domingo, 16 de julio de 2017

Zoe (VII): La chica del árbol de corales

—Zoe.
La voz sonaba en la lejanía, susurrante pero limpia y clara al mismo tiempo.
—Zoe –repitió.
Zoe abrió los ojos pesadamente, pero fue incapaz de ver nada. Una espesa niebla cubría su cabeza y no era capaz de distinguir las formas ni los colores.
—Zoe –la seguía llamando la voz.
Y entonces la reconoció.
Era la voz de su claro. Lo que silbaba el viento a través de las hojas de los árboles cuando yacía en él dibujándolo.
De pronto, los contornos se esclarecieron, y allí estaba ella de nuevo. La embargó la sensación de paz y familiaridad propia de quien ha regresado a su hogar.
Sin embargo, algo la dejaba intranquila. Su claro no era el mismo de siempre. La distancia que la separaba del estanque y del resto del bosque era mucho mayor de la habitual, y se sentía extrañamente sola.
No se dio cuenta al principio, pero poco a poco fue consciente de que los árboles se movían y que llevaban moviéndose de esa manera todo el rato. Danzaban a su alrededor, mezclándose con otros y susurrarando a gritos su nombre.
—Zoe… Zoe…
Ella acudió a su llamada, caminando emocionada hacia el lago, pero, cuando llevaba apenas unos pasos, se percató con impotencia de que éste seguía igual de lejos que al principio. Cuanto más se acercaba a él, más lejos parecía estar, y la suave danza de los árboles se volvía cada vez más frenética y violenta.
¿Por qué estaba el claro tan enfurecido?
Seguía escuchando su nombre, pero ya no sonaba dulce y suave, sino fuerte y exigente, y Zoe no alcanzaba a distinguir si aquello era una réplica dolida o una llamada de auxilio desesperada. 
La chica apremió el paso, pero era inútil, su claro estaba cada vez más lejos. Y, de repente, un torrente de agua salió disparado del lago, como si de un monstruo marino se tratase, y le agarró del tobillo, empujándola con fuerza hacia adentro. Zoe, asustada, intentó aferrarse al suelo, pero el torrente era mucho más fuerte que ella. Impotente y desesperada, sus uñas sólo lograron arañar la tierra y arrancar la hierba mientras sentía cómo las aguas la arrastraban por el suelo antes de engullirla como a una lombriz.
Entonces, todo se apagó.
Ni el ruido del viento y el agua, ni el verde y el dorado de los árboles danzantes, ni la distancia cada vez más grande entre el claro y ella. No veía, sentía ni oía nada.
Sólo una voz tenue y adormilada que susurraba:
—Zoe…

—¡Zoe!
Zoe se despertó sobresaltada, con el corazón latiéndole totalmente desbocado.
Se giró bruscamente y vio a Isshia enmarcada en la puerta de su exótico hogar, mirándola con una mezcla de diversión y preocupación.
—¿Zoe?
Ella aún trataba de ubicarse y reconocer que lo que ocurría a su alrededor no formaba parte del sueño. Su pecho subía y bajaba, frenético, y miraba a la mujer del pelo de colores con ojos desorbitados.
Ae, Zoe –dijo automáticamente, sin saber muy bien cómo habían llegado esas palabras a sus labios.
Isshia soltó una risotada.
Ren, Zoe –respondió, encantada, y a continuación le hizo gestos apremiantes para que abandonara el lecho de hierba y se acercara a ella.
Confusa, Zoe se puso en pie lentamente y se palpó el cuerpo para comprobar que seguía vestida, aunque fuera con aquellos extraños ropajes. Dio unos pasos hacia la mujer, pero, antes de haber llegado a su lado, ésta retiró la cortina de caracolas que pendía del marco de la puerta y la invitó a salir al exterior.
A Zoe apenas le dio tiempo a apreciar de nuevo la luz del sol. Antes de que hubiese puesto un pie fuera, una avalancha de gente se volcó sobre ella, curiosa y entusiasmada, hablándole a gritos en su lengua.
Ella enseguida se sintió estresada, aturdida y terriblemente incómoda. Ni siquiera era capaz de distinguir los rasgos de aquellas personas, ni el color de su pelo, o si eran hombres o mujeres. Desesperada, buscó con la mirada a Isshia, suplicándole auxilio en silencio, y ella enseguida salió a su rescate, apartando con brazos y piernas a la gente y dando órdenes en tono maternal. En cuestión de segundos, aquellos seres se habían dispuesto a un par de zancadas a la redonda, observando a la visitante ahora en respetuoso silencio, pero con un interés aún mayor si cabía.
Fue entonces cuando la chica pudo ver el aspecto de toda esa gente con claridad: pieles bronceadas y tatuadas, torsos desnudos, telas transparentes y traslúcidas de diversos colores, ojos y cabellos también de brillantes tonalidades, éstos últimos muy cortos o largos y recogidos… y todos ellos con sus branquias sobre la caja torácica, indicativo de que ahí la diferente era ella.
Algunos valientes trataron de acercarse un poco a Zoe y comunicarse con ella en voz suave, pero Isshia enseguida los acalló, y Zoe no tuvo que pensarlo mucho para deducir lo que les había expresado: que era inútil, la chica no entendía ni una palabra de lo que estaban diciendo.
El grupo intercambió murmullos de sorpresa, hasta que una joven aparentemente de la edad de Zoe se abrió paso entre la muchedumbre y, momentáneamente, la atención se centró en ella. Todo el mundo parecía conocerla y alegrarse de su presencia, e Isshia la saludó con gran efusividad, como si la hubiera estado esperando.
La muchacha correspondió al saludo alegremente y juntas intercambiaron unas palabras antes de que se volviera hacia Zoe con los brazos en jarras y una cálida y jovial sonrisa dibujada en su rostro.
—Zoe –la llamó Isshia, y a continuación señaló a la recién llegada con las manos –. Íha, Rayle.
Ae, Rayle –se apresuró a corroborar la chica.
Zoe anotó mentalmente la palabra “íha”, traduciéndola como “ella”, y añadió el nombre de Rayle a los ya conocidos.
Ae, Zoe –se presentó como había aprendido.
Rayle asintió y aplaudió, maravillada, y volvió a hablarle muy despacio y haciendo un montón de gestos que Zoe no comprendió.
Ante el contrariado ademán de su huésped, Isshia volvió a dirigirse al grupo que observaba la escena desde segunda fila y vociferó algunas cosas con satisfacción y firmeza, logrando que, por fin, todos esos seres desaparecieran de la vista, dejando a las tres mujeres a solas. Zoe respiró con alivio, aunque aún seguía inquieta por la presencia de la recién llegada.
Entonces, Isshia volvió a hablar y hacer gestos, señalándola a ella y a Rayle de vez en cuando, hasta que la empujó suavemente hacia la joven y Zoe intuyó con pavor que pretendía dejarla a solas con ella.
Sus sospechas se confirmaron cuando, tras intercambiar de nuevo unas últimas palabras con Rayle, Isshia se despidió de la muchacha con una sonrisa y se introdujo de nuevo en la cabaña.
Zoe quiso suplicarle a la mujer que no la dejara sola con aquella extraña, pero ya era tarde, y de todas formas no tenía manera de hacerse entender. Desolada, contuvo un suspiro y se enfrentó a su destino, sin saber muy bien qué hacer.
En cambio, su compañera no parecía nerviosa en absoluto. Al contrario, se la veía tan emocionada con aquella idea que no perdió tiempo y se dispuso a hablarle con toda la tranquilidad del mundo, a pesar de que Zoe no entendiera nada de lo que estaba diciendo y no pudiera responder, así que la chica no tuvo más alternativa que quedarse contemplándola, tratando de disimular lo mejor posible su estupor.
Rayle era media cabeza más alta que Zoe y poseía un cuerpo proporcionado y definido, de bellas curvas y piel tostada plagada de multitud de coloridos tatuajes. Sus ojos violetas refulgían con alegría en medio de un rostro pecoso y equilibrado, con una boca ancha y carnosa de la que sobresalía esa radiante sonrisa, pómulos marcados y nariz respingona. Su cabello, de color azul marino, brillaba con reflejos del tono de sus ojos, y en esos momentos lo mantenía recogido hacia arriba en un inusual peinado sin ningún tipo de orden que dejaba un par de gruesos mechones ondulados enmarcando su hermosa faz. Vestía una especie de body rasgado por varios sitios, de varios tonos de amarillo, que estaba compuesto a partes iguales de zonas traslúcidas y opacas, mostrando su vientre plano y dejando entrever un pecho desnudo y las branquias que ya le eran familiares sobre sus costillas. Sobre esa vestimenta llevaba un amplio pedazo de tela transparente sujeto a su hombro derecho que cubría parte de un brazo, e iba descalza.
La chica le indicó con un gesto ávido que la siguiera y, al darse la vuelta, Zoe pudo ver que su atuendo se abría en la espalda hasta la cadera, dejando ver un enorme tatuaje que destacaba frente a todos los demás: un mosaico de corales de distintos tonos de azul marino que trepaba por su espina dorsal hasta la nuca, donde terminaba en un extraño símbolo gris, y del que nacían hacia los lados multitud de bellos dibujos de todos los colores habidos y por haber, describiendo líneas curvas que se enredaban las unas con las otras o se enrollaban sobre sí mismas hasta desaparecer. Zoe pensó que parecía un enorme árbol marino, y se olvidó casi hasta de respirar al contemplarlo embelesada mientras caminaba detrás de su lienzo, descubriendo nuevos detalles a cada paso que daba.
Rayle no había dejado de hablar con su voz cantarina desde el momento en que se había dado la vuelta. Cuando se percató de que Zoe se había quedado anonadada con el tatuaje de su espalda, rió, divertida, y tomó suavemente de la muñeca a su acompañante para colocarla a su altura y obligarla a mirar a su alrededor. Zoe se dejó llevar, apenada por tener que dejar de estudiar aquella maravillosa creación, pero pronto se olvidó del tatuaje al ver el lugar en el que se encontraban.
El hogar de aquellas criaturas parecía un poblado de cuento. Pequeñas viviendas como la de Isshia se levantaban por doquier, y vistas desde fuera parecían casi como caparazones acabados en punta, con todos sus pilares blanquecinos y curvos atados entre sí en la parte superior con aquel extraño material del cerramiento que Zoe no identificaba. Las viviendas se esparcían aquí y allí sobre un lecho de hierba corta, como carcasas blancas con sus puertas hechas de cortinas de colores que las distinguían unas de otras, y, conectándolas entre ellas, sus habitantes habían construido caminos sinuosos hechos con lo que a Zoe le parecieron conchas de múltiples tamaños y colores. A lo lejos, las aguas de un río se atravesaban entre las casas como una serpiente, cargando el ambiente de un aire puro y fresco que llenó los pulmones de la muchacha. Y, a medida que iban caminando, a Zoe le llegó un olor que conocía bien.
El del aroma que traían las olas y la brisa del mar.


