domingo, 29 de enero de 2017

Kai (II): Mestizo

Como el resto de pueblos del gran bosque en que consistía la región de Thaenderia, o al menos eso era lo que se les había contado, Hanan era una minúscula civilización que vivía en las copas de los árboles. Las excéntricas cabañas de madera en donde residían sus habitantes se mimetizaban con las ramas y las hojas y creaban un entramado de cuerdas y pasarelas que las conectaban entre sí, lo que para un extranjero habría hecho que la población pasara casi totalmente desapercibida, a no ser que fuera un gran observador. Pese a que todas las construcciones se alzaban en la frontera entre el cielo y el suelo, mucha de la vida en Hanan se llevaba a cabo en tierra firme. No eran muchos los que residían en aquel pequeño asentamiento al oeste de Thaenderia, pero la gran actividad que desbordaba por todos sus rincones hacía que pareciera que en Hanan hubiera mucha más gente de la que en realidad había. Kai siempre había adorado su pueblo natal, y la perspectiva de abandonarlo, tal vez por un largo tiempo, si no para siempre, le creaba un nudo en la garganta difícil de digerir.
—¡Eh, Weid!
Una muchacha con el cabello castaño oscuro y los ojos pardos se acercó a ellos. Como con cada thaender con el que se cruzaba a lo largo del día, Kai se quedó más tiempo del debido contemplando sus enormes y puntiagudas orejas en forma de hoja.
La chica no le dirigió ni una mísera mirada a él.
—Hola, Prais –saludó Weid con una amplia sonrisa.
Kai notó cómo el rostro de la joven se iluminaba y sus mejillas enrojecían levemente.
—Me ha dicho Onie que hoy empiezan tus pruebas de fin de ciclo –dijo señalando a un grupo de chicas situado a escasos metros de ellos –. ¿Es eso cierto?
Las chicas, que lanzaban miraditas de reojo, voltearon rápidamente la cabeza cuando Weid reparó en ellas, y Kai alcanzó a escuchar algunas risillas nerviosas.
—Sí, Kai y yo comenzamos a examinarnos hoy –contestó él encantadoramente, a la par que pasaba uno de sus enormes brazos por los huesudos hombros de su amigo –. Con un poco de suerte, a finales de semana estaremos empaquetando nuestras cosas para ir a Elbor.
Prais echó un efímero vistazo al chico, forzada, y a continuación volvió a parlotear alegremente con Weid como si no hubiera llegado a reparar en su existencia.
—¿A Elbor? –exclamó entre ilusionada y entristecida –. Seguro que te cogen, Weid, eres el mejor constructor que existe, y eso lo sabe todo Hanan.
—Gracias, Prais. ¿Vosotras qué tal estáis?
Los ojos de la chica brillaron de la emoción.
—¡Estamos preparando las pruebas del primer ciclo! –dijo excitada –. Dentro de un par de semanas ya sabremos a qué casa perteneceremos cada una. ¡Ojalá esté en la Casa Constructora como tú!
—Eso sería genial, Prais, me encantaría trabajar contigo algún día. Si quieres que te eche una mano con las pruebas no dudes en decírmelo.
A Kai le pareció escuchar que la chiquilla dejaba escapar un gritito.
—¡¿De verdad?! ¡Eso sería maravi…! –carraspeó y moduló su tono de voz –. Quiero decir, me encantaría, si no es mucha molestia, claro.
—Dile a tus amigas que también pueden contar con mi ayuda si alguna más quiere entrar en la Casa Constructora.
Una sombra cruzó por el rostro de Prais.
—Oh, no –tartamudeó –, todas quieren ir a la Casa Mágica, como es la de rango más alto… Pero a mí eso no me importa.
Weid le acarició el hombro a la muchacha.
—Me alegro, Prais. Todas las casas son importantes, incluso la Arquera. Si todos fuésemos magos, ¿quién se encargaría de construir nuestras casas y de protegernos ante los peligros? Si no fuera por gente como Kai, Thaenderia estaría perdida.
—Eh… Ya –titubeó Prais –. Bueno, me vuelvo con las chicas. ¡Mucha suerte, Weid!
—Gracias, Prais. Por cierto, ¿has visto a Nera?
Prais se mordió el labio inferior, intentando ocultar sin éxito su decepción ante la pregunta.
—Eh… Me la he cruzado antes. No sé hacia dónde iba.
—Gracias, Prais. Suerte a ti también.
—¡Gracias!
La chiquilla dio media vuelta y se deslizó hacia sus amigas, quienes la aguardaban expectantes de lo que tuviera que contar.
Kai suspiró.
—¿Te has fijado? Ni me ha mirado.
—¿Qué dices, hombre? –replicó Weid mientras se ponían en marcha de nuevo –. Claro que te ha mirado, es solo que la pobre chica es tímida.
—¿Tímida? –espetó Kai, incrédulo –. Pues sí que le ha faltado timidez para venir corriendo en cuanto te ha visto.
—Pero eso es porque conmigo tiene confianza.
Kai lo miró sin dar crédito a lo que oía.
—¿Te estás quedando conmigo?
—¿Qué? ¿No pensarás que ha pasado de ti porque eres mestizo?
La palabra mestizo golpeó a Kai como una maza y le escoció en el alma.
Sonrió como pudo.
—No, idiota –dijo, propinándole un puñetazo cariñoso –. Lo que pienso es que esa chica está coladita por ti, como el cien por cien de la población de Hanan.
Weid soltó una sonora carcajada.
—¡Eso sí que tiene gracia!
—¿Crees que no?
—Creo que te estás confundiendo, Kai. Sólo soy amable.
Kai alzó las cejas.
—¿Insinúas que yo no? –quiso saber, en tono divertido.
Weid le obsequió a su amigo con una palmada en la espalda.
—Insinúo que, si fueras menos cerrado y dejaras de pensar que todo el mundo te mira mal por ser mestizo, igual te llevabas una sorpresa.
Kai trató de disimular el nuevo golpe como buenamente pudo y le devolvió la palmada a Weid.
Kai apreciaba mucho a su amigo de la infancia y sabía de sobra que para él todo aquello era natural y que no había ningún tipo de mala intención oculta tras sus palabras, pero consideraba que Weid vivía en una realidad alternativa.
Porque, al margen de que Prais o cualquier otra chica hubiese quedado prendada del grandullón de su amigo, la única razón por la que la joven había ignorado su existencia en toda la conversación era porque Kai era un mestizo.
Y esa era la triste verdad.



