viernes, 5 de junio de 2015

Iván (II): Solo toda la vida

¡Eh, Iván, cuidado!
La advertencia llegó demasiado tarde. El balón golpeó con fuerza la cabeza del chico y le provocó un dolor sordo que lo dejó atontado durante unos largos segundos. Por un instante el tiempo se paró, al igual que la actividad cerebral de Iván, cosa que momentos antes le hubiera parecido imposible visto que Clara no parecía muy por la labor de abandonar sus pensamientos.
Enseguida recuperó la consciencia, y fue entonces cuando escuchó el reproche de su amigo Álvaro Manzanares:
¡Joder, Iván, tronco, estás en la parra!
Manza lo había dicho muy cabreado, pero todos le rieron el juego de palabras que había hecho con el apellido de Iván, Parra. Iván chasqueó la lengua, cansado del chistecito, pero Manza no parecía haberlo dicho en tono de broma.
Tío, joder, céntrate, vamos a perder por tu culpa –ladró, mientras recuperaba el balón y se lo pasaba a Iván.
Él de pronto se sintió muy imbécil a la vez que cabreado. Buscó la mirada de Sergio, su mejor amigo, y chutó el balón en su dirección mientras volvía a sumergirse en sus pensamientos.
Él no tenía la culpa de no estar atento al partido. Ni siquiera le gustaba el fútbol, sólo había accedido a ser el portero como favor hacia sus amigos porque les faltaba una persona y Sergio había insistido. No había prometido ser el mejor portero del mundo ni asegurarles la victoria, ni esa vez ni ninguna. Y vale que ese día estuviera especialmente despistado, pero, joder, ellos ya sabían a lo que se atenían cuando Iván jugaba. 
Después de que a Iván le colaran dos flagrantes goles, el partido acabó en un dos a uno, en detrimento del equipo de Iván. Manza se largó de allí sin más ceremonia, hecho un basilisco, y el resto del equipo se acercó a la portería de Iván.
Joder, tío, ¿qué te ha pasado? –preguntó Sergio, preocupado . Hoy estabas especialmente manta.
Lo siento, tíos –se disculpó él, ligeramente avergonzado de su papel en el partido . No sé qué me ha pasado, hoy estaba más descentrado que otros días.
Edu Rivas, un chaval bajito y desgarbado que no era el que mejor le caía a Iván precisamente, vio su oportunidad y entró al trapo:
¿Seguro que no lo sabes? Yo diría que lo tienes bastante claro... –dijo con una sonrisa maliciosa, recalcando la última palabra.
Iván le dirigió una mirada fulminante. Había cazado al vuelo la insinuación de su compañero. Edu le respondió ensanchando aún más la sonrisa. 
Rivas siempre hacía lo mismo. Nunca ayudaba, siempre se quedaba al margen buscando su oportunidad para echar leña al fuego y meter el dedo en la llaga cuando era lo último que se necesitaba. Y parecía tener una fijación especial con Iván, por alguna razón que se escapaba a la comprensión del chico.
Por desgracia, no fue Iván el único que pilló el chiste. El resto del grupo intercambió unas risitas y miraditas vacilonas antes de entrar al trapo.
Iván recibió un codazo cariñoso por un costado.
¿Qué, pillín? –dijo Quique Martín, el remitente del codazo . ¿Cae o no cae?
Iván negó con la cabeza, apesadumbrado.
Ni cae ni caerá. Jamás dejará de verme como a un hermano mayor.
Eso es porque te comportas como un hermano mayor –intervino su amigo Guille Andrade, un chico alto y de bastante buen ver que acostumbraba a alardear de sus conquistas . Deja de actuar como un pringado y caerá rendida a tus brazos.
¿A qué te refieres? –quiso saber Iván, algo cohibido por la acusación de su amigo.
Guille se encogió de hombros.
Simple. Pasa de ella.
Iván sacudió la cabeza, alarmado por la sugerencia.
Pero, ¿cómo quieres que pase de ella? –«¡si la quiero!», estuvo a punto de decir, pero enseguida se mordió la lengua. No quería provocar que sus amigos volvieran a burlarse de él, aunque no lo hicieran a mala fe.
Tío, Guille tiene razón –coincidió Quique, que aún seguía amarrado a los hombros de Iván . Las tías son muy raras, pasas de ellas y de repente se vuelven locas por ti y no te dejan en paz.