martes, 4 de julio de 2017

Victoria (IX): Una de cal y otra de arena

Era noche cerrada cuando un ruido sordo interrumpió mi sueño.
Me desperté entre desubicada y asustada, con el corazón latiéndome fuertemente bajo mi pecho. La negrura de la habitación era total, y me costó un buen rato acostumbrarme a ella y reconocer el camastro donde dormía y darme cuenta de que ya no estaba en la mullida cama con dosel de mi habitación.
Aturdida y hecha un manojo de nervios, auné fuerzas para levantarme y averiguar qué diablos había sido ese ruido. La cabeza me daba vueltas como una noria y me crujió todo el cuerpo al incorporarme, pero finalmente logré mantenerme firme como para coger mi móvil, que se encontraba a buen recaudo descansando bajo mi almohada, dura como una piedra, y activar una vez más la luz de su linterna.
La puerta de la chabola estaba abierta de par en par y se balanceaba ligeramente.
Me quedé completamente paralizada, sin saber cómo reaccionar. Alguien había entrado mientras dormía. ¿Para qué había querido alguien internarse en ese sitio tan cochambroso?
De pronto, tuve una iluminación.
¿Y si había sido el anterior dueño?
Salí de la casa impulsada por un arranque de valentía, y apunté con mi linterna a todas partes, esperando ver a quien quiera que fuese el autor de aquella incursión huyendo en la distancia, pero eso no sucedió. Desconcertada, volví al interior de la choza. Tal vez simplemente había sido el viento el que había abierto la puerta, tampoco sería extraño dada su calidad, traté de convencerme…
Sin embargo, cuando por instinto dirigí la luz del móvil hacia cada rincón de la habitación para comprobar que todo estaba en orden, descubrí que faltaba algo.
Aquel individuo me había robado el váter.
No tenía claro si tenía ganas de reír o de llorar. Aquel pedazo de cerámica no servía para nada, más allá de aparentar un recipiente donde hacer mis necesidades, pero descubrí para mi sorpresa que sin él me sentía completamente expuesta. Lo ridículo de la situación me hizo sentir impotente y estúpida a partes iguales. ¿Qué se suponía que tenía que hacer alguien si le robaban un inodoro que ni siquiera funcionaba cuya simple existencia ya era de dudosa legalidad?
No sé cuánto tiempo me mantuve allí, contemplando el hueco vacío que había dejado la ausencia del váter, hasta que una voz me sacó de mi ensimismamiento.
—¿Victoria Legacy?
A punto estuve de desmayarme del susto. ¿Quién diablos venía a verme a esas horas? Y, lo que era más inquietante, ¿cómo había descubierto que vivía allí?
Cuando me volví, la persona que encontré mirándome con aspecto inexpresivo era la última persona que esperaba y quería ver en aquella situación.
—¡¿Tiara Angelista?! –espeté, en un tono mucho más histérico que en el que me habría gustado hablar.
¿Cómo narices me había encontrado? Y, ¡¿qué hacía ella allí?!
Repasé mentalmente mi lista de contactos de ese día: Natalie Taylor, la agente inmobiliaria estafadora; el taxista imbécil que me había llevado a mi recién adquirido hogar; el hombre gordo con el que había intercambiado dos palabras en el casting; Champ Ward, el propietario del local de fiestas al que había ido a parar de casualidad; y Richie Striker.
Las únicas dos personas que conocían mi ubicación eran las dos primeras. Pero, aunque en el más remoto de los casos diera la casualidad de que fueran amistades de Tiara, cosa que veía muy improbable, ¿qué le había llevado a la productora de cine a buscar mi paradera e ir a visitarme en plena madrugada?
Eran muchas las preguntas que se agolpaban en mi cabeza como para poder discernir unas de otras y tratar de dar respuesta aunque fuera a una sola de ellas.
La mujer se quedó mirándome con cara de póker a través de unas gafas de sol totalmente innecesarias dadas las horas que eran, para luego pasar a contemplar sin ningún tipo de pudor la infravivienda en la que habitaba.
—Excéntrico –comentó.
—¿Te lo puedes creer? –me apresuré a replicar, poniendo en marcha de nuevo la máquina de mentiras –. Compras un solar y cuando te quieres dar cuenta ya te han levantado una chabola. He tenido que quedarme a pasar la noche para averiguar quién es el sinvergüenza que me ha ocupado el solar.
Tiara pareció hacer caso omiso de mis palabras.
—He venido personalmente a darte un puesto como extra para la película.
No sabía si me había quedado más anonadada por la noticia o por el hecho de que la mujer se presentara allí a esa hora como si aquello fuera la mansión de Twinbrook y fueran las cinco de la tarde.
—¿Perdona? –pregunté, estupefacta.
—Me has gustado. Tienes agallas y mente crítica. Actuar no es lo tuyo, pese a todas esas compañías de teatro en las que dices haber trabajado… Pero se nota que sabes de cine y que tienes ambición por llegar lejos en este mundo. Estoy aburrida de todas esas pánfilas que no analizan nada y que se creen que sólo por tener una cara bonita van a ser alguien en esta vida. Yo he trabajado mucho para llegar a donde estoy, y he visto en tu mirada que tú estás dispuesta a recorrer el mismo camino. ¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho –respondí, tan atónita que me olvidé hasta de si era razonable decir la verdad en esa ocasión.
—Me recuerdas a mí hace unos años –contestó ella –. Esa fuerza en los ojos, ese carácter… Estás dispuesta a todo y no te vas a dejar pisotear para conseguirlo. ¿Me equivoco?
—N-no…
—Empiezas mañana. De una a siete de la tarde, de lunes a viernes, en el set que asignaremos cada día para la película. Si no estás puntual, no entras y no recibes paga ese día. Si te desempeñas bien y das la talla, te haré mi ayudante personal. Necesito a alguien con tu cabeza para asesorarme, y estoy harta de machitos que me digan lo que tengo que hacer. ¿Todo claro?
—S-sí, cristalino –dije, en un intento desesperado por recomponerme.
—Tengo un ojo puesto en ti, Victoria Legacy –me advirtió –. Espero mucho de ti.
—No la defraudaré, señorita Angelista –la aseguré.
—Te veo mañana –se despidió, y se perdió en la oscuridad de la noche.
Puse todas mis energías en mantenerme firme hasta que me aseguré de que Tiara había desaparecido, y a continuación mis piernas flaquearon y me desmoroné.
Ya me daban igual todos los misterios que rodeaban el suceso y que no dejaban de ser turbadores.
Tenía trabajo.
Y mi pésima actuación en el casting había llamado la atención de la jefa de producción más reconocida de Plumbob Pictures.
Ahogué un grito de alegría nada propio de mí y me sumergí entre mis sábanas para descansar todo lo que me fuera posible antes de mi primer día.


