miércoles, 14 de enero de 2015

Éxtasis o desesperación

Él miró de arriba a abajo a su compañero.
—Tú nunca has estado enamorado, ¿verdad?
La pregunta lo cogió tan de sorpresa que apenas supo cómo reaccionar. Observó al hombre que yacía a su lado como si fuera la primera vez que lo veía.
—¿A qué te refieres? –preguntó con cautela, evitando responder directamente.
—Me refiero a que no sabes lo que es amar a alguien. Crees que lo sabes porque has tenido lo que tú llamas unas cuantas relaciones serias, pero realmente no tienes ni idea. No sabes lo que es que tu felicidad dependa de la de otra persona.
—Es que no creo que eso sea una buena idea –replicó, molesto, tras meditar la contestación . Al fin y al cabo soy yo quien tengo que ser feliz en mi vida.
—Claro que no es una buena idea. El amor no sirve para nada sino para traer complicaciones. Seríamos mucho más felices si el resto del mundo no nos importara una mierda, pero el amor no es una elección que se hace. Tu vida es tranquila y va bien, pero un buen día te levantas y descubres que estás enamorado. Y no puedes hacer nada para evitarlo –hizo una pausa, perdido en sus pensamientos, pero pronto volvió a hablar . El amor es un sentimiento traicionero, ¿sabes? Se cuela por la puerta de atrás y te golpea con toda su fuerza, y te deja impotente en el suelo mientras no puedes hacer nada sino ver cómo rompe todas tus estructuras. No importa lo desorganizada que fuera tu vida, no sabrás realmente lo que es el caos hasta que estés enamorado. Porque da igual lo que tú creas o lo que te hayan contado, el amor es un sentimiento para el que nunca, jamás, se está preparado.
Calló, estudiando el fondo de su vaso vacío como si esperara que de un momento a otro se volviera a llenar mágicamente. El otro hombre lo contemplaba atónito, tratando de digerir sin mucho éxito la procesión de palabras que acababa de salir de la boca de su compañero. No estaba muy seguro de querer darle importancia a lo que decía, de todas maneras. Le ponía un poco nervioso la gente que hablaba como si supiera más que el resto. Sin embargo, en el fondo tenía la sensación de que en este caso debía escuchar, aunque la mayor parte de su ser lo rechazara de pleno.
De repente, recordó el paquete de tabaco que instantes antes había dejado sobre la barra del bar y casi se abalanzó sobre él, como intentando alejar de sí esos pensamientos filosóficos que no venían a cuento. Abrió la cajetilla, sacó un cigarro y lo ofreció a su acompañante, quien no había variado su posición.
—¿Quieres?
Él negó con la cabeza.
—Lo dejé.
En ese momento reparó en las negras bolsas que colgaban bajo los ojos del hombre. Por primera vez, captó tras su aparentemente tranquila mirada el abatimiento que parecía cernirse sobre él como un manto, y sintió una punzada de pena por él.
—Tío, tú no estás bien, ¿eh?
Él resopló, emitiendo un sonido que estaba a medio camino entre un bufido y una risa, pero no respondió.
El otro hombre lo miró con extrañeza, molesto por la reacción ante su intento ayuda. Se sacó el mechero del bolsillo y se encendió el cigarrillo, tomando la decisión de que tan solo era un loco más enganchado a la barra de un bar. ¿Qué sabría él? Tan solo exageraba. Se creía un sabio, pero no era más que un hombre deprimido.
—Sé exactamente lo que piensas –dijo él de pronto . Yo antes era igual que tú. Huía del amor como del diablo porque creía en la pastelosidad que los medios intentan vendernos y que ellas tienen tan idealizada. Ellas, que creen que lo saben todo del amor porque de pequeñas les contaron mil cuentos de princesas y se han tragado todas las películas vomitivas que han existido en la historia del cine, pero, ay amigo, no hay seres humanos menos preparados para el amor que ellas. Porque el amor dista mucho de ser un cuento de hadas –suspiró . De repente, el protagonista de tu vida ya no eres tú, sino la otra persona. De repente ya no es tu sonrisa, es la suya. Y esto, por romántico que suene, acojona un montón, porque lo único que significa es que a partir de ahora tu vida va a dejar de ser algo única y exclusivamente tuyo para empezar a depender de la de otra persona, y eso es algo que escapa totalmente de nuestro control… El amor solo es amor si se ama hasta el punto de que te aterrorice, de que tu primera reacción sea salir corriendo y no saber nada más del otro en un intento desesperado por recuperar ese control sobre ti mismo… aunque en el fondo sabes de sobra que volverás, porque ya te ha atrapado y ya no sabes vivir sin ella.
Lo miró de reojo, aún receloso.
—Pero tú no estás enamorado, lo que estás es obsesionado.
—Es que el amor es una obsesión –replicó él . Más que eso, el amor es como una droga. Te desboca cuando es correspondido, pero luego te deja un vacío inmenso cuando ella no está. Y esa felicidad desbordante que creías experimentar cuando estás a su lado, cuando la besas, cuando le haces el amor o simplemente cuando la miras a los ojos y ella te devuelve la misma mirada... Cuando te empapas de ella como si no existiera nada más... No es más que la falsa sensación de euforia que te proporciona una raya de cocaína. Porque cuando ella se va, parece como si una parte de ti se marchara con ella. Y entonces esa felicidad queda reemplazada por el ansia de volver a verla y recuperar ese algo que es tuyo y que ella te ha robado, y ya únicamente te sentirás en paz cuando vuelvas a consumir ese amor sin el que antes estabas tan tranquilo y sin el que ahora ya no te sientes capaz de vivir. Exactamente como una droga.
»El amor es éxtasis o desesperación. No hay término medio, y quien te diga lo contrario miente, pues si ese término medio aparece es que ese amor ya no existe. Llámalo cariño, llámalo costumbre, llámalo amistad, pero ya no es ese sentimiento que hace que el mundo deje de ser mundo, que lo que te resultaba tan importante ya no lo parezca tanto y por el que romperías todas las reglas escritas y no escritas, y si un buen día tienes que dar tu vida o simplemente dejarla marchar para que ella sea más feliz lo harás sin pensártelo dos veces, porque de repente lo que realmente importa, lo único que lo hace, es ella.