Iván le dirigió a Quique una mirada dubitativa. Conocía el historial de Guille y, por lo que contaba, no se le podía llamar un buen tío precisamente.
No sé, chicos. No creo que las cosas funcionen del todo así.
Tronco, Iván, hazle caso a Guille, que para eso es el master en estas cosas –intervino otro chico llamado Carlos Soria, al que todos llamaban Charlie . O si no si tan claro tienes que no le molas olvídate ya de ella, que eres un brasas. La chica tampoco es para tanto.
El comentario de Charlie le dolió un poco, pero hizo un esfuerzo por tragarse su orgullo. Se disponía a zanjar el tema, cuando otro de sus amigos, Jaime Fernández, se adelantó a la hora de hablar.
Es verdad, tío, ¿por qué te mola tanto? Lo único que tiene son los ojos.
La verdad es que los ojos de Clara son una pasada –coincidió Quique.
Pero tiene un boca muy fea, con los dientes torcidos –continuó Jaime . Y es un tapón.
Y además está plana –aportó Edu, que nunca faltaba a la hora de meter cizaña.
Todos asintieron efusivamente ante la observación de Edu.
Pues qué queréis que os diga, yo me la tiraba –dijo Guille.
¡Tú te tirarías hasta a un oompa loompa! –entró al trapo Peralta, el otro Álvaro del grupo . Con tal de meter el churro te da igual la taza.
La diferencia es que yo la meto –replicó Guille sin perder ni un ápice los nervios . A ti el oompa loompa te rechazaría.
Hubo una exclamación generalizada entremezclada con risas ahogadas, y a partir de ahí el tema se desvió en una especie de batalla acerca de quién tenía más sexo y quién conseguía a las chicas más guapas. Iván desvió la mirada hacia Sergio, aún rumiando las palabras de sus amigos acerca de Clara, y le preguntó directamente.
¿Tú qué opinas?
¿Eh? –Sergio, que no había abierto la boca en toda la conversación, salió de pronto de su ensimismamiento . Hombre, Clara no es ninguna sirena, pero tampoco está tan mal...
No, idiota –replicó Iván . Me refiero a lo que ha dicho Charlie, lo de que la olvidase.
¡Ah, eso! Pues... –Sergio hizo una pausa, meditando bien sus palabras . Ya sabes lo que opino, Iván... No eres tú quien decide quién te gusta, pero...
No habló más, y no hizo falta. Iván ya sabía lo que Sergio quería decir, y que ya le había dicho en alguna que otra ocasión: Iván llevaba demasiados años detrás de Clara, y hasta la fecha ella no había respondido. ¿Por qué seguía insistiendo? Tenía asumido desde hacía tiempo que ella no le correspondía, pero, ¿por qué no era capaz de desistir y continuar con su vida?
Tío –dijo Sergio, percatándose de la expresión que había adquirido el rostro de Iván , yo no quiero decir que nunca vayas a estar con ella… No sé, tal vez necesita más tiempo para darse cuenta. Lo que quiero decir –se apresuró a continuar antes de que Iván pudiese replicar –es que dentro de poco vas a ser mayor de edad y todavía no te has liado con ninguna tía. Y yo no entiendo mucho de estas cosas, pero creo que no estás mal y que tendrías posibilidades con muchas.
Hombre, gracias.
Ya sé que me vas a venir con ese rollo de que no lo necesitas y todo eso, pero… En serio, tío, no puedes seguir así. ¿Qué vas a hacer, seguir solo toda la vida?
Iván meditó las palabras de Sergio, pensando por primera vez en ello. Sabía que su amigo estaba en lo cierto, pero se le hacía extraña la idea de una vida en la que no estuviera Clara, aunque no fuese para compartirla juntos.
No lo sé –respondió finalmente tras un breve silencio . Supongo que tienes razón.
Sergio le palmeó la espalda a Iván.
Eh, tío, venga, no te vengas abajo. Lo que necesitas es conocer gente nueva. ¿Qué te parece si salimos este finde a liarla por ahí?
El concepto “liarla por ahí” era completamente contrario a Iván, pero no pudo evitar sonreír ante el intento de su amigo de animarlo.
Iván asintió brevemente con la cabeza. Sergio correspondió a su sonrisa con otra aún más amplia, visiblemente feliz, y lo palmeó aún más fuerte antes de abrazarlo.