miércoles, 28 de junio de 2017

Iván (IV): Una noticia genial

Pasaron un par de días desde lo sucedido en casa de Clara que fueron tediosos a más no poder. Nunca había tenido excesivos problemas con los estudios, pero para Iván ir a clase era un recordatorio constante de lo que se le venía encima ese curso. Era su último año de instituto, y si segundo de Bachillerato ya era un curso complicado de por sí por la amenaza permanente de la selectividad, la presión inherente de a elegir una carrera (la decisión más importante de sus vidas) y sacar la nota necesaria poder llevarla a cabo, además él tenía una carga añadida.
Iván quería estudiar nanotecnología, una carrera que implicaba dos inconvenientes principales: en primer lugar, que necesitaba tener conocimientos tanto de dibujo técnico como de biología a partes iguales para poder comenzar la carrera sin morir en el intento, por lo que le había tocado escoger un itinerario y estudiar por su cuenta la asignatura restante. Era por ello por lo que había tenido que pedirle a la madre de Clara, que era profesora de biología, que le prestase un libro para prepararse esa asignatura.
El otro inconveniente era que la única facultad de nanotecnología de España estaba en Barcelona.
Y eso implicaba separarse de Clara. Cosa para la que no sabía si estaba preparado, y menos teniendo en cuenta lo sucedido la tarde anterior.
Iván le había dado muchas vueltas a lo ocurrido, había rememorado y analizado cada pequeño detalle de ese momento, y aproximadamente cada cinco minutos llegaba a una conclusión distinta. En general se oponía a la idea de que ella lo pudiera corresponder, convencido como siempre de que lo que él sentía no era recíproco en absoluto, pero a veces se acordaba de la mirada de Clara, de cómo por momentos se había desviado hacia la boca de él, de cumplidos que le había hecho como quien no quería la cosa, y no podía evitar dudar…
De pronto, todas las cosas que él había dado siempre por sentado habían cobrado un nuevo sentido para él a partir de ese día. ¿Y si había vivido durante años en una mentira, interpretando que aquella complicidad que experimentaba con ella era causada por la relación de amistad que llevaban manteniendo desde niños y no porque ambos tuvieran sentimientos hacia el otro? Que Iván supiera, Clara nunca había estado con ningún chico. Él nunca le había dado ninguna importancia, pero, ¿y si había una razón para que aquello no hubiera sucedido?
Durante esos días, Iván no había parado de hacerse estas preguntas y, cuanto más lo pensaba, analizaba y recordaba, más esperanzas se generaban inconscientemente en su interior… y, con ellas, una idea que jamás se le habría ocurrido ni imaginar que iba a llegar a plantearse.
La idea de proponerle a Clara quedar juntos.
Fuera de su casa o de la de ella.
Como una cita, vaya.
Iván había sentido un ramalazo de adrenalina cuando la idea llegó a su cabeza por primera vez, y enseguida la había desechado al considerarla más seriamente. Pero con el transcurso del tiempo su imaginación había volado hacia un futuro cercano en el que él y Clara iban a tomar un helado juntos, o paseaban por el parque, tal vez cogidos de la mano…
¿Y si aquello podía ser una realidad?
Iván llevaba un rato tirado en la cama, dándole vuelas a toda aquella situación, y por fin había creído haber tomado una decisión.
Y se atrevía a afirmar que era con diferencia la más terrorífica de toda su vida.
En un acto impulsivo, alargó el brazo rápidamente hacia su escritorio y cogió su móvil.
Hey, escribió rápidamente por WhatsApp.
Por suerte, la respuesta no se hizo de rogar.
Hey, tío, contestó Sergio al otro lado del teléfono.
Iván se lo pensó un segundo antes de volver a escribir.
Voy a decirle de salir a Clara.
Guay, fue la respuesta de su amigo. ¿Vas a ir al final a lo de mañana?
Iván se desinfló como un globo. Sus amigos llevaban un par de días dando por saco ininterrumpidamente por el grupo que tenían en la aplicación haciendo planes sobre salir de fiesta ese viernes para celebrar el comienzo del curso (una excusa igual de estúpida que cualquier otra para emborracharse y ligar con desconocidas).
No creo, contestó, ligeramente ofendido por la escueta respuesta de su amigo ante la magnitud de lo que acababa de decirle.
Iván le había narrado a Sergio lo ocurrido en casa de Clara al día siguiente mientras salían juntos del instituto y el muchacho había estado al corriente de su inmenso dilema, pero sabía que detrás de ese escueto “guay” su amigo realmente se alegraba por él y estaba orgulloso de que hubiese llegado a tomar esa decisión.
Deberías decir algo por el grupo. Todo el mundo cuenta contigo, tío.
Iván resopló, desganado. El grupo de amigos se había tomado la participación de Iván en el plan como todo un hito histórico y no habían parado de mencionarlo una y otra vez a lo largo de esos días, pese a que él se había mantenido firme en ignorarlos a todos ellos. Retirarse públicamente y someterse al agotador juicio de todos ellos durante días era lo que menos le apetecía en esos momentos.
En qué hora accedería a la propuesta de Sergio.
¿Cuál es el plan exactamente?
Una de las cosas que más le gustaba de su amigo era que, a diferencia de lo que habría hecho el resto, no le cuestionaba por no haber leído el grupo de WhatsApp.
Probablemente él mismo tampoco lo había hecho tanto como parecía.
Todavía no se ponen de acuerdo en el sitio, pero Quique tiene la casa sola. Quieren beber allí y entrar cuando abran la sesión para adultos.
Pero si todos somos menores, objetó Iván.
Ya. Habrá que buscar un DNI.
Iván casi podía ver a Sergio encogiéndose de hombros con indiferencia.
Paso, tío. No me gusta salir de fiesta, no me voy a meter en líos encima. Se lo pensó un segundo más antes de proseguir: Además, voy a quedar con Clara. Ya no tiene sentido que salga.
En cierto modo, hasta sentía que de alguna manera le estaba siendo infiel a Clara si salía, aunque no comprendiese bien esos sentimientos y no se atreviera a reconocerlos en voz alta.
Vale, tío, como quieras, respondió Sergio. Dilo por el grupo y ya está.
Gracias, tío.
Su pulso se aceleró, siendo consciente de que la conversación con su amigo había muerto… y eso significaba que la hora de la verdad había llegado.
Bueno, Sergio, tecleó, muy despacio. Voy a escribir a Clara.
Suerte, tío. Ya me contarás.
Gracias. Te digo luego.
Iván cerró la conversación con Sergio, viendo cómo en la pantalla principal se acumulaban las notificaciones en el grupo de los chicos, y buscó a Clara en su lista para abrir una nueva pantalla.
Estaba en línea.
Respiró hondo. Notaba su corazón latiendo con fuerza, haciendo que todo su cuerpo retumbase y temblase como un flan.
No sabía si estaba preparado para aquello. ¿Y si Clara lo rechazaba? Por un momento estuvo a punto de echarse para atrás, pero al final se hizo fuerte y decidió lanzarse sin pensárselo más veces.
Hey, Clara, tecleó rápidamente.
Ya estaba hecho.
¡Hola, Iván!, respondió ella al poco tiempo. ¿Cómo estás?
Iván no pudo evitar alegrarse del entusiasmo con el que había contestado la chica.
Bien, ¿y tú? ¿Qué tal estás?
Muy bien.
Tuvo una horrible sensación de vértigo, pero no podía demorarlo más. El momento había llegado.
Escogiendo bien las palabras, comenzó a escribir: Oye, Clara, he pensado que tal vez te gustaría…
Pero antes de que pudiera terminar la frase, llegó un nuevo mensaje de ella.
Tengo que contarte una cosa, Iván.
El chico se quedó confundido y paralizado, con el dedo levitando sobre la siguiente tecla. ¿Qué sería aquello que quería contarle?
Tuvo un mal presentimiento.
¿Ha ocurrido algo malo?, preguntó con cautela tras borrar el anterior mensaje.
¡Qué va!, respondió ella alegremente. Es una noticia genial.
Iván respiró aliviado y dejó escapar una risita nerviosa.
¡Guay!, escribió. ¿De qué se trata?
He conocido a alguien.


