miércoles, 29 de abril de 2015

Olvidar el mundo

El móvil vibró. No soy de las que está pendiente del teléfono constantemente, pero dio la casualidad de que esa vez sí miré. Estaba recogiendo algunas cosas cuando la pantalla del aparato se iluminó, y por curiosidad me acerqué.
André: Estoy aquí abajo. ¿Vienes?
Cogí el móvil, extrañada. Eran las doce y cuarto de la noche. Desbloqueé la pantalla y leí de nuevo el mensaje, sin acabar de interiorizarlo del todo. ¿Qué hacía en mi casa a esas horas?
Sin embargo, no pregunté.
Voy”, escribí. Cogí una sudadera y las llaves, me calcé y les conté a mis padres que había venido un amigo, que iba a ver qué quería y en un par de minutos estaría de vuelta. Ellos me dirigieron una mirada extraña, pero no replicaron. No me percaté de que me había dejado el móvil sobre la mesa de mi escritorio.
Cuando salí del edificio, me encontré con el viejo coche de André parado frente a la puerta de mi casa, con las luces de emergencia encendidas y la ventanilla abierta. En una mano sostenía el volante y, en la otra, un cigarrillo que humeaba a través del otro cristal bajado.
¿Pasa algo? –pregunté.
Sube –dijo él, solamente.
Tuve algún reparo, pero finalmente obedecí. Antes de que me diese tiempo a decir nada, él arrancó y el coche comenzó a rodar por el asfalto.
¿A dónde vamos? –quise saber.
Él dio una larga calada antes de responder.
¿A dónde quieres ir? –dijo, sin apartar la mirada del frente.
Me tomé mi tiempo para contestar, meditando bien mis palabras.
¿Tienes alguna idea en especial?
La pregunta quedó flotando en el ambiente, sin respuesta. André dio una última calada al cigarrillo, lo lanzó al exterior y, a continuación, subió ambas ventanillas y salió a autopista.
Yo no hacía más que lanzarle inquietas miradas de reojo mientras él conducía en mitad de la noche, pensando muchas cosas, pero sin atreverme a expresarlas en voz alta. Me preocupaban mis padres, a quienes había afirmado que no estaría más de dos minutos fuera, promesa que evidentemente no iba a cumplirse, pero, sobre todo, me preocupaba él. Tenía el ceño ligeramente fruncido, la mirada cansada y la expresión típica del que ha tenido un mal día pero no quiere hablar de ello. No lo conocía mucho, pero sí lo suficiente para saber que, fuera lo que fuera aquello que le había sucedido, pretendía alejarse de ello lo máximo posible, y tal vez por eso permanecí callada, respetando sus silenciosos deseos.
Entonces, como corroborando mis hipótesis, se inclinó sobre el aparato de radio y lo encendió. La verdad es que no recuerdo bien qué tipo de música sonaba, solamente que fue lo único que se escuchó durante la totalidad del trayecto, hasta que finalmente aparcó frente a una gasolinera de carretera, en medio de la nada.
Por primera vez en toda la noche, me miró.
¿Te apetece un trago?
La pregunta me pilló de sorpresa, pero procuré que no se me notara y me limité a encogerme de hombros. Él bajó del coche, y yo lo imité. Juntos entramos en la gasolinera, completamente desierta de clientela, y, tras hacerse con un par de botellas de vodka y una cajetilla de tabaco, pasamos por caja y salimos de allí.
Echamos a andar en la oscuridad de la noche, en línea recta hacia no sé sabe dónde. Yo me limitaba a seguirle, sin saber qué pretendía ni que quería, pero manteniéndome en mi silenciosa promesa de no perturbarlo, hasta que finalmente se dejó caer sobre una explanada que se hallaba ligeramente en cuesta. Tras sentarme a su lado, él abrió la primera botella y me la alargó.
Le di un pequeño trago, algo dudosa. No entraba en mis planes emborracharme esa noche, pero parecía que así lo había dictado el destino. Mientras yo bebía lentamente, él se encendía un cigarrillo. Me miró de nuevo, y aproveché para devolverle la botella. Él me ofreció el cigarro a cambio. Vacilé, pero finalmente me animé a darle una calada. No solía fumar, pero bueno, aquello era una ocasión especial, supongo. Ya estábamos bebiendo vodka a morro, ¿qué más daba?
Compartimos la botella y el cigarro hasta que éste último se consumió. Yo seguía bebiendo a pequeños sorbos, y él, a largos tragos. No hablábamos, pero tampoco hacía falta. Él parecía estar relajado, mirando al cielo negro y disfrutando de la suave brisa, y yo no iba a ser menos. No lo confesaría en voz alta, pero verle bien después de la expresión que portaba en el rostro cuando me había subido al coche me hacía sentir bien a mí.
Cuando la primera botella ya andaba medio vacía, él abrió la segunda, y entonces dejamos de compartir. Yo me quedé con la mía, de la que seguía bebiendo de cuando en cuando. Él inauguró la suya con otro gran trago, y, de pronto, habló.
¿Conoces esa canción? –me dijo.
Casi me asustó. No me esperaba que fuera a hablar en toda la noche, la verdad.
¿Qué canción? –pregunté.
Em… -carraspeó sonoramente, y, a continuación, empezó a entonar:

If I lay here,
If I just lay here,
Would you lie with me and
Just forget the world?

Esperó unos segundos, con la mirada perdida en el infinito, hasta que finalmente se volvió hacia mí y preguntó de nuevo.
¿La conoces?
Sí –contesté.
Él sonrió ampliamente, volvió a mirar al horizonte y volvió a beber durante lo que a mí me pareció una eternidad.
Me encanta esa canción.
Yo me quedé observándolo, sin saber bien qué decir.
En ese momento, él volvió a girarse, y esta vez clavó sus ojos en los míos. Esbozó media sonrisa, deslizó la vista hacia mis labios y, entonces, se inclinó hacia mí y me besó.