lunes, 18 de mayo de 2015

Victoria (III): Silvertone Way

El atasco era infernal.
Me maravillaba de cómo estaba aprendiendo a odiar aquella masa descomunal de vehículos cuando apenas unas horas antes le había encontrado todo el encanto del mundo. Por un momento me alegré de no necesitar el dinero para comprar un coche. A medida que los minutos se escurrían de manera horriblemente lenta, la decisión espontánea de no tener uno jamás en mi vida en Bridgeport iba tomando más consistencia. Ni volvería a coger un taxi. Nunca.
El metro era un concepto nuevo para mí. En Twinbrook no había, y la verdad era que no había salido mucho de mi ciudad natal, pero cada vez se me hacía más atractiva la idea.
Después de lo que a mí me pareció una eternidad, el taxi logró salir con un esfuerzo casi titánico del ejército de vehículos que hormigueaba lentamente por una de las carreteras principales y tomó una salida para cruzar el puente de Bridgeport.
Nunca en mi vida había visto nada parecido. A pesar de haber visto la famosa obra de ingeniería en internet, nada me había preparado para la proporción desorbitada que tenía respecto a la escala humana. Si alguna vez anteriormente me había sentido como un insecto, desde luego ese momento se llevaba el primer puesto.
Cruzamos el gigantesco puente colgante para llegar a la parte menos edificada de Bridgeport. La zona que, según me había dicho la señora que tan amablemente me había atendido antes, correspondía al área rica de la ciudad. Y no me había mentido; a sendos lados se erigían imponentes y modernas mansiones, todas cercadas por altísimas verjas o muros que también tenían apariencia de costar un dineral, como si lo que había dentro de la casa fuese incluso más valioso que la edificación en sí.
¿Acaso...?
—Perdone –intervine mientras me inclinaba hacia la parte delantera del taxi –. ¿Es posible que viva por aquí alguien famoso?
El conductor emitió un sonido a medio camino entre un bufido y una risa.
—Alguien famoso, dice... Aquí vive toda la flor y nata de Bridgeport, jovencita. ¿Ve ese caserón? Ahí vive nada más ni nada menos que Matthew Hamming.
Sacudí la cabeza, sorprendida.
—¿El actor?
—¿Qué otro, si no?
Me quedé boquiabierta.
—¿Así que en todas estas casas vive gente famosa?
—Así es –asintió el taxista –. ¿De qué planeta vienes? ¿Por qué visitas la zona rica de Bridgeport si no? ¿Eres alguna de esas paparazzis encubiertas? ¿O una investigadora de pacotilla tratando de pasar desapercibida?
Sacudí la cabeza, aturdida por tantas preguntas.
—¿Qué? Nada de eso. Vivo aquí.
El conductor alzó las cejas.
—¿Y por qué no te conozco? ¿Eres familiar de alguien?
—No, simplemente me estoy mudando ahora.
—Vaya, conque una niña rica...
Me mordí la lengua, sin querer pensar en la cara que iba a poner el taxista cuando descubriera que mi "nueva casa" no era más que un lote vacío. Pero de momento no me iba a rebajar a que pensara que era una simple mendiga. ¿Acaso no procedía de la familia más rica de Twinbrook? Era perfectamente creíble que pudiera comprar una casa en ese área.
El taxi ascendió por una última pendiente, giró una última curva y estacionó en lo que, parecía, era el medio de la nada.
—Silvertone Way, 302, ¿no?
—Sí –respondí, con el pulso latiéndome a una velocidad endemoniada.
El taxista bajó del coche y procedió a sacar mi equipaje. Yo respiré hondo, con mi cerebro en marcha, maquinando la coartada con la que iba a engañar al taxista para salir airosa de esa ridícula situación, y a continuación lo imité.
Me acerqué a mi acompañante sin estar dispuesta aún a mirar el aspecto de mi nuevo hogar. El taxista me cedió mi maleta, dirigiéndome una mirada recelosa. Yo le respondí con una desafiante al tiempo que tomaba mi maleta de sus manos, y di media vuelta.
En mitad del solar se erigía una pequeñísima cabaña.
Aquella visión me dejó patidifusa, pero procuré que el conductor no lo notase. Volví a girarme hacia él y pregunté por el precio de la excursión.
Mientras pagaba, el hombre no dejaba de observarme con un aire entre divertido, sorprendido y extrañado.
—¿Así que es aquí donde te mudas, niña rica? –se burló.
Le dediqué una mirada cargada de escepticismo y altanería, con la cabeza bien alta.
—No creo que esté dentro de su trabajo indagar o cuestionar los motivos por los que sus clientes van a un sitio u otro, así que le sugiero que se limite a aceptar el dinero y marcharse. Pero si tan interesado está, sí, este solar es mío. Lo he adquirido para construir aquí el que será mi nuevo hogar, y he venido a echarle un vistazo. ¿Alguna pregunta más?
