave.
—¿Por qué no? –quiso saber Gabriel, extrañado.
María abrió la boca para responder, pero pareció cambiar de opinión.
—No lo hagas, no es bueno –respondió finalmente.
Gabriel no hizo más preguntas al respecto, pese a no haber resuelto su duda. Sabía que no debía insistir demasiado sobre un mismo tema, sobre todo si las respuestas que recibía no eran del todo concretas, pues podía hacer enfadar a su interlocutor.
Aquello le llevó a recordar una cuestión que le había dejado de formular a la panadera por la misma razón.
—Mamá, ¿quién es Dios?
La pregunta pilló a María tan de sorpresa que a punto estuvo de atragantarse con el poco pan que le quedaba.
—Dios es el que ha permitido que estemos en esta situación –contestó, enfadada –. No creas en él, hijo. Dios es un engaño.
Gabriel quedó muy contrariado por la respuesta. La panadera le había dado a entender que Dios era alguien muy bueno, y en cambio su madre parecía odiarlo. Además, ¿por qué las dos sabían quién era? Debía de ser alguien muy famoso.
—Entonces, ¿Dios es malo? –preguntó, confuso.
—Dios no puede ser bueno si deja que pasen estas cosas.
Gabriel supo, una vez más, que no debía continuar con aquel tema. Ya había acabado de desayunar, así que se quedó sentado frente a la mesa en silencio, meditando las palabras de su madre y tratando de averiguar quién sería ese Dios que tan dispares opiniones levantaba.
En ese momento, la puerta de la entrada se abrió de un portazo, haciendo temblar el pequeño piso.
—¡María! –rugió una voz varonil.
Un hombre alto, gordo y escaso de pelo entró en la casa tambaleándose. Era moreno, tenía los ojos oscuros y achinados, las redondas mejillas sonrosadas y despedía un hedor que Gabriel no supo identificar.
El hombre se dirigió dando tumbos hacia María, sin preocuparse de cerrar la puerta tras de sí, y le introdujo una mano por debajo de la envejecida camiseta.
Gabriel pensó que el hombre que vivía con ellos tenía una manera peculiar de saludar a su madre. Quizás esa fuera la forma que tenían los hombres adultos de saludar a las mujeres, se le ocurrió.
—Gabriel, vete a la cama –susurró María, cabizbaja y súbitamente tensa.
El niño se quedó de piedra. Le echó un fugaz vistazo al reloj, comprobando que aquello no formaba parte de un extraño sueño y que seguía siendo temprano.
—Pero si acabamos de desayunar –replicó, presa de una inmensa confusión.
—Nos hemos levantado muy pronto, descansa un poco más.
—No tengo sueño –se quejó Gabriel.
María le dirigió una mirada dura como el mármol.
—Gabriel, a la cama –ordenó en un tono que no admitía réplica.
Asustado y profundamente sorprendido, el niño alcanzó atropelladamente al ángel, se bajó de la silla y se encerró en su minúscula habitación. Una vez dentro, encontró un sitio para la figura en la mesilla de noche, a la cabeza de su cama, y se quedó largo rato observándola, preguntándose qué mosca le habría picado a su madre.
—Protégela, por si acaso, ¿vale, ángel? –le pidió a la estatuilla –. Que no le pase nada malo.
Y, dicho esto, se acostó en su desvencijada cama, sabiendo que no se dormiría y cavilando sobre cuánto tiempo transcurriría en aquella posición.


martes, 1 de enero de 2013

Propósitos de Año Nuevo

Inspiró profundamente. Estaba más nerviosa que nunca.
Él se acercó por detrás y la tomó de la mano.
—Estás preciosa –le susurró al oído.
Suspiró. No era eso lo que la preocupaba, y él lo sabía.
Apretó su mano con cariño y asintió con la cabeza, infundiéndole ánimos.
—Venga, ¿a qué viene esa cara? Sabes que lo vas a hacer genial.
Ella le dirigió una mirada suplicante, pero fue incapaz de proferir palabra.
Hacía unos minutos que había sonado la última campanada y la duodécima uva se había deslizado por su garganta, y en cuanto volviera a la mesa sería su turno de decir unas palabras y proponer un brindis. Era tradición en la familia de él que cada año un miembro distinto preparara un discurso de Año Nuevo, y aquel ella iba a ser la protagonista.