Dos años han pasado desde entonces, y la vida ha separado nuestros caminos de diferentes maneras. A él se lo llevó a la otra punta del país, por motivos de trabajo de su padre. A mí me trajo aquí, a Inglaterra, a donde destinaron al mío. Sin embargo, no hay día que no recuerde a André, su sonrisa ladeada y su silenciosa manera de decir nada y todo a la vez. No hay día en el que no venga a mi memoria esa noche de jueves que compartimos, ni soy capaz de irme a dormir sin rememorar una y otra vez aquel beso con el que selló mi corazón… y con el que me invitó a olvidar el mundo.
Y hoy, desde el tiempo y la distancia, no te he olvidado. Cada vez que escucho esa maldita canción es otra lágrima que cae desesperada, gritando tu nombre y reclamando ese silencio con el que me hacías parte de tu vida, y cada día que pasa, cada día que no estoy a tu lado, me pregunto qué será de ti e insulto a quién sabe qué fuerza sobrenatural por habernos forzado a separarnos. Y es que, pese a que he intentado con todas mis fuerzas asumir que me toca continuar sin ti,  te sigo echando de menos con todo mi ser, cada segundo de mi vida.

Vuelve, André. Aún te quiero.

sábado, 11 de abril de 2015

Zoe (III): Torbellino

La habitación se arremolinaba a su alrededor. A través del halo de cristal líquido que cubría sus ojos, Zoe observaba cómo todo lo que la rodeaba daba vueltas en torno a ella y se abalanzaba sobre su frágil cuerpo. Se sentía mareada, desolada y enfurecida a la vez, y la rabia la había hecho su rehén. Tumbada en su cama, tal y como se hallaba, lo único que podía percibir era la danza psicodélica de colores procedente de los miles de dibujos que empapelaban las paredes y el techo inclinado de su cuarto, situado en la buhardilla de la casa. Normalmente, contemplar todos aquellos dibujos desde su cama la colmaba de paz y tranquilidad, pero, ahora que no podía distinguir bien las formas de su amado claro, no hacían más que acrecentar su ansiedad. Todos esos dibujos eran las decenas de pruebas que había hecho para llegar a su obra magistral final, eran el resultado de cientos de horas invertidas perfeccionando su técnica, el proceso para llegar a una única obra perfecta suma de todas las demás: la que yacía rota en pedazos al fondo de la papelera de la cocina.
Sin ser capaz de impedir que las lágrimas corrieran libres por sus mejillas como si de dos riachuelos se tratase, no podía dejar de pensar en su claro destrozado, y miraba toda la obra que vestía su habitación con la impotencia de quien ha puesto lo máximo de sí mismo en un trabajo que finalmente no tiene ninguna utilidad. Aunque para ella aquello era lo más importante que existía en el universo, se sentía como si todo ese esfuerzo no hubiera sido más que una burda pérdida de tiempo.
De pronto escuchó tres tenues golpes en su puerta.
¿Sofía? –se oyó la voz de su madre tras la madera.
Zoe dio media vuelta en la cama y cerró los ojos. No quería saber nada ni de su madre ni de nadie. Estaba demasiado enfadada con el mundo, y ella también intentaría que olvidara al claro, aunque no lo hiciera de la manera impositiva en la que lo había hecho su padre. Ninguno de los dos la comprendía.
Sofía, ábreme, venga –continuó su madre –. Deja que hable contigo. Papá ya se ha ido.
Ella continuó ignorándola. Apretó los párpados, tratando de contener las lágrimas, y decidió intentar dormir. Si estaba dormida tenía una excusa para no abrir a su madre, pensó. Hizo un esfuerzo por dejar la mente en blanco y dormir.
Te he traído la cena, cariño –lo volvió a intentar –. Déjame entrar aunque sea solo para dártela.
Zoe notó rugir sus tripas, pero se mantuvo firme. Sabía de sobra que en cuanto entrara y ella se pusiera a cenar la hablaría, y no tenía intención alguna de caer en esa trampa. Ocultó la cabeza bajo la almohada para amortiguar la voz de su madre y no arriesgarse a sentir ningún tipo de tentación y esperó.
Su madre la llamó una vez más antes de desoír los silenciosos deseos de la niña y proceder a accionar el pomo de la puerta. Pero Zoe había sido previsora y lo primero que había hecho tras entrar en su habitación había sido atrancar la puerta con la silla de su escritorio. No quería que nadie la molestase. No había nada que ninguno de los que habitaban esa casa pudiera decirle que pudiera hacerla sentirse mejor.
Zoe escuchó el suspiro lastimero de su madre a través de la madera y esperó una nueva llamada, pero ésta no llegó. Durante los siguientes minutos sólo escuchó el suave aullido del viento contra el cristal de su tragaluz, hasta que finalmente el agotamiento de llorar durante lo que a ella le había parecido una eternidad la hizo quedar dormida.