domingo, 18 de junio de 2017

Kai (IV): El comienzo de las pruebas

Los tres amigos se despidieron escuetamente y cada uno se encaminó junto a su maestro correspondiente.
El maestro Hando les dirigió una breve mirada a cada uno de sus cuatro aprendices con ojos vidriosos, contándolos mentalmente, y a continuación hizo un ademán con la cabeza indicando que lo siguieran.
Los guió a través del bosque, hasta una zona donde la vegetación era especialmente densa.
—Bien –dijo una vez se hubieron detenido –. Voy a repasar las fases de la prueba rápidamente por si queda alguna duda, aunque realmente no creo que sea necesario. Como ya sabéis, las pruebas constan de cinco fases: fase del deber, en la que deberéis demostrar que tenéis los conocimientos necesarios sobre el oficio; fase de habilidad, en la que se pondrá a prueba vuestra agilidad y destreza en el manejo del arco; fase de supervivencia, en la que mostraréis que sois capaces de fabricar vuestro propio arma en caso de necesidad; fase de abastecimiento, en la que haréis el sacrificio de un animal enfermo; y, por último, fase de protección, en la que os enfrentaréis entre vosotros para ejercer la parte más importante de nuestra labor. ¿Todo claro?
Los cuatro aprendices asintieron en silencio.
El maestro Hando los correspondió aprobadoramente.
—En ese caso comenzamos con la fase del deber. Os haré preguntas indistintamente a cada uno de vosotros. Ya sabéis que esta fase no computa dentro de la valoración global, pero es el requisito esencial para poder realizar el resto de pruebas, porque sobreentendemos que un arquero que no tiene clara su función no es merecedor de desempeñar dicha labor; por lo tanto, si no la superáis, quedaréis automáticamente descalificados.
Hubo un silencio tenso que fue rápidamente sofocado por Hando.
—Podéis estar tranquilos, ya hemos hecho esta prueba muchas veces y no vais a tener problema. ¿Empezamos?
El grupito volvió a asentir, algo más calmado.
—Esven –dijo, dirigiéndose al aludido –. ¿Cuál es la función principal de un arquero?
—Los arqueros somos los encargados de la protección de Thaenderia, maestro.
—Y, ¿por qué es necesaria la protección de Thaenderia si es la región más pacífica de toda Deilia?
Esven tardó algo más en contestar.
—Los arqueros debemos estar siempre presentes y asegurar la seguridad de todos los thaenderes, maestro.
—¿Alguien quiere completar la respuesta de Esven? –preguntó el maestro al aire.
Un muchacho llamado Vith se adelantó unos pasos.
—Thaenderia es una región pacífica, maestro –declaró –, mas nunca podemos saber cuándo los extranjeros dejarán de serlo con nosotros.
—Y nunca sabemos si los gannuh abandonarán el bosque de Zurea algún día –añadió Esven, al que el comentario de su compañero le había hecho recordar.
El maestro asintió aprobadoramente.
—Kai, ¿puedes enumerarme los trabajos que desempeña la Casa Arquera? –le preguntó, mirándolo fijamente.
Kai carraspeó.
—Los principales son la protección de los thaenderes, como ha dicho Esven, incluyendo acompañar a cualquier thaender que se aleje de su población, así como a las partidas comerciales y viajeras, y el sacrificio de animales en caso de que enfermen y no puedan servir de alimento por el método habitual, maestro. También podemos dedicarnos a la fabricación de armas y a formar a futuros arqueros.
Hando esbozó una pequeña sonrisa.
—Nilhe, háblame un poco más del ritual de sacrificio del que ha hablado Kai.
—Debe realizarse siempre en presencia de un mago, maestro –respondió la chica –. Debe ser todo lo veloz e indoloro posible, y luego se debe acompañar al mago durante el proceso de despiece de la carne y su curación mágica para poder ser ingerida.
—¿Algo más? –inquirió el maestro, aguardando la parte de la respuesta que faltaba.
Nilhe empalideció súbitamente, sin saber a qué se refería exactamente su maestro. Se hizo el silencio durante unos instantes, hasta que Kai, apiadándose de ella, salió al socorro de la chica.
—Hay que agradecer a la diosa Everyth antes y después del sacrificio por la vida que crea y rogar por que no caigan más animales enfermos, además de agradecer al animal en cuestión por el alimento que nos otorga.
La muchacha, lejos de sentirse agradecida por la ayuda de Kai, le dirigió al mestizo una mirada cargada de odio y asco.
Al instante, Kai se arrepintió de su gesto.
El maestro Hando continuó con la prueba.
—Vith, explícame por último en qué consiste el entrenamiento del arquero.
—El arquero debe estar continuamente entrenándose en el manejo del arma, maestro –se apresuró a contestar el aprendiz –. No debemos descuidar nuestro entrenamiento ni un solo día, pues debemos ser protectores diestros en los que cualquier thaender pueda confiar en caso de necesidad.
—Nilhe, ¿quieres continuar tú? –preguntó Hando, dándole una nueva oportunidad a la chica.
A Nilhe le brillaron los ojos con orgullo.
—Debemos entrenar nuestra agilidad en los árboles y nuestra puntería y velocidad con el arco constantemente, maestro, repitiendo cada día los ejercicios que hemos aprendido y entrenado durante el segundo ciclo.
El maestro Hando se cruzó de brazos.
—Bien, pues eso es todo. Como habéis visto, la fase del deber es una mera formalidad. Sé que todos conocéis el deber del arquero a la perfección.
A continuación dio unos golpecitos en el tronco del árbol que tenía a su vera.
—La fase de habilidad –anunció –. Conocéis el recorrido de sobra, así que no me voy a molestar en explicarlo de nuevo. Debéis hacerlo en el menor tiempo posible y superar todas las marcas que, como ya sabéis, están señalizadas por munhe. Tenéis hasta que el sol alcance su punto más alto en el cielo. Si alguien llega al final del recorrido más tarde, habrá fallado esta fase y estará obligado a ganar el combate de la fase de protección. Lo mismo si no veo todas las marcas con sus respectivas flechas. ¿Entendido?
—Sí, maestro –respondieron todos los aprendices al unísono, más animados por haber superado la primera fase.
—¿Y si no ganas el combate pero bordas las fases de supervivencia y abastecimiento? –intervino Esven.
El maestro entrecerró los ojos con agotamiento.
—Por enésima vez, Esven: hay que ganar el combate. Es el requisito.
El muchacho desvió la vista, avergonzado.
—Me preocupa no lograrlo a tiempo –se excusó en un murmullo.
—Lo haréis bien –lo tranquilizó Hando, y señaló de nuevo el tronco –. ¿Preparados?
Los aprendices asintieron enérgicamente, ajustándose el carcaj al torso.
—Adelante.
Nilhe le pegó un empujón a Kai, lo suficientemente discreto para que Hando no se diera cuenta, pero lo suficientemente firme a su vez para que Kai se desestabilizara y fuera el último en trepar el árbol.
Kai masculló una maldición, entre sorprendido y hastiado, y trató de no hacer caso a su magullada autoestima para abalanzarse sobre el árbol y trepar como todos los demás. Luego se apoyó atropelladamente sobre una rama para ver cómo sus compañeros saltaban de rama en rama, desapareciendo entre la espesura.
Eso significaba que todos ellos habían disparado ya la primera flecha.
Se volvió bruscamente y, anclada sobre un tronco a varias zancadas de distancia, vio la primera marca, un disco de madera teñido de rojo, del tamaño de una cabeza humana, sobre el que reposaban clavadas las tres flechas de los otros chicos.
«Mierda», musitó para sí mismo.
Alzó la cabeza en busca del munhe que indicaba la posición de tiro, y enseguida vio la luz de colores brillantes que andaba buscando, parpadeando unas ramas más arriba. Kai pegó un salto, se colgó de una rama que tenía sobre su cabeza y se columpió unas cuantas veces para darse impulso y poder trepar a la misma. Luego saltó a la que tenía enfrente, y aprovechó de nuevo la inercia para rebotar sobre ella y acabar en su objetivo.
La luminosa criatura lo recibió dando una grácil voltereta. Era un pequeño ser amorfo y gelatinoso, del tamaño de una naranja, que flotaba en el aire y estaba formado de hebras traslúcidas con infinidad de diminutas articulaciones, en cuyas terminaciones se generaba una potente luz de diferentes colores primarios que iban pasando por toda la escala cromática al ascender hasta la raíz. Kai se situó junto al animal, disparó a la velocidad del rayo su primera flecha, prácticamente sin mirar, y, antes de que el proyectil acertara en la primera marca, ya se estaba alejando de allí, dejándose caer en el siguiente árbol y rebotando de rama en rama.
Todavía le tocó lanzar una flecha más antes de visualizar a sus compañeros de nuevo, con Nilhe ocupando la retaguardia. La chica de cabellos avellanados luchaba por trepar un tronco algo desproporcionado para su constitución cuando Kai le dio alcance.
—¿Qué ha sido eso? –quiso saber, tratando de ocultar su humillación.
La muchacha ni se dignó a devolverle la mirada.
—No te he pedido ayuda, mestizo –le espetó, resoplando por el esfuerzo.
Kai, quien en aquellos momentos se encontraba planteándose volver a echarle una mano a su compañera al verla forcejear, cambió repentinamente de idea. Herido por las palabras cortantes de Nilhe y sintiéndose terriblemente avergonzado por haber tenido siquiera el atrevimiento de dirigirse a un thaender puro, hizo el esfuerzo de aparentar que aquello no le importaba y se limitó a adelantar a la chica de un salto para dejarla definitivamente atrás.
Nada más alzarse sobre la cabeza de Nilhe vio la luz de colores cambiantes del siguiente munhe y, junto a él, a Esven enfrentándose a la marca correspondiente. A Kai no le costó demasiado adelantarlo a él también tras lograr que su flecha impactara en la marca al mismo tiempo que la de su compañero, y voló hacia la siguiente con toda la rapidez que fue capaz de ostentar, donde pudo ver a Vith alejándose de allí.
Kai clavó su flecha junto a la del chico y corrió como alma perseguida por el diablo para dar alcance a su portador. Se lanzó de cabeza hacia una rama más baja, desde donde se colgó momentáneamente para posarse sobre la siguiente, y a continuación se deslizó por un tronco para llegar a la única parte del circuito en la que había construcciones thaenderes.
A pesar de haber mantenido un buen ritmo y haber sobrepasado a sus otros dos compañeros, con cada paso que daba Vith parecía coger más velocidad. Angustiado, Kai lo vio escabullirse hacia el interior de una vivienda desocupada y lanzar una nueva flecha a través del hueco de la ventana, que impactó certera en la marca más difícil del recorrido, situada sobre una pasarela que se tambaleaba a demasiada altura desde ese punto.
Kai se mordió el labio inferior. A partir de ahí, apenas quedaban un par de marcas más para finalizar esa fase de la prueba, y, si su deseo era al menos contar con la oferta de continuar su aprendizaje en Elbor, no se podía permitir ni un solo fallo.
Y eso implicaba que tenía que dejar atrás a Vith como fuera.
Kai posó sus ojos en la estrechísima tabla de madera que supuestamente tenía que atravesar haciendo equilibrios sobre ella. No tenía tiempo para eso. Dirigió una rápida mirada a su arco y, sin darse tiempo a pensarlo mejor para no echarse atrás, levantó la tabla lo justo para colarla entre el mango y la cuerda y, asiéndose de los extremos lo mejor que pudo, se lanzó al vacío deslizándose como si de una tirolina se tratase.
Se arrepintió al momento, pero ya estaba hecho. Sintió el traqueteo del arco sobre la tabla de madera, temiendo por su vida, pero finalmente llegó sano y salvo a su destino. Se ahorró nuevamente el camino preestablecido a través de las pasarelas y saltó de una a otra hasta que llegó a la casa donde momentos antes había visto a Vith.
Se abalanzó hacia su interior como loco y se precipitó sobre el alféizar de la ventana, donde le esperaba el siguiente munhe y desde donde vio a su compañero trepando a duras penas por un poste justo al otro lado del hueco.
Ya casi le había alcanzado, se dijo a sí mismo. 
Cargó una flecha en su arco y se dispuso a disparar a la siguiente marca, pero contempló con horror cómo la flecha caía constantemente hacia un lado, sin llegar a apoyar en el arco. Aturdido, Kai se fijó mejor en lo que hacía, y se percató agónicamente de que el reposaflechas se había resquebrajado por el rozamiento con la tabla durante su caída anterior.
¿Qué iba a hacer ahora?