—Vamos –la apremió él, tomándola de los hombros y conduciéndola de nuevo al comedor . No les hagas esperar demasiado, están deseosos de oírte hablar.
Ella apretó los párpados con fuerza y se obligó a asentir. Su cuerpo no cesaba de temblar, y comprobó con un familiar pavor cómo las pocas palabras que aún recordaba se iban desvaneciendo en su cabeza, como cada vez que se subía a un escenario.
Cuando entraron por la puerta, todos los acogieron entre gritos y bromas. Él se sentó en su silla mientras ella se mantenía en pie, frente a la mesa, y tomaba su copa de champán para mantener las manos ocupadas.
Se hizo el silencio. Había llegado la hora.
—Bueno, hola a todos –tartamudeó . Como sabéis este año me toca a mí vivir este momento tan embarazoso.
—¿Embarazoso por qué, hija? –inquirió uno de los tíos.
—¡Calla, no se lo hagas más difícil a la muchacha! –saltó su mujer.
Todos rieron por la forma con que la mujer había regañado a su marido, y fue en esa risa donde ella descargó todos sus nervios y comenzó a salir de sus cuerdas vocales, como por arte de magia, el discurso que tantas veces había preparado, intacto.
—Bueno, como decía este año habéis decidido que sea yo quien diga unas palabras para comenzar el 2013, porque como ya sabéis, puede que el año que viene no esté aquí con vosotros, e incluso que pase un tiempo antes de que vuelva a estarlo –en ese instante recibió una horda de miradas apenadas que se obligó a ignorar para no estropear el momento . Así que me voy a tomar la licencia de extenderme un poco con el discurso, porque… la verdad es que tengo bastante que decir.
»Cada año, cuando nos reunimos aquí, suele ocurrir que a quien le toca el discurso habla de propósitos de Año Nuevo. El año pasado el tío Chema dijo que dejaría de fumar, una vez más, la tía Loli que haría dieta, el primo Álex que aprendería a tocar la guitarra, la tía Esther que iba a ir todos los días al gimnasio… y Raúl dijo que no volvería a beber en su vida, aunque no estoy segura de si eso era un propósito de Año Nuevo –se oyeron unas cuantas risas . Y yo, bueno… No es por meter el dedo en la llaga pero ni Chema ha dejado de fumar, ni Loli hizo dieta…
—¡Oye, sí que la hice! –intervino la aludida.
—Sí, cariño –acordó su marido , una semana, y luego te pilló la comida con la empresa, te inflaste a chuletón y de la dieta ya no se supo más.
—¡No pude decir que no! –se quejó . Pero este año no va a haber comida de empresa, así que para después de Reyes sí que sí me pongo a dieta.
—¡Ya, claro! –intervino otra de las tías . ¡Igual que mi hijo va a aprender a tocar la guitarra!, ¿no?
Hubo una carcajada general durante la que tanto la tía Loli como el primo en cuestión se esforzaron sobremanera por convencer a todos de sus firmes objetivos, pero finalmente alguien los hizo callar y ella pudo continuar, aún con una sonrisa en los labios.
—Precisamente a eso quería llegar. Todos los años nos hacemos los mismos propósitos absurdos, y todos los años los incumplimos sistemáticamente. ¿Por qué seguimos insistiendo, entonces? Somos expertos en auto engañarnos proponiéndonos cosas que supuestamente son buenas para nosotros, pero que en el fondo no queremos hacer, y creyendo que las cumpliremos y que a la siguiente cena de Nochevieja vendremos todos hechos unos figurines. ¡Si sabéis que es mentira! A estas alturas de la película, ni Chema va a dejar de fumar, ni Loli va a cumplir más de dos semanas de dieta, y si Esther llega a apuntarse al gimnasio, probablemente no dure mucho más yendo con regularidad. ¿Por qué no cambiamos de propósitos? Si año tras año no cumplimos con estos, ¿no os parece que va siendo hora de proponernos cosas que realmente queramos hacer?