El taxista se quedó mudo. Bajó la mirada como un cachorrito al que acabaran de regañar.
—Perdóneme, señorita. ¿Quiere que espere aquí mientras mira para llevarla a algún sitio más?
—¿De verdad cree que después de haberme faltado al respeto voy a seguir pagándole por sus servicios? –hice un gesto despectivo –. Lárguese, por favor.
El taxista refunfuñó una despedida y volvió a meterse en el vehículo a regañadientes. Una vez se hubo marchado, me percaté de que llevaba tiempo reteniendo el aire y volví a respirar.
Estaba hecha un flan, y tuve que contenerme para que las lágrimas no corrieran por mis mejillas. Me sentía tan miserable... Frente al taxista no había podido permitirme perder el estatus, pero ahora debía comerme mis propias palabras y digerir su veneno.
Volví a alzar la vista hacia la casita que, ante mi gran sorpresa, ocupaba ese solar. Era minúscula, enteramente construida con tablones de madera, y no disponía de ventanas. Avancé hacia ella, cautelosa. ¿Quién había construido esa cabaña? ¿Acaso estaría ya ocupada por alguien?
Llamé a la puerta, pero no obtuve respuesta. Unos segundos más tarde volví a llamar. No sucedió nada. Suspiré, nerviosa, y finalmente cogí aire y accioné el pomo.
La puerta se abrió con un quejido chirriante. El interior estaba totalmente a oscuras, así que la luz que se coló del exterior al principio fue insuficiente. Tanteé instintivamente en una de las paredes en busca de un interruptor, pero lógicamente no hallé uno, así que esperé con cierta impaciencia. Una vez mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, pude discernir un espacio pequeñísimo, de no más de dos metros cuadrados, con una cama de metal oxidado sobre la que descansaba un colchón viejo, una nevera sin mucha pinta de estar operativa y un váter. La casa no tenía suelo, se alzaba sobre la misma hierba del solar, y eso me hizo preguntarme qué harían exactamente una nevera y un váter en aquel reducidísimo espacio y, lo que era aún más inquietante, quién sería el inquilino de ese hogar.
Me pregunté qué debía hacer en ese instante. Desde luego esa choza aparecida como si de un espejismo se tratase era mejor que dormir a la intemperie, pero, ¿cuánto tardaría su ocupante en aparecer? ¿Debía habitarla tranquilamente? ¿Y qué haría si tenía que salir? ¿Qué iba a hacer con mis cosas? ¿Iría cargando con la maleta a todas partes? Eran demasiadas las preguntas que circulaban por mi cabeza y ninguna parecía tener una respuesta clara.
Decidí sentarme sobre la cama y esperar por un rato a alguien, quien fuera. 
De pronto me asaltó una preocupación que hasta ese momento había tratado de rehuir. Abrí mi bolso, saqué la cartera y comencé a contar el dinero que me quedaba.
El resultado me dejó blanca como la tiza.
—Diez dólares –dejé escapar en un murmullo, estupefacta.
Tenía que encontrar un trabajo cuanto antes. De lo contrario no solo no tendría techo, sino tampoco comida.
Si había alguien ocupando esa choza dejada de la mano de Dios, tendría que esperar para averiguarlo. Como si un resorte me hubiera propulsado, me puse en pie de un brinco y arrastré la cama a duras penas, hasta que dejé el lugar que ocupaba libre. Para ello tuve que hacer más maniobras de las que esperaba, llegando incluso a sacar el mueble de la cabaña. A continuación me dispuse a excavar un agujero en la hierba, no sin antes haber dado un respingo de exasperación. Hacer aquello era lo último que admitiría haber hecho ese día, pero no me quedaba más remedio.
Me quité los zapatos y puse mucho cuidado en no mancharme la ropa, pues mi intención siguiente era que me contrataran en alguna parte, y por supuesto no esperaba que nadie lo hiciera si la que se presentaba era una chiquilla andrajosa. Di gracias a que fuera verano por llevar pantalones cortos ese día. Unas piernas sucias eran fáciles de limpiar, pero unos vaqueros era otro cantar.
Me llevó mi buen tiempo, pero al rato tuve un agujero de las dimensiones que consideré necesarias. Encajé la maleta en el hueco, esparcí los restos de tierra por encima y volví a colocar la cama en su sitio.
Listo. De esa manera no tendría que ir cargando con el lastre a todas partes y, en el caso de que alguien entrase no vería la maleta. A no ser que quisieran llevarse la cama. Me quedé dubitativa, pero finalmente decidí arriesgarme. Nadie iba a entrar a robar en ese sitio tan asqueroso y, aunque así fuera, con la poca luz que había no verían la maleta ni aunque tuvieran visión nocturna.
Salí de la casa, cerrando la puerta tras de mí. Me sacudí la tierra de las rodillas y eché a caminar, rumbo hacia lo desconocido.