miércoles, 7 de enero de 2015

Victoria (I): Ciudad de gigantes

La bailarina giraba sobre sí misma. Su delgada figura de madera estaba roída y desteñida por los años, y ya no se llegaba a apreciar bien el color de su vestido ni el de su cabello recogido. Con los brazos alzados en una delicada pose, realizaba su pirueta a trompicones, sin prisa pero sin pausa, a medida que una melodía de campanillas sonaba, tan tenue que parecía que del revoloteo de un hada se tratase.
El Cascanueces. Durante todos esos años había abierto tantas veces aquella desvencijada caja de madera que la melodía ya resonaba en mi cabeza antes de que diera comienzo en el mundo real. Y solo pensar que aquella vez sería la última que vería a la bailarina girar me producía un nudo en la garganta difícil de contener.
Aún no asimilaba el hecho de que iba a abandonar el que había sido mi hogar y el de mi familia desde generaciones atrás. Por un momento me asaltó un ramalazo de debilidad, pero la decisión llevaba mucho tiempo tomada. Ya no me quedaba nada que me atase a Twinbrook. Era la última en la línea familiar de los Wright, y la única que seguía con vida. Quedarme en la mansión solo me traería dolor. Aquel lugar estaba impregnado de recuerdos, de vivencias durante más años de los que alcanzaba a entender mi mente. Caminar por los oscuros pasillos y divagar por las amplias habitaciones me producía una carga y un vacío realmente difíciles de soportar. Y, por eso, debía irme.
Tras la caja, una mujer me devolvía la mirada a través de un polvoriento espejo. Sus ojos, de un castaño tan claro que se asimilaba al oro viejo, aquellos ojos que tanto había alabado mi abuelo, relucían duros y firmes como la roca entre mechones de cabello castaño oscuro. No pude evitar asustarme ante la perspectiva de ser consciente de que aquella mujer era yo. Tenía el rostro demasiado serio, las ojeras demasiado marcadas y los grandes labios demasiado pálidos. Había llegado el momento de partir. Me recogí la parte del pelo que me molestaba con una horquilla en la parte posterior de la cabeza, aún al son de la lenta melodía, y cerré la caja.
Cuando la música desapareció sentí una aprensión enorme en el pecho, como si acabara de efectuar un aterrizaje forzoso contra el accidentado terreno de la realidad. Debía huir de allí de una vez. A la velocidad del rayo, empaqué mis cosas en una maleta de tamaño medio y me largué de la mansión Wright para no volver jamás.
Horas más tarde, mientras el taxi en el que iba montada rodaba colina arriba y abajo a través de páramos desiertos y frondosos bosques, se me hacía realmente difícil controlarme para no derramar unas cuantas lágrimas. Con la cabeza apoyada sobre el respaldo y un disco de rock trasnochado reproduciéndose a través de mis auriculares, no podía evitar que una nostalgia enorme se cerniera sobre mí. Aquella era la noche de mi dieciocho cumpleaños, y, por primera vez en mi vida, iba a pasarlo sola. Mucho más sola de lo que habría alcanzado a imaginar.
Inconscientemente, una de mis manos se deslizó hacia el anillo que lucía en la otra y se cerró sobre él. Había sido un regalo de mi abuela en su lecho de muerte. Supuestamente debía haber sido para mi madre, igual que lo fue para ella por parte de mi bisabuela. Supongo que mi abuela ya sospechaba entonces en dónde iba a acabar desembocando la trayectoria de mi madre, no lo sé. Yo era demasiado pequeña como para entender lo que ocurría. Para mí fue un regalo más que recibí con la misma ilusión que si hubiera sido mi cumpleaños. Recuerdo que ni siquiera me valía y que adornó la cintura de la bailarina durante años. Mi tierna abuela Roselyn... Cuánto habían sufrido ella y mi abuelo en silencio por culpa de mi estúpida madre...
El recuerdo de mi madre me revolvía el estómago. Me esforcé por alejar esos pensamientos de mi cabeza y me obligué a dormir.

—Señorita.
—¿Mmm?
—Señorita, hemos llegado a Bridgeport.
—¿Cómo?
La palabra Bridgeport había tañido en mi mente como una campana. Traté de desperezarme lo más rápidamente posible en un intento desesperado por ubicarme. Lo que vi a través del cristal de la ventanilla me dejó con la boca abierta.
A mi alrededor solo se erigían altísimos rascacielos hasta donde alcanzaba la vista. Acostumbrada al ambiente tranquilo y pueblerino de Twinbrook, me sentía como si me hubieran trasladado al escenario de una película de ciencia ficción. Me incorporé casi de un salto sobre el asiento y pegué mi nariz a la ventanilla del taxi como una niña pequeña, anonadada ante aquel paisaje. Todo eran carreteras, semáforos, altos edificios y algún que otro pequeño parque o plaza. A pesar de haber visto miles de fotografías por internet, no estaba preparada para la imagen en vivo de la ciudad.
—¿En dónde la dejo? –carraspeó el taxista.
—Hum... Al ayuntamiento –respondí, no muy concentrada.
El tráfico en Bridgeport era insoportable. Jamás en mi vida había visto tantos coches juntos. Y tanta gente... Las calles estaban totalmente abarrotadas. Eso no venía en las imágenes de internet.
Después de media hora de intensos atascos llegamos a la plaza del ayuntamiento de Bridgeport. Bajé del vehículo y el taxista me ayudó a sacar mi maleta. A continuación me cobró y se largó de allí, dejándome sola.
Alcé la mirada hacia el edificio del ayuntamiento que se alzaba tras varios tramos de monumentales escaleras. El edificio era majestuoso, pero apenas me dio tiempo a analizarlo.
—¿Victoria Legacy?
Busqué con la mirada a la persona que me había llamado. Me costaría un tiempo adaptarme al cambio de apellido.
Una mujer con el pelo castaño recogido en una cola de caballo se acercó a mí contoneándose sobre unos altos tacones. Llevaba una americana azul marino sobre una camisa de rayas y unas gafas con montura descansaban sobre su nariz.
—¿Es usted Victoria Legacy? –volvió a preguntar.
—Sí, soy yo.
La mujer me dedicó una enorme sonrisa y me tendió la mano.
—Natalie Taylor, de Inmobiliarias Richmond –se presentó, al tiempo que se la estrechaba.
—Mucho gusto –contesté.
—El placer es mío. ¿Ha tenido buen viaje?
—Más o menos. Gracias por venir a buscarme, no sé qué habría hecho para encontrar la inmobiliaria en esta ciudad tan enorme.
—No se preocupe, señorita Legacy, yo la acompaño. No está muy lejos de aquí.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Lluvia