Cuando abrió los ojos, se sentía como si acabara de despertar de una horrible pesadilla. No fue hasta un rato más tarde cuando se percató de que aquello que le había parecido un sueño había sido muy real. Saltó de la cama, con el cuerpo repentinamente cubierto de sudores fríos, y sintiendo cómo una nueva punzada de dolor se clavaba profundamente en su corazón. Se llevó las manos al rostro y comenzó a llorar una vez más, pero poco a poco esas lágrimas fueron tornándose en un intenso odio hacia su padre. ¿Cómo podía una de las personas que le habían traído a la vida ser alguien tan cruel? ¿Por qué no podía entender que lo único que hacía realmente feliz a su hija era lo que solamente el claro podía ofrecerle? Las cosas no podían quedar así para Zoe. Estaría junto al claro costase lo que costase, por muy difícil que se lo pusiera su padre. Nada ni nadie podría separarlos jamás.
La imagen su dibujo hecho añicos volvió a aflorar en su mente, y esta vez no lo pudo soportar más. Que su obra estuviera rota no significaba que hubiera dejado de existir. Con todo el sigilo que fue capaz de ostentar, se levantó de su cama y retiró suavemente la silla atrancada de su puerta. A continuación, empujó el pomo hacia abajo y salió de allí, tratando de controlar el quejido de la puerta. Bajó los estrechos escalones despacio, hasta que llegó a la planta intermedia, y, tras echar un vistazo en derredor por si las moscas, continuó bajando.
Al llegar al recibidor de la entrada, una luz parpadeante procedente de la habitación contigua le dio la bienvenida. Sobresaltada, subió de espaldas dos o tres escalones de nuevo, pensando que su madre estaría despierta. ¿Qué hacía viendo la televisión a aquellas horas? ¿Sería más temprano de lo que ella creía? Lanzó una ojeada rápida al reloj de pared que colgaba a su derecha, y comprobó que rozaban las cuatro de la madrugada. Se habría quedado dormida en el salón viendo alguna película, dedujo, pero no dejaba de ser extraño. Su madre jamás veía la tele por las noches. Soltó el aire que sin querer estaba reteniendo, y continuó caminando a hurtadillas hasta la cocina. Cerró la puerta despacio, procurando no hacer ningún ruido, y encendió la luz.
Encima de la mesa se hallaba, cubierta por papel de plata, la cena de Zoe. 
Sintió un ramalazo de arrepentimiento. Su madre era tan tierna... Seguramente se habría quedado en el salón preocupada por ella, esperando por si a su hija le daba por bajar a cenar. Las lágrimas acudieron de nuevo a los ojos de la niña, probablemente producto de toda la emoción contenida y liberada durante las últimas horas. Las retuvo como pudo, pero no pudo evitar pensar en su madre. En ese momento se percató de que ella siempre velaba por Zoe y la protegía frente a su padre en la medida que podía, y nunca se había molestado en agradecérselo. Realmente, hasta ese momento no se había dado verdadera cuenta. Pensaba tanto en su amado claro... Pero, ¿cómo iba a pensar en otra cosa? No había nada sobre la faz de la tierra que la hiciera sentir como ese oasis en medio del árido desierto que era su vida. Y es que Zoe acostumbraba a pensar que, si era cierto que existía el cielo, éste debía ser como su claro del bosque. No podía concebir que pudiera ser de otra manera, y eso era algo que no podía comprender nadie, porque no había palabras para describir ese sentimiento. ¿Cómo iba a explicárselo a sus padres, si ni siquiera ella misma acababa de comprenderlo del todo?
Se acercó al cubo de la basura, y ahí estaba: todos los trocitos de papel de diversos colores, flotando entre los demás desperdicios como relucientes piedras preciosas entre un mar de oscura roca. Con cuidado, fue extrayéndolos uno a uno y depositándolos sobre la mesa, junto al plato cubierto que horas antes habría dejado su madre en el mismo lugar. Luego se lavó las manos, controlando de manera milimétrica la cantidad de agua que caía del grifo para no levantar el más mínimo ruido, y se las secó a conciencia antes de coger los pedacitos de papel y recomponer poco a poco el puzzle en que se había convertido su obra maestra. Las piezas fueron encontrando su lugar una a una, hasta que, un rato después, formaron entre todas la imagen que tanto adoraba Zoe.
«Hola de nuevo», lo saludó para sus adentros. A ella volvió a embargarle aquella sensación de paz. Todo está bien, parecía decirle el claro, ya estoy a tu lado de nuevo. Zoe sonrió, se sorbió la nariz y acarició los trazos de lápiz mientras se dejaba embriagar por la belleza del paisaje.
Sofía.
La voz de su madre la hizo pegar tal brinco en la silla, que los trozos de papel que descansaban sobre la mesa comenzaron a revolotear frente a ella en un torbellino de color.
¡Mamá, qué susto!
Sin embargo, no quedó realmente asustada hasta que miró a los ojos a su madre y vio las ojeras profundamente marcadas que pendían de ellos y la expresión seria y preocupada que portaba.
Mamá, ¿estás bien? –preguntó Zoe, titubeando.
Hija, tienes que hacer las maletas.
¿Qué? ¿Por qué?
Tu padre irá a buscarte a la salida del colegio. Te vas a Madrid con él.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Victoria (II): El legado