miércoles, 29 de abril de 2015

Olvidar el mundo

El móvil vibró. No soy de las que está pendiente del teléfono constantemente, pero dio la casualidad de que esa vez sí miré. Estaba recogiendo algunas cosas cuando la pantalla del aparato se iluminó, y por curiosidad me acerqué.
André: Estoy aquí abajo. ¿Vienes?
Cogí el móvil, extrañada. Eran las doce y cuarto de la noche. Desbloqueé la pantalla y leí de nuevo el mensaje, sin acabar de interiorizarlo del todo. ¿Qué hacía en mi casa a esas horas?
Sin embargo, no pregunté.
Voy”, escribí. Cogí una sudadera y las llaves, me calcé y les conté a mis padres que había venido un amigo, que iba a ver qué quería y en un par de minutos estaría de vuelta. Ellos me dirigieron una mirada extraña, pero no replicaron. No me percaté de que me había dejado el móvil sobre la mesa de mi escritorio.
Cuando salí del edificio, me encontré con el viejo coche de André parado frente a la puerta de mi casa, con las luces de emergencia encendidas y la ventanilla abierta. En una mano sostenía el volante y, en la otra, un cigarrillo que humeaba a través del otro cristal bajado.
¿Pasa algo? –pregunté.
Sube –dijo él, solamente.
Tuve algún reparo, pero finalmente obedecí. Antes de que me diese tiempo a decir nada, él arrancó y el coche comenzó a rodar por el asfalto.
¿A dónde vamos? –quise saber.
Él dio una larga calada antes de responder.
¿A dónde quieres ir? –dijo, sin apartar la mirada del frente.
Me tomé mi tiempo para contestar, meditando bien mis palabras.
¿Tienes alguna idea en especial?
La pregunta quedó flotando en el ambiente, sin respuesta. André dio una última calada al cigarrillo, lo lanzó al exterior y, a continuación, subió ambas ventanillas y salió a autopista.
Yo no hacía más que lanzarle inquietas miradas de reojo mientras él conducía en mitad de la noche, pensando muchas cosas, pero sin atreverme a expresarlas en voz alta. Me preocupaban mis padres, a quienes había afirmado que no estaría más de dos minutos fuera, promesa que evidentemente no iba a cumplirse, pero, sobre todo, me preocupaba él. Tenía el ceño ligeramente fruncido, la mirada cansada y la expresión típica del que ha tenido un mal día pero no quiere hablar de ello. No lo conocía mucho, pero sí lo suficiente para saber que, fuera lo que fuera aquello que le había sucedido, pretendía alejarse de ello lo máximo posible, y tal vez por eso permanecí callada, respetando sus silenciosos deseos.
Entonces, como corroborando mis hipótesis, se inclinó sobre el aparato de radio y lo encendió. La verdad es que no recuerdo bien qué tipo de música sonaba, solamente que fue lo único que se escuchó durante la totalidad del trayecto, hasta que finalmente aparcó frente a una gasolinera de carretera, en medio de la nada.
Por primera vez en toda la noche, me miró.
¿Te apetece un trago?
La pregunta me pilló de sorpresa, pero procuré que no se me notara y me limité a encogerme de hombros. Él bajó del coche, y yo lo imité. Juntos entramos en la gasolinera, completamente desierta de clientela, y, tras hacerse con un par de botellas de vodka y una cajetilla de tabaco, pasamos por caja y salimos de allí.
Echamos a andar en la oscuridad de la noche, en línea recta hacia no sé sabe dónde. Yo me limitaba a seguirle, sin saber qué pretendía ni que quería, pero manteniéndome en mi silenciosa promesa de no perturbarlo, hasta que finalmente se dejó caer sobre una explanada que se hallaba ligeramente en cuesta. Tras sentarme a su lado, él abrió la primera botella y me la alargó.
Le di un pequeño trago, algo dudosa. No entraba en mis planes emborracharme esa noche, pero parecía que así lo había dictado el destino. Mientras yo bebía lentamente, él se encendía un cigarrillo. Me miró de nuevo, y aproveché para devolverle la botella. Él me ofreció el cigarro a cambio. Vacilé, pero finalmente me animé a darle una calada. No solía fumar, pero bueno, aquello era una ocasión especial, supongo. Ya estábamos bebiendo vodka a morro, ¿qué más daba?
Compartimos la botella y el cigarro hasta que éste último se consumió. Yo seguía bebiendo a pequeños sorbos, y él, a largos tragos. No hablábamos, pero tampoco hacía falta. Él parecía estar relajado, mirando al cielo negro y disfrutando de la suave brisa, y yo no iba a ser menos. No lo confesaría en voz alta, pero verle bien después de la expresión que portaba en el rostro cuando me había subido al coche me hacía sentir bien a mí.
Cuando la primera botella ya andaba medio vacía, él abrió la segunda, y entonces dejamos de compartir. Yo me quedé con la mía, de la que seguía bebiendo de cuando en cuando. Él inauguró la suya con otro gran trago, y, de pronto, habló.
¿Conoces esa canción? –me dijo.
Casi me asustó. No me esperaba que fuera a hablar en toda la noche, la verdad.
¿Qué canción? –pregunté.
Em… -carraspeó sonoramente, y, a continuación, empezó a entonar:

If I lay here,
If I just lay here,
Would you lie with me and
Just forget the world?

Esperó unos segundos, con la mirada perdida en el infinito, hasta que finalmente se volvió hacia mí y preguntó de nuevo.
¿La conoces?
Sí –contesté.
Él sonrió ampliamente, volvió a mirar al horizonte y volvió a beber durante lo que a mí me pareció una eternidad.
Me encanta esa canción.
Yo me quedé observándolo, sin saber bien qué decir.
En ese momento, él volvió a girarse, y esta vez clavó sus ojos en los míos. Esbozó media sonrisa, deslizó la vista hacia mis labios y, entonces, se inclinó hacia mí y me besó.

Dos años han pasado desde entonces, y la vida ha separado nuestros caminos de diferentes maneras. A él se lo llevó a la otra punta del país, por motivos de trabajo de su padre. A mí me trajo aquí, a Inglaterra, a donde destinaron al mío. Sin embargo, no hay día que no recuerde a André, su sonrisa ladeada y su silenciosa manera de decir nada y todo a la vez. No hay día en el que no venga a mi memoria esa noche de jueves que compartimos, ni soy capaz de irme a dormir sin rememorar una y otra vez aquel beso con el que selló mi corazón… y con el que me invitó a olvidar el mundo.
Y hoy, desde el tiempo y la distancia, no te he olvidado. Cada vez que escucho esa maldita canción es otra lágrima que cae desesperada, gritando tu nombre y reclamando ese silencio con el que me hacías parte de tu vida, y cada día que pasa, cada día que no estoy a tu lado, me pregunto qué será de ti e insulto a quién sabe qué fuerza sobrenatural por habernos forzado a separarnos. Y es que, pese a que he intentado con todas mis fuerzas asumir que me toca continuar sin ti,  te sigo echando de menos con todo mi ser, cada segundo de mi vida.