viernes, 20 de enero de 2017

Iván (III): 1998

La preciosa sonrisa de Clara recibió a Iván en el marco de la puerta.
—Hola –lo saludó con el rostro deslumbrante de felicidad.
Iván, como cada vez que la veía, sintió su corazón latir a mil por hora.
—Hola –contestó, algo más tímido de lo que le hubiera gustado.
—¿Es Iván? –se oyó una voz en la lejanía.
Clara rodó los ojos antes de gritar:
—¡Sí, mamá!
—¡Ay, voy corriendo a saludar!
La muchacha resopló e hizo entrar a su amigo, cerrando la puerta a su paso.
La madre de Clara no se hizo de rogar. En cuestión de segundos ya estaba en el recibidor de la casa, abrazando fraternalmente al chico.
—¡Madre mía, Iván, qué guapo estás! Has crecido desde la última vez que nos vimos, ¿verdad?
—Mamá, si le viste el fin de semana pasado –replicó Clara con un tono entre molesto y divertido.
—Chica, ¡con razón de más! Estos niños a estas edades no hacen más que crecer y crecer. ¡Hasta los veinte no paran!
—Mamá…
Iván soltó una risilla nerviosa.
—No he crecido, Isa, eres tú, que me ves con buenos ojos.
—¡Anda ya! –rebatió la mujer –. Y encima de guapo, humilde. ¡Si es que cómo no voy a querer a mi niño!
—Mamá… –protestó de nuevo Clara.
Isabel por fin se separó del chico, no sin antes propinarle un sonoro beso en la mejilla.
—Bueno, ¿qué hacéis? –preguntó, dirigiéndose a Iván –. ¿Vais a la habitación de Clara?
—No –intervino ella –, vamos a la salita de estar. Vamos a ver fotos nuestras de pequeños.
—¡Ay, qué buena idea! ¿Puedo verlas con vosotros?
Iván no pudo evitar sentir cómo su ilusión se hacía añicos y se descubrió deseando internamente que eso no llegara a suceder.
Afortunadamente, Clara estaba de acuerdo.
—Ya las veremos tú y yo en otro momento, mami.
—Bueno, está bien –aceptó ella a regañadientes –. ¿Queréis algo de merendar? ¿Un cola cao templadito, Iván? ¡Ay! –se interrumpió a sí misma de pronto –. Rodrigo trajo ayer unas napolitanas que están de muerte. ¿Os pongo unas pocas?
Iván adoraba a la madre de Clara, pero en ocasiones como aquella su excesivo entusiasmo por todo le saturaba un poco.
—No hace falta, gracias –sonrió modestamente –. Vengo merendado de casa. Por cierto, muchas gracias por el libro de biología, me has hecho un favor enorme.
—Ya sabes que si necesitas clases o lo que sea me lo puedes pedir, ¿verdad?
En ese momento, Clara se colgó del brazo de Iván.
—Bueno, mamá, nos vamos ya, que eres una plasta.
—Si cambiáis de idea sobre esas napolitanas me avisáis, ¿de acuerdo?
—Que sí, mamá –respondió la chica con hastío mientras arrastraba a Iván hacia el pasillo.
Clara cerró la puerta de la sala de estar tras de sí y se apoyó en ella, poniendo los ojos en blanco.
—Qué pesada que es mi madre.
—Qué va. Sólo es exageradamente simpática.
—Y tú exageradamente paciente.
«No lo sabes tú bien», pensó Iván, pero se limitó a sonreír.
Clara se acercó a una estantería y eligió un pesado álbum de la colección.
—1998 –leyó mientras se sentaba –. Aquí yo tenía un año y tú debías de tener tres.
Dio unas palmadas sobre el sofá, invitando a su amigo a sentarse a su lado, y procedió a abrir el álbum con emoción.
—¡Ay, mira qué monos éramos!
Iván se asomó al tomo y vio un par de fotos de ellos dos de pequeños, prácticamente idénticas. En ellas, los dos niños estaban sentados sobre la hierba, abrigados hasta las cejas y jugando con el manto de hojas secas que cubría todo en torno a ellos.
Iván no pudo evitar ahogar una risita.
—Pero si ni siquiera se te ve.
La Clara de las fotos era un bulto mullido de colores y abundantes tirabuzones castaños del que solamente se reconocían los dos luceros azules de su pequeño rostro.
—Mi madre ya debía de ser la paranoica que es hoy en día por aquel entonces. Fíjate, ¡si parezco un repollo multicolor!
Iván soltó una carcajada.
—A mí me pareces una bolita adorable.
—Tú sí que eras adorable. ¡Mira qué rubito!
Él suspiró.
—Qué lástima de pubertad.
—Anda, no seas bobo –replicó ella, pasando un brazo por los hombros de él y apretándolo cariñosamente contra ella –. Ni que estuvieras mal ahora.
Iván se volvió hacia ella, sorprendido, pero descubrió con decepción que su amiga estaba demasiado concentrada averiguando el contenido del álbum como para darle importancia a lo que acababa de decir.
—Mira, Iván, del día de Reyes.
Él se giró de nuevo hacia el libro y contempló cómo los dos niños pequeños que habían sido ellos abrían regalos entre un mar de globos, desbordantes de ilusión.
—Es verdad, antes lo celebrábamos juntos –comentó él.
—Sí, ¿te acuerdas? Siempre os veníais a dormir a casa y luego nuestros padres juntaban todos los regalos y se tiraban toda la noche inflando globos y decorando el salón para hacerlo lo más mágico posible.
—Qué buenos tiempos… –suspiró él con algo de amargura.
Iván fue incapaz de impedir que su cabeza hiciera de las suyas, imaginándose que en esos momentos seguían manteniendo esa tradición y despertando junto a Clara en la mañana del día de los Reyes Magos…
—Mira –la voz de Clara interrumpió sus pensamientos.
Iván rehuyó las imágenes de su mente y se concentró en la foto que señalaba Clara.
Casi se le paró el corazón.
La fotografía había sido tomada en un parque, frente a unos columpios, en una mañana con un cielo tan azul que resultaba casi sobrecogedor. El sol bañaba la imagen con fuerza y, en el centro de ella, un Iván de entonces tres años se inclinaba para besar en los labios a la pequeña Clara del pasado mientras jugaban con cubos y palas.
Iván se quedó petrificado durante unos segundos que se le hicieron eternos, sin saber cómo reaccionar. Aquello que tenía frente a sus ojos, inmortalizado en aquel invierno de 1998, era justo lo que llevaba deseando en secreto durante tanto tiempo que había perdido la cuenta, y acababa de descubrir que, de hecho, ya había sucedido.
Miró de reojo varias veces a Clara, esperando algún tipo de movimiento por su parte en un intento de averiguar cómo debía actuar él, pero ella sólo seguía observando la foto, embobada, como si los críos que la protagonizaban nada tuvieran que ver con ellos.
—No me acordaba de esta foto –dijo finalmente, como ensimismada en sus pensamientos.
—Yo no sabía de su existencia –se apresuró a coincidir Iván con torpeza.
Acto seguido se arrepintió. ¿Por qué intentaba justificarse? ¿Acaso trataba de desentenderse de aquello como si sólo por el hecho de dejar claro que no había sido consciente de ello no hubiera pasado? Por supuesto que no era consciente, ¡tenía tres años! Los nervios comenzaron a apoderarse de Iván y éste se sorprendió a sí mismo temiendo absurdamente que ella lo rechazara y sintiéndose a su vez tremendamente estúpido por ello, como si ese beso acabara de tener lugar diez segundos antes y no catorce años atrás.
Pero Clara hizo caso omiso del comentario de Iván y siguió a lo suyo.
—¡Qué monos éramos! Esta foto podría estar en cualquier marco de cualquier tienda, ¿verdad?
En ese momento, Clara se volteó hacia Iván con su radiante sonrisa, buscando una respuesta en él y, sin pretenderlo, quedándose tan cerca del chico que éste se sintió desfallecer.
Él fue a responder a su sonrisa, pero, de pronto, la fotografía vino a su cabeza como un centellazo y se percató con horror de que entre esa escena y la que estaba viviendo en esos instantes únicamente distaban unos centímetros.
El corazón de Iván comenzó a galopar como si se hallara en la recta final de una carrera de caballos, siendo consciente de que, de un segundo para otro, el momento con el que tanto había soñado había pasado de quedar totalmente fuera de su alcance a poder hacerse realidad. Sudores fríos bañaron todo su cuerpo, y miles de pensamientos de todo tipo lo atravesaron como balas, dejándolo totalmente paralizado. Sólo tenía que acercarse un poco y…
Pero no, ella no le iba a corresponder. ¿Cómo iba a hacerlo? Era su amiga de la infancia, ella lo veía como a un hermano mayor. Y no podía hacer eso, no podía arriesgar la relación tan especial que tenían… ¿Qué decía, arriesgar? No era un riesgo, era una realidad. Ella no volvería a mirarlo a la cara, la perdería para siempre, y, ¿qué iban a hacer sus dos familias en adelante? No, era una locura. No pudo evitar imaginarse la reacción de Clara de las maneras más horribles y humillantes posibles, a cada cual peor que la anterior.
Así que, disimulando sus ganas como buenamente pudo, Iván le dedicó a Clara la sonrisa más relajada que fue capaz de expresar y retiró la mirada de ella para fingir que seguía contemplando las fotos durante lo que quedaba de tarde… sin llegar a tener ni idea de hasta qué punto se arrepentiría de esa decisión en adelante.