»Sé que pensaréis que para mí es fácil decirlo. Soy joven y aún tengo buen cuerpo, no tengo por qué preocuparme de ese tipo de cosas. Ni siquiera fumo o bebo. No siento la necesidad de proponerme nada de ese estilo. Sí, puede que tengáis razón. Pero llevo ocho años perteneciendo a esta familia, ocho años conociéndoos y adorándoos, y sé que, por encima de todas las cosas que os proponéis cada Nochevieja, tenéis otras metas que algunos habéis olvidado o que tenéis miedo a cumplir.
»Sé que la mayoría de los que estáis aquí me admiráis. No es fácil decidir largarse a otro país a buscarse la vida y dejar aquí a todas las personas que uno ama. Y sin embargo aquí me tenéis, con una maleta hecha esperándome en el dormitorio y un billete con destino a Los Ángeles sobre ella. En unas horas estaré metida en un avión, tratando de conciliar el sueño sin éxito por los nervios de no saber qué me deparará el destino una vez esté allí. No sé qué haré, no sé si conseguiré trabajo, si encontraré castings a los que presentarme, si me escogerán siquiera para alguna obrita de teatro de poco renombre. Pero, ¿sabéis qué? Realmente no me importa, porque tengo un sueño, y tengo intención de perseguirlo hasta hacerlo realidad.
»Muchos han intentado retenerme. Mi familia, sin ir más lejos, no quiere ni pensar en ello del pánico que les da. ¡Es una locura!, me dicen. Y yo pienso, ¿una locura? ¡La vida en sí es una locura! ¿Creéis que vuestra vida es normal? Muchos de aquí habéis tenido hijos. ¡Tener un hijo sí es una locura! Sin pasar por el embarazo y el parto, que solo lo sufrimos en primera persona las mujeres, estamos hablando de pasar varios años de vuestra vida durmiendo mal, comiendo mal y de desesperación en desesperación porque vuestro hijo no come lo que tiene que comer y se mete a la boca todo lo que no se puede digerir, no duerme, no deja de llorar, vomita, se mea y caga encima, hay que bañarlo y limpiarlo a él y todo lo de su alrededor constantemente, hay que vigilarlo veinticuatro horas al día para que no rompa las cosas, para que no meta los dedos en el enchufe, para que no se asome a todos los lugares por donde se puede caer… Hay que educarlo, pasarse media vida pendiente de que estudie y haga los deberes, pelearse con él por todo y para todo, tener cuidado de que no se junte con malas compañías, soportar que durante una época de tu vida te odie y te ponga a parir delante de sus amigos, que se sienta incomprendido cuando es él quien no comprende, y todo esto sin hablar del dinero que supone. ¡La simple idea de desear un hijo ya es una locura! Y sin embargo todos habéis pasado, estáis pasando o pasaremos por ello con todas las ganas e ilusión que podamos.
»¿No creéis que también es una locura la forma en la que está planteada una vida normal? Desperdiciar la infancia, que es la mejor época de la vida, estudiando cosas que no nos interesan y que vamos a seguir estudiando una y otra vez para que años más tarde no recordemos nada es una locura. ¿Cuántos de vosotros recordáis lo que aprendisteis en el colegio? ¿Y todo para qué? Simplemente para que te permitieran hacer un examen que te permitiese a su vez entrar en una carrera. ¿Y la carrera, qué? Otra locura. La manera de aprender que nos han impuesto es un absurdo, porque realmente aprendemos muy poco. La vida hoy en día consiste en desperdiciar años en estudiar para obtener un trabajo que la gran mayoría de la gente solo consigue para asegurarse una estabilidad económica. ¿Y qué me decís de vuestros sueños? ¿Dónde quedaron? ¿Cuántos adolescentes querían ser guitarristas en un grupo y acabaron de ingenieros o abogados porque no sabían qué otra cosa hacer y necesitaban una carrera que les asegurase un futuro? ¿Cuántas personas frustradas hay en el mundo? ¡Qué locura! ¿Y no es locura que los padres aconsejen a sus hijos para que sean económicamente estables y no para conseguir esos sueños que parecen tan absurdos y tan difíciles de lograr?