Vuelve, André. Aún te quiero.

sábado, 11 de abril de 2015

Zoe (III): Torbellino

La habitación se arremolinaba a su alrededor. A través del halo de cristal líquido que cubría sus ojos, Zoe observaba cómo todo lo que la rodeaba daba vueltas en torno a ella y se abalanzaba sobre su frágil cuerpo. Se sentía mareada, desolada y enfurecida a la vez, y la rabia la había hecho su rehén. Tumbada en su cama, tal y como se hallaba, lo único que podía percibir era la danza psicodélica de colores procedente de los miles de dibujos que empapelaban las paredes y el techo inclinado de su cuarto, situado en la buhardilla de la casa. Normalmente, contemplar todos aquellos dibujos desde su cama la colmaba de paz y tranquilidad, pero, ahora que no podía distinguir bien las formas de su amado claro, no hacían más que acrecentar su ansiedad. Todos esos dibujos eran las decenas de pruebas que había hecho para llegar a su obra magistral final, eran el resultado de cientos de horas invertidas perfeccionando su técnica, el proceso para llegar a una única obra perfecta suma de todas las demás: la que yacía rota en pedazos al fondo de la papelera de la cocina.
Sin ser capaz de impedir que las lágrimas corrieran libres por sus mejillas como si de dos riachuelos se tratase, no podía dejar de pensar en su claro destrozado, y miraba toda la obra que vestía su habitación con la impotencia de quien ha puesto lo máximo de sí mismo en un trabajo que finalmente no tiene ninguna utilidad. Aunque para ella aquello era lo más importante que existía en el universo, se sentía como si todo ese esfuerzo no hubiera sido más que una burda pérdida de tiempo.
De pronto escuchó tres tenues golpes en su puerta.
¿Sofía? –se oyó la voz de su madre tras la madera.
Zoe dio media vuelta en la cama y cerró los ojos. No quería saber nada ni de su madre ni de nadie. Estaba demasiado enfadada con el mundo, y ella también intentaría que olvidara al claro, aunque no lo hiciera de la manera impositiva en la que lo había hecho su padre. Ninguno de los dos la comprendía.
Sofía, ábreme, venga –continuó su madre –. Deja que hable contigo. Papá ya se ha ido.
Ella continuó ignorándola. Apretó los párpados, tratando de contener las lágrimas, y decidió intentar dormir. Si estaba dormida tenía una excusa para no abrir a su madre, pensó. Hizo un esfuerzo por dejar la mente en blanco y dormir.
Te he traído la cena, cariño –lo volvió a intentar –. Déjame entrar aunque sea solo para dártela.
Zoe notó rugir sus tripas, pero se mantuvo firme. Sabía de sobra que en cuanto entrara y ella se pusiera a cenar la hablaría, y no tenía intención alguna de caer en esa trampa. Ocultó la cabeza bajo la almohada para amortiguar la voz de su madre y no arriesgarse a sentir ningún tipo de tentación y esperó.
Su madre la llamó una vez más antes de desoír los silenciosos deseos de la niña y proceder a accionar el pomo de la puerta. Pero Zoe había sido previsora y lo primero que había hecho tras entrar en su habitación había sido atrancar la puerta con la silla de su escritorio. No quería que nadie la molestase. No había nada que ninguno de los que habitaban esa casa pudiera decirle que pudiera hacerla sentirse mejor.
Zoe escuchó el suspiro lastimero de su madre a través de la madera y esperó una nueva llamada, pero ésta no llegó. Durante los siguientes minutos sólo escuchó el suave aullido del viento contra el cristal de su tragaluz, hasta que finalmente el agotamiento de llorar durante lo que a ella le había parecido una eternidad la hizo quedar dormida.