martes, 9 de agosto de 2016

Kai (I): Hanan

La piedra lisa y plana rebotó dos veces sobre la cristalina superficie del estanque antes de que las aguas se la tragaran como a sus hermanas.
Kai había perdido la cuenta del número de cantos rodados que había lanzado ya al que consideraba su pequeño santuario en Hanan, su pueblo natal. En aquel pequeño y recogido lugar, fuera de miradas de curiosos, Kai pasaba los ratos muertos en los que necesitaba estar solo. Allí era donde realmente dejaba que sus pensamientos fluyeran y sus emociones le embargasen, y en donde había tomado la gran mayoría de sus decisiones. Para él era como una especie de ritual: cuando no era capaz de analizar con claridad lo que estaba sucediendo dentro de su cabeza, Kai escogía un momento en el que tuviera la certeza de que nadie iba a estar allí y se refugiaba en aquel silencioso y minúsculo paraíso para tratar de entenderse a sí mismo.
La luz de la mañana se filtraba entre las hojas de los árboles en una danza de tonos rosados y anaranjados. Aquel día, Kai había abandonado su lecho al rayar el alba, una vez hubo asumido que no iba a ser capaz de dormir más en toda la noche. A hurtadillas, había huido de su hogar procurando no despertar a su madre y se había escabullido entre la penumbra para adentrarse en ese diminuto vergel. No tenía ni idea del tiempo que llevaba ahí resguardado, pero sabía que pronto la actividad en Hanan daría comienzo y debería marcharse de allí.
Se asomó al estanque y su reflejo le devolvió la mirada con expresión seria y el ceño fruncido. Contempló sus profundas ojeras y casi no se reconoció a sí mismo. Su pelo era una maraña de mechones de color rubio cenizo sin ningún tipo de sentido, y Kai se descubrió a sí mismo intentando poner algún orden en él antes de dejar escapar un suspiro. Reparó una vez más en sus pequeñas orejas redondeadas, su condena desde el día de su nacimiento, y las odió con todo su ser como había hecho día tras día desde que había entendido lo que significaban. Aquel era el distintivo de que ese no era su lugar, a pesar de haber transcurrido toda su vida en el pacífico pueblo entre los árboles que era Hanan. Por culpa de ellas y de sus intensos ojos negros no podría elegir jamás su destino, resignándose a ser un simple arquero durante el resto de su existencia.
Kai se tapó las orejas con el pelo en un ademán violento y retiró rápidamente la mirada del estanque.
—¿Kai?
El muchacho se volteó repentinamente para ver quién lo llamaba.
Un chico alto y fornido, de pelo rubio y piel clara, lo observaba con los musculosos brazos en jarras y una amplia sonrisa entre sus finos labios. Tenía la nariz ancha, los ojos verdes con esas vetas amarillas que tan cautivadores los hacían y la mandíbula cuadrada, lo que le confería un rostro muy agradable, a pesar de que Kai siempre había pensado que tenía las facciones algo duras para ser un thaender de raza pura. Sus grandes orejas picudas en forma de hoja sobresalían perpendiculares a su rostro, y el chico no pudo evitar detenerse en ellas más de la cuenta, lamentándose internamente. Mostraba su musculado torso desnudo, vistiendo únicamente con el pantalón de tela caqui común a todos los habitantes de Hanan, arremangado por debajo de las rodillas, y aparte de eso solo llevaba su blusa blanca al hombro. Así, irguiéndose en todo su esplendor, aparentaba ser bastante más mayor que Kai a pesar de tener la misma edad que él, y el muchacho fue consciente más que nunca del enorme atractivo del joven.
—Weid –lo saludó.
Weid ensanchó su luminosa sonrisa.
—Sabía que te encontraría aquí, Kai –se acercó a él y se sentó a su lado –. ¿Qué, preparado para las pruebas de final de ciclo?
Kai se encogió de hombros.
—Supongo que sí.
Weid soltó una carcajada y le palmeó la espalda.
—Claro que sí, eres el mejor arquero de todo Hanan, y cuando acabe esta semana serás un miembro más que consolidado de la Casa, sin ninguna duda. ¿Has pensado ya si irás a Elbor?
Kai lo miró de reojo con recelo.
—Weid, para eso primero me tienen que seleccionar –dijo, aunque en el fondo podía dar por sentado que iba a tener esa opción a su alcance. Por algo había pasado toda la noche en vela.
Weid volvió a palmearlo.
—No te hagas el modesto ahora, sabes de sobra que te van a coger. Solo hay que ver cómo sostienes el arco para darse cuenta de que tienes talento. Entonces, ¿qué? ¿Lo harás?
Kai tardó unos segundos en contestar.
—No lo sé aún.
—No sabes las ganas que tengo de ir contigo y con Nera a Elbor –exclamó él con entusiasmo, como si no hubiera escuchado la respuesta de su amigo –. Ya me lo estoy imaginando: los tres juntos aprendiendo nuestros respectivos oficios, convirtiéndonos en los mejores profesionales de toda Thaenderia. Y, algún día, yendo finalmente a Eleon y viviendo allí.
Kai dejó escapar una risilla.
—Deja de soñar, Weid. ¿De verdad crees que con la de gente que hay en Thaenderia el Consejo de Sabios va a escoger a tres pringados de Hanan para entrar en la Escuela Especializada de Elbor? –replicó haciendo énfasis en las últimas palabras para tratar de que Weid se percatara de lo lejano que quedaba todo aquello.
Su amigo, lejos de eso, se limitó a hacer un gesto con la mano.
—¡Bah! No seas aguafiestas, sabes de sobra que vamos a entrar.
—¿Por qué estás tan seguro de ello? No sabes cómo son los demás aspirantes y solo entran veintisiete cada año.
—¡Porque somos los mejores, Kai! Tú tienes un don para el arco, yo no he parado de construir cosas desde que empecé a gatear y tengo mucha inquietud por seguir aprendiendo, y Nera… Bueno, es absolutamente imposible que no cojan a Nera.
Hubo un silencio en el que Weid se quedó con la mirada perdida, en dirección al estanque. Kai desvió la vista y se forzó a contener un suspiro.
De pronto, Weid volvió en sí y obsequió a su compañero con una nueva palmada en la espalda.
—Bueno, es la hora de la verdad –anunció, poniéndose en pie –. ¿Vamos?
Kai sintió con la cabeza, resignándose.
—Vamos –coincidió, en un hilo de voz.
Weid se puso la blusa y, en ese momento, encontrándose vestidos de la misma manera, Kai no pudo evitar compararse con su amigo. A su lado, Kai parecía un fideo pequeño y esmirriado, a pesar de ser un chico fibroso y esbelto. Sus espaldas apenas eran la mitad de anchas que las de Weid, por no hablar de que, si quisiera, su compañero podría darle capones con la barbilla. 
Kai ahogó un nuevo suspiro y juntos salieron del pequeño claro para regresar a la vida real.