La lluvia ronroneaba tras el cristal.
Suspiró amargamente, como suspira el viento con su quejido lastimero entre las hojas secas de los árboles. Sentado sobre su cama, con la cabeza apoyada sobre sus manos y el peso del mundo sobre sus hombros, oía el repiquetear de las lágrimas del cielo en su ventana. La inerte luz de aquel día gris se colaba a jirones en su cuarto en una débil llamada de auxilio, pero él no podía mirar más allá del punto en el suelo en el que había fijado la vista y no la oyó.
Sentía su cabeza a punto de estallar. Miles de pensamientos se cruzaban a toda velocidad por su mente, y cada uno lo sentía como un nuevo aguijonazo. Por fuera estaba entero, pero por dentro era un amasijo de heridas abiertas que no cesaban de sangrar. Le escocían los ojos y la garganta, y una profunda jaqueca se abría paso poco a poco por sus sienes.
Jamás se había sentido tan abatido y desesperado como en esos instantes. Ni siquiera se había imaginado que fuera posible. En caída libre hacia el fondo del abismo, veía cómo ella se quedaba en la superficie, se daba la vuelta y se marchaba. Lo vio una y otra vez, y cada vez que lo veía la imagen se iba deformando más y más. La angustia y la impotencia iban creciendo, la sensación de encontrarse cada vez más perdido y atrapado entre las sombras aumentaba exponencialmente. Cerró los ojos y apretó los dientes, rezando por que aquello no fuera más que una horrible pesadilla.
Y entonces la vio, agazapada en un rincón, tímida, silenciosa.
La observó largo rato, como si fuera la primera vez, redescubriéndola. La tomó entre sus manos con delicadeza, la sentó sobre sus rodillas y acarició suavemente sus curvas. Entonces, temeroso a la vez que excitado, como el hombre que desnuda a su primera mujer, apoyó las yemas de los dedos sobre sus cuerdas y le arrancó una nota.
El sonido inundó la habitación como un hechizo. Cerró los ojos y se empapó de aquel primer rasgueo, dejó que corriera por sus venas y lo renovara por dentro cual fumador que aspiraba su primera calada tras años de abstinencia. Un sentimiento renació en su interior, resurgió de sus cenizas como el ave fénix y se extendió como una onda expansiva, llenándolo de una calma que hacía demasiado tiempo que no sentía. Abrió de nuevo los ojos, miró a su compañera con un amor cálido y desbordante y comenzó a tocarla.
Al principio, sus dedos se movían dubitativos entre sus trastes. Estaba nervioso, siendo sincero. Tenía verdaderas ganas de hacer aquello, pero hacía tanto tiempo desde la última vez que temía no saber como antes. Pero ella no se quejó. Se entregó a él como lo había hecho siempre, y su música sonó clara y nítida, como todas las anteriores veces. Aquello le hizo coger confianza, sonrió y esta vez rasgueó las cuerdas con aplomo y dejó que la melodía ejerciera su magia.
Cada nota nueva era una pincelada que construía una dimensión alejada de la realidad, lo iba sumergiendo paulatinamente en otro mundo, su mundo. Poco a poco, fue abriéndose a su amiga y amada, tratando de liberar de alguna manera el yugo que lo aprisionaba por dentro y del que se sentía incapaz de deshacerse. Y ella lo escuchaba, comprendía exactamente qué era lo que él quería decir y lo expresaba en su hermoso idioma.
Él jamás había sentido tal complicidad con alguien como lo hacía con ella. Se preguntó cómo había podido olvidarla, cómo había dejado de contar con ella durante tanto tiempo, y se abandonó por completo a ella. Dejó que ella hablara de todo aquello que no se podía decir mediante simples palabras. Dejó que afloraran en él sentimientos y emociones que jamás reconocería haber experimentado. Dejó que ella sacara de él todo lo que llevaba dentro y que no le dejaba respirar. Dejó que ella le pusiera nombre a su tristeza y desolación.
De pronto, una nota se quebró. Sus manos resbalaron, y ella calló, sin cuestionar el por qué. Simplemente no pudo continuar. Se dejó caer al lado de su compañera, la abrazó con sus temblorosas manos y, por primera vez en demasiado tiempo, una lágrima se escurrió de entre sus pestañas.
Él nunca antes había llorado por una mujer, y la pérdida de esa virginidad le dolió como un puñal que atravesara sus entrañas y removiera sus vísceras. Jamás se hubiera imaginado que él iba a sentirse así por nadie, y menos que realmente resultara tan doloroso. Se sentía de nuevo como un niño, pequeño y vulnerable, y se entregó a su única compañía como si de una madre se tratase. Y ella recogió sus lágrimas de la única manera que sabía, en silencio, empapándose de ellas.
Lloró como ni en su infancia había llorado. La intimidad que le ofrecía su única verdadera amiga era el único lugar en el mundo en el que se sentía libre para hacerlo. Ella no lo juzgaba. Ella simplemente escuchaba a sus ojos llover, y eso era lo único que él necesitaba. Su torrente de emociones se desató con la fuerza de un volcán, lo hizo convulsionarse de dolor. Lloró hasta quedarse sin lágrimas, y aún cuando éstas cesaron de caer, siguió llorando sin ellas, hasta que sus resecas mejillas comenzaron a escocer. Y no fue hasta ese momento, cuando se sentía tan débil como si un tsunami lo hubiera arrastrado durante cientos de kilómetros antes de escupirlo de nuevo a tierra, cuando realmente empezó a sentirse en paz.
Poco a poco, tal y como había tomado forma, el mundo que habían creado los dos juntos se fue difuminando en el ambiente.
Y la lluvia volvió a ronronear tras el cristal.