Natalie me hizo una seña y echamos a andar.
—¿De dónde decía que venía?
—De Twinbrook.
—Vaya, el cambio le habrá parecido entonces brutal.
—Sí, pensaba que Twinbrook era grande, pero apenas es un pueblecito comparado con esto.
Ella soltó una risilla.
—Y que lo diga. Por aquí, señorita Legacy.
Natalie me hizo cruzar un gigantesco paso de cebra y a continuación me indicó que girara hacia una de las calles secundarias que había a mano derecha. Caminamos un par de manzanas hasta que llegamos a un local en la base de un rascacielos, con el logotipo color carmín de la inmobiliaria.
Una vez nos hubimos acomodado junto a una mesa de escritorio, ella encendió su ordenador y comenzó a consultar en su base de datos.
—Victoria Legacy, ¿no es así?
—Sí, así es.
—A ver, a ver... ¡Ah, aquí estás! Victoria Legacy, Silvertone Way, número 302.
—Sí –me apresuré a sacar del bolso una carpeta y la dejé sobre la mesa –. Mire, ya hice todo el papeleo por internet. Aquí está todo.
Natalie cogió la carpeta, la abrió y, tras ajustarse las gafas, empezó a ojear todos los papeles.
—De acuerdo, parece que está todo en orden –sentenció después de un detenido examen –. En ese caso solo necesito que firmes un par de cosas y listo.
Tecleó algunas cosas en su ordenador y a continuación me alargó unos cuantos papeles que salieron por su impresora.
—Necesito ver tu carnet de identidad de todas maneras –me dijo mientras firmaba.
Tragué saliva.
—Claro.
Rebusqué en mi bolso nuevamente, rezando por no meterme en un lío de última hora. Suficiente trabajo me había llevado demostrar mi mayoría de edad anticipada a distancia como para que me pusieran pegas en ese momento. Le di la tarjeta, intentando controlar el enfado que se estaba gestando en mi interior.
Ella alzó ligeramente las cejas cuando leyó la fecha de nacimiento.
—Vaya, feliz cumpleaños, señorita Legacy.
Me obligué a sonreír, pero por dentro no pude evitar sentir una punzada de dolor. Aquella era la primera persona que me felicitaba el cumpleaños.
—Gracias. Oiga, mire –me apresuré a justificar –, tengo la mayoría de edad anticipada, lo pone en varios de esos papeles.
—Tranquila, tranquila –me calmó –. Solo era una comprobación de que eras tú, nada más.
Asentí, más reconfortada.
—¿Qué tiene pensado hacer una chica tan joven como tú con un solar tan grande como este? –quiso saber Natalie, devolviéndome el carnet.
—Instalarme cuanto antes, a ser posible –contesté.
Ella frunció el ceño.
—Pero, tú sabes que ese solar no está construido, ¿no?
La revelación cayó sobre mí como una jarra de agua fría. Parpadeé varias veces.
—¿Cómo?
Mi expresión debió de ser un poema, porque el rostro de la mujer se quedó blanco como la tiza.
—Se-señorita Legacy... Yo pensé... Lo-lo siento...
—¿Qué quiere decir con que no está construido?
—Seguro que hay algo que podemos hacer, no se preocupe. Podemos revertir el proceso, seguro que podemos devolverle la mayor parte del dinero...
—Espera, espera, espera. ¿Cómo que la mayor parte del dinero?
La mujer titubeó.
—Bueno, ya sabe...
No me molesté en escuchar la excusa que me tenía preparada.
—Mire, señora... –eché un vistazo al cartelito que colgaba de su americana –Taylor. Usted se cree que por acabar de cumplir los dieciocho años me chupo el dedo, ¿no? Vi las imágenes de la casa por internet, sé lo que compré. Si ahora pretende que me crea así como así que esto se trata de un error, lo lleva claro.
Ella tragó saliva.
—Probablemente usted viera las imágenes de la casa que había anteriormente. Con todos mis respetos, la zona en donde se encuentra es la más cara de Bridgeport... ¿De verdad creía que un lote así le habría salido tan barato de haber estado construido?
¿Qué pretendía decirme aquella mujer? ¿Acaso estaba insinuando que yo era imbécil por no haberme dado cuenta?
Aquello acabó con mi paciencia.
—Mire, no intente desviar las culpas ahora. ¿Sabe qué? –dije, mientras me cargaba mi bolso y mi maleta y me ponía en pie –. No pienso pasarme los siguientes días tratando con vuestra incompetencia. Suficiente he aguantado ya. Si es tan amable de devolverme mi carnet de identidad.
La atónita mujer miró mi mano tendida hacia ella como si de una especie animal en extinción se tratase.
—Entonces, ¿se lo queda?
—Sí. He comprado ese solar y es mío. Venga, deme el carnet. Quiero largarme ya de aquí.
Ella depositó lentamente la tarjeta en mi mano, observándome como si tratase de averiguar qué tipo de trastorno mental padecía yo, y a continuación me tendió todos los papeles firmados.
—No se olvide de esto, señorita Legacy.
Prácticamente le arranqué los papeles de la mano y los guardé de cualquier manera en mi bolso.
—Buenas tardes, señora Taylor –me despedí, y salí por la puerta como alma llevada por el diablo.
Sí, probablemente no había sido la decisión más inteligente de mi vida, pero mi paciencia con la gente llevaba mucho tiempo muerta y enterrada. Concretamente, descansaba en el mismo ataúd en el que yacía mi madre desde hacía meses atrás.
Arrastré mi maleta calle abajo hasta que llegué a la carretera principal y alcé la mano para detener un taxi.
—¿A dónde la llevo, señorita? –preguntó el taxista mientras yo me peleaba por hacer encajar mi maleta en el asiento de atrás.
—Silvertone Way, 302, por favor.
El conductor introdujo la dirección en su GPS y nos pusimos en marcha de nuevo.
No tenía ni idea de lo que iba a hacer a partir de entonces, pero estaba tan enfadada y cansada por los sucesos que se habían desencadenado durante el último año y hasta ese momento que realmente poco me importaba. Si mi destino era vagabundear y dormir a la intemperie durante un tiempo, que así fuera. Si debía resetear toda mi vida desde cero y levantar un imperio de la nada como habían hecho mis antepasados en su momento... Bien, pues eso haría. En el fondo, aquello era lo que deseaba. Si me había cambiado de ciudad, si me había cambiado de apellido, había sido para cambiar totalmente de vida, para romper por completo con todos los lazos que me ataban a mis recuerdos de Twinbrook... y para empezar un nuevo legado, el legado con el que soñó mi tatarabuelo Roger Wright, con el que soñaba mi abuelo Lawrence Wright y que mi madre Samantha Wright había destruido y mancillado. No en vano había decidido ese nuevo apellido.
Victoria Wright había muerto para dar paso a una nueva vida: la vida de Victoria Legacy.
Mi nueva vida.