jueves, 7 de julio de 2016

Tu Luz

Aun en la más profunda oscuridad, siempre habrá una luz que te guíe.
Ten fe en la luz, y la oscuridad nunca te derrotará.
Kingdom Hearts

Cuando una puerta se cierra, otra se abre.
A veces esa puerta no será más que un ventanuco colgando del techo, un hueco tan pequeño que no podrás evitar preguntarte cómo diablos vas a entrar por ahí; a veces será un portón gigante, tan hermoso y magnífico que te costará acordarte de la puerta que se acaba de cerrar; a veces la puerta será difícil de encontrar, y puede que la halles escondida al final de un laberinto de obstáculos; a veces se alzará ante ti desinhibida y segura de sí misma, como la entrada a una ciudad. Pero, sea de la forma en que sea, siempre existe esa puerta. Solo es cuestión de darle una oportunidad y buscarla.
Así que abre los ojos.
Abre los ojos y dime qué ves a tu alrededor. Más allá de las ruinas que te aprisionan el pecho, más allá de las cenizas de tu mundo arrasado por las llamas, más allá del polvo que colma el aire y te impide respirar. Mira más allá del cielo ensangrentado, del humo que te quema las entrañas, mira más allá de este manto de huesos astillados que algún día fueron tus sueños, más allá de los rostros grises e inertes de los que han luchado a tu lado. Observa a través del paño de lágrimas que se ha mimetizado con tus pupilas, a través del abanico de muerte que ha dejado esta guerra al marcharse, a través de esta oscuridad.
¿La ves?
Está sola y perdida en algún lugar de esta ciudad de hielo, escondida entre el polvo y las cenizas, oculta tras el humo y los cristales. Es pequeñita y tiende a pasar desapercibida si no te fijas en ella bien, pero su esencia es la más grande y bella de todas. Está por ahí, agazapada bajo las ruinas de tu corazón, tiritando de frío e incertidumbre, aterrorizada como un cachorrillo abandonado, contemplando con los ojos como platos este páramo de vacío y tristeza que ahora son los cimientos de tu mundo. Y probablemente ella todavía no sepa quién eres, pero te está buscando.
¿No la ves aún? ¿No la ves encogida sobre sí misma, atrapada entre los escombros de todas las cosas que salieron mal? ¿No escuchas su suave respiración entrecortada como un soplo de esperanza entre toda esta destrucción? ¿No sientes su inmensa fuerza, no notas toda la vida que desprende incluso desde esta orilla de dolor? ¿No la ves brillar como el sol a través de este océano de oscuridad que lucha por ahogarla?
¿No ves la luz?
Acércate a ella. Más. Haz a un lado la pena, acalla los recuerdos que gritan en tu cabeza, ignora los fantasmas de lo perdido. No la pierdas a ella, camina hacia ella, deja que ilumine tu noche de luna nueva y estrellas ausentes. Escarba entre la escarcha y la desolación y rescátala. Porque está esperando ser encontrada, y en el fondo tú sabes que nunca has dejado de buscarla. Que nunca has dejado de creer en ella, que nunca la diste por vencida, y que tampoco te has dado por vencido a ti mismo. Porque, a pesar de todo, a pesar de las ruinas y el hielo, a pesar de las  cenizas, el polvo y el humo, a pesar de las astillas y los huesos, de los cristales, los escombros y la escarcha, a pesar de todo eso, a pesar de que todo ahora esté roto y perdido, no existiría la oscuridad si no existiese la luz. ¿Y sabes lo que eso significa? Que, hasta en la más profunda oscuridad, siempre habrá una luz.
Tu luz.
Así que tómate tu tiempo, y, en cuanto estés preparado, sécate las lágrimas, coge mi mano y vamos a buscarla.
Vamos a buscar tu puerta.