miércoles, 31 de mayo de 2017

Victoria (VIII): El plan

La noche era cerrada ya en Bridgeport cuando logré deshacer el camino hacia mi choza. El encanto que le había encontrado al metro en la ida no me había parecido tan especial a la vuelta, cuando los tiempos en los transbordos se habían alargado hasta límites insospechados y la cuesta de Silvertone Way se me había antojado eterna.
Inspiré largamente, en un intento de tomármelo con calma, y me adentré en la oscuridad de mi hogar.
De pronto, tropecé con algo y caí de bruces contra el suelo.
Me incorporé rápidamente y saqué el móvil de mi bolso para enfocar la luz de su linterna hacia aquello que me había obstaculizado el camino.
«¿Pero, qué…?»
Era un cubo en cuyo interior se podía apreciar un banderín verde, una camiseta con un logo azulado, un muñeco de una llama, una carpeta… y un folleto.
Por un momento me asusté, siendo consciente de que, para que ese compendio de objetos estuviera en el interior de mi casa, alguien tenía que haber entrado.
¿Qué significaba todo aquello? Y, lo que era más importante, ¿quién había descubierto mi minúsculo cubículo y había decidido dejar sus cosas ahí?
Pegué un bote, sacudida por un terrible presentimiento, y enfoqué la linterna hacia el camastro, esperando encontrar un agujero enorme en la tierra bajo el mismo.
Sin embargo, el lugar donde se hallaba mi maleta no parecía haber sido alterado.
Me volví hacia el cubo, reticente, y tomé el folleto, dirigiendo la luz hacia él. En la parte delantera, un grueso letrero de color azul marino rezaba: Universidad de Swinford.
«¡La universidad!»
Recordé cómo horas antes la universidad había acudido a mi cabeza como un recuerdo lejano, cuando aún soñaba con esa posibilidad.
Pero, ¿y si…?
De un golpe olvidé todas mis inquietudes acerca de lo surrealista y extraño de la situación y comencé a leer detenidamente el folleto. A medida que se iban describiendo las maravillas que ofertaba el campus la boca se me iba haciendo agua, y empecé a imaginarme recorriendo sus calles empedradas, charlando con gente de mi edad en la residencia, asistiendo a sus clases… Casi tuve que contenerme para no emocionarme pensando en la realidad: toda aquella gente de mi edad comenzaría en septiembre su etapa universitaria, mientras yo me moriría del asco en aquella chabola sin luz ni agua…
Pero… ¿Y si podía no ser sólo un sueño?
Continué leyendo y averigüé que la carpeta tenía en su interior un formulario con los requisitos necesarios para cada carrera. Impaciente, me deshice del folleto y sus atractivas fotografías para abrir la carpeta a la velocidad de la luz y comprobar cuáles eran mis posibilidades.
La Universidad de Swinford parecía recientemente inaugurada y, por el momento, únicamente ofertaba las carreras de Empresariales, Comunicación, Bellas Artes, Educación Física, Medicina y algunas ingenierías. Me centré en las carreras de Comunicación y Bellas Artes, ya que eran las que más afines consideraba al trabajo que quería desempeñar en un futuro, y estudié detenidamente el temario de ambas, sin acabar de decidirme por ninguna. La carrera de Comunicación estaba más encauzada en formar futuros periodistas, cosa que no me interesaba especialmente, pero había varias asignaturas centradas en la escritura y la fotografía, que consideraba importantes a la hora de llegar a ser una buena directora de cine. Sin embargo, la carrera de Bellas Artes, aunque no estaba enfocada específicamente en ninguna materia relacionada con el cine, daba un bagaje y una cultura más amplia del mundo de las artes, y, tal y como había averiguado durante mi adolescencia en mis prolongadas sesiones de lectura cinematográfica, todas las artes se nutren de las demás artes, y el cine más que ninguna otra. Una buena película no sólo queda definida por un guión brillante y unos actores espléndidos; un profundo conocimiento sobre el color, la luz, la perspectiva, los volúmenes… era lo que acababa por marcar la diferencia en sus planos y secuencias. Por ejemplo, Fritz Lang, el director de Metrópolis, se había inspirado directamente en la corriente expresionista que imperaba en el arte en aquella época para la temática o los decorados de la película; o Christopher Nolan, que había hecho un claro homenaje a las escaleras interminables de Escher en Origen; o Cabaret, que tiene una escena que es un calco exacto de un cuadro… ¿Cómo se llamaba?
A medida que estos pensamientos germinaban en mi cabeza, me asaltó el recuerdo del día en que mi abuelo Lawrence me mostró por primera vez la sala más especial de la mansión Wright, muchos años atrás.
—Aquí es donde residen todos tus antepasados, Victoria –me había dicho mientras paseábamos por el mausoleo.
Era una habitación amplia, iluminada únicamente por la luz de algunas velas, pero, a pesar del aspecto tétrico inherente a un lugar así, era sorprendentemente acogedora. Modestos pedestales de piedra o madera se erigían como pequeños altares, sosteniendo las urnas con las cenizas de los miembros de la familia Wright que ya no estaban, y, sobre ellos, colgados de la pared, había un retrato de cada uno de los fallecidos.
Mi abuelo me acercó a la pintura de un hombre de mirada tranquila y cansada al que le faltaba una mano.
—Éste de aquí era mi abuelo Thomas –me explicó –. La mayoría de los retratos que ves aquí los hizo él, incluido el suyo propio.
—¿En serio? –había exclamado mi yo de doce años, estupefacta ante la idea de que un Wright hubiese sido capaz de hacer pinturas tan realistas.
Él asintió con orgullo.
—Él y su hermano Henry fueron llamados a filas en la Segunda Guerra Mundial. Allí fue donde perdió la mano, pero también algo mucho más valioso que eso: perdió a su hermano.
—¿Henry murió en la guerra?
Mi abuelo asintió gravemente.