miércoles, 14 de enero de 2015

Éxtasis o desesperación

Él miró de arriba a abajo a su compañero.
—Tú nunca has estado enamorado, ¿verdad?
La pregunta lo cogió tan de sorpresa que apenas supo cómo reaccionar. Observó al hombre que yacía a su lado como si fuera la primera vez que lo veía.
—¿A qué te refieres? –preguntó con cautela, evitando responder directamente.
—Me refiero a que no sabes lo que es amar a alguien. Crees que lo sabes porque has tenido lo que tú llamas unas cuantas relaciones serias, pero realmente no tienes ni idea. No sabes lo que es que tu felicidad dependa de la de otra persona.
—Es que no creo que eso sea una buena idea –replicó, molesto, tras meditar la contestación . Al fin y al cabo soy yo quien tengo que ser feliz en mi vida.
—Claro que no es una buena idea. El amor no sirve para nada sino para traer complicaciones. Seríamos mucho más felices si el resto del mundo no nos importara una mierda, pero el amor no es una elección que se hace. Tu vida es tranquila y va bien, pero un buen día te levantas y descubres que estás enamorado. Y no puedes hacer nada para evitarlo –hizo una pausa, perdido en sus pensamientos, pero pronto volvió a hablar . El amor es un sentimiento traicionero, ¿sabes? Se cuela por la puerta de atrás y te golpea con toda su fuerza, y te deja impotente en el suelo mientras no puedes hacer nada sino ver cómo rompe todas tus estructuras. No importa lo desorganizada que fuera tu vida, no sabrás realmente lo que es el caos hasta que estés enamorado. Porque da igual lo que tú creas o lo que te hayan contado, el amor es un sentimiento para el que nunca, jamás, se está preparado.
Calló, estudiando el fondo de su vaso vacío como si esperara que de un momento a otro se volviera a llenar mágicamente. El otro hombre lo contemplaba atónito, tratando de digerir sin mucho éxito la procesión de palabras que acababa de salir de la boca de su compañero. No estaba muy seguro de querer darle importancia a lo que decía, de todas maneras. Le ponía un poco nervioso la gente que hablaba como si supiera más que el resto. Sin embargo, en el fondo tenía la sensación de que en este caso debía escuchar, aunque la mayor parte de su ser lo rechazara de pleno.
De repente, recordó el paquete de tabaco que instantes antes había dejado sobre la barra del bar y casi se abalanzó sobre él, como intentando alejar de sí esos pensamientos filosóficos que no venían a cuento. Abrió la cajetilla, sacó un cigarro y lo ofreció a su acompañante, quien no había variado su posición.
—¿Quieres?
Él negó con la cabeza.
—Lo dejé.
En ese momento reparó en las negras bolsas que colgaban bajo los ojos del hombre. Por primera vez, captó tras su aparentemente tranquila mirada el abatimiento que parecía cernirse sobre él como un manto, y sintió una punzada de pena por él.
—Tío, tú no estás bien, ¿eh?
Él resopló, emitiendo un sonido que estaba a medio camino entre un bufido y una risa, pero no respondió.
El otro hombre lo miró con extrañeza, molesto por la reacción ante su intento ayuda. Se sacó el mechero del bolsillo y se encendió el cigarrillo, tomando la decisión de que tan solo era un loco más enganchado a la barra de un bar. ¿Qué sabría él? Tan solo exageraba. Se creía un sabio, pero no era más que un hombre deprimido.
—Sé exactamente lo que piensas –dijo él de pronto . Yo antes era igual que tú. Huía del amor como del diablo porque creía en la pastelosidad que los medios intentan vendernos y que ellas tienen tan idealizada. Ellas, que creen que lo saben todo del amor porque de pequeñas les contaron mil cuentos de princesas y se han tragado todas las películas vomitivas que han existido en la historia del cine, pero, ay amigo, no hay seres humanos menos preparados para el amor que ellas. Porque el amor dista mucho de ser un cuento de hadas –suspiró . De repente, el protagonista de tu vida ya no eres tú, sino la otra persona. De repente ya no es tu sonrisa, es la suya. Y esto, por romántico que suene, acojona un montón, porque lo único que significa es que a partir de ahora tu vida va a dejar de ser algo única y exclusivamente tuyo para empezar a depender de la de otra persona, y eso es algo que escapa totalmente de nuestro control… El amor solo es amor si se ama hasta el punto de que te aterrorice, de que tu primera reacción sea salir corriendo y no saber nada más del otro en un intento desesperado por recuperar ese control sobre ti mismo… aunque en el fondo sabes de sobra que volverás, porque ya te ha atrapado y ya no sabes vivir sin ella.
Lo miró de reojo, aún receloso.
—Pero tú no estás enamorado, lo que estás es obsesionado.
—Es que el amor es una obsesión –replicó él . Más que eso, el amor es como una droga. Te desboca cuando es correspondido, pero luego te deja un vacío inmenso cuando ella no está. Y esa felicidad desbordante que creías experimentar cuando estás a su lado, cuando la besas, cuando le haces el amor o simplemente cuando la miras a los ojos y ella te devuelve la misma mirada... Cuando te empapas de ella como si no existiera nada más... No es más que la falsa sensación de euforia que te proporciona una raya de cocaína. Porque cuando ella se va, parece como si una parte de ti se marchara con ella. Y entonces esa felicidad queda reemplazada por el ansia de volver a verla y recuperar ese algo que es tuyo y que ella te ha robado, y ya únicamente te sentirás en paz cuando vuelvas a consumir ese amor sin el que antes estabas tan tranquilo y sin el que ahora ya no te sientes capaz de vivir. Exactamente como una droga.
»El amor es éxtasis o desesperación. No hay término medio, y quien te diga lo contrario miente, pues si ese término medio aparece es que ese amor ya no existe. Llámalo cariño, llámalo costumbre, llámalo amistad, pero ya no es ese sentimiento que hace que el mundo deje de ser mundo, que lo que te resultaba tan importante ya no lo parezca tanto y por el que romperías todas las reglas escritas y no escritas, y si un buen día tienes que dar tu vida o simplemente dejarla marchar para que ella sea más feliz lo harás sin pensártelo dos veces, porque de repente lo que realmente importa, lo único que lo hace, es ella.