viernes, 17 de junio de 2016

Victoria (VI): Port-A-Party

«No lo he conseguido», fue mi primer pensamiento. Me maldije por ser tan bocazas. Era cierto que por lo poco que había leído del guión, la película tenía de buena lo que yo de bromista, pero debía haber sido más humilde teniendo en cuenta que aquella era la primera puerta que debía cruzar en el camino que yo misma me había trazado.
Una vez fuera de los estudios, decidí no pensar en ello y darme un día de tregua. Al fin y al cabo llevaba una temporada muy dura, el viaje desde Twinbrook había sido muy largo y, lo que llevaba de día hasta el momento, una jornada muy intensa, entre la estafa de la inmobiliaria y la espera y los nervios del casting. Me apetecía sentarme en algún bar y tomar algo, aunque con lo que me quedaba de ahorros poco más podía hacer que pedir un vaso de agua. Sin embargo, eso no me frenó, y caminé un poco hasta que llegué al primer sitio con pinta de pub que encontré.
El lugar se llamaba Port-A-Party y, fuera de lo que cabría esperar de un lugar con ese nombre, tenía una pinta decente. De hecho, mucho más decente de lo que buscaba. 
Era una especie de club para fiestas, con apariencia de discoteca pequeña. Los colores azulados, oscuros y violetas inundaban el lugar, que contaba con una moderna barra de bar, una mesa de mezclas que presidía una de las esquinas sobre un podio y un pequeño escenario, por lo que deduje que además podría ser un lugar para conciertos. También había una zona de sofás para poder sentarse, y unas escaleras estratégicamente colocadas conducían a un piso superior del que nada podía saber desde mi posición.
Debía de tener pinta de despistada, porque un hombre se acercó a hablarme.
Era de raza negra, vestía completamente de negro y era alto y fornido. Tenía el pelo rapado al cero, nariz ancha y labios grandes, y los ojos ocultos tras unas gafas de sol, cosa que vi algo estúpida teniendo en cuenta que estábamos en un sitio cerrado cuya iluminación no era su mayor fuerte. Imaginé que sería una especie de guardaespaldas.
Hola, preciosa, ¿te puedo ayudar en algo?
Mal empezábamos.
Me llamo Victoria, no “preciosa” –respondí en tono hiriente.
Él, lejos de sentirse cohibido por mi respuesta, se echó a reír.
¡Vaya, con una chica con carácter hemos topado! Tienes un bonito nombre de todas maneras, así que creo que sobreviviré llamándote por él –me guiñó un ojo –. No se puede decir lo mismo del mío, pero puedes llamarme Champ.
¿Qué clase de nombre era Champ? ¿Y por qué no desistía en su empeño por adularme? Tomé la decisión de largarme de allí.
Eh... Mira, Champ, será mejor que me vaya. Creo que me he equivocado. O mejor dicho –rectifiqué –creo que tú te has equivocado.
Él volvió a reírse, esta vez más fuerte. Comenzaba a darme miedo.
Hay que ver lo rápido que se asustan las niñas de hoy en día. No te preocupes, no voy a intentar nada contigo. ¿Te quedas más tranquila?
Champ me sonrió ampliamente, pero lo cierto era que no sabía si confiar en él o no.
Dime, ¿buscas a alguien?
Alcé las cejas, sorprendida por la pregunta.
¿Qué? No, ¿a quién voy a buscar? Si no conozco a nadie –se me escapó, y ya me resigné a dar explicaciones –. Me acabo de mudar.
¡Ah! ¿Estabas de visita cultural por Bridgeport y te ha llamado la atención mi humilde local? Lo comprendo, tiene un encanto particular –dijo con un suspiro, sin dejar de mostrar su desfile de blanquísimos dientes, que contrastaban con el color oscuro de su piel.
Aquel lugar tenía más bien poco de humilde, pensé echando un vistazo a mi alrededor, perpleja.
Es broma –me susurró al ver mi expresión –. No estés tan seria, que se te va a caer la cara de lo poco que la usas.
No pude evitar sonrojarme. Nunca se me había dado demasiado bien captar las bromas, y la gran mayoría de las veces ni siquiera me hacían gracia.
En realidad solo buscaba un lugar donde tomar algo –dije, cambiando de tema.
Él se encogió de hombros, apenado.
En ese caso creo que te has equivocado de sitio. Esto es una nave para fiestas, así que me temo que no es exactamente el lugar que tenías en mente. Pero por ser tú podría ofrecerte una copa, si quieres, claro.
Rechacé la oferta inmediatamente.
No, gracias, no tengo ganas de tomar alcohol –«por no tener no tengo ni la edad legal para beber», pensé para mis adentros, «ni dinero para pagarlo... ni ganas de que tú me invites» –. Creo que buscaré otra cosa.
Champ asintió.
Hay un bar relativamente cerca de aquí. El camino no es directo, pero no es difícil de encontrar. Si quieres puedo indicarte yo mismo.
Consideré la propuesta, pero finalmente decidí que en realidad tampoco me merecía la pena desvivirme por un mísero vaso de agua.
Gracias, pero creo que he cambiado de idea.
El hombre dejó de sonreír por primera vez.
¿Te he hecho sentir mal? –preguntó –. Lo siento, no era mi intención.
Parecía sincero en sus palabras, así que reconsideré si no lo habría juzgado antes de tiempo.
No, no –respondí –. Perdona, es que ha sido un día largo.
Él me sonrió nuevamente, y esta vez su sonrisa estuvo cargada de comprensión.
No te preocupes, todos tenemos un mal día de vez en cuando –metió su mano en un bolsillo y de él sacó una tarjeta blanca que me tendió –. Toma. Ahora tengo algunos asuntos que atender, pero si en algún momento necesitas que te echen una mano con algo puedes llamarme. Esta ciudad es muy grande y cuesta adaptarse a ella.
Vacilé, pero finalmente acepté la tarjeta que me ofrecía.
Él sonrió.
Bien, Victoria, pues hasta otra. Espero verte pronto, no todos los días se tiene el placer de conocer a una chica como tú.
Su voz quedó flotando en el aire mientras yo acababa de leer la tarjeta que me acababa de alargar:

Champ Ward
Propietario de "Port-A-Party"

viernes, 10 de junio de 2016

Zoe (V): Heridas sin sangre

El dolor de cabeza era insoportable. Zoe ya no sabía cuánto tiempo llevaba despierta, ni cuánto llevaba dormida. La transición entre el sueño y la vigilia se había producido lenta y confusamente. De hecho, Zoe todavía tenía dudas acerca de si seguía o no durmiendo. Sentía su boca pastosa y los párpados le pesaban tanto que era incapaz de levantarlos. Era como si se los hubieran sellado con alguna clase de pegamento extrafuerte. Se sentía mareada y desubicada, y no recordaba absolutamente nada de las últimas horas, incluso días, no podía saberlo con exactitud. Su mente era una tábula rasa que en esos momentos lo único que hacía era luchar por funcionar.
Muy lenta y casi dolorosamente, Zoe fue notando cómo su cabeza se iba despejando, y empezó a escuchar a su alrededor voces que su mente apenas se esforzaba por procesar. Poco a poco, los recuerdos se fueron acumulando en la retaguardia de su cerebro: los gritos de su padre, el dibujo del claro roto, la discusión con su madre, el dolor en sus pies mientras corría descalza... El estanque tragándola hacia el fondo... 
Frunció el ceño. Vaya sueño más extraño había tenido.
De pronto, se dio cuenta de que no la cubría ningún tipo de manta. Se habría dormido de cualquier forma sobre la cama por el agotamiento. Alargó un brazo para alcanzar su edredón, pero su mano gimoteó en el aire antes de dejarse caer sobre su piel desnuda. ¿Ni siquiera había hecho la cama? Y, ¿por qué no llevaba puesto el pijama? Extrañada, se palpó el cuerpo, y descubrió no sólo que no llevaba el pijama encima: no llevaba literalmente nada puesto.
Eso sí que era raro. Podía creerse que su cansancio la hubiera llevado a quedarse dormida a mitad de cambiarse de ropa, pero, ¿dormirse tal y como su madre la había traído al mundo? Zoe se guardaba mucho de no quedarse desnuda más de una milésima de segundo. ¿Cómo había podido ocurrirle eso?
Alarmada, recayó en las voces que segundos antes había ignorado. Se desvivía por creer que no se encontraban en la misma habitación que ella, pero sonaban demasiado cercanas como para que no fuera así. Intentó escuchar lo que decían, pero aún con la cabeza completamente despejada no hubiera sido capaz. Hablaban un idioma extraño, suave y envolvente, con un acento cantarín que alargaba las eles y lo que parecían vocales. Trató de identificarlo con todas sus fuerzas, pero no se parecía a nada de lo que había escuchado con anterioridad.
¿Qué demonios estaba ocurriendo?
Se percató de que esa gente, fuera quien fuera, estaba ahí, a su lado, charlando alegremente mientras ella “dormía” sin ninguna clase de ropa encima. Deseando que estuvieran demasiado ocupados hablando entre ellos como para que les hubiera dado tiempo a reparar en su desnudez, Zoe buscó a tientas su edredón para deshacer la cama sigilosamente, pero pronto descubrió con pavor que no reconocía el lugar donde se hallaba tendida. Aquella superficie era mullida, pero no era una cama. Al tacto, aventuró que descansaba sobre un lecho de alguna especie de hierba, mucho más suave y esponjosa que la que ella conocía, que se deshacía entre sus dedos. Presa de un ataque de pánico y sin atreverse aún a abrir los ojos, rodó hacia un lado y se encogió lentamente lo máximo que pudo, deseando con todas sus fuerzas que lo que estaba ocurriendo no fuera más que una terrible pesadilla.
De repente, una voz femenina cortó la conversación de sus compañeros y dijo algo en ese extraño y cantarín lenguaje. Se hizo un profundo silencio. Zoe notó las miradas de esos desconocidos clavadas sobre ella, y no pudo evitar encogerse un poco más, clamando internamente por que se la tragase la tierra. La voz de un hombre murmuró algo, y entonces no solo sintió cómo los ojos de los presentes la atravesaban, sino que escuchó pasos que cada vez sonaban más próximos.
Zoe contuvo la respiración, con el corazón latiéndole a una velocidad tan endiablada que temió que le fuera a estallar de un momento a otro, y sintiendo tanta vergüenza que su cerebro se negaba a trabajar pese a las millones de preguntas que circulaban por él en esos instantes. Apretó los párpados muy fuerte, encogiéndose aún más de manera inconsciente, y fue entonces cuando sintió esa mano sobre su piel.
Zoe pegó un chillido y brincó como un resorte nada más notó el contacto con el desconocido. Movida por un total instinto de supervivencia, corrió como alma llevada por el diablo hacia el primer lugar que vio, buscando con desesperación algo tras lo que esconderse, y acertó a taparse con lo que parecía una especie de manta arrugada en un rincón. Se acurrucó lo máximo que pudo contra la pared, echándose rápidamente la manta por la cabeza, y comprobó con pavor que la “manta” en cuestión era la tela más transparente que había visto en su vida. Histérica perdida, volvió a gritar, notando lágrimas de desesperación agolparse en sus pestañas. Le dio mil vueltas a la tela buscando la manera de cubrir su desnudez de la manera más efectiva, y comenzó a hiperventilar al darse cuenta cada vez con más certeza de que era imposible. Con el corazón a punto de salírsele del pecho, buscó de nuevo por la habitación, y de pronto vio lo que parecía una especie de bañera de un extraño material llena de agua. Sin pensárselo dos veces, corrió hacia y ella y saltó dentro, derramando parte del agua fuera. Se aseguró de cubrirse lo máximo posible con brazos y piernas y confió desconsoladamente en que el efecto óptico del agua la mantuviera a salvo.