—Fue un golpe muy duro para toda la familia, pero mi abuelo fue probablemente el que peor lo pasó. Él me contó que, cuando perdió su mano derecha, sintió que el mundo entero se le venía encima, pues jamás podría volver a pintar. Y, sin embargo, no fue nada comparado con lo que sintió cuando Henry cayó a su lado, atravesado por varias balas. Cuando me contó cómo la vida de su hermano menor se había ido apagando poco a poco en sus brazos… –se interrumpió, incapaz de relatarlo en palabras –. Me contó que pasó muchos años vagando por la mansión como un alma en pena, hasta que un día decidió que, aunque su hermano ya se hubiera marchado tiempo atrás, su recuerdo merecía permanecer inmortal.  Y, así, se armó de fuerza de voluntad, desempolvó sus pinceles y retomó la pintura, esta vez con la mano izquierda. Pintó día y noche, casi sin descanso, hasta que logró alcanzar una maestría si cabía mayor que la que llegó a tener en su día con la derecha, y fue capaz de recrear a su hermano Henry, trayéndolo de nuevo a la vida. Desde entonces, continuó pintando a los miembros de la familia, hasta que mi tío George le tomó el relevo, superando con el tiempo a su padre en su arte. La idea de crear este santuario para honrar la memoria de Henry y de los Wright caídos tras él fue de mi abuela Susan, y, de esta forma, este lugar fue creado.
Recordé cómo me había quedado embobada mirando la figura de Thomas con absoluta devoción y un profundo respeto por el difunto.
—¿Quieres ver a Henry? –había preguntado entonces mi abuelo.
Yo asentí, sobrecogida, y él me llevó a continuación hacia el lienzo que había iniciado todo.
Cuando vi el rostro pálido y risueño de mi antecesor, con aquellos ojos azules tan alegres y esa sonrisa que parecía hecha de terciopelo gracias a la técnica pictórica de su hermano, sentí un tremendo deseo de que mi figura estuviera algún día entre aquellas que tanto veneraba, y me prometí que, cuando llegase la hora, continuaría con la tradición y me aseguraría de que se mantuviera durante las generaciones siguientes.
Pero aquella promesa había muerto junto con mi antiguo hogar, y yo ya no era ni volvería a ser nunca una Wright.
Sin embargo, en esos momentos, con el programa de la carrera de Bellas Artes en mi regazo y todos esos pensamientos sobre las diferentes artes plasmadas en el cine que habían llevado a tantos directores a la gloria, aquel recuerdo fue la chispa que necesitaba para que el deseo de estudiar arte que me había surgido leyendo aquellos papeles dejara atrás la mera fantasía para transformarse en una decisión real.
Esa misma mañana había comenzado una nueva vida, dejando atrás Twinbrook y todo aquello relacionado con la familia Wright, y, a partir de ese día, estaba poniendo la primera piedra sobre la que se asentaría un nuevo legado: el de mi propia familia. Algún día, ese solar vacío sería un hogar digno de su ubicación, lleno de amplias salas y de numerosas dependencias en donde vivirían todos los miembros de la familia Legacy. Y, entre todas aquellas estancias, también estaría la que había sido tan especial para los Wright: el mausoleo Legacy, en el que retomaría la tradición que se había iniciado en honor a mi antepasado caído en la guerra.
Y esta vez no sería un fracaso. Yo me encargaría personalmente de que no lo fuera.
Pero, para que todo aquello que circulaba por mi mente fuera en el futuro una realidad, primero debía aprender a pintar. Y ahí era donde entraba la universidad, junto con la posibilidad de una prometedora carrera en el mundo del cine, que era lo que siempre había soñado.
Revolví entre los papeles de la carpeta y localicé el precio que pedían por la carrera de Bellas Artes.
Tuve que contenerme para no caer desmayada.
La carrera se completaba al cursar cuarenta y ocho créditos y, si cada uno de ellos costaba alrededor de noventa y dos dólares…
—Cuatro mil cuatrocientos dólares… –calculé en voz alta.
Vislumbré cómo mis ensoñaciones se hacían añicos frente a mis ojos.
Pero si algo me caracterizaba era que era demasiado testaruda como para aceptar así como así que no podía tener aquello que quería. Necesitaba entrar en la universidad. Era la única forma que tenía de alcanzar mis metas… Y, desde luego, no iba a vivir en una chabola el resto de mi vida.
Busqué desesperadamente entre el papeleo alguna solución, dejándome la vista en medio de aquella oscuridad únicamente iluminada por la linterna de mi móvil, hasta que finalmente di con algo que podía resultar interesante.
En un pie de página, en letra pequeña, se mencionaba como quien no quería la cosa la existencia de un sistema de becas, y aquella información remitía a otro papel donde se encontraba lo que andaba buscando.
—Bingo –murmuré.
Resultaba que, al menos en Swinford, podías acceder a cualquier estudio universitario simplemente teniendo en posesión el graduado escolar y pagando la cantidad establecida, pero existía una prueba de aptitud generalizada a todas las carreras que ofertaba la Universidad en la que se premiaban los buenos resultados con ayudas económicas. Esta prueba consistía en una serie de preguntas relacionadas con cada especialidad en la que podías obtener un máximo de dos mil puntos, cuatrocientos por cada especialidad. Si en la especialidad correspondiente se obtenía un mínimo de doscientos cincuenta puntos, la Universidad te podía regalar hasta dieciocho créditos, según tus resultados; pero, además, si sobre el total de los dos mil puntos se sacaba un mínimo de mil doscientos puntos, podían ofrecerte una ayuda económica de hasta dos mil quinientos dólares por semestre.
Así que, si lograba hacer una buena prueba de aptitud, podría estudiar la carrera que yo quería a un precio razonable y en menos tiempo del estándar.
Tenía que ponerme las pilas.
Rebusqué en mi bolso hasta dar con un bolígrafo y empleé el dorso de uno de los papeles para empezar a hacer cuentas y escribir ideas.
Si conseguía hacer una prueba de aptitud lo suficientemente buena y me regalaban los dieciocho créditos que ofrecían, la matrícula se reduciría a unos dos mil setecientos cincuenta dólares en total. Es decir, que si cursaba doce créditos por año, en dos años y medio habría acabado la carrera y habría tenido que pagar quinientos cincuenta dólares cada semestre. Lograr la ayuda de los dos mil quinientos dólares en mi situación era una utopía, pero si conseguía la de mil, que era el nivel inferior, podía hacer toda la carrera becada, con una ayuda de cuatrocientos cincuenta dólares cada semestre que, si lograba ahorrar lo máximo posible, podía destinarla a ir mejorando poco a poco mi actual hogar.
Conclusión, que sólo necesitaba que me contrataran en cualquier trabajo de mierda para cubrir los gastos del día a día, sacar tiempo de donde fuera para estudiar lo necesario y soportar vivir una temporada indefinida en mi choza particular hasta tener el nivel requerido para la prueba de aptitud que quería.
Sólo.
Cogí aire.
«Vamos allá», me dije mentalmente.