Cuando abrió los ojos, se sentía como si acabara de despertar de una horrible pesadilla. No fue hasta un rato más tarde cuando se percató de que aquello que le había parecido un sueño había sido muy real. Saltó de la cama, con el cuerpo repentinamente cubierto de sudores fríos, y sintiendo cómo una nueva punzada de dolor se clavaba profundamente en su corazón. Se llevó las manos al rostro y comenzó a llorar una vez más, pero poco a poco esas lágrimas fueron tornándose en un intenso odio hacia su padre. ¿Cómo podía una de las personas que le habían traído a la vida ser alguien tan cruel? ¿Por qué no podía entender que lo único que hacía realmente feliz a su hija era lo que solamente el claro podía ofrecerle? Las cosas no podían quedar así para Zoe. Estaría junto al claro costase lo que costase, por muy difícil que se lo pusiera su padre. Nada ni nadie podría separarlos jamás.
La imagen su dibujo hecho añicos volvió a aflorar en su mente, y esta vez no lo pudo soportar más. Que su obra estuviera rota no significaba que hubiera dejado de existir. Con todo el sigilo que fue capaz de ostentar, se levantó de su cama y retiró suavemente la silla atrancada de su puerta. A continuación, empujó el pomo hacia abajo y salió de allí, tratando de controlar el quejido de la puerta. Bajó los estrechos escalones despacio, hasta que llegó a la planta intermedia, y, tras echar un vistazo en derredor por si las moscas, continuó bajando.
Al llegar al recibidor de la entrada, una luz parpadeante procedente de la habitación contigua le dio la bienvenida. Sobresaltada, subió de espaldas dos o tres escalones de nuevo, pensando que su madre estaría despierta. ¿Qué hacía viendo la televisión a aquellas horas? ¿Sería más temprano de lo que ella creía? Lanzó una ojeada rápida al reloj de pared que colgaba a su derecha, y comprobó que rozaban las cuatro de la madrugada. Se habría quedado dormida en el salón viendo alguna película, dedujo, pero no dejaba de ser extraño. Su madre jamás veía la tele por las noches. Soltó el aire que sin querer estaba reteniendo, y continuó caminando a hurtadillas hasta la cocina. Cerró la puerta despacio, procurando no hacer ningún ruido, y encendió la luz.
Encima de la mesa se hallaba, cubierta por papel de plata, la cena de Zoe. 
Sintió un ramalazo de arrepentimiento. Su madre era tan tierna... Seguramente se habría quedado en el salón preocupada por ella, esperando por si a su hija le daba por bajar a cenar. Las lágrimas acudieron de nuevo a los ojos de la niña, probablemente producto de toda la emoción contenida y liberada durante las últimas horas. Las retuvo como pudo, pero no pudo evitar pensar en su madre. En ese momento se percató de que ella siempre velaba por Zoe y la protegía frente a su padre en la medida que podía, y nunca se había molestado en agradecérselo. Realmente, hasta ese momento no se había dado verdadera cuenta. Pensaba tanto en su amado claro... Pero, ¿cómo iba a pensar en otra cosa? No había nada sobre la faz de la tierra que la hiciera sentir como ese oasis en medio del árido desierto que era su vida. Y es que Zoe acostumbraba a pensar que, si era cierto que existía el cielo, éste debía ser como su claro del bosque. No podía concebir que pudiera ser de otra manera, y eso era algo que no podía comprender nadie, porque no había palabras para describir ese sentimiento. ¿Cómo iba a explicárselo a sus padres, si ni siquiera ella misma acababa de comprenderlo del todo?
Se acercó al cubo de la basura, y ahí estaba: todos los trocitos de papel de diversos colores, flotando entre los demás desperdicios como relucientes piedras preciosas entre un mar de oscura roca. Con cuidado, fue extrayéndolos uno a uno y depositándolos sobre la mesa, junto al plato cubierto que horas antes habría dejado su madre en el mismo lugar. Luego se lavó las manos, controlando de manera milimétrica la cantidad de agua que caía del grifo para no levantar el más mínimo ruido, y se las secó a conciencia antes de coger los pedacitos de papel y recomponer poco a poco el puzzle en que se había convertido su obra maestra. Las piezas fueron encontrando su lugar una a una, hasta que, un rato después, formaron entre todas la imagen que tanto adoraba Zoe.
«Hola de nuevo», lo saludó para sus adentros. A ella volvió a embargarle aquella sensación de paz. Todo está bien, parecía decirle el claro, ya estoy a tu lado de nuevo. Zoe sonrió, se sorbió la nariz y acarició los trazos de lápiz mientras se dejaba embriagar por la belleza del paisaje.
Sofía.
La voz de su madre la hizo pegar tal brinco en la silla, que los trozos de papel que descansaban sobre la mesa comenzaron a revolotear frente a ella en un torbellino de color.
¡Mamá, qué susto!
Sin embargo, no quedó realmente asustada hasta que miró a los ojos a su madre y vio las ojeras profundamente marcadas que pendían de ellos y la expresión seria y preocupada que portaba.
Mamá, ¿estás bien? –preguntó Zoe, titubeando.
Hija, tienes que hacer las maletas.
¿Qué? ¿Por qué?
Tu padre irá a buscarte a la salida del colegio. Te vas a Madrid con él.