Fue entonces, aún con el corazón luchando por salírsele del pecho, cuando observó por primera vez a las personas que compartían habitación con ella, y no pudo evitar pegar un pequeño bote dentro del agua.
Eran cuatro, una mujer, dos hombres y, al fondo, junto a la puerta, una chiquilla en la frontera entre la niñez y la adolescencia. La mujer debía de rozar la cuarentena, y era una mujer imponente, de anchos hombros y caderas, algo entrada en carnes, que la observaba sonriente. Tenía el pelo de color verde lima, con mechas anaranjadas, rosadas y de un brillante amarillo a partes iguales, revuelto en un enmarañado recogido que en esos momentos Zoe no se encontraba ni en la capacidad de entender. Iba vestida con un extraño atuendo de telas imposibles que revelaba más carne de la que Zoe estaba dispuesta a soportar, la mayoría de ella impregnada de coloridos tatuajes, y parte de la ropa que sí la cubría dejaba entrever la desnudez de la mujer a través de transparencias que definitivamente Zoe no necesitaba conocer.
Los hombres no tenían nada que ver entre sí: mientras uno, el mayor de ellos, que rondaría la cincuentena, era bajito y bastante regordete, el otro era un muchacho alto y joven, de unos veintipocos años, delgado y musculado. Ambos también tenían el pelo de colores extraños, el mayor de un curioso verde botella y el joven de un profundo azul marino, aparte de poseer la piel bronceada plagada de tatuajes como la mujer que los acompañaba. Apenas iban vestidos, con un pedazo de tela amarrado a sus piernas que a duras penas cubrían sus partes íntimas y poco más.
La chiquilla del fondo, por su parte, debía de tener unos doce años. Agazapada contra la puerta, cabizbaja y en una actitud incluso más tímida que la de la propia Zoe, dejaba que su larguísima melena, que le caía hasta la cintura en una cascada de cabellos negros con reflejos violetas, ocultase parte de su rostro. No parecía muy alta y vestía unas telas opacas que tapaban bastante más parte de su piel que la de sus compañeros y que apenas insinuaban las incipientes curvas propias de la preadolescencia.
Pero lo que más impactó a Zoe no fue el extraño y revelador vestuario, ni los coloridos tatuajes, ni los estrambóticos colores de sus cabellos; ni siquiera llegó a reaccionar como se merecía ante el intenso azul marino de los ojos del hombre mayor, ni el sobrenatural turquesa de los del joven, ni siquiera el antinatural rosa pálido de los irises de ambas mujeres. Lo que realmente hizo que el pulso de Zoe se detuviera fueron las extrañas y desagradables heridas sobre la caja torácica de todos ellos, una especie de aberturas horizontales que parecían haberles practicado con un cuchillo sobre la piel que cubría sus costillas. Todos tenían seis, tres a cada lado, siendo las inferiores las más largas y las superiores las más cortas, como pliegos de piel colgante que dejaban entrever algo de la carne que había debajo.
Zoe ahogó un chillido. Deseó con todas sus fuerzas desmayarse, pero no fue capaz. A cambio, se quedó con la mirada clavada en los cortes de los seres que la estudiaban, incapaz de apartarla, casi esperando a que empezaran a sangrar en cualquier momento, pero eso no sucedió. De pronto, algo hizo clic en su cerebro y se percató de que había visto esa clase de “heridas” en alguna parte... En otro tipo de ser vivo.
Eran branquias.
Antes de que Zoe pudiera cuestionarse nada más, la mujer del cabello verde lima se acercó unos pasos hacia ella, vistiendo una sonrisa divertida, y comenzó a hablarla en su irreconocible idioma. Zoe se echó hacia atrás dentro de su bañera todo lo que pudo, cubriéndose inconscientemente con las manos. El hombre rechoncho avanzó hacia la mujer y posó una mano sobre su hombro, diciéndole algo que Zoe no comprendió. La mujer le replicó, y a continuación volvió a dirigirse hacia Zoe y le habló de nuevo. Zoe permaneció callada, ahora sin poder apartar la vista de sus antinaturales ojos rosados y sintiendo se le escapaba la respiración por momentos.
El muchacho joven intervino entonces, hablándole a la pareja más mayor. Intercambiaron unas palabras entre ellos con expresión confusa y, tras un breve silencio, la mujer se dirigió una última vez hacia Zoe. Los ojos de la chica bailaron nerviosos entre los presentes, de color vivo de tatuaje a color vivo de cabello y a color vivo de ojos a posteriori, y preguntándose cómo a esas alturas no se había desmayado aún. 
La mujer se acercó un par de pasos más, muy tranquila y portando una cálida sonrisa. Posó una mano sobre su pecho y pronunció una palabra que Zoe no acertó a descifrar. A continuación, extendió la misma mano hacia la chica y volvió a sonreírla.
Zoe se dio cuenta de que la mujer esperaba una respuesta por su parte. Súbitamente, su miedo y su nerviosismo disminuyeron, percatándose de que la mujer, fuera la criatura que fuera, no deseaba hacerla daño sino comunicarse con ella. Para su propia sorpresa, se descubrió a sí misma arrepintiéndose de no haber prestado más atención a la palabra que había pronunciado la mujer y agudizó el oído por si volvía a decirla.
Ella pareció haber escuchado su súplica interna, porque, sin dejar de sonreír, volvió a colocar la mano sobre su pecho y a repetir la palabra:
Isshia.
Esperó un par de segundos y de nuevo extendió la mano hacia ella. Zoe se quedó unos momentos dubitativa, hasta que comprendió de repente. 
La mujer acababa de decirle su nombre, y en esos momentos aguardaba a que la muchacha le dijera el suyo.
Zoe dudó unos instantes antes de decir, finalmente, con la voz pastosa:
Zoe.
La sonrisa de la mujer se ensanchó, y, asintiendo con la cabeza, le ofreció la mano para ayudarla a salir del agua.