martes, 11 de abril de 2017

Kai (III): El ritual

Kai y Weid atravesaron la pequeña senda que marcaba el trazado de Hanan, de camino al claro donde los habían citado para realizar las pruebas que darían fin a su formación. Weid, todo sonrisas y encanto, saludaba sin excepción a cada uno de los habitantes con los que se iban cruzando hasta que, para alivio de Kai, llegaron a su destino.
Kai buscó entre los rostros de sus compañeros ansiosamente, esperando vislumbrar uno en particular.
Pero no lo encontró.
Y Weid tampoco.
—Nera aún no ha llegado –comentó el grandullón de su amigo.
Le embargó la preocupación. No era propio de Nera llegar tarde.
—¡Weid!
Una muchacha de cabellos dorados y enormes ojos de color miel se acercó a ellos.
—¡Hola, Marha! –saludó Weid con su cautivadora sonrisa –. ¿Qué tal llevas las pruebas?
—Bueno, no muy bien –confesó ella –. No creo que las supere.
—¿Cómo no las vas a superar, mujer? Si todos vamos súper preparados, ¡seguro que las pasas sin problemas!
Kai se contuvo para no poner los ojos en blanco.
La chica sonrió tímidamente y se encogió de hombros.
—No soy una buena constructora, Weid. A lo mejor debería cambiar de Casa.
Kai se preguntó qué haría él en el caso de que no pasara las pruebas. Marha era thaender pura y, después de que los aprendices del primer ciclo acabaran sus respectivas pruebas, tendría opción de incorporarse de nuevo en el segundo ciclo y entrenarse para una Casa diferente. Pero, ¿a dónde iría un mestizo si no conseguía ingresar en la Casa Arquera, la única a la que podían aspirar?
Todos los nervios que no había sentido hasta ese momento le vinieron de golpe.
Weid no se dio por vencido.
—Pero, ¿qué dices, Marha? ¡Podrías haberme pedido ayuda! Seguro que tienes un gran potencial, sólo hay que saber sacarlo de ahí.
—Gracias, Weid –sonrió ella, rendida.
De pronto, tres hombres hicieron su aparición en el pequeño claro donde habían sido citados, y el silencio tomó forma entre los presentes.
El hombre del centro, un thaender alto y flaco con una larga cabellera de color rubio platino que le caía hasta casi debajo del pecho, dio un paso al frente, destacándose frente a sus dos compañeros. Era mayor, tenía una gran nariz aguileña y ojos calculadores de un verde acuoso que destacaban en un rostro surcado de arrugas, y vestía una túnica verde oliva larga, propia de los miembros de la Casa Mágica, que llevaba atada a la cadera con ramas finas y flexibles entrelazadas.
Aquél era el maestro Eruval, el encargado del entrenamiento de los aprendices del segundo ciclo que aspiraban a formar parte de la Casa Mágica. A su derecha se erigía el maestro Manwe, el instructor de Weid y el resto de aspirantes a la Casa Constructora, un hombre maduro y fornido, de aspecto serio y facciones duras, ataviado con la blusa blanca y el pantalón caqui correspondientes a los habitantes de Hanan. Vestía el corsé de madera propio a los constructores sobre la blusa, y llevaba las perneras arremangadas y los pies descalzos como ellos, además de la media melena semirrecogida en el característico moño de la Casa; por su parte, a la izquierda del maestro Eruval y siempre un poco por detrás del maestro Manwe, se encontraba el maestro Hando, el instructor de Kai y los otros aprendices de la Casa Arquera. El maestro Hando, como todos los demás arqueros, había rasgado las mangas de su blusa y las había utilizado para atar entre sí las dos piezas de madera que llevaba a modo de hombreras. Otra pieza  de una madera menos rígida se ceñía alrededor de uno de sus antebrazos, y vestía unas botas de cuero hasta las rodillas y un calzón del mismo material sobre el pantalón caqui. Mantenía su cabello oscuro corto, a excepción de un solo mechón trenzado que le alcanzaba hasta la mitad de la espalda, símbolo de los años que llevaba protegiendo la región, y sus ojos de color verde botella descansaban en un rostro que parecía más anciano de lo que era en realidad.
Kai suspiró cuando su mirada chocó con la de su maestro, desalentado al ver su futuro reflejado en las cansadas facciones de aquel que lo había entrenado durante el último año.
El maestro Eruval juntó las manos frente a su pecho y describió con cada una de ellas un movimiento circular en sentido opuesto a la de su contraria, con las palmas hacia fuera. Cuando volvieron a reunirse, sin llegar a tocarse de nuevo, inclinó la cabeza respetuosamente hacia el suelo. 
Una vez hubo finalizado el saludo deiliano, el maestro Manwe y el maestro Hando imitaron a su superior, y a continuación todos los aprendices presentes respondieron con el mismo saludo.
—Bienvenidos, aprendices –saludó el maestro Eruval, incorporándose –. Hoy comienzan vuestras pruebas del segundo ciclo, que darán fin a vuestra etapa de aprendizaje y os permitirán reconoceros como miembros consagrados de las Casas Mágica, Constructora y Arquera, respectivamente. El día de hoy es un día memorable y como tal…
—Siento el retraso, maestro Eruval –intervino una voz dulce y suave a espaldas de Kai.
El chico se volvió rápidamente, reconociendo la voz al instante, y así lo hizo Weid también.
Tras ellos, la figura alta y estilizada de Nera se asomaba frente a unos árboles, esbozando una sonrisa tímida de dientes blancos y alineados. Llevaba los ropajes característicos de Hanan, aunque aquel día, por algún motivo, vestía una blusa mucho más ancha de lo que correspondía a su talla, y, sobre ésta, llevaba atada una capa marrón que le caía hasta los muslos. Sus ojos grandes, de un tono castaño dorado que se asemejaba al color de la miel, relucían con agitación, haciendo que las vetas verde esmeralda que cruzaban sus irises y se reunían en un halo exterior destacaran más que nunca. La sangre se agolpaba bajo sus mejillas altas y rosadas, que resaltaban sobre sus pómulos marcados, presa de la vergüenza, y Kai no pudo evitar contener el aliento al comprobar lo bella que estaba. Su cabello le caía en una mata de mechones de color castaño oscuro y rubio claro a partes iguales que describían suaves ondas hasta sus hombros y enmarcaban su rostro de rasgos ligeramente afilados que finalizaba en una barbilla puntiaguda.
Y, perpendiculares a su rostro, sobresalían sus enormes y picudas orejas thaenderes.
Nera realizó el saludo deiliano con una corrección y una elegancia que convirtieron el gesto común en algo hermoso de ver.