miércoles, 7 de enero de 2015

Victoria (I): Ciudad de gigantes

La bailarina giraba sobre sí misma. Su delgada figura de madera estaba roída y desteñida por los años, y ya no se llegaba a apreciar bien el color de su vestido ni el de su cabello recogido. Con los brazos alzados en una delicada pose, realizaba su pirueta a trompicones, sin prisa pero sin pausa, a medida que una melodía de campanillas sonaba, tan tenue que parecía que del revoloteo de un hada se tratase.
El Cascanueces. Durante todos esos años había abierto tantas veces aquella desvencijada caja de madera que la melodía ya resonaba en mi cabeza antes de que diera comienzo en el mundo real. Y solo pensar que aquella vez sería la última que vería a la bailarina girar me producía un nudo en la garganta difícil de contener.
Aún no asimilaba el hecho de que iba a abandonar el que había sido mi hogar y el de mi familia desde generaciones atrás. Por un momento me asaltó un ramalazo de debilidad, pero la decisión llevaba mucho tiempo tomada. Ya no me quedaba nada que me atase a Twinbrook. Era la última en la línea familiar de los Wright, y la única que seguía con vida. Quedarme en la mansión solo me traería dolor. Aquel lugar estaba impregnado de recuerdos, de vivencias durante más años de los que alcanzaba a entender mi mente. Caminar por los oscuros pasillos y divagar por las amplias habitaciones me producía una carga y un vacío realmente difíciles de soportar. Y, por eso, debía irme.
Tras la caja, una mujer me devolvía la mirada a través de un polvoriento espejo. Sus ojos, de un castaño tan claro que se asimilaba al oro viejo, aquellos ojos que tanto había alabado mi abuelo, relucían duros y firmes como la roca entre mechones de cabello castaño oscuro. No pude evitar asustarme ante la perspectiva de ser consciente de que aquella mujer era yo. Tenía el rostro demasiado serio, las ojeras demasiado marcadas y los grandes labios demasiado pálidos. Había llegado el momento de partir. Me recogí la parte del pelo que me molestaba con una horquilla en la parte posterior de la cabeza, aún al son de la lenta melodía, y cerré la caja.
Cuando la música desapareció sentí una aprensión enorme en el pecho, como si acabara de efectuar un aterrizaje forzoso contra el accidentado terreno de la realidad. Debía huir de allí de una vez. A la velocidad del rayo, empaqué mis cosas en una maleta de tamaño medio y me largué de la mansión Wright para no volver jamás.
Horas más tarde, mientras el taxi en el que iba montada rodaba colina arriba y abajo a través de páramos desiertos y frondosos bosques, se me hacía realmente difícil controlarme para no derramar unas cuantas lágrimas. Con la cabeza apoyada sobre el respaldo y un disco de rock trasnochado reproduciéndose a través de mis auriculares, no podía evitar que una nostalgia enorme se cerniera sobre mí. Aquella era la noche de mi dieciocho cumpleaños, y, por primera vez en mi vida, iba a pasarlo sola. Mucho más sola de lo que habría alcanzado a imaginar.
Inconscientemente, una de mis manos se deslizó hacia el anillo que lucía en la otra y se cerró sobre él. Había sido un regalo de mi abuela en su lecho de muerte. Supuestamente debía haber sido para mi madre, igual que lo fue para ella por parte de mi bisabuela. Supongo que mi abuela ya sospechaba entonces en dónde iba a acabar desembocando la trayectoria de mi madre, no lo sé. Yo era demasiado pequeña como para entender lo que ocurría. Para mí fue un regalo más que recibí con la misma ilusión que si hubiera sido mi cumpleaños. Recuerdo que ni siquiera me valía y que adornó la cintura de la bailarina durante años. Mi tierna abuela Roselyn... Cuánto habían sufrido ella y mi abuelo en silencio por culpa de mi estúpida madre...
El recuerdo de mi madre me revolvía el estómago. Me esforcé por alejar esos pensamientos de mi cabeza y me obligué a dormir.

—Señorita.
—¿Mmm?
—Señorita, hemos llegado a Bridgeport.
—¿Cómo?
La palabra Bridgeport había tañido en mi mente como una campana. Traté de desperezarme lo más rápidamente posible en un intento desesperado por ubicarme. Lo que vi a través del cristal de la ventanilla me dejó con la boca abierta.
A mi alrededor solo se erigían altísimos rascacielos hasta donde alcanzaba la vista. Acostumbrada al ambiente tranquilo y pueblerino de Twinbrook, me sentía como si me hubieran trasladado al escenario de una película de ciencia ficción. Me incorporé casi de un salto sobre el asiento y pegué mi nariz a la ventanilla del taxi como una niña pequeña, anonadada ante aquel paisaje. Todo eran carreteras, semáforos, altos edificios y algún que otro pequeño parque o plaza. A pesar de haber visto miles de fotografías por internet, no estaba preparada para la imagen en vivo de la ciudad.
—¿En dónde la dejo? –carraspeó el taxista.
—Hum... Al ayuntamiento –respondí, no muy concentrada.
El tráfico en Bridgeport era insoportable. Jamás en mi vida había visto tantos coches juntos. Y tanta gente... Las calles estaban totalmente abarrotadas. Eso no venía en las imágenes de internet.
Después de media hora de intensos atascos llegamos a la plaza del ayuntamiento de Bridgeport. Bajé del vehículo y el taxista me ayudó a sacar mi maleta. A continuación me cobró y se largó de allí, dejándome sola.
Alcé la mirada hacia el edificio del ayuntamiento que se alzaba tras varios tramos de monumentales escaleras. El edificio era majestuoso, pero apenas me dio tiempo a analizarlo.
—¿Victoria Legacy?
Busqué con la mirada a la persona que me había llamado. Me costaría un tiempo adaptarme al cambio de apellido.
Una mujer con el pelo castaño recogido en una cola de caballo se acercó a mí contoneándose sobre unos altos tacones. Llevaba una americana azul marino sobre una camisa de rayas y unas gafas con montura descansaban sobre su nariz.
—¿Es usted Victoria Legacy? –volvió a preguntar.
—Sí, soy yo.
La mujer me dedicó una enorme sonrisa y me tendió la mano.
—Natalie Taylor, de Inmobiliarias Richmond –se presentó, al tiempo que se la estrechaba.
—Mucho gusto –contesté.
—El placer es mío. ¿Ha tenido buen viaje?
—Más o menos. Gracias por venir a buscarme, no sé qué habría hecho para encontrar la inmobiliaria en esta ciudad tan enorme.
—No se preocupe, señorita Legacy, yo la acompaño. No está muy lejos de aquí.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Lluvia