»¿No es acaso el dinero una locura también? ¿Todo el sistema y la sociedad que nos hemos creado? ¿Todo lo que nos explotan o nos obligan a explotarnos? ¿Por qué hemos decidido que esta era la mejor forma de organizarnos? ¡Menuda locura! ¡Ni siquiera nosotros mismos estamos de acuerdo! ¿Y a quién se le ocurrió que era buena idea crearnos a cada uno con unas ideas y una forma de pensar distintas? ¿A quién se le ocurrió que para sobrevivir necesitábamos comer, y que para ello debíamos acabar con la vida de otros seres vivos? ¿Quién decidió que nos atrajera la violencia y nuestro primer instinto fuera solucionar todos nuestros problemas por medio de ella? ¿Quién fue el sádico que inventó la vida de esta forma? ¡Vivimos en un mundo creado por locos!
»Así que yo os digo, si la vida en sí es una locura, ¿por qué no dejar de ponernos barreras y hacer todas esas locuras que verdaderamente son lo que queremos hacer? ¿Por qué no dejar de pensar tanto en las consecuencias de nuestros actos y lanzarnos a por lo que deseamos? Yo me voy a Estados Unidos a intentarlo, ¿qué más da lo que allí me encuentre? Si las cosas me van bien, cada día estaré más cerca de ser una estrella de Hollywood; pero si las cosas me van mal, siempre puedo coger otro avión y volver, siempre puedo buscar otros caminos, e incluso puede que desista de mi sueño y busque otras metas, pero al menos lo habré intentado y no pasaré el resto de mi vida preguntándome qué pude haber sido y no fui. ¿Qué más da? La vida es larga, me quedan muchos años por delante para cumplir sueños, para tropezar, caer y volver a levantarme, y a vosotros también. Nunca es tarde para seguir soñando después de despierto, nunca es tarde para hacer de nuestra vida un sueño en sí.
»Este quiero que sea nuestro propósito para el 2013. Seguid fumando, bebiendo, engordando, eso no importa, porque la vida acaba antes o después y al final de esta locura seguramente todos acabemos hartos de vivir tantos años, y más si es sintiéndonos mal por estar descuidándonos; lo importante es que disfrutemos la vida, y sobre todo que disfrutemos a lo que la estamos dedicando, porque si disfrutamos con lo que hacemos todo lo demás queda en segundo plano. O si no pensad si en un rato, cuando estéis aquí bailando, cantando y bebiendo, tendréis otro tipo de preocupación.
»Propongámonos locuras. Hagamos esas cosas que siempre hemos querido hacer. Probémonos a nosotros mismos y, el año que viene, cuando nos reunamos otra vez en esta mesa, aunque puede que por desgracia yo no pueda estar presente, comprobemos lo que hemos crecido en un solo año. ¿Hasta dónde habremos llegado el 1 de enero de 2014?
En ese instante, ella elevó la copa por encima de su cabeza y, entonces, acabó con una gran sonrisa:
—Brindo por un 2013 lleno de locuras. ¡Feliz Año Nuevo a todos!
La familia estalló en aplausos. Todos se levantaron a abrazarla, besarla y desearle, muchos entre cascadas de lágrimas, toda la suerte del mundo en Los Ángeles. Cuando la música comenzó a inundar el comedor y la familia acabó por despedirse de ella, él la acompañó a por la maleta y a continuación se dirigieron juntos al aeropuerto.
Horas más tarde, cuando el avión ya llevaba bastante rato sobrevolando los cielos, ella pensó que su propósito ese año no iba a ser llegar a lo más alto en Estados Unidos, porque actuar era su pasión y sabía que eso acabaría llegando con el tiempo; el reto iba a ser sobrevivir día tras día sin ellos, sin esas comidas y cenas, sin una cara familiar que le ofreciera un abrazo cuando no la escogieran en otro casting o que saltase con ella cuando sí lo hicieran; su reto iba a ser despertar cada mañana sin saber cuándo volvería a verle a él, cuándo podría ahorrar el suficiente dinero como para poder regresar a su lado o soportar la espera hasta que él la visitara a ella.
Su reto iba a consistir en echar de menos a su familia y amigos sin sucumbir a la tentación de abandonarlo todo y volver junto a ellos. Ese era su propósito para ese año, la verdadera locura en la que se iba a ver envuelta: crecer profesionalmente pudiéndose permitir volver de vez en cuando para disfrutar de nuevo de las personas a las que amaba.