—Nera –respondió el maestro Eruval disimulando consternación, cosa que le era imposible sentir puesto que no era ningún secreto que Nera era su aprendiz predilecta –. Llegar tarde a unas pruebas tan importantes es motivo de sanción.
—Lo siento, maestro –se disculpó ella.
El maestro frunció los labios y le sostuvo la mirada, tratando de mantenerse en su papel.
—Ocupa tu lugar entre los aprendices –sentenció finalmente.
A nadie le pilló por sorpresa que la chica saliera impune de la situación.
Nera asintió, con una sonrisa de agradecimiento pintada en el rostro, y se escabulló entre los presentes hasta situarse junto a Kai y a Weid.
—Hola, chicos –susurró, henchida de felicidad.
—Hola, Nera –respondieron ellos al unísono de la misma forma.
El maestro Eruval carraspeó y respiró hondo antes de retomar su discurso.
—Como iba diciendo, el día de hoy es un día memorable y como tal…
—¿Qué te ha ocurrido, Nera? –quiso saber Weid en susurros, presa de la preocupación, lo que despistó la atención de Kai de las palabras del maestro.
—Me he entretenido –explicó ella escuetamente, sin apartar los ojos del frente –. ¿No estáis emocionados? ¡Hoy nos convertiremos en servidores!
Weid no pudo evitar retener una de sus anchas sonrisas.
—Hoy es un día memorable –acordó, repitiendo las palabras del maestro Eruval.
Kai decidió no pronunciarse, no muy seguro al respecto, y volvió a escuchar al gran maestro.
—Todos los días debemos devoción y gratitud a Everyth, nuestra bienamada diosa –decía en esos momentos –. Sin embargo, en un día tan especial, en el que consagramos nuevos servidores a su tierra, habremos de hacerlo especialmente. Aprendices, agradezcamos a Everyth los bienes que nos ha otorgado.
Como activados por un resorte, cada aprendiz encontró un lugar dentro del claro desde el que llevas a cabo su ritual. Kai escogió un rincón semiescondido, a la sombra de un árbol, sobre el que se aseguró que los demás tendrían un ángulo visual mínimo.
Sin necesidad de coordinación previa, los aprendices iniciaron el saludo elaborado con el que los deilianos se dirigían a los dioses, a la par que de las gargantas de todos ellos surgía un cántico con el que rezaban:
—Te saludo, Everyth.
Cada aprendiz, así como los tres maestros, ofrecían sin dejar de cantar algo en agradecimiento hacia su diosa. Kai observó cómo Weid, situado junto a un gran árbol, entonaba con voz grave alabanzas describiendo la grandeza de Everyth mientras que con su magia lograba hacer crecer el comienzo de una robusta rama. A su lado, Marha, arrodillada en la hierba, ejercía su magia para que unas brillantes flores azules brotasen mientras cantaba acerca de la bondad de la diosa. Otros aprendices seguían el ejemplo de Marha o de Weid, contribuyendo en el desarrollo de plantas o creando pequeños brotes en la hierba, llenando de vida la tierra que Everyth había construido y contribuyendo de esta forma en su creación.
Kai, como siempre le ocurría con aquellos rituales, se mantenía canturreando, deliberando aún sobre qué hacer e inseguro respecto a sus habilidades mágicas, cuando su mirada se desvió inconscientemente hacia Nera.
La chica no se había movido de su posición y entonaba con voz lírica y melodiosa sus oraciones, con los ojos cerrados. Sin embargo, algo no ocurría con normalidad: Kai se fijó en que su capa se movía, empujada por algo que permanecía escondido bajo ella. Entonces, Nera se llevó lentamente las manos a la espalda y, con mucho cuidado, sacó de ella un bulto de aproximadamente un palmo y medio de tamaño.
Kai agudizó la vista y vio a la criatura que su amiga sostenía en su regazo.
Era una bola de un pelaje fino y blanco como la nieve, que se asemejaba a un racimo de dientes de león, y del que asomaban unos relucientes ojos negros tan redondos que no parecían naturales.
Nera depositó al tembloroso animalito sobre la hierba y se agachó junto a él. De entre el matojo de pelos blancos extrajo una patita con delicadeza, pero aún así la criatura aulló de dolor con un silbido agudo. Tenía la pequeña pata torcida en un feo quiebro y Kai dedujo al instante en qué iba a consistir el ritual de agradecimiento de su amiga y por qué se había retrasado.
Aquello sí era propio de Nera.
La chica cubrió la pata del animal con sus manos, y Kai sintió fluir su magia a través de ellas. Poco después, las retiró, y la pata volvía a estar recta y en su sitio.
Los ojos negros de la criatura relucieron aliviados. El animal se restregó con cariño contra la pierna de Nera y correteó unos pasos antes de pegar un salto y desaparecer flotando entre los árboles.
Nera sonrió, sin interrumpir su canto, y una lágrima de felicidad se deslizó por su mejilla.
Kai se descubrió a sí mismo conteniendo la respiración. Siguió observándola, como si el tiempo se hubiera detenido, hasta que sintió la mirada pétrea del maestro Eruval sobre él.
El maestro cantaba en voz baja sus oraciones, pero eso no impidió que Kai se sintiera cohibido y reprendido. Apresuradamente, se dirigió hacia el árbol bajo el que se había cobijado y optó por acelerar el crecimiento de las hojas de una de sus ramas hasta que alcanzaron el doble de tamaño.
Como controlados por un ser superior, los aprendices retornaron a sus puestos iniciales a la par que sus oraciones se unificaban en un solo cántico final:
—Everyth, he aquí la vida que has creado.
Finalizaron con la despedida deiliana elaborada, un gesto con el que cruzaban ambas manos bajo su rostro, y se arrodillaron para besar la tierra. Luego, permanecieron en esa postura hasta que el maestro Eruval dio la indicación correspondiente.
—Aprendices –dijo una vez se hubieron puesto en pie de nuevo, mirando a cada uno de ellos a los ojos -. Habéis realizado vuestras ofrendas. Si Everyth así lo desea, al concluir esta semana seréis los nuevos magos, constructores y arqueros de Hanan. Será, en consecuencia, un gran día para vosotros, pero debo recordaros que es en Everyth en quien deberéis focalizar vuestra dicha, pues es a ella a quien servimos todos los thaenderes como la gran comunidad que somos y a quien serviréis con vuestro oficio.
El maestro Eruval hizo una pausa, estudiando los rostros de sus aprendices, durante la que lo único que se escuchaba era la brisa matinal escurriéndose entre las hojas de los árboles.
Finalmente, el maestro Eruval alzó los brazos.
—Que den comienzo las pruebas del segundo ciclo –declaró.