La lluvia ronroneaba tras el cristal.
Suspiró amargamente, como suspira el viento con su quejido lastimero entre las hojas secas de los árboles. Sentado sobre su cama, con la cabeza apoyada sobre sus manos y el peso del mundo sobre sus hombros, oía el repiquetear de las lágrimas del cielo en su ventana. La inerte luz de aquel día gris se colaba a jirones en su cuarto en una débil llamada de auxilio, pero él no podía mirar más allá del punto en el suelo en el que había fijado la vista y no la oyó.
Sentía su cabeza a punto de estallar. Miles de pensamientos se cruzaban a toda velocidad por su mente, y cada uno lo sentía como un nuevo aguijonazo. Por fuera estaba entero, pero por dentro era un amasijo de heridas abiertas que no cesaban de sangrar. Le escocían los ojos y la garganta, y una profunda jaqueca se abría paso poco a poco por sus sienes.
Jamás se había sentido tan abatido y desesperado como en esos instantes. Ni siquiera se había imaginado que fuera posible. En caída libre hacia el fondo del abismo, veía cómo ella se quedaba en la superficie, se daba la vuelta y se marchaba. Lo vio una y otra vez, y cada vez que lo veía la imagen se iba deformando más y más. La angustia y la impotencia iban creciendo, la sensación de encontrarse cada vez más perdido y atrapado entre las sombras aumentaba exponencialmente. Cerró los ojos y apretó los dientes, rezando por que aquello no fuera más que una horrible pesadilla.
Y entonces la vio, agazapada en un rincón, tímida, silenciosa.
La observó largo rato, como si fuera la primera vez, redescubriéndola. La tomó entre sus manos con delicadeza, la sentó sobre sus rodillas y acarició suavemente sus curvas. Entonces, temeroso a la vez que excitado, como el hombre que desnuda a su primera mujer, apoyó las yemas de los dedos sobre sus cuerdas y le arrancó una nota.
El sonido inundó la habitación como un hechizo. Cerró los ojos y se empapó de aquel primer rasgueo, dejó que corriera por sus venas y lo renovara por dentro cual fumador que aspiraba su primera calada tras años de abstinencia. Un sentimiento renació en su interior, resurgió de sus cenizas como el ave fénix y se extendió como una onda expansiva, llenándolo de una calma que hacía demasiado tiempo que no sentía. Abrió de nuevo los ojos, miró a su compañera con un amor cálido y desbordante y comenzó a tocarla.
Al principio, sus dedos se movían dubitativos entre sus trastes. Estaba nervioso, siendo sincero. Tenía verdaderas ganas de hacer aquello, pero hacía tanto tiempo desde la última vez que temía no saber como antes. Pero ella no se quejó. Se entregó a él como lo había hecho siempre, y su música sonó clara y nítida, como todas las anteriores veces. Aquello le hizo coger confianza, sonrió y esta vez rasgueó las cuerdas con aplomo y dejó que la melodía ejerciera su magia.
Cada nota nueva era una pincelada que construía una dimensión alejada de la realidad, lo iba sumergiendo paulatinamente en otro mundo, su mundo. Poco a poco, fue abriéndose a su amiga y amada, tratando de liberar de alguna manera el yugo que lo aprisionaba por dentro y del que se sentía incapaz de deshacerse. Y ella lo escuchaba, comprendía exactamente qué era lo que él quería decir y lo expresaba en su hermoso idioma.
Él jamás había sentido tal complicidad con alguien como lo hacía con ella. Se preguntó cómo había podido olvidarla, cómo había dejado de contar con ella durante tanto tiempo, y se abandonó por completo a ella. Dejó que ella hablara de todo aquello que no se podía decir mediante simples palabras. Dejó que afloraran en él sentimientos y emociones que jamás reconocería haber experimentado. Dejó que ella sacara de él todo lo que llevaba dentro y que no le dejaba respirar. Dejó que ella le pusiera nombre a su tristeza y desolación.
De pronto, una nota se quebró. Sus manos resbalaron, y ella calló, sin cuestionar el por qué. Simplemente no pudo continuar. Se dejó caer al lado de su compañera, la abrazó con sus temblorosas manos y, por primera vez en demasiado tiempo, una lágrima se escurrió de entre sus pestañas.
Él nunca antes había llorado por una mujer, y la pérdida de esa virginidad le dolió como un puñal que atravesara sus entrañas y removiera sus vísceras. Jamás se hubiera imaginado que él iba a sentirse así por nadie, y menos que realmente resultara tan doloroso. Se sentía de nuevo como un niño, pequeño y vulnerable, y se entregó a su única compañía como si de una madre se tratase. Y ella recogió sus lágrimas de la única manera que sabía, en silencio, empapándose de ellas.
Lloró como ni en su infancia había llorado. La intimidad que le ofrecía su única verdadera amiga era el único lugar en el mundo en el que se sentía libre para hacerlo. Ella no lo juzgaba. Ella simplemente escuchaba a sus ojos llover, y eso era lo único que él necesitaba. Su torrente de emociones se desató con la fuerza de un volcán, lo hizo convulsionarse de dolor. Lloró hasta quedarse sin lágrimas, y aún cuando éstas cesaron de caer, siguió llorando sin ellas, hasta que sus resecas mejillas comenzaron a escocer. Y no fue hasta ese momento, cuando se sentía tan débil como si un tsunami lo hubiera arrastrado durante cientos de kilómetros antes de escupirlo de nuevo a tierra, cuando realmente empezó a sentirse en paz.
Poco a poco, tal y como había tomado forma, el mundo que habían creado los dos juntos se fue difuminando en el ambiente.
Y la lluvia volvió a ronronear tras el cristal.