Los iba a echar muchísimo de menos, pensó, más de lo que en esos momentos se podía llegar a imaginar, y de hecho ya los extrañaba; pero se marchaba feliz, con la confianza de que algún día volvería para quedarse, y esa vez sería como una de las mejores actrices del mundo.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Gabriel (I): El ángel


La panadera escuchó el leve tintineo mientras sacaba unas humeantes chapatas del horno. Se acercó al mostrador para atender a quien quiera que hubiese hecho sonar la campanilla de su puerta, y no fue capaz de reprimir una sonrisa al ver al niño al que enmarcaba la entrada de su establecimiento.
Era un chiquillo pequeño y pelirrojo, con unos brillantes ojos como estrellas, del color de la miel, y la blanquecina piel salpicada de pecas. Tenía los rosados labios agrietados, y tanto las orejas como las redondas mejillas, coloradas por el atroz frío con el que había amanecido esa mañana de finales de diciembre. Aquello le inspiró una gran ternura y sintió a su instinto maternal revolverse en su interior.
—Buenos días, pequeño –le saludó, con la voz tan teñida de dulzura como fue capaz –. ¿Quieres una galleta?
El niño le dirigió una mirada sorprendida y a la vez desconcertada, pero no tardó en asentir enérgicamente con la cabeza y acercarse al mostrador.
La panadera escogió una de las galletas grandes y redondas que había horneado justo antes de abrir el local, con enormes pepitas de chocolate que aún se derretían ligeramente, y se la ofreció al niño. El pequeño miró a la galleta con unos ojos desmesuradamente abiertos y estiró una temblorosa manita hacia ella. Sin embargo, a mitad de camino pareció cambiar de opinión y retiró la mirada del dulce.
—¿No la quieres? –insistió la panadera, visiblemente confundida.
El chiquillo titubeó.
—¿De verdad puedo?-preguntó con una vocecilla aguda, que no hizo sino acrecentar el súbito cariño que se había hecho hueco en el corazón de la panadera.
—¡Pues claro! –exclamó ella –. Venga, cógela. ¡Sin miedo, que no muerdo!
El niño pelirrojo aceptó la galleta, aún con ciertas reservas, y la mordisqueó. Nada más probarla, se le iluminó el rostro tanto que su cabecita podría haber sustituido sin problemas al mismo sol. Cerró sus manos con fuerza alrededor de su regalo y lo devoró como si llevara un mes sin comer.
Una vez acabó con ella, se restregó la manga de la chaqueta por la boca para limpiarse los restos de chocolate y le dedicó una radiante sonrisa a la panadera. Ella sintió que se fundía por dentro, como el chocolate que empleaba para algunos de sus dulces, y le devolvió la sonrisa.
—¿Cómo te llamas, chiquitín? –preguntó, sin poder contenerse más.
—Gabriel –respondió.
—¡Anda, mira! ¡Como el ángel!
El niño la miró con extrañeza.
—¿Qué es un ángel?
La panadera se quedó boquiabierta. ¿Cómo podía aquel niño no conocer esa palabra?
De casualidad, vio la estatuilla del ángel que reposaba sobre el mostrador como parte de la decoración navideña, y lo elevó para que el pequeño lo viera.
—Esto es un ángel –balbuceó –. ¿Ves? Es un niño como tú, pero con alas.
Gabriel observó con sus relucientes ojos la figura, desbordante de curiosidad.
La panadera, por su parte, se quedó mirando detenidamente al chiquillo, preguntándose por qué aquel niño tan tierno no sabría lo que era un ángel.
—¿Dónde está tu mamá, Gabriel? –le preguntó.
—En casa –respondió él, como si fuera lo más natural del mundo.
—Pero, ¿cuántos años tienes? –inquirió.
—Seis –dijo, henchido de orgullo.
Experimentó un nuevo ramalazo de ternura, pero esta dejó pronto paso al desconcierto. Nunca en su vida había visto antes a aquel niño, y sin embargo no debía de vivir muy lejos si su madre le había encargado ir a la panadería sin compañía. Quizás sí conociera a su madre y por algún motivo ella había tenido que quedarse en casa.
Pero, ¿por qué razón habría una madre de permanecer en el hogar y mandarle los recados a un niño de seis años? Nada encajaba en la cabeza de la anonadada panadera.
—¿Vives por aquí cerca? –fue su siguiente pregunta.