lunes, 1 de julio de 2013

Helena (I): Polvo y cenizas

Cuando él despertó, ella ya no estaba a su lado.
Se removió, inquieto, al sentir aquel opresor vacío en la otra orilla de la desvencijada cama, pero la joven no había ido demasiado lejos.
Helena se hallaba de pie, frente al espejo, encendiéndose un cigarrillo. Se llevó una desilusión al comprobar que ya vestía de nuevo sus pitillos negros, al igual que las botas de cuero del mismo color que la alzaban sobre unos tacones imposibles; sin embargo, aún conservaba abierta la oscura camisa, aquella de cuadros grises inmensamente grande para su talla.
El pelo negro azabache le caía como una pesada cascada casi hasta la cintura, enredado a más no poder y cubriendo parcialmente su pálido rostro, pero a ella no parecía incomodarle. Dio una primera calada y expelió el blanquecino humo lentamente, con los ojos cerrados.
Mientras observaba su delgada figura aún descubierta tras el deteriorado cristal del espejo, él pensó que jamás en su vida había visto nada más atractivo. Se repantigó en el colchón y esbozó media sonrisa lasciva, regocijándose en aquella maravillosa visión.
Ella dejó el recién estrenado cigarrillo sobre la cómoda que la vigilaba a sus espaldas, sin siquiera preocuparse de en dónde lo colocaba exactamente. A continuación se abrochó sin ningún tipo de prisa tres botones al azar de la camisa, y, al tiempo que se la colocaba lentamente sin poner mucha concentración en la tarea, dijo:
—Puedes dejar el dinero sobre la mesilla.
Lo dijo con una voz totalmente átona y ligeramente ronca, sin apartar la mirada de aquel punto del infinito en el que había la había colocado, lo que, en opinión del hombre que reposaba desnudo sobre la cama como si llevara toda la vida sobre ella, la hacía si cabía aún más atractiva.
La sonrisa que presidía su regordeta cara se ensanchó aún más y suspiró. Ni siquiera se paró a pensar un momento en las palabras de la espectacular chica con la que había pasado la noche. Aquello era el paraíso, y en esos instantes era incapaz de pensar en nada más. Su imaginación volaba ya alto, desnudándola de nuevo y rememorando las intensas vivencias de las que había sido protagonista.
Helena recogió el cigarrillo con parsimonia y le dio una segunda calada con la misma lentitud.
—Puedes dejar el dinero sobre la mesilla –repitió en el mismo tono carente de sentimiento alguno.
—Deja de vestirte y ven aquí, joder –ordenó, sin poder aguantarse más.
—Lárgate –replicó ella con un punto de hastío.
—Doble o nada –insistió el hombre, juguetón.
Helena se volvió lentamente, descolgando el cigarrillo de sus labios y, por primera vez, miró a los ojos a aquel hombre.
Él sintió como si una soga invisible le cercara el blando y blanco cuello. Helena tenía unos ojos tan hermosos como aterradores, dos diamantes en bruto en medio de los pozos negros en los que había transformado sus párpados, maquillados hasta las cejas aparentemente con un trozo de carbón. Sus irises consistían en un degradado de color, que iba desde el aro azabache del exterior a un gris prácticamente blanco al borde del precipicio de sus pupilas.
Eran unos ojos tan antinaturales que costaba creer que fueran reales, unos ojos tan llenos de matices que una vez atrapado en ellos era imposible salir. Y, si él hubiera sabido hasta qué punto esto era cierto, no se habría atrevido a replicarla, por mucho que teóricamente ella fuera su subordinada.
Pero estaba claro que ese hombre no tenía ni idea de quién era la mujer que le observaba desde el espejo y, aunque en esos instantes su instinto le gritara que levantara su orondo culo de la cama y huyera bien lejos, no podía siquiera intuir cuánto debía temerla.
—He dicho –dijo ella lentamente en una voz aún más fría e inerte –que puedes dejar el dinero sobre la mesilla.
«Sal de aquí», dijo una voz apremiante en la mente del hombre. «Paga y lárgate, no hagas más el gilipollas».
Pero él no se movió. Era como si ella le hubiera petrificado. Para su cuerpo, la mente de aquel hombre era en esos momentos un eco en la lejanía, y él se veía incapaz de poner ambos en contacto, presa del miedo y la fascinación imposibles con los que esa chica le tenía hipnotizado. Todo su mundo se reducía a sus ojos y a la línea invisible y angustiosa que unía su gélida mirada con la de él. Hasta el rostro de Helena y el cuerpo que tanto le atraía eran una imagen borrosa, y la insalubre habitación en la que se encontraban, no más que un abismo desconocido.
De pronto, la voz de su mente se escuchó cada vez más apagada, hasta que fue incapaz de pensar.
Y llegó el frío.
Comenzó como un cosquilleo en las puntas de sus dedos y se fue propagando lentamente hasta sus muñecas, evolucionando de manera imperceptible en un profundo aguijonazo. Era como si miles de pequeñas pero afiladas espinas se fueran clavando en sus falanges progresivamente y las fueran asfixiando a su paso, como si el frío fuera obstruyendo sus venas a medida que iba extendiéndose por sus manos e impidiendo que la sangre le llegara a las mismas.
Como si alguien hubiera accionado un interruptor interno, el hombre se olvidó repentinamente de Helena. Desvió la mirada hacia su mano izquierda y contempló con pavor cómo sus dedos habían adquirido un tono grisáceo.
Quiso gritar, suplicarle que parara, aunque su mente no alcanzara a comprender qué demonios estaba ocurriendo, pero simplemente no fue capaz. El frío fue ascendiendo por sus brazos como una sinuosa serpiente, y él no pudo sino contemplar cómo éstos se tornaban violáceos antes de adoptar el mismo color que sus dedos.
Entonces, el frío se tornó seco y, ante la atónita mirada del hombre, la carne blanda y agonizante se fue transformando en ceniza.
Hubiera deseado desmayarse, pero ni siquiera cerrar los ojos se encontraba a su alcance. Estaba completamente paralizado, obligado a observar cómo iba convirtiéndose en aquella polvorienta sustancia gris.
Los dedos de ceniza pronto se descompusieron y cayeron sobre el colchón. Poco a poco, todo su cuerpo siguió el mismo camino. Y, cuando el frío comenzó a gobernar su cerebro, dejó al fin de sentir.
Helena se llevó el cigarrillo  a los labios.
«Puto gordo de mierda», le insultó mentalmente, contemplando la magistral montaña gris que se había formado sobre las sábanas. «A ver qué coño hago yo ahora con tanta ceniza».


viernes, 28 de junio de 2013

La Estación

Esta entrada fue escrita hace unos cuantos años, en una época muy especial de mi vida. Fue mi primer relato corto y le tengo mucho cariño, así que quería compartirlo con vosotros. Espero que os guste.