lunes, 1 de julio de 2013

Helena (I): Polvo y cenizas

Cuando él despertó, ella ya no estaba a su lado.
Se removió, inquieto, al sentir aquel opresor vacío en la otra orilla de la desvencijada cama, pero la joven no había ido demasiado lejos.
Helena se hallaba de pie, frente al espejo, encendiéndose un cigarrillo. Se llevó una desilusión al comprobar que ya vestía de nuevo sus pitillos negros, al igual que las botas de cuero del mismo color que la alzaban sobre unos tacones imposibles; sin embargo, aún conservaba abierta la oscura camisa, aquella de cuadros grises inmensamente grande para su talla.
El pelo negro azabache le caía como una pesada cascada casi hasta la cintura, enredado a más no poder y cubriendo parcialmente su pálido rostro, pero a ella no parecía incomodarle. Dio una primera calada y expelió el blanquecino humo lentamente, con los ojos cerrados.
Mientras observaba su delgada figura aún descubierta tras el deteriorado cristal del espejo, él pensó que jamás en su vida había visto nada más atractivo. Se repantigó en el colchón y esbozó media sonrisa lasciva, regocijándose en aquella maravillosa visión.
Ella dejó el recién estrenado cigarrillo sobre la cómoda que la vigilaba a sus espaldas, sin siquiera preocuparse de en dónde lo colocaba exactamente. A continuación se abrochó sin ningún tipo de prisa tres botones al azar de la camisa, y, al tiempo que se la colocaba lentamente sin poner mucha concentración en la tarea, dijo:
—Puedes dejar el dinero sobre la mesilla.
Lo dijo con una voz totalmente átona y ligeramente ronca, sin apartar la mirada de aquel punto del infinito en el que había la había colocado, lo que, en opinión del hombre que reposaba desnudo sobre la cama como si llevara toda la vida sobre ella, la hacía si cabía aún más atractiva.
La sonrisa que presidía su regordeta cara se ensanchó aún más y suspiró. Ni siquiera se paró a pensar un momento en las palabras de la espectacular chica con la que había pasado la noche. Aquello era el paraíso, y en esos instantes era incapaz de pensar en nada más. Su imaginación volaba ya alto, desnudándola de nuevo y rememorando las intensas vivencias de las que había sido protagonista.
Helena recogió el cigarrillo con parsimonia y le dio una segunda calada con la misma lentitud.
—Puedes dejar el dinero sobre la mesilla –repitió en el mismo tono carente de sentimiento alguno.
—Deja de vestirte y ven aquí, joder –ordenó, sin poder aguantarse más.
—Lárgate –replicó ella con un punto de hastío.
—Doble o nada –insistió el hombre, juguetón.
Helena se volvió lentamente, descolgando el cigarrillo de sus labios y, por primera vez, miró a los ojos a aquel hombre.
Él sintió como si una soga invisible le cercara el blando y blanco cuello. Helena tenía unos ojos tan hermosos como aterradores, dos diamantes en bruto en medio de los pozos negros en los que había transformado sus párpados, maquillados hasta las cejas aparentemente con un trozo de carbón. Sus irises consistían en un degradado de color, que iba desde el aro azabache del exterior a un gris prácticamente blanco al borde del precipicio de sus pupilas.
Eran unos ojos tan antinaturales que costaba creer que fueran reales, unos ojos tan llenos de matices que una vez atrapado en ellos era imposible salir. Y, si él hubiera sabido hasta qué punto esto era cierto, no se habría atrevido a replicarla, por mucho que teóricamente ella fuera su subordinada.
Pero estaba claro que ese hombre no tenía ni idea de quién era la mujer que le observaba desde el espejo y, aunque en esos instantes su instinto le gritara que levantara su orondo culo de la cama y huyera bien lejos, no podía siquiera intuir cuánto debía temerla.
—He dicho –dijo ella lentamente en una voz aún más fría e inerte –que puedes dejar el dinero sobre la mesilla.
«Sal de aquí», dijo una voz apremiante en la mente del hombre. «Paga y lárgate, no hagas más el gilipollas».
Pero él no se movió. Era como si ella le hubiera petrificado. Para su cuerpo, la mente de aquel hombre era en esos momentos un eco en la lejanía, y él se veía incapaz de poner ambos en contacto, presa del miedo y la fascinación imposibles con los que esa chica le tenía hipnotizado. Todo su mundo se reducía a sus ojos y a la línea invisible y angustiosa que unía su gélida mirada con la de él. Hasta el rostro de Helena y el cuerpo que tanto le atraía eran una imagen borrosa, y la insalubre habitación en la que se encontraban, no más que un abismo desconocido.
De pronto, la voz de su mente se escuchó cada vez más apagada, hasta que fue incapaz de pensar.
Y llegó el frío.
Comenzó como un cosquilleo en las puntas de sus dedos y se fue propagando lentamente hasta sus muñecas, evolucionando de manera imperceptible en un profundo aguijonazo. Era como si miles de pequeñas pero afiladas espinas se fueran clavando en sus falanges progresivamente y las fueran asfixiando a su paso, como si el frío fuera obstruyendo sus venas a medida que iba extendiéndose por sus manos e impidiendo que la sangre le llegara a las mismas.
Como si alguien hubiera accionado un interruptor interno, el hombre se olvidó repentinamente de Helena. Desvió la mirada hacia su mano izquierda y contempló con pavor cómo sus dedos habían adquirido un tono grisáceo.
Quiso gritar, suplicarle que parara, aunque su mente no alcanzara a comprender qué demonios estaba ocurriendo, pero simplemente no fue capaz. El frío fue ascendiendo por sus brazos como una sinuosa serpiente, y él no pudo sino contemplar cómo éstos se tornaban violáceos antes de adoptar el mismo color que sus dedos.
Entonces, el frío se tornó seco y, ante la atónita mirada del hombre, la carne blanda y agonizante se fue transformando en ceniza.
Hubiera deseado desmayarse, pero ni siquiera cerrar los ojos se encontraba a su alcance. Estaba completamente paralizado, obligado a observar cómo iba convirtiéndose en aquella polvorienta sustancia gris.
Los dedos de ceniza pronto se descompusieron y cayeron sobre el colchón. Poco a poco, todo su cuerpo siguió el mismo camino. Y, cuando el frío comenzó a gobernar su cerebro, dejó al fin de sentir.
Helena se llevó el cigarrillo  a los labios.
«Puto gordo de mierda», le insultó mentalmente, contemplando la magistral montaña gris que se había formado sobre las sábanas. «A ver qué coño hago yo ahora con tanta ceniza».