—Sí, casi no he tenido que andar, solo diez minutos –sonrió.
—¡Diez minutos! ¿Y has venido solito hasta aquí? –exclamó, dirigiendo la vista hacia el otro lado del escaparate.
Tenía que haber alguien esperándole afuera, pensó, y se sintió repentinamente estúpida por no habérsele ocurrido antes. Todo ese rato presa de la preocupación para que al final tuviera a alguna tía o tal vez a su mismo padre en la puerta de la panadería, poniéndolo a prueba para ver si era capaz de comprar una barra sin ayuda.
Sin embargo, la respuesta con la que el niño disipó sus dudas la dejó definitivamente petrificada.
—Claro –contestó, frunciendo el ceño, como si comenzara a percatarse de lo extraña de la situación.
La panadera no salía de su asombro.
¡Diez minutos! Para cualquier crío de la edad de Gabriel el simple hecho de cruzar una calle sin el amparo de un adulto habría supuesto toda una aventura, y él hablaba de una caminata de diez minutos por pleno centro de Madrid como si estuviera acostumbrado a rutas más largas. ¿Cómo podía una madre permitir tal atrocidad sin enloquecer de pánico?
Fue entonces cuando se fijó en las harapientas ropas que vestía el pequeño. Llevaba unos vaqueros desgastados que le quedaban algo grandes, al igual que las zapatillas, tan sucias que costaba imaginar que antaño fueran de otro color, y bajo una chaqueta de punto gris podía entrever el comienzo de una camiseta demasiado fina para el invierno que estaban viviendo. ¡Ni siquiera traía abrigo alguno!
¿Cómo podía no haberse dado cuenta? Sin duda la hermosa y dulce carita pecosa del niño la había cegado. Tal vez sí fuera cierto que llevara un mes sin comer, pensó con amargura.
Sintió verdadera lástima por él y se mordió el labio inferior.
—¿Qué quieres que te ponga, Gabriel? –preguntó, haciendo grandes esfuerzos por no dejar que su voz trasluciera la pena y la vergüenza que sentía en aquellos instantes.
El pequeño pareció recordar de pronto la razón de haber caminado durante tanto rato y pidió rápidamente una barra de pan, como si quisiera recuperar el tiempo perdido.
La panadera escogió la más caliente que encontró y la depositó sobre el mostrador. Gabriel se llevó una mano al bolsillo y le ofreció un euro, pero ella, ante el asombro del niño, lo rechazó.
—Guarda ese euro, anda –dijo –. Esta te la regalo.
Él, a modo de agradecimiento, la obsequió con una mirada cargada de sorpresa y alegría. A la panadera le pareció que aquello era mucho más valioso que los ochenta céntimos que costaba la barra de pan y, justo cuando el pequeño se disponía a marcharse del local, decidió hacerle un segundo y último regalo.
—Toma, quédate esto también –y salió de detrás del mostrador para dejar la figura del ángel en la mano que tenía libre –. Dicen que, aunque no los veamos, los ángeles siempre están ahí para protegernos. Puedes llevar este contigo y que te proteja en tu camino de vuelta.
Gabriel cogió con cuidado la estatuilla y, después de observarla durante largo rato con sus resplandecientes ojos, le preguntó a la panadera:
—¿El ángel que se llama como yo también protege a las personas?
Una sonrisa afloró en los labios de ella y no pudo evitar acariciarle el rostro.
—¿Sabes por qué era especial Gabriel? –él negó con la cabeza –. Porque fue quien le anunció a la virgen María que ella iba a dar a luz al niño Dios.
El chiquillo se quedó unos segundos estudiando al ángel, pensativo.
—Mi madre se llama María –dijo finalmente.
La panadera rió.
—¡Mira, otra cosa que tienes en común con el ángel! –exclamó, revolviéndole el pelo –. Ten cuidado mientras vuelves a casa, ¿eh?
Gabriel asintió y, mientras cruzaba la puerta y una ráfaga de viento intrusa la azotaba la cara, la panadera sintió que con aquel niñito pelirrojo se marchaba también un pedacito de su corazón.