Había una vez una niña que alegremente esperaba sentada en la estación. Sus pies iban dando pataditas al aire y lucía una gigantesca sonrisa de oreja a oreja. Nerviosa e impaciente, pero feliz, alzó la vista por enésima vez en dirección al enorme reloj que colgaba del techo. Los números que indicaban los minutos casi nunca cambiaban, y para ella el tiempo parecía haberse dormido. Pero ella, como las otras millones de anteriores veces, se peinó el pelo con sus pequeñas y temblorosas manos y depositó la mirada en las viejas vías que día tras día recibían la visita de interminables trenes.
Se había arreglado para la ocasión. Se había puesto su vestido favorito, el más bonito que tenía en el armario. Se había calzado sus mejores zapatos. Tras haber pasado horas frente al espejo recogiéndose el pelo de miles de maneras distintas, había decidido dejárselo suelto, y se había pasado el cepillo a conciencia, dejándolo prácticamente liso. Hasta le había robado a mamá su lápiz de ojos y había tratado de hacerse una fina línea, sin éxito. Finalmente se había lavado la cara y había optado por un poco, casi inapreciable, de brillo de labios. Había dejado las cosas cuidadosamente, tal y como se las había encontrado, y había puesto rumbo hacia la estación.
Sentada en aquel banco, con los piececitos colgando, las manos retorciéndose ansiosamente sobre sus rodillas y su corto vestido, desbordaba inocencia. En cualquier momento llegaría el tren, pensaba, y entonces ella se convertiría en la princesa de cuento de hadas con la que siempre había soñado ser. Su sonrisa se ensanchó y volvió a mirar hacia el reloj.
De pronto, oyó un ruido. Una voz anunció la llegada de un tren. La niña se levantó de un brinco y se abalanzó sobre la vía, mirando a un lado y a otro. Al fin lo vio. El corazón empezó a latirle a mil por hora, y cada vez a más velocidad conforme el tren se iba acercando. Ahí estaba, ahí estaba. Dio unos pequeños pasos hacia atrás para dejar al tren pararse. Ya lo tenía enfrente suyo. Con las manos cogidas, buscó impacientemente con la mirada en todas y cada una de las ventanas del tren, pero no lo veía. Las puertas se abrieron y la gente empezó a salir atropelladamente del tren, empujándose los unos a los otros. Ella trotó a lo largo del andén, escudriñando todos los rostros de las personas que en unos momentos lo habían inundado. Pero ninguno era el que buscaba.
Alarmada, empezó a correr de un lado para otro. No había venido, pensó, y apretó el paso. Desesperada y sin saber qué hacer, se acercó a un guardia de seguridad que intentaba poner un poco de orden y preguntó por el tren que ella esperaba. El guardia le contestó brevemente que era el siguiente en llegar. Aliviada, volvió a respirar. Le dio las gracias con una deslumbrante sonrisa y volvió a sentarse en su banco.
El andén se vació tal y como se había llenado, y en él solo quedó la niña sentada en el banco. Los segundos apenas pasaban mientras ella esperaba y esperaba… Su sonrisa se ensanchaba a medida que se iba acercando el momento, momento que nunca parecía llegar.
Y una eternidad después, la voz volvió a anunciar la llegada de un nuevo tren.
Su corazón volvió a latir desbocado, como si quisiera ganar una carrera de caballos. Ella volvió a ponerse en pie tan rápido que nadie se hubiera dado cuenta y se acercó temblando al tren que acababa de parar frente a ella.
Las puertas se abrieron. Hombre y mujeres, niños y niñas salían del tren. Ella, muy quieta, paseó la vista de un lado para otro, buscando.
Y en ese instante le vio.
Se había encaramado a la puerta y observaba el lugar con ojos inseguros; debía de ser la primera vez que estaba allí. A la niña le dio el corazón un vuelco. Lo tenía ahí, a unos pocos metros de ella. Era tal y como lo había imaginado: guapo, alto, apuesto… Al fin había llegado su príncipe azul. Y unos segundos más tarde, ella sería su princesa y el cuento de hadas habría dado comienzo.
Ella se acercó a él, medio andando, medio corriendo. Quería demostrar seguridad en sí misma, pero el ansia de estar junto a él la estaba matando. Entonces, él se dio cuenta de quién era la niña que llevaba la vida esperándole. A ella aquella simple mirada, aquel primer encuentro de los ojos de su príncipe con los suyos le hizo pararse en seco. Apenas podía respirar y el corazón quería salírsele del pecho. Intentó seguir avanzando, pero no pudo. Se quedó ahí, con los ojos brillando como estrellas de la emoción, mientras intentaba escaparse de alguna forma de aquellos ojos en los que sin quererlo estaba buceando, tratando de volver al mundo real sin éxito. Él parpadeó varias veces, alzó una ceja y desvió la mirada. Sus pupilas se movieron en todas direcciones menos en la que se encontraba ella. La duda poblaba su rostro esculpido por ángeles y, finalmente, volvió a mirarla, tan solo unos segundos que fueron para ella como milenios, y volvió a meterse en el tren.
En ese momento, ella salió de su ensimismamiento y sus pies se movieron solos, desesperados, sin entender lo ocurrido, hacia la puerta que había sido el marco de tan maravillosa obra de arte. Su mano se alargó en su dirección, como queriendo atrapar un pájaro que se había escapado, como si pudiera cogerle y evitar que se fuera.
Pero las puertas se cerraron y el tren se puso en marcha. Y, tal y como había venido, se fue.
Y allí se quedó ella, al borde del andén, que le pareció un abismo de sombras, sin comprender lo ocurrido, con el corazón que hacía unos segundos latía a una velocidad endemoniada en uno de sus puños, y en el otro… En el otro nada, tan solo el aire que había conseguido atrapar en vez del príncipe que tendría que haber sido suyo. Sintió cómo el peso del mundo se sentaba sobre sus frágiles hombros e intentó soportarlo, pero no pudo. Se derrumbó y sus ojos se empañaron en lágrimas.
Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó al suelo de la estación casi vacía, estación en la que solo se encontraba una niña llorando frente a una vía de tren.