jueves, 17 de marzo de 2016

El camino correcto

Llega un momento en tu vida en el que cualquier consejo o frase motivadora que puedas recibir del exterior deja de aplicar.
Si algo he aprendido últimamente es que no hay una sola solución para un mismo problema, y hay veces que ni siquiera hay solución. No existe una verdad generalizada a la cual te puedas agarrar como un clavo ardiendo, pensando que de esa manera solucionarás mágicamente tu vida. Mucha gente se cree en la potestad de decirte lo que debes o no hacer dadas unas determinadas circunstancias, y, aunque sea con buena intención y lo digan con un convencimiento absoluto, esto no quiere decir que lo que según ellos debas hacer sea lo que tú necesites hacer. Y esto sucede porque cuando te aconsejan, no lo hacen pensando en ti, no se ponen realmente en tu piel e intentan pensar y sentir como tú lo haces, sino que piensan en lo que ellos mismos harían en tu lugar… Claro, que tampoco tienen ni idea de cuál es tu lugar realmente, porque es muy fácil quedarse en la perspectiva cómoda de contemplar el problema desde lejos.
Todas las complicaciones que te puedan surgir en la vida se circunscriben a un contexto y una situación concretos. Esto quiere decir que puede que para un problema cuya solución pueda parecer obvia, en realidad puede que no lo sea tanto. ¿Acaso saben lo que piensan o sienten las personas implicadas, saben cómo son y cómo reaccionan ante los problemas y saben por qué momento de su vida están pasando como para juzgar lo que es correcto y lo que no? Por mucho que te esfuerces en explicarle a alguien los detalles de tu problema, por mucho que tengas la capacidad de expresar en palabras tus sentimientos y por mucho tiempo que inviertas en contarle a alguien la historia de cómo has llegado hasta el punto en el que estás, siempre va a haber cosas que se escapen tanto a tu entendimiento y conocimiento como a los de la persona que te intenta (o no) ayudar. Y esto no es porque no les importe aquello por lo que estás pasando (o tal vez sí, también hay que considerar esa posibilidad), sino porque, hasta en el supuesto caso de que fueras capaz de expresarte con la suficiente claridad como para transmitirle a alguien lo que te está pasando por dentro, siempre lo van a mirar desde el prisma de su experiencia. Y la voz de la experiencia es una voz peligrosa, porque puede que esa voz sea la de alguien que ha perdido la fe en la vida. 
Aunque este no fuera el caso, la gente, y me incluyo, tiende a pensar que otras personas, en el supuesto de que se sientan igual, reaccionarán igual ante un mismo problema, y para nada esto es cierto. Alguien echado para adelante le plantará cara al problema y se devanará los sesos día y noche hasta encontrar una solución. Alguien inseguro e indeciso se devanará los sesos como el primero, pero nunca logrará averiguar cuál es la solución al problema y se quedará estancado en él. Alguien abierto y transparente hablará con muchas personas para que le intenten ayudar. Alguien cerrado y hermético intentará solucionar el problema por sí mismo y, además, procurará que nadie se entere de que tiene un problema. Hay gente que tiene una capacidad de expresión fantástica, y hay gente que es incapaz de ponerle palabras a lo que le pasa por dentro. Y hay gente que tiene muy claros sus sentimientos y gente que por mucho que intente entenderse a sí mismo no llega a tener jamás ni puñetera idea de lo que quiere o siente. Dependiendo de con qué tipo de persona te topes, puede que lo que a simple vista parezca que sucede no tenga absolutamente nada que ver con lo que está pasando en realidad, y esto es un factor muy importante que la gente suele pasar por alto.
No digo que haya que menospreciar la opinión de los demás, al contrario, porque siempre he pensado que cuantas más opiniones recibas y más diferentes sean, mejor. Ya no solo porque resulte muy útil para uno mismo contrastar puntos de vista de distintas fuentes y sacar tus propias conclusiones, sino porque sencillamente a veces necesitas sacar lo que llevas dentro, o recibir criterio de alguien que ve las cosas desde fuera para asegurarte de que no te vuelves loco y de que no te estás ahogando en un vaso de agua. Pero que eso no te impida valorar las cosas desde tu posición, porque al fin y al cabo eres tú el que las está viviendo y eres tú el único que sabe con certeza qué siente y qué necesita para volver a estar bien.
Hay un consejo muy recurrente ante muchas situaciones que es: “pasa del tema”. Lo ideal, si fuera posible. Pero, desgraciadamente, simplemente porque te digan esta frase no te curan. A veces cuesta poco, pero otras veces cuesta mucho, mucho tiempo “pasar del tema”. Y, a veces, por mucho que te esfuerces, nunca acabas de “pasar del tema”. Entonces, si no pasas del tema nunca, ¿qué sucede? ¿Acaso es que no eres lo suficientemente fuerte? ¿Acaso es que estás roto y no eres capaz de hacer las cosas “bien”? 
Ni una cosa, ni la otra: eres humano y, te digan lo que te digan, es completamente lícito no ser capaz de superar algo, porque eso simple y llanamente significa que fue tan importante para ti que aún te sigue doliendo. Y puede que abandonarte al pasotismo haga que, con el transcurso del tiempo, logres que el dolor remita… Pero siempre quedará ahí la cicatriz, y lo malo de las cicatrices es que forman parte de ti y es imposible olvidarlas.
Tenemos una imagen preconcebida de que el fuerte es aquel al que no le duelen las heridas y que es capaz de continuar con su vida pase lo que pase. Y, sin embargo, creo que a veces el más fuerte no es el menos débil, sino el que es capaz de mirar a los ojos a su dolor y hacer lo que sea para curar esas heridas, por mucho que escuezan. Porque la realidad de la vida es que “el fuerte”, el que “siguió adelante”, fue un cobarde y se rindió. Y por las mañanas se levanta y continúa con su vida, pero por las noches, en la soledad de su cama, la incertidumbre del qué pudo pasar le sigue atormentando, y no puede evitar que esas heridas que en su día simuló ignorar sangren como el primer día.
A veces el camino correcto no es el más evidente, ni es el más fácil. A veces, ni siquiera es el correcto. Porque el único camino que debes seguir es el que en el fondo de tu ser sabes que necesitas seguir. Y la gente se empeñará en guiarte por caminos lisos y rectos, sin obstáculos, para que no te hagas daño. Pero, a veces, por paradójico que suene, es que necesitas hacerte daño para poder curarte. A veces, sencillamente no estás dispuesto a rendirte. Que la gente diga lo que quiera, que digan que eres un kamikaze y que estás loco por meterte por todo el puñetero medio de un bosque de espinas, pero si arriesgándote a salir peor parado es la única opción que tienes para liberarte de una carga que no estás en la obligación de llevar durante todo el resto de tu vida, si te puedes librar de convertirte en un alma en pena compañero de piso del demonio de la incertidumbre… Pues a la mierda. A la mierda el miedo, a la mierda el orgullo, y a la mierda la opinión de los demás. Y sí, podría ignorar mis heridas, podría dejar que cicatrizasen solas y bordear seguramente el bosque de espinas… Pero es que yo quiero curarme.
Al final, da igual qué te digan ni quién te lo diga. Olvídate de estigmas, no existen los caminos correctos e incorrectos, y olvídate de pensar que alguien que no seas tú te va a solucionar la vida con una frase mágica. Lo único que te puede aportar alguien externo a ti son herramientas para ayudarte a entenderte mejor y averiguar qué es lo que quieres y lo que necesitas para poder salir de tu agujero. Porque al final, lo único que importa, lo que verdaderamente importa, es que tú estés bien, y nadie más que tú mismo puede saber cuál es el camino que debes seguir para que eso suceda.