miércoles, 26 de diciembre de 2012

Zoe (I): El claro


Trazos de luz se dejaban caer por las rendijas que dejaban las espesas hojas medio marchitas de los árboles y se derramaban sobre aquel claro en mitad de la nada. Un pequeño estanque relucía en mitad de aquel paisaje de cuento, como una confundida y joven gema perdida que aún no supiera que su lugar estaba donde el abrazo de la firme y dura roca pudiera protegerla de los avariciosos ojos del mundo.
Era una perezosa tarde de otoño. Las doradas hojas caídas de los árboles se hallaban desperdigadas sobre la cobriza y deteriorada hierba, como si alguien las hubiera descargado allí de cualquier manera, y a través de la cristalina superficie del estanque se podían observar las brillantes piedras del fondo con una claridad que hacía invisible al agua.
A Zoe le gustaba aquel rincón perdido, inmóvil como si de millones de gotas de pintura descansando sobre un liso lienzo se tratara, como si ese pedacito de universo se hubiera escapado de cualquier otra dimensión. Le gustaba sentarse cerca de la orilla del estanque, a una distancia prudencial, como si temiera molestarlo si se acercaba demasiado; le gustaba dejar que la suave brisa meciera su larguísima melena rubia y cerrar sus verdes ojos para disfrutar mejor de la sensación; le gustaba el hecho de que pareciera que a los segundos les costara un esfuerzo titánico pasar de largo y de que estuviera sumergida en un eterno atardecer.
Zoe había descubierto aquel lugar de casualidad, un día que se había perdido jugando al escondite de pequeña, hacía ya lo que a ella le parecía una eternidad. Amaba el arte, la música y la literatura, y se pasaba la vida dibujando en un gran cuaderno que se llevaba a todas partes. Y, desde que había tropezado con ese pequeño paraíso, se había enamorado irremediablemente de él, convirtiéndose en el modelo que más le entusiasmaba plasmar. Tenía millones de dibujos de aquel lugar, a distintas horas del día, en diferentes momentos de su vida. Nunca se había cansado de representar aquel ambiente, y sabía que jamás lo haría. La llama que encendía en ella aquel claro jamás dejaría de arder.
En realidad, Zoe no era el nombre de la chica de largos y lisos cabellos rubios, pálida tez y grandes y brillantes ojos verdes que visitaba con una frecuencia prácticamente ininterrumpida el claro en medio del bosque, pero a ella le gustaba utilizar ese pseudónimo para firmar los dibujos que realizaba de aquel lugar. El nombre había surgido del claro, aunque ella no recordara cómo. Pero, ¿cómo podía recordarlo? Era una realidad como el azul del cielo, como el calor del sol. El claro le había susurrado aquel nombre, aunque al principio de forma imperceptible. Estaba escrito en el suspirar de la brisa, en el silbar de las hojas de los árboles, en el silencio del agua del estanque. Aquel nombre brillaba en las piedras del fondo  y en los destellos de luz dorada que se derretían por todas partes. Aquel nombre había ido arraigándose poco a poco en lo más profundo de su corazón, sin explicación. Y no sabía ni cuándo, ni cómo, ni por qué, pero lo cierto era que jamás se lo había planteado. Era su conexión con el claro. Simplemente era así. Siempre había sido así.
Zoe encontraba en ese claro no solo una fuente de relajación y de inspiración, sino que creía firmemente que aquel lugar entrañaba algún tipo de filosofía, y pasaba horas y horas tratando de averiguar su lenguaje a medida que trazaba cada uno de sus detalles. Conocía mejor los rasgos de ese lugar que incluso los suyos propios. Había memorizado sin darse cuenta cada uno de ellos, los había interiorizado, los tenía grabados a fuego bajo su blanca piel. Podía caminar con los ojos cerrados por aquel claro exactamente de la misma manera que si los tuviera abiertos. Podía ver los árboles, el estanque y la deliciosa luz que los bañaba bajo el ligero peso de sus grandes párpados.
Desde que había conocido al claro, había descubierto una nueva forma de vivir. Había empezado a apreciar y disfrutar detalles en los que hasta ese momento no había reparado: el mecer de las hojas con el viento, el gorjeo de algún pajarillo en la lejanía, el rasgueo de sus lápices de colores contra la rugosidad del papel. El propio silencio. Había comenzado a amar la soledad y a dejar de necesitar a la gente.