martes, 25 de junio de 2013

Zoe (II): Nombres

Zoe dejó deslizar el lápiz por el papel en un último trazo y contempló su obra con gran satisfacción.
«Este es», pensó por fin.
Alzó la vista hacia el claro y sonrió con ternura, orgullosa del gran parecido que compartía con su pequeña obra. Hasta a ella misma le costaba asimilar que era la autora de la abrumadora cantidad de matices que había logrado arrancar del modelo original con apenas unos simples lápices de colores.
Se dejó caer sobre la suave hierba, cerrando los ojos para disfrutar mejor de la sensación, y se quedó así largo rato en recompensa por el gran trabajo que había realizado aquel día. Se sentía plena, embargada por una paz interior que solo era capaz de otorgarle aquel rincón del mundo en el que el tiempo parecía un concepto de otra dimensión.
No fue consciente de lo realmente tarde que era hasta que se le ocurrió levantar los párpados y vislumbró el cielo teñido de sangre a través de las doradas hojas de los árboles.
«Debería irme ya», pensó con amargura.
Se permitió unos minutos más antes de ponerse en pie y guardar su cuaderno y sus lápices en su mochila de piel marrón. Después, se la colgó del hombro y, como siempre, se quedó allí, en pie, durante lo que se le antojó una eternidad. Aquel lugar ejercía sobre ella un magnetismo tan poderoso que en esos momentos nunca se creía capaz de abandonarlo. Una voz muda resonaba en su mente, convenciéndola para que se quedara, y Zoe siempre estaba segura de que caería en la tentación. Sin embargo, sin saber muy bien cómo ni por qué, logró dar media vuelta y alejarse, prometiéndose, como cada día, que al siguiente sí sucumbiría.
Rato más tarde, la noche cubría con su negro manto estrellado el cielo y Zoe se hallaba abriendo la puerta principal de su casa, con su obra maestra en la mano.
—Ya estoy aquí –anunció en voz tenue al tiempo que cruzaba el umbral.
Su madre era la viva imagen de la preocupación cuando salió a recibirla en tropel.
—Hija, ¿dónde estabas? –preguntó, a medio camino entre la angustia y el alivio.
—¿Dónde voy a estar, mamá? –respondió Zoe tranquilamente . En el claro.
Su madre frunció los labios, consternada.
—Hija, ¿sabes qué hora es? Hace rato que cenamos ya.
Zoe fue a disculparse, pero aquel plural la había dejado desconcertada.
—¿Cenamos?
Su madre desvió la mirada, con una arruga dibujada entre las cejas.
—Papá está aquí.
«No». Zoe sintió cómo un gélido escalofrío ascendía por su espina dorsal.
Se sintió desfallecer. Justo el día que más tarde llegaba a casa era en el que a su padre se le ocurría pasar por allí.
Por un efímero instante rezó porque aquello no fuera verdad, pero su fantasía se vio pronto hecha añicos por el inconfundible rugido de su padre.
—¡Ruth! –estalló desde la lejanía . ¿Qué haces ahí? ¡Tráeme a mi hija!
La madre de Zoe lanzó una fugaz mirada hacia la puerta de la cocina y le indicó a su hija que entrara. Zoe guardó el dibujo en su mochila como pudo y obedeció.
Su padre se encontraba sentado junto a la mesa redonda, sobre la que reposaban un periódico abierto de par en par y una taza de café medio vacía. Se hallaba enfundado en un traje sencillo pero elegante, a excepción de la chaqueta gris marengo que abrigaba el respaldo de una de las sillas. Llevaba la corbata negra y lisa ligeramente desanudada, los cortos cabellos rubios ligeramente despeinados, y unas terribles ojeras surcaban su pálido y enfermizo rostro, pero aún así tenía un aspecto temible.
El hombre no habló enseguida. Bebió un sorbo de su taza y clavó sus fríos ojos grises en su hija con una intensidad tal que Zoe creyó que la estaba leyendo el pensamiento.
Una cosa estaba clara: estaba enfadado, muy enfadado.
—Siéntate –ordenó.
Zoe se acercó con paso dubitativo y escogió precavidamente una silla enfrente de su padre.
Al instante él se levantó.
—¿Qué hora es? –exigió saber.
Zoe miró de refilón su reloj antes de contestar.
—Las once y cuarto.
—¿Y te crees lo suficientemente mayor para estar llegando un día entre semana a estas horas? –gritó . ¿Cuántos años te crees que tienes?
—Dieciséis –respondió Zoe en un murmullo.
—He preguntado cuántos años te crees que tienes, no cuántos tienes en realidad.
Zoe calló. No sabía qué respuesta esperaba oír su padre. Tragó saliva, con la mirada fija en algún punto más allá de la mesa.
Él se pasó la mano por el cabello, estresado a más no poder.
—¿Me quieres explicar dónde has estado?
—En ninguna parte –contestó Zoe, con la intuición de que si le decía la verdad su ira sería aún mayor, si es que eso era posible.
El remedio fue peor que la enfermedad.
—¡¿Dónde has estado?! –repitió a gritos, cerrando la mano en un puño y golpeando la mesa con tal fuerza, que ésta se tambaleó y la taza cayó al suelo en una sinfonía de cerámica rota y café derramado.
Zoe sintió cómo las lágrimas se atropellaban contra sus ojos, presa de un miedo que hasta entonces no había sentido. Era cierto que su padre nunca había sido la persona con mejor carácter del mundo, pero no recordaba haberlo visto tan enfadado como en aquellos instantes.
Pese a todo, ella no pronunció palabra, sintiendo que con su silencio estaba, de alguna forma, defendiendo a su amado. Mas sabía bien que, aunque realmente hubiera querido decir algo, la violenta actitud de su padre la había dejado muda.
El hombre le clavó una mirada tan encendida que a Zoe se le erizó el vello de la nuca. Entonces, él desvió la vista hacia el suelo, un poco más a la derecha de donde se encontraba Zoe. Ella siguió la dirección de su mirada… y sintió cómo se le helaba la sangre en las venas.
Era su dibujo. Su trabajo de toda una tarde, y lo más importante, la plasmación del motivo por el que ella estaba allí sentada, reposaba tranquilamente sobre las baldosas de la cocina, mostrándose de manera completamente abierta ante los duros ojos de su padre.
«Dios mío, ¿por qué me odias tanto?»
Él se acercó lentamente a su obra, se agachó para recogerla y la examinó con ojos calculadores.
Los segundos transcurrieron con una lentitud que a Zoe se le antojó eterna. Escuchó el tic tac del reloj de pared, el suave quejido de la nevera y el cruzar de los coches en el exterior como si todos esos sonidos que habitualmente le pasaban desapercibidos se produjeran en su propia mente; y, sobre todos ellos, el frenético latir de su propio corazón se oía más fuerte que ninguno. Su llamada de auxilio callaba a los demás ruidos, con un apremiante retumbar cuyo ritmo parecía marcado por unas manos tartamudas, veloz como un rayo e insistente como el llanto de un bebé.
Cuando su padre finalmente le mostró el dibujo a su hija exigiendo una explicación, ella se sentía unos años más vieja y cansada.
—¿Qué es esto?
—Un dibujo –respondió Zoe.
—Eso ya lo veo.
Zoe cogió aire. Ya era tarde, no tenía alternativa.
«Lo siento, claro mío».
—Es el sitio en el que he estado.
—¿Es el sitio en el que estás todas las tardes?
Ella tragó saliva.
—Sí. Lo dibujo todos los días. Me gusta mucho.
Entonces él se dio la vuelta bruscamente, cogió un papel que descansaba sobre la encimera y lo depositó con fuerza sobre la mesa, frente a Zoe.
Un desfile de números y asignaturas bailó ante su mirada: Matemáticas, 5, Lengua Española y Literatura, 6, Física y Química, 4… Y así sucesivamente, en una procesión plagada fundamentalmente de cincos que no hizo sino conseguir marearla.
—¿A qué viene esto ahora, papá? Me dieron las notas hace un mes.
—Así que te sientes plenamente orgullosa de tus resultados.
Ahora sí sabía cuál era la respuesta correcta.
—No mucho –dijo.
—¿Estás segura? Porque no veo que te hayas molestado lo más mínimo en remontar esto.
Por fin sabía a qué dirección había querido llevar su padre la discusión desde el principio.
Zoe comenzó a sentir cómo el miedo la iba abandonando por momentos y una creciente irritación reemplazaba sigilosamente su lugar.
Calló, esperando pacientemente las palabras que ya sabía de antemano que él iba a decir.
Éstas no se hicieron de rogar. Su padre volvió a mostrarle el dibujo y le preguntó:
—¿Crees que esto te va a dar de comer?
Zoe se sintió más insultada que si le hubiera dado una bofetada.
—Papá, es mi hobby –se defendió.
—Es un hobby inútil –replicó él, y volvió a señalarle sus notas . Esto es lo realmente importante. No estás de vacaciones, estás en bachillerato y tienes una responsabilidad.
—¿Y por eso debo dejar de lado lo que verdaderamente me gusta?
Su padre golpeó nuevamente la mesa con la mano libre.
—¡No me des excusas de niña pequeña! –exclamó . Debes labrarte un futuro, para eso te pago un colegio privado. Tienes capacidad de sobra para sacar sobresalientes y no te permito que te conformes con menos.
Zoe se puso en pie, indignada.
—¡No son excusas de niña pequeña! –se quejó, pero antes de que pudiera decir más su padre la calló a gritos.
—¡No me levantes la voz! –tronó . ¡Tienes un futuro por delante y debes esforzarte al máximo por no tirarlo por la borda! Ya no estás en la ESO, estás preparando la selectividad y tu deber es sacar la máxima nota que puedas para escoger una carrera que te asegure un puesto de trabajo.
El enfado de Zoe iba en aumento.
—¿Cómo que una carrera que me asegure un puesto de trabajo? Tendré que escoger una carrera que me guste, ¿no?
—¿Acaso quieres ser una mendiga?
No podía creer lo que acababa de oír.
—¡Papá, con todas las carreras se puede conseguir un puesto de trabajo!
—Sí, puedes ser una cajera en cualquier supermercado. ¿Es eso a lo que aspiras?
Zoe abrió la boca para contestar, pero era tanto lo que quería responder que no pudo pronunciar palabra. No podía entender nada. ¿Cómo podía su padre pensar de esa manera? Para él todo era blanco o negro, no existía término medio.
Él continuó:
—Hija, estamos en crisis. En este momento hay cuatro millones de parados. ¿Quieres ser una más?
Ella no respondió enseguida.
—¿Y qué hay de ser feliz?
—¿Ser feliz? –bufó él . Lo que tienes que hacer es ser económicamente estable y después ya pensarás en ser feliz.
—¿Como tú? –sugirió Zoe.
Al instante supo que no tendría que haber dicho eso, pero lo cierto era que no podía arrepentirse.
Su padre no dijo nada. La miró con unos ojos plateados como rocas de hielo y, sin una palabra, sostuvo el dibujo ante la mirada de su hija y lo partió en dos.
—¡No! –chilló ella con un lamento de dolor, sintiendo que era su corazón lo que en realidad se partía en dos, como si ambos estuvieran de alguna manera conectados.
Él giró sobre sus talones, haciendo añicos el papel y dejando caer los restos en el interior del cubo de la basura.
Ella no podía creerlo. No quería creerlo. Era el dibujo que tanto había buscado, era el resultado de miles y miles de ellos que había trazado durante años. Con una impotencia como no había conocido en su corta vida, notó cómo los dos regueros de lágrimas que había estado conteniendo desde el primer momento se desataban y rodaban cuesta abajo sin poder ponerle remedio.
—Vete olvidando del claro y de tus dibujos, ellos no te llevarán a ninguna parte –sentenció con una voz carente de expresividad alguna . Te quedarás en casa estudiando para conseguir la nota que realmente eres capaz de sacar. Conseguirás la beca de excelencia en selectividad y estudiarás una ingeniería como yo hice.
Zoe clavó sus pupilas en las de su padre y trató de transmitirle toda la rabia y el odio que fue capaz.
—¿Quién te crees que eres para decirme lo que tengo que hacer? –preguntó con un hilo de voz . Es mi vida.
—Soy tu padre y no voy a permitir que seas una fracasada. Tomaré las decisiones que sean pertinentes hasta que seas lo suficientemente madura como para tomarlas por ti misma correctamente. Cuando ese momento llegue te darás cuenta de que yo tenía razón y me lo agradecerás.
«Jamás», fue el único pensamiento de Zoe.
—Raúl… intervino su madre por primera vez en toda la conversación.
—¡Tú cállate! –explotó de repente él . ¡Si la niña es así es por tu culpa! Créeme que si el juez me hubiera dejado quedarme con ella ahora tendría las ideas claras.
Ella puso los brazos en jarras, aparentemente impenetrable.
—La niña no tiene por qué escuchar esto.
—¡Yo decidiré lo que tiene que escuchar! ¡Ella no sabe lo que es mejor para ella!
Su madre no se atrevió a replicar. Él se dirigió de nuevo hacia su hija, quien le miró una última vez con unos ojos verdes destellantes de furia antes de recoger su mochila de piel y salir corriendo hacia su habitación.
—¡Sofía! –oyó rugir a su padre . ¡Vuelve aquí ahora mismo!
«No», pensó ella con rencor mientras notaba las mejillas cada vez más empapadas. «No lo entiendes. No me llamo Sofía». Abrió la puerta de su cuarto. «Mi nombre es Zoe».
Y, como si creyera que de esa forma él podría leerle los pensamientos, se encerró en su habitación con un portazo.


sábado, 27 de abril de 2013

Iván (I): Náufrago

Llevaba largo rato sumergido en sus pensamientos cuando escuchó los tres tenues golpes sobre la puerta abierta de su habitación.
Se sobresaltó ligeramente, percatándose de que había perdido totalmente la noción del tiempo. Había llegado tan agotado del instituto que se había dejado caer sobre la cama de cualquier manera, mochila incluida, y no tenía ni la más remota idea de cuánto podía haber permanecido en aquella extraña dimensión paralela que es la mente humana.
Dirigió la mirada hacia el marco de la puerta, esperando encontrar a su madre llamándolo para merendar, pero no fue así. En su lugar, su amiga Clara observaba estupefacta la escena que protagonizaba el alto y desgarbado chico de cabello rubio pajizo y ojos pardos, completamente espatarrado, con la mochila al hombro y una pierna colgando por el borde de la cama.
—¿Interrumpo algo? –preguntó la chica, titubeante.
Fue entonces cuando Iván se dio cuenta del espectáculo que le estaba ofreciendo a su amiga. Pegó un brinco, sintiendo cómo la sangre se agolpaba a velocidad exponencial en sus mejillas, y deseó que la tierra se lo tragara muy fuerte y no le permitiera volver a salir jamás de sus entrañas.
—¡Clara! –exclamó.
Ella fue incapaz de reprimir una carcajada.
—Qué sexy –comentó.
—Yo siempre, ya lo sabes –replicó él, esbozando una sonrisa con la que trató patéticamente de recuperar algo de la dignidad que ya asumía muerta y enterrada.
Se levantó de la cama, con su cerebro funcionando a toda prisa en busca de alguna idea para deshacerse de la mochila sin acabar de enviar su dignidad al infierno más profundo, pero cuando se descubrió considerando seriamente la posibilidad de desintegrarla aceptó que ya hacía tiempo que había perdido esa oportunidad. Se insultó mentalmente y, tras meditarlo un instante, dejó la mochila a un lado con toda la discreción que fue capaz de ostentar, es decir, ninguna.
Mientras digería su estrepitoso fracaso, se acercó a su amiga torpemente, y, tras unas milésimas de segundo sin saber cómo saludarla, optó por apoyarse aún más torpemente en la puerta. En aquellos instantes Iván estaba absolutamente seguro de que cualquier imagen medianamente decente que Clara pudiera tener sobre sí mismo se había esfumado como el humo en la niebla.
—¿Qué tal estás? –preguntó en su segundo intento de recobrar la compostura; intento cómo no fallido al verse interrumpida su frase por un horrible gallo.
«Pensaba que no podías quedar peor, pero veo que aún puedes sorprenderme, Iván», se regañó a sí mismo.
Carraspeó toscamente, hundido en la más profunda de las miserias, y repitió la pregunta con la voz más grave que le permitieron sus cuerdas vocales.
La alucinada Clara dejó escapar una nueva carcajada, más divertida que asustada, lo que en opinión de Iván habría sido más lógico dada la situación. Eso lo relajó un poco, y sonrió, aliviado.
—Muy bien, ¿y tú? –contestó ella, devolviéndole la sonrisa . ¿Qué tal el primer día de insti?
Iván siempre había pensado que Clara tenía una bonita sonrisa, a pesar del color algo amarillento de sus dientes y de aquel incisivo superior ligeramente montado sobre su vecino. De hecho, a su modo de ver, aquello le confería más personalidad.
—Bien, sin más –empezar su último año de vida escolar no es que le hiciera especial ilusión . ¿Tú qué tal cuarto de la ESO? ¿Con quién te ha tocado?
—Con Pedro Hidalgo de tutor. Mañana veré el resto de profesores –volvió la vista y, en ese momento, algo atrajo su atención . Dios mío, ¿estos somos nosotros?
Clara se acercó a uno de los estantes y tomó una fotografía enmarcada a la que Iván estaba tan acostumbrado que había olvidado su existencia. Se levantó y le echó un ojo al objeto que su amiga sostenía entre sus manos, procurando disimular la curiosidad que verdaderamente sentía.
La foto mostraba la imagen de un regordete niño de cuatro años de edad encaramado al cochecito de una chiquilla de unos dos, ambos riendo a carcajada limpia. El niño era muy rubio, con mechones brillantes que ocultaban parte de su frente y orejas, y mostraba una enorme boca abierta de par en par con unos diminutos dientes de leche. Aquel entrañable bebé no se parecía en nada al raquítico chico en que se había convertido trece años más tarde.
Por su lado, la pequeña del cochecito era toda una belleza: unos preciosos y abundantes tirabuzones castaños bastante inusuales para su edad enmarcaban su redonda cara de piel de porcelana presidida por unos gigantescos ojos azules. Iván casi contuvo el aliento al redescubrir a la niña que había sido su amiga.
—¡Madre mía! Ni siquiera sabía que tenía esto aquí –murmuró.
—¡Qué monos éramos! –suspiró Clara . Hay que ver lo mal que nos ha tratado el tiempo, ¿eh?
Iván le dirigió una mirada de soslayo a su amiga, sin dar crédito a lo que acababa de oír. Abrió la boca para replicar, pero finalmente decidió reservarse su opinión para sí mismo.
—Eso lo dirás por ti, guapa –se quejó . Yo sigo siendo igual de mono, y además tú misma te has maravillado ante la sensualidad que desprendo –añadió, aludiendo al desafortunado incidente con el que había recibido a la chica.
Ella rió con ganas, y entonces volvió la cabeza hacia él y le miró con sus enormes e hipnóticos ojos, apenas durante un segundo. Y él se perdió.
Se perdió en aquel rostro en forma de corazón, en la blancura de su piel y en todas y cada una de las abundantes pecas que la poblaban; se perdió en sus delgadas cejas, en sus finos labios rosáceos y en su sonrisa con aquel diente torcido tan gracioso; se perdió en su barbilla semihundida, en sus algo marcados pómulos y en la curva de su mandíbula; se perdió en su nariz respingona y en sus redondas y pequeñas orejas, medianamente ocultas tras la cascada de cabellos castaños que ondulaba espalda abajo como si tuviera vida propia.
Y se perdió de nuevo en sus ojos, esos ojos venidos de otra constelación, con esas largas y gruesas pestañas; esos ojos capaces de robarle el alma a cualquiera, con sus irises teñidos del intenso azul de un cielo estival, con aquellas hermosas vetas que relucían como trazas de zafiro esculpidas por los mismísimos ángeles.
Atrás había quedado el bochorno inicial al verse sorprendido en aquella postura tan poco ortodoxa, así como el ridículo posterior. Había olvidado lo menguado que se había sentido ante su presencia e incluso sus cavilaciones acerca de lo que la chica hubiera llegado a pensar sobre él. Por olvidar, casi había olvidado hasta su propio nombre, y hasta el hecho de hallarse de pie en la misma habitación que Clara.
Porque en aquel momento no había cabida para él mismo. Ese momento era únicamente de ella, de sus ojos, de su pelo, de su sonrisa torcida y de su pálido rostro. Era el momento de Clara, y nada ni nadie podía perturbarlo.
Se aferró a ese instante desesperadamente, bebiendo de él como si de un náufrago ahogándose en medio de un tormentoso océano se tratara, y como si ella, sin pretenderlo, le ofreciera la bocanada de aire que necesitaba para poder resistir otro rato más bajo las aguas. E Iván se preguntó, como tantas otras veces, cómo lograba subsistir cuando no la tenía cerca.
Pero entonces ella redirigió sus profundos ojos a la fotografía y el segundo mágico se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera tenido lugar.
—Mi madre tiene millones de fotos nuestras de pequeños –dijo . El próximo día que vengáis a casa recuérdame que te las enseñe, seguro que hay un montón de cosas de las que no nos acordamos.
Iván tuvo que contenerse para no dejar huir en un suspiro el vacío que acababa de embargarle.
—Sí, seguro que nos echamos unas risas –acordó, sonriendo forzadamente.
Se quedaron así, en silencio, mirando a la fotografía. Un silencio que pronto se tornó algo incómodo para Iván.
—Por cierto, ¿qué te ha traído hasta aquí? –intervino, deshaciéndose de él . Nos hemos distraído con la foto y no me lo has contado.
—¡Ah, sí! –exclamó Clara, depositando la fotografía en su lugar . Mi madre me ha contado que necesitas retomar la biología para presentarte a selectividad. Me ha dicho que has decidido no cursarla porque quieres seguir con el dibujo técnico, así que me ha pedido que te diga que estará encantada de prestarte libros y darte clase si lo necesitas.
Iván suspiró, sin querer pensar en lo duro que iba a ser ese año para él.
—Dale las gracias de mi parte –le pidió.
Clara asintió.
En ese momento, la madre de Iván apareció por la puerta de la habitación y le dedicó una calurosa sonrisa a Clara.
—Clara, ¿quieres algo de merendar?
—No, gracias, ya me iba, he quedado en un rato con unas amigas. Pero muchas gracias, de verdad.
—Está bien, cielo. Iván, ¿la acompañas a la puerta?
Iván hizo lo que su madre le había pedido. Ella se despidió de ambos con un beso fraternal, tal y como llevaba haciendo día tras día, mes tras mes y año tras año desde que él tenía memoria.