Sí, se había enamorado del claro. Cada vez que podía se alejaba de la civilización y se adentraba en la espesura del bosque para encontrarse con su amado. Y se emocionaba con el simple pensamiento de estar acercándose a él. Cada vez que llegaba al claro, posaba sus pies sobre él con timidez y nerviosismo, como si se desnudara frente a él por vez primera y él pudiera traspasarla y leer cada uno de sus pensamientos. Y, cuando se iba, lo dejaba con la agridulce sensación de quien no se quiere despedir aunque sabe que pronto volverá.
No, Zoe no era una chica normal. Ella en el fondo lo sabía, pero no le importaba. Como sabía también, a pesar de que jamás se hubiera parado a pensar en ello, que nunca llegaría a amar a una persona como amaba a aquel claro.


martes, 25 de diciembre de 2012

Luna Nueva

Dicen que la vida es como un tortuoso sendero, repleto de obstáculos que salvar, algunos más pequeños y llevaderos, otros más grandes y costosos. Lo más probable es que en algún momento del camino hallemos uno que marque un punto de inflexión en él, un altísimo acantilado que ponga a prueba algo más que nuestro ingenio o nuestro carisma, y que tal vez no estemos preparados para saltar. O puede que simplemente lleguemos a una encrucijada sin señalar y no sepamos qué camino nos llevará a nuestra meta. Quizá ni siquiera sepamos bien a dónde se supone que deberíamos dirigirnos.
Dicen también que, llegados esos momentos, lo importante no es tropezar y caer, sino saber levantarse y seguir adelante. A veces no es cuestión de evaluar las consecuencias que puede traer lanzarse al vacío, sino de armarse de coraje y dejarse caer, si es que al final de él se halla lo que buscamos. El miedo no puede detenernos a la hora de alcanzar nuestros sueños, o al menos no debería hacerlo.
Y es que el miedo es el peor carcelero que existe. Comienza siendo un leve temor, algo insignificante en lo que apenas reparas, y a continuación va expandiéndose en tu mente como un veneno hasta convertirse en un yugo al cuello, una presión que te oprime el pecho y apenas te deja respirar, un efectivísimo paralizador capaz de bloquear tu mente e impedirte ver tu camino hacia la meta. El miedo es un asesino lento y constante, un torturador que infringe cada vez más daño conforme el tiempo va transcurriendo, un aprisionador que al que nosotros mismos damos a luz y que nos fuerza silenciosamente y sin que apenas nos demos cuenta a construirnos la jaula en la que, si nos descuidamos, permaneceremos encerrados el resto de nuestras vidas.
La mayoría de los sueños vienen de la mano del miedo, y suele ocurrir que cuanto más grande es el sueño, más aún lo es el miedo que lo acompaña. El reto está en saber distinguirlos y separarlos para que los sueños sometan y difuminen al miedo, y no dejar que sea al revés. Ahí es donde se prueba la valía de cada hombre y mujer, el sentido que al menos yo le otorgo a la vida: saber superar nuestros miedos para alcanzar nuestros sueños y, algún día, podernos sentirnos orgullosos de quiénes somos y qué hemos logrado.
“El laberinto de la luna”, nombre que le he otorgado a este blog, es la historia de un sueño y de un miedo: el sueño de una niña de seis años que quería escribir historias y, en un futuro, poder vivir de las fantasías que ella misma creaba; y el miedo de una adolescente de catorce años de fracasar en su sueño infantil y que se quedase en eso, una mera ilusión de niña pequeña carente de sentido y futuro.
Con “El laberinto de la luna” comienzo una nueva etapa en mi vida, la etapa en la que dejo de alimentar miedos para cultivar sueños y disfrutar de los frutos que engendren. En él narraré pequeñas historias de una serie de personajes bastante distintos entre sí, y tal vez mezcle estas historias con otros tipos de relatos, quizá algún poema o puede que algo relacionado con mis gustos o mi forma de pensar.
Os invito a participar de este blog leyendo y compartiendo las fantasías de esta cabeza loca y trasnochada que tengo por compañera, y espero que os entretengan y lo disfrutéis tanto como lo haré yo escribiéndolas.
Nace por fin, después de varios meses gestando la idea, “El laberinto de la luna”.
Un saludo a todos y… ¡Ah! ¡Feliz